Vallejo & Co. presenta el texto leído por la poeta, ensayista e investigadora Macarena Urzúa para la presentación de la reedición de Fin desierto y otros poemas (2018), de Mario Montalbetti* realizada en Santiago de Chile, en la sede de la Fundación Neruda, el pasado 26 de octubre de 2018.

 

 

Por Macarena Urzúa Opazo

Crédito de la foto (izq.) Komorebi Ed. /

(der.) www.lahora.com.ec

 

 

Fin desierto y otros poemas (2018),

Mario Montalbetti: apuntes de lectura

 

 

Cada gota de agua lleva en sí su desierto

Braulio Arenas

 

Sé triste tal cual las gacelas ante el infinito y los meteoros,

 tal cual los desiertos sin mirajes

Vicente Huidobro

 

Viajar entre paisajes muertos en que nada se mueve,

 nada respira, nada vuela, ni nada suena

Francisco San Román

 

 

Fin desierto es un laberinto dice Felipe Cussen en el epílogo a la presente edición, cuya lectura es como seguir huellas, vacíos, caparazones de palabras, pienso yo. Según José Ignacio Padilla Fin desierto es un cuerpo a cuerpo con las nociones de espacio y presencia (21), en el mismo capítulo de El terreno en disputa es el lenguaje, cita la siguiente entrevista de Montalbetti donde señala:

“… la gran metáfora, el gran espacio, era el desierto; no hay nada. En este espacio en el cual no hay nada, vagamos inútilmente los seres humanos… Me parece que el desierto es lo que ves cuando no quieres ver. El inicio fue puramente geográfico, el inicio de la reflexión andina, hay algo a lo que no puedes llegar, no como una condición social, ni étnica sino puramente geográfica y de ahí nació…. El desierto es el sitio donde hay nada. El asunto es qué haces con eso” (22 Padilla)[1].

 

Entonces, me pregunto si es posible tal afirmación, ya que lo que hace Montalbetti es rellenarlo como una tabula rasa que llena de poemas o de reflexiones en torno al lenguaje, los signos lingüísticos, significantes, significado, o “materia no semióticamente formada” (22) como dice mi amigo Padilla y como él veo también lecturas vallejianas, ciertas atmósferas y espacios por donde se cuela este espectro en versos como:

se está respirando de vida y vuelta

y no se está muriendo lo suficiente

se está cavando un hoy inmenso

en el centro de oxígenos de fuego (29)

 

Pienso en el desierto chileno, en Atacama y en cómo se piensa aún como un espacio del vacío, un sitio que deviene en archivo que conserva historias, huesos, momias, cuerpos intactos, violencias entierradas, tapadas. Un territorio que expone su fractura y tal vez por esa misma razón deviene en soporte para en este caso este continúo de poemas, de materialidades hechas de palabras que ponen fin a este desierto a esta zona de nada o de vacío.

“El desierto no es la fácil alegoría social; el desierto no es la metáfora de la soledad del poeta. La figura del desierto es la de la ausencia de un escenario para el despliegue de las relaciones sociales… masas de afecto no del todo formadas, antes que significantes en comunicación” (Padilla 23).

 

Me quedo con esta idea de Padilla, pensando en el afecto como aquello informe que va más allá de un cuerpo y una subjetividad, aquello que justamente sería incluso previo al lenguaje, o sería parte más bien de un lenguaje de las emociones, algo que se dificulta de poner justamente en palabras. “Hay un desierto a la deriva”, dice el primer verso de Fin desierto, anunciando una escritura que también irá derivando entre estas páginas desérticas paradójicamente llenas de paisajes que pueblan el vacío, pero es también una cartografía emocional del sujeto poético quien parece preguntarse para qué escribimos: “escribimos para tapar los hoyos y reparar las faltas” (7). Tapar los hoyos del desierto, la verdad no creo que sea esto lo que dice, me venturo con que será quizás para tapar los hoyos que va dejando el ripio de la escritura, el silencio que no puede repararse.

La escritura es una reverberación de lo ya oído, ya escrito, ya leído, escritura como una traza una línea, un río, a la que se le sigue la huella, pero se escoge la del desierto, cito otro verso “de todas las huellas / escoge la del desierto” (8) paisajes de versos, rimas y ecos sobre todo y nada, ritmos que son texturas que van cartografiando a este mapa de la escritura, hidrografías como sueños para decir todo sobre nada, son palabras que arman recorridos en esos mapas al que podemos acceder a la escritura por un costado o una mirada oblicua a lo desconocido: “el diario secreto de las amazonas / el manojo de rosarios cuyas cuentas no conocen todavía…” (9).

 

El poeta y lingüista Mario Montalbetti leyendo.

 

Otro verso: “la vida late como late la piedra golpeando la piedra” (12), un sonido de cómo late la piedra golpeando la piedra en medio del silencio, se asemeja a la grafía que llena una página en blanco y la interrumpe, antes de ser un poema. Un verso como una herramienta para habitar y entrar a un lugar “caminé por estos versos para olvidar tormentos y sentí un alivio / pasajero al ver / jacarandás en flor” (14), o bien un verso que llena, lleva y detiene: “en este verso llueve como lloverá en el último otoño” (14), “Este es el verso en el que no se puede seguir” (14).

Así al leer este poemario ocurre que la unidad mínima del verso se arma y se quiebra ante los ojos de quien va persiguiéndolas (a las palabras o las letras) en estas páginas: “La palabra ha sido quebrantada / y la suma de todos sus fragmentos / es ahora destrucción” (15).

En el ensayo “Si todo el verde de la primavera fuera azul… (Sobre necesidad y contingencia en el poema) …y lo es”[2], Montalbetti cita a Simone Weil, recurriendo su observación sobre el punto de ebullición del agua, para “luego insinuar que la poesía es una forma de evaporación , una evaporación que va hasta el silencio: La poesía: ir con las palabras al silencio, a la ausencia de nombre (S.Weil)” (158), reflexión a la que Montalbetti responderá con lo siguiente: “Es el poema el que produce un cambio de estado en el lenguaje” (158). De este modo, sugiere que el lenguaje en el poema es lenguaje que ha cambiado y pasa entonces a ser una cosa distinta, sí, estoy de acuerdo y leo el siguiente verso: “los senos están secos y las tibias tibias” (17) en donde el lenguaje deviene en sonido, imagen, repetición musical, la materia semióticamente formada desaparece, no lo sé, pero será ese un modo de enunciar el vacío / ausencia entre la palabra fin y desierto? Mejor respondo con otros versos: “lo que cambia entra / en combustión/ se vuelve otra cosa / de otro color” (22). “Mi lengua está tatuada de sed” (19), una lengua y escritura deseosas de agua tanto como de un lenguaje inaprehensible. Desiertos que son también submarinos, “peces de agua dura rellenan los desiertos submarinos” se alternan con imágenes de lo visto y lo no visto donde el lenguaje vuelve a esa ebullición, “naufragio de las hojas de té en agua hirviendo” (20). Un desierto atravesado mientras “elaboramos teorías sobre el paisaje” (26) y agrego del lenguaje, de los espacios entre el poema y los sonidos, “idioma de lagartijas” (32).

Sigo leyendo y me encuentro con una figura que parece una X o es un dibujo de dos líneas diagonales que se encuentran en un punto. Una X en un blanco, será como una letra en el desierto, “hay un desierto ciego e incongruente” dice en esa página que corresponde en esta edición a la 33, que se desteje al mismo tiempo que se nombra una palabra y se cruza con otra como señalan los versos que siguen: “lo que dura cruzar el desierto / lo que dura cruzar la palabra” (33).

 

 

Estas páginas de Fin desierto aportan asimismo un paisaje desconocido o más bien inaccesible como el lenguaje: “en ningún lugar y en el polvo / arrojados del desierto / respirando en el catre lo que el aire desecha” (37). Un territorio construido con una lengua nueva en donde “el río es una cuerda / alrededor del desierto” (39), un espacio donde “el cielo / se ha roto / como una piñata”. Una imagen a la que voy persiguiendo a medida que leo este libro y siento que se apura el ritmo pausado, se comienza a acelerar extendiéndose a cierta decadencia, a la que vuelvo cuando el sujeto poético que va andando entre tanto significante, también entra a un desierto y a un oasis, volviendo a la lectura donde se va armando un mapa mental, o quizás para mí, al ver el texto: “las diez cabezas del desierto” (47): piedad insulto virtud súbita melancolía una palabra en desuso, poema que remata con los siguientes versos “que las lluvias laven estos poemas / que la tierra se trague lo demás” (47), los que leo como si fueran un oración, un mantra, una súplica por piedad ,al desierto mismo.

Una paradoja, me pregunto si donde hay totalmente nada hay totalmente silencio. Como dice en el poema: “sólo hay totalmente nada / en la bulla de las lenguas / imaginando cosas al mediodía” en la página 51, quizás se responde entre esa página y la 52 donde se agrega: “y sólo hay totalmente nada / en la bulla de las lenguas / imaginando cosas al mediodía” entonces veo que en este poemario hay una serialización que me resulta interesante un espacio y luego una “y”, y me doy cuenta que no estoy equivocada. Hablo con Felipe y leo su epílogo, el libro fue en su primera edición un largo pliego de papel con estos poemas, descrito por Cussen como “los diversos cuerpos y espaciamientos de las letras o las variaciones tipográficas producirán algunas recurrencias que podrían calificarse como “rimas visuales” (80).

