Por: Lorand Gaspar

 

Traducción: Víctor Bermúdez

 

Crédito de la foto: http://thelightpassenger.blogspot.de/p/voces.html

La poesía de Lorand Gaspar

 

El nomadismo es uno de los rasgos determinantes de la biografía de Lorand Gaspar. Nació en Transilvania —actual Rumanía— en 1925 y adoptó el francés como su lengua de comunicación literaria. Homo viator, como es, Lorand Gaspar se forma en la ruta como escritor errante: inicia estudios en Budapest para posteriormente refugiarse en París durante la Segunda Guerra Mundial, donde se forja como médico y desde donde parte —ya como ciudadano francés— a Jerusalén, y quince años más tarde a Palestina y a Túnez. Funda y dirige en los años setenta la revista Alif, junto a Jacqueline Daoud y Salah Garmadi, sobre literatura árabe y francesa. En su faceta como traductor, Gaspar exploró las escrituras de autores como D.H. Lawrence, Rainer Maria Rilke, Georges Séféris y Janos Pilinszky, entre otros.

Un código de austeridad atraviesa las moléculas de la poesía gaspariana bajo los signos del desierto, el mar, la luz y el cuerpo. Se trata de una escritura del hombre en el espacio, una geopoética, en la que lo literario y lo científico se erigen como dos formas de acceso al conocimiento dotando a la metáfora de un potente contenido epistemológico. Y es que la noción de aprendizaje es telón de toda su obra: el pensamiento de Gaspar se construye en la intersección entre lo científico y lo poético, donde acontece lo corporal, lo fenomenológico. Se trata de un escritor forjado en la pluralidad de lenguajes, en la comprensión de los procesos neurológicos, en la traducción, la fotografía y la curiosidad. Así se revelan las costuras de una escritura humanista de la mano de un genuino aprendiz de la luz.

El jardín de piedras

 

 

 

Vivimos en la frescura de ir

portadores de imágenes al jardín de piedras

el vasto imperio expandido, airado.

Lo que permanece a lo largo de los años,

suspiros azulados, violencias calcáreas

enorme región de vidas enmudecidas

crujidos verdes en los dedos de tiza

poco a poco aprendimos a escuchar

en algún lado la caída del jazmín –

 

 

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todas esas noches en las piedras

duermes los ojos los pulmones empapados

de ruidos de un viento inagotable.

La crudeza límpida de una fuga de los cuerpos

adosada a las horas que atormentan la cama

del campamento agitado por la luz –

 

 

callar los nombres con suficiente gozo

para que las líneas de fuerza

se muestren en los blancos.

Ve si puedes sentir la arteria

de tanto peso –
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Hubo noches de acero frágil

Engarzados de gestos inclinados sobre el fuego

el peso de la arena y las penas olvidadas.

Tragaluz paciente en la espesura de la sombra

cada alba en el granito del corazón

tú vuelves a aprender a agitar la luz –
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Ese ruido de palabras

que viniste a secar

sobre esas pistas donde el viento

se prepara con los cuidados la minucia

de un entomólogo inclinado sobre los coleópteros –

 

 

lo que yo amaba por encima de todo

claridad de hierbas de frágil felicidad

era en suma la invención del tallo

brotado temerario, vulnerable

ocupado solamente en crecer.

 

 

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Que en una tersa sílaba yo pueda

diluir toda violencia y todo oro

ese puro trigo de mí mismo enmudecido.

El desmoronamiento está en mis dedos –

 

 

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Te siento como una flexión en mi voz

donde los polvos de la tarde vienen a asentarse.

La travesía será larga decía el ángel

en la espesura de la piedra

 

 

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que no quede más que el ojo indiviso de nuestra carga.

Volvemos siempre más pesados a la tierra

agujereados de espacio clavados de luz

las manos apacibles en el descenso –

 

 

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tus brazos caen

en bajo bosque violáceo

tus ojos caen

y las escamas de la voz

y yo me escucho mil siglos más lejos

recompuesto sonido por sonido.

