Hace unas semanas en la librería La Central del Raval  (Barcelona) se presentó Examen final (Trifolium, 2014), la última novela del escritor gallego José María Pérez Álvarez*. Vallejo & Co. tuvo la oportunidad de conversar con el autor, que con esta nueva entrega, sumada a Nembrot (III premio Bruguera de novela, 2002) y La soledad de las vocales (2008) entre otras, nos presenta una obra sólida, a contracorriente, fuera de los cánones actuales de la literatura comercial. Una obra que ha recibido constantes homenajes del escritor Juan Goytisolo, que como ejemplo, en la Feria del Libro de Madrid del 2003, ante las insistentes preguntas de los periodistas, solo supo recomendar un libro, Nembrot. Aquí la entrevista.

 

 

Por: Bruno Pólack

Crédito de la foto: Mani Moretón /

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1) Estimado José María, qué valor crees que tiene en estos tiempos de novelas históricas, o de repetir ciertas plantillas de moda para acceder a más lectores, el poder seguir los propios deseos a la hora de escribir. ¿Esto es, de alguna manera, un acto de resistencia?

 No sé si es un acto de resistencia, como dices. Más bien lo veo como una declaración de principios, una forma de afirmar que uno no entiende la literatura como una actividad meramente comercial y que apuesta por otra vía menos convencional, más arriesgada, independientemente de los gustos de la mayoría de los lectores. Declaración de principios que no sé qué tal les sienta a los editores.

 

2) En las reseñas o entrevistas que te hacen siempre aluden a que eres un autor “difícil” o que no sigues las corrientes literarias, ¿eso te hace sentir marginado o te produce cierto orgullo?

 En absoluto me siento marginado aunque sí me siento fuera de los circuitos comerciales, de toda esa parafernalia aunque de modo voluntario. Pero, como se desprende de la respuesta a la pregunta anterior, es una posición deliberada. No me causa tampoco orgullo porque no entiendo otra forma de enfrentarse a la literatura si no es corriendo ciertos riesgos. O sea, me siento cómodo en el grupo de los difíciles.

 

3) ¿Crees que existe un compromiso del intelectual frente a la sociedad, o no hay ninguno?

Cualquier actividad humana está sometida a un compromiso, más o menos eficaz, más o menos voluntario. Pero la literatura, en mi caso, no trata de ser tabla de salvación o barquita de náufrago aunque sí creo que acaso, en ciertos textos, aparezca una crítica más o menos evidente de lo que no me gusta a mi alrededor. A mi alrededor y dentro de mí.

 

4) Acaba de ser publicada en España tu última novela Examen final (Trifolium, 2014), y se percibe, junto con la terrible existencia del protagonista, un oscuro sentido del humor. El pesimismo y el humor son condiciones que se pensarían disímiles ¿son los sentimientos principales de este libro?

 Sí, si me paro a indagar en lo que he escrito hasta ahora, y no suelo reflexionar a ese respecto, creo que advertiste muy bien las dos características principales de mi literatura: el pesimismo y el humor. Es decir, mi visión negativa de la vida, se equilibra con el humor. De lo contrario caería en un patetismo casi insoportable. El humor, más o menos oscuro, como bien dices, fertiliza las dosis de pesimismo inherentes a mi forma de ser.

 

5) Después de leer Examen final siento una cercanía a Juan Filloy. ¿Estoy muy lejos?

A Juan Filloy lo descubrí tarde, hace apenas tres o cuatro años, y me dejó totalmente asombrado. Obras como Caterva, Op Oloop (las siete letras habituales de sus títulos) contienen páginas impecables. Un escritor a la altura de cualquier otro en lengua española. Pero yo creo que no me influyó, o al menos no de forma consciente. Su prosa es más barroca, más refinada, sería mejor decir. Estilísticamente, Filloy es inmejorable. Le adeudo horas de lectura feliz. Pero nada más y eso ya no es poco.

 

6) ¿Qué escritores no pueden fallar en tu biblioteca?

Recurramos, cómo no, a Borges: me gustaría tener una biblioteca infinita para meter a los cientos de autores que leo con enorme placer. De los que aprendo. De esos que envidias. Me ceñiré a extranjeros (Beckett, Joyce, Kafka, Cortázar, Perec, para no extenderme demasiado) y/o muertos (Juan de la Cruz, Cervantes). Censuro la nómina ahí porque, como dije al principio, sería casi infinita y seguro que me he dejado fuera a autores que me influyeron o con los que disfruto leyendo y releyendo.

 

7) El escritor peruano Alfredo Bryce Echenique plagió tu artículo “Las esquinas habitadas” en el año 2006, en su momento lo tomaste con buen humor, pero sí pediste, al menos, unas disculpas, ¿luego de 9 años hubo algún acercamiento de su parte?

No hubo acercamiento, pero sí un intercambio de correos. Bryce plagió dos artículos míos pero quiero dejar clara una cosa: alguien afirmó que yo había denunciado a Bryce Echenique y no es cierto. Conmigo se puso en contacto un periódico peruano para decirme que Bryce había plagiado cosas mías. Cuando otros plagiados presentaron denuncias en los tribunales contra Alfredo Bryce, yo no quise formar parte de ese ejército. Meses después me escribió un correo Bryce Echenique asegurando que aquello había sido un error de su secretaria o de alguien que había entrado en su casa y enviado esos artículos para hacerle daño. Ambos supuestos me parecen disparatados pero para mí el asunto se cerró con ese correo de Bryce Echenique. Creo que ese embrollo hay que enterrarlo ya.

 

 

 

 

 

*(Orense, España, 1952). Escritor gallego pero con la mayoría de su obra escrita en castellano. Entre sus diversas publicaciones destacan Un montón de años tristes (1999), Nembrot (2002 y 2014), La soledad de las vocales (2008) y su última novela publicada, Examen Final (2014). Colabora con el periódico El faro de Vigo y dirige el blog literario El arte del puzle. Ha ganado, entre otros, el premio Bruguera de novela (2008).

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