Agrego: un poema que se lee en un continuo como si fuera el rollo de película de un film que vamos pasando, por lo que podríamos leer el poemario como grandes hojas desplegadas en un escritorio como un mapa, o abierto en el suelo como marcas y huellas, pienso será este el fin de Fin desierto. Pero no, vienen los salmos de invierno de la “a” a la “z”, pero que se salta un par de letras por ahí, quizás para marcar otra vez la ausencia las “x x x”, los espacios que siempre hay que rellenar en la lectura de poemas: me quedo otra vez con una imagen una que veo y oigo en donde el sujeto poético dice que ha vivido en una casa vacía, donde recuerdo ese gesto afectivo poético sinestésico: “a falta de caracolas marinas me acerco piedras al oído / y escucho las extrañas meditaciones de los fósiles / escucho y no me dicen nada” (54). Me y le pregunto acá al que escribió esto: escucha realmente nada o totalmente nada, no será otra bulla que se disuelve en esas extrañas meditaciones que son otras marcas de otro lenguaje quizás, O son las palabras objetos (en forma de garra de muela de vagina y encía como dice más adelante, en otro poema de la página 71), que finalmente nos hablan o remiten a la ausencia, como cáscaras de frutas o esqueletos de una hoja que al mirarla nos remite a algo que inevitablemente falta, pero que al mismo tiempo confirma su condición, su origen, existencia, una caparazón de la palabra: “las palabras son como pozos que contienen su propia ausencia / ¿dónde están? / entre las letras          (espacio) en los espacios ciegos      espacio…” (57).

Según Padilla, estamos ante la huida del significante y la huida del sujeto, que serían los temas a los que vuelve Montalbetti, huida de ese caparazón o cascarón en que queda convertida la palabra, agrego yo. Aunque es más bien lenguaje antes del lenguaje lo que creo entender cuando días más tarde de esta presentación Mario M. señala en la FILSA de Santiago: “el poema es un uso del lenguaje sobre el lenguaje” y confirma que lo que le interesa en realidad es lo que está antes, lo que dice el poema y cómo lo está diciendo más que de qué se trata o que quiere decir el poema.[3] William Rowe en su ensayo sobre la obra de Montalbetti parece concordar con esta idea y lee la poética desértica desde lo espacial, señalando: “la teoría de la escritura de Montalbetti coloca tiempo y espacio reales-antes que trascendentales – dentro de la palabra” (151), asimismo para Rowe el lenguaje en Fin desierto “depende de una escena de enunciación cuya huella en lo que se dice traduce la fuerza del lugar” (143).[4]

 

Dibujo del poeta Mario Montalbetti

 

Cómo terminan estos desiertos lugares, con un final que es una letra o marca “z” después de una “h”, es decir con muchas ausencias, pozos, espacios ciegos, que podemos elegir contar o no: y con el siguiente verso “el desierto es mi pastor todo me falta” y tres puntos suspensivos… Es que esa negación de que no tiene nada, confirma que todo le falta y hace intertexto con el salmo leído en general en funerales. Quizás el fin de este desierto sea casi una pregunta negativamente teológica, pero no lo sé, pensé que lo mejor era preguntarle ahí mismo al poeta, quien al finalizar esta presentación de su libro, señaló que el desierto es también la gran metáfora del lenguaje, algo que también intentaron desentrañar algunos místicos, una gran metáfora más lingüística “ese era el desierto”, dice Mario (inspirado en la imagen del desierto de Tacoma en EE.UU.) y agrega: “la falta de acceso al lenguaje… lo que falta en Perú”.

Ese era el poema, podemos decir, imagen del lenguaje devenida (un) desierto.

 

 

 

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[1] Paredes Martín y Abelardo Sánchez León 2002. “Mario Montalbetti, un recontra aculturado. Entrevista con Mario Montalbetti”. Quehacer (136). http://w3.desco.org.pe/publicaciones/QH/QH/gh136mm.htm (16 de febrero, 2012).

[2] En Revista de Estudios Avanzados  (26): 157-166. Disponible en http://www.revistas.usach.cl/ojs/index.php/ideas/issue/archive

[3] Diálogo de Mario Montalbetti con Paula Ilabaca y David Villagrán. FILSA de Santiago. 28 de octubre de 2018. Estación Mapocho.

[4] William, Rowe. “La poética del desierto de Mario Montalbetti”, Siete ensayos sobre poesía latinoamericana. México, D.F.: El poeta y su trabajo, 2003.  141-55.

 

 

 

 

*(Callao – Perú, 1953). Lingüista, ensayista y poeta. Linguista por la Pontificia Universidad Católica del Perú y PhD en Lingüística por el Instituto Tecnológico de Massachusetts (EE.UU.). Es cofundador de la revista cultural peruana Hueso Húmero. Actualmente, sus investigaciones se concentran en las relaciones entre metalingüística y metapsicología; y se desempeña como profesor asociado de lingüística en la Universidad de Arizona (EE. UU.) y en la Pontificia Universidad Católica del Perú, así como profesor visitante en las Universidad de California (EE. UU.) y Cornell (EE. UU.). Ha publicado en poesía Perro Negro, 31 Poemas (1978), Fin Desierto (1997), Llantos Elíseos (2002), Cinco Segundos de Horizonte (2005), 8 cuartetas contra el caballo de paso peruano (2008), Apolo cupisnique (2012), Lejos de mí decirles (poesía reunida, 2013), Vietnam (2014), Simio meditando (ante una lata oxidada de aceite de oliva) (2016), Fin desierto y otros poemas (2018) y Notas para un seminario sobre Foucault (2018); y en ensayo Lacan arquitectura (en colaboración con Jean Stillemans, 2009), Cajas (2012), Cualquier hombre es una isla (2014) y El más crudo invierno. Notas a un poema de Blanca Varela (2016).

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