 

 

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Sostengo mi vida

una migaja de pan

muy fuerte los cien gramos

del prisionero de guerra

y a menudo tengo tanta hambre

que apenas quedan

y las cosas se colorean

de temores maravillosos –

 

 

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Noche todavía.

Ráfaga de ventana en los cuerpos

abruptos y callados.

La llama pintada del día voluble

sus maquillajes encima del ícono de carne

y cada grado de la noche para comprender

la memoria obsoleta, ¿hasta dónde nos dilataremos?

 

 

Esta plenitud casi y el desgarre de los faros

las aguas de dentro sacuden las ventanas

inmóvil yo escucho escucharme en algún lado

un hambre desbordante de nacer –

 

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(versión original en francés)

 

 

Le jardin de pierres

 

Nous vivions dans la fraîcheur d’aller

porteurs d’images au jardin des pierres

le vaste empire répandu, éventé.

Ce qui reste au large d’années

souffles bleuis, violences calcaires

énorme pays de vies muettes

craquements verts dans les doigts de craie

peu à peu nous apprîmes à écouter

quelque part la chute du jasmin –

(QEM, 77)

 

 

 

 

 

toutes ces nuits dans les pierres

tu dors les yeux les poumons trempés

de bruits d’un vent à jamais.

La crue limpide d’une fugue des corps

adossée aux heures qui harcèlent le lit

du campement hâtif dans la lumière –

 

 

taire les noms avec assez de joie

pour que les lignes de force

se montrent dans les blancs.

Vois si tu peux sentir l’artère

de tant de pesanteur –

(QEM, 78)

 

 

 

 

 

Il y a eut des nuits d’acier froissable

serties de gestes courbés dans le feu

poids des sables et peines oubliées.

Lucarne patiente dans l’épaisseur de l’ombre

a chaque aube dans le granit du cœur

tu rapprends à bouger la lumière –

(QEM, 79)

 

 

 

 

 

Ce bruit de mots

que tu es venu sécher

sur ces pistes où le vent

se prépare avec les soins la minutie

d’un entomologiste penché sur les coléoptères –

 

 

ce que j’aimais par-dessus tout

clarté d’herbes du bonheur fragile

c´était en somme l’invention de la tige

poussé téméraire, vulnérable

occupée seulement à croître.

(QEM, 80)

 

 

 

 

 

Que dans une très douce syllabe

je puisse diluer toute violence et tout or

ce pur froment de moi-même tu.

L’effritement est à mes doigts –

(QEM, 81)

 

 

 

 

 

Je te sens comme une flexion dans ma voix

où les poudres du soir viennent se poser.

La traversée sera longue disait l’ange

dans l’épaisseur de la pierre

(QEM, 82)

 

 

 

 

 

qu’il ne reste plus que l’œil indivis de nos poids.

Nous revenions toujours plus lourds à la terre

troués d’espace cloués de lumière

les mains apaisées dans la chute –

(QEM, 83)

 

 

 

 

 

tes bras tombent

en forêt basse violacée

tes yeux tombent

et les écailles de la voix

et je m’écoute mille siècles plus loin

recomposé son après son.

(QEM, 84)

 

 

 

 

 

Je tiens ma vie

un morceau de pain

très fort les cent grammes

du prisonnier de guerre

et souvent j’ai si faim

qu’à peine il en reste

et les choses se colorent

de peurs merveilleuses –

(QEM, 85)

 

 

 

 

 

Nuit encore.

Rafale de fenêtre dans les corps

abrupts et muets.

La flamme peinte du jour volubile

ses fards posés sur l’icône de chair

et chaque degré du soir à comprendre

la mémoire périmée jusqu’où nous dilaterons-nous ?

 

 

Cette plénitude presque et la déchirure des phares

les eaux du dedans se cognent aux vitres

immobile j’écoute m’écouter quelque part

une faim intarissable de naître –

(QEM, 86)

 

 

 

 

 

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