Por: Daniel Freidemberg

 

Algo que caracteriza a toda la poesía de Roque Dalton, desde el primer texto hasta el último, es que no hay el menor lugar para la impostura, si entendemos por “impostura” todo efectismo para impresionar, todo elemento que apunte a producir alivio o complacencia, todo toque ornamental, toda identificación de la poesía con algún tipo de orden maravilloso o reparador. No hay encantamiento posible, ni trucos que admirar, ni deslumbramiento, ni bellas palabras puestas para acariciar el oído ni imágenes para seducir o atrapar, menos aun para suscitar en el lector la sensación de que ha ingresado al paraíso de un universo armónico. Lo que hay, por el contrario, lo que parece ante todo poner la escritura en movimiento, en Dalton, es una necesidad de tocar la verdad y abrirle paso. O, tanto como una necesidad o más, una obstinación: la verdad no sólo es ineludible, sino es también el fundamento. ¿Qué verdad? Alguna verdad, algo que, por ser verdadero, esté reclamando pasar a la palabra de algún modo, para que así el poema ofrezca algún tipo de develamiento o contacto con lo vivo e intratable que en la realidad bulle (no importa qué realidad, si exterior o interna). Eso vivo, intratable e inabarcable que las palabras y la visión de la existencia adocenada que llamamos “la realidad cotidiana” amortiguan, ordenan o adornan para volverlo más presentable. La “verdad” contra “la realidad” sería la fórmula. Y es en ese marco, creo, que se puede percibir mejor de qué hablamos cuando hablamos del “conversacionalismo” de Dalton, cómo sería y qué cuestiones supondría su particular modo de practicar eso que se llamó “conversacionalismo”, sin duda uno de los más significativos dentro de esa corriente que prevaleció en la poesía hispanoamericana durante los años 60 y parte de los 70 del siglo XX, hasta que el sucederse de los hechos literarios y políticos mandó pasar a otra cosa.

No se trata tanto en su caso, como sí en otros, de recurrir al léxico y a los modismos del habla popular o de las clases medias –aunque a veces lo hizo–, ni, mucho menos, de acceder al tono de fraternal confidencia sentimental de café, como supo ocurrir en el coloquialismo argentino y uruguayo. Más bien lo conversacional es en Dalton un gesto rotundo, el que va a encontrar la palabra y la frase que vayan directamente “al grano”, sin vueltas, aun a riesgo de resultar “prosaico” para ciertos paladares, como pudieron parecer prosaicos en su momento, por tentativas semejantes, Ernesto Cardenal, Nicanor Parra, Enrique Lihn o Francisco Urondo. En todo caso, en Dalton, la cuestión es hallar y trabajar la palabra y la frase más precisas, más necesarias y más consistentes –no las más estridentes, no las más llamativas– y dejarlas puestas en el lugar justo del poema, de modo que digan exactamente lo que tienen que decir y en el momento en que deben hacerlo, con toda su carga inequívoca y su sabiduría tácita, y sin el más mínimo elemento agregado que ofenda la inteligencia del lector al suponer que deben dársele explicaciones o ayudas que la vuelvan más “comprensible”: la palabra como objeto desnudo que hay que limpiar y exponer para que sea imposible obviarla en ninguna de sus dimensiones, sin juegos que permitan distraerse, pero con una disposición que permita trabajar al intelecto en la lectura, no como quien descifra un enigma sino, simplemente, como quien acostumbra a ejercer el elemental derecho humano de pensar, y lo ejerce con placer porque va descubriendo que en ese ejercicio le resulta un poco menos ajeno el mundo o se ve con mejores instrumentos para manejarse en él y más dueño de sí mