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Por Julio César Zavala

Crédito de la foto (izq.) Objeto Profano Eds. /

(der.) www.twitter.com

 

 

5 poemas de Inevitable catástrofe / Naufragio nacional (2021),

de Julio César Zavala

 

 

El susurro de aguas poco profundas

 

Humedecen las astillas que sumergen a la gran nave

su propósito de enmienda.

 

El mástil es visto desde la orilla como árboles encaramados

seguido por una tribu berebere en sotavento

son pescadores: gente de una villa

apreciando el espectáculo de la rompiente

gente oscura, ladinos y bozales

intentando rescatar las fanegas alimenticias

gente de color libre que se vuelve una con la noche.

Playa iluminada insinuando el puerto

antorchas que visibilizan la herrumbe en los pilares

en perfecto disimulo de un hambre indomable

estrella precaria que llamamos libertad.

 

Ser intendente en la pericia de los mares

Ayanques, cojinovas y jureles

aquello que se amarra de belleza

en un corazón calmado

aquella belleza que no se destruye

Y no se acaba con la muerte.

 

La harina trabajada por esclavos y presos sustenta la piedad

Flores Galindo Dixit

Con Usura tu pan es solo un mendrugo rancio,

Seco como el papel (Pablo Guevara).

 

El poeta Julio César Zavala

 

El cuerpo del Cumberland, recientemente llamado “San Martín”

 

Este es el cuerpo iluminado del barco en pleno

hundimiento

La fortaleza de madera y metal que no pudo vencer a la costumbre

de los mares por devorarse a los hombres.

Frente a una playa que le dejó averías en el alma

a todos esos hombres, soñadores procaces, libertadores

intentando alimentar a miles de hombres y mujeres,

de la aldea de Chorrillos.

Cuartos iluminados que descargaban

trigo, centeno y a otros hombres

350 hombres, entre oficiales 69 infantes de marina

1350 toneladas yéndose a pique, garreándose

por repartir el trigo de Mollendo a esos pobres entre los pobres

y el saqueo del General Miller en las costas de Pisco y Tarapacá.

Auxiliados por otros hombres, más oscuros y plebeyos

pescadores en caballitos hechos con los juncos amarillos

que tejían para realizar la jornada diaria

cuerpos que fueron rescatados de la avaricia

entre el cobre y el bronce

las piezas de plata y oro que los hundían cada vez más.

Frente a la negación de Lord Cochrane

y la inocente servidumbre del Capitán Wilkinson

por obedecer al libertador que comandaba misiones imposibles

unir hombres separados por la ignominia y el poder.

Ese cuerpo mutilado por una corona, por una historia

cuerpos casi como poemas estremecidos

salvados por un joven Olaya y su padre

capaces de crear heroicidad y negarse a traicionar

a cuerpos incapaces de comprender el dolor

de contemplar al barco en eterna inmersión.

 

 

 

Harawi por doña María Andrea Parado

 

¿Dónde quedó tu cuerpo María Andrea, en qué casualidad habitas? Huamanga llora y mi rostro se ha convertido en la tuna que de tanto madurar se pudrió.

 

¿Qué será de mí?

¿Dónde encontraré tus trenzas plateadas, tu pelo zambo y prodigioso? ¿Qué le diré a nuestras hijas para aplacar sus llantos, sus indagaciones, su sollozo de borrego, que han perdido la luz que hervía su sangre, su sol primero?

Las velas frías de la catedral no alcanzan para darles consuelo, de donde vendrá el calor de unas manos que acariciaban a los hombres y animales, de donde vendrá mi desconsolado aliento.

 

Dime donde dejaron el atlas de tu cuerpo, la figura diminuta que llevaba los mensajes pensando en su pueblo, de nuestras hijas su querencia y duelo.

Sangres de libertad claman tus venas, África late y zapatea una canción en quechua. Me auguran las desgracias con tu ausencia, la casa de piedra ensombrecida, tus sombras buscando tu cuerpo al lado de la vid que se desparrama como un trazo de tinta que dictaba lo que no podías escribir. Los diptongos nocturnos.

 

Infierno de Carratalá abrió bocas en tu cuerpo, de él cayeron semillas, plantas nuevas y dignas, como el eucalipto que se mece por vientos nuevos, con la sangre derramada que seguirá tiñendo las calles de Huamanga, Huanta, masacres vendrán por seguir tu ejemplo. En Cangallo buscarán la sal de tus heridas, el presagio de tu sueño eterno.

 

Sol de insultos te claman, caminos de piedra inconclusa, soplo de Quilcamachay.

 

¿Qué será de nuestra vida sin tus deseos? ¿Quién pondrá sentido a la noche oscura, al encanto del Apu, al vuelo del águila sobre nuestros cabestros?

Arderá tu cuerpo. El nuevo grito en tu garganta que contuvo la tortura, la paz de las aflicciones de tu inconfesable cuerpo.

 

El ensueño embriagador de tu martirio. De rodillas tu mirada mirando al cielo.

Resignada al último suplicio, musitando: ¡Ven, mundo nuevo!

 

 

 

Peceras

 

La vida puede ser la aglutinación de peceras. Cubículo donde te depositan en un ambiente artificial. Eres cultivado en esas circunstancias, donde el reflejo de las luces no te permite dudar. Solo flotas con tus miedos y preocupaciones para no recordar. Algunos peces no tienen memoria.

 

 

Cubo mágico

 

A Carlos Calderón Fajardo

 

Anoche perdí la oreja que nunca tuve

El lienzo no lo dibujo

Sobre el espejo broto yo

Mono Barbado

Orangután enamorado

De sus sueños.

Delirante color

Pinta con placenta el infinito

Con cuchillo fino y filudo

(No sale el amarillo/

Todo es rojo)

Y me siento descender

ya no en un cubo

(ahora es un rectángulo)

Y bajo tierra soy una obra

que desborda plenitud.

(Sin Título)

 

 

 

 

 

*(Lima-Perú, 1981). Poeta, editor, librero y bonsaísta. Estudió Literatura y Filosofía en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (Perú). Es gestor cultural, especialista en fomento de la lectura; además, escribe para la sección cultural del diario La República (Perú), Suplementos de Libros (México), y las revistas Trama & Texturas (España) y El cuervo (Puerto Rico). Se desempeña como gerente de la librería Escena Libre. Ha publicado en poesía Inevitable catástrofe / Naufragio nacional (2021).

 

 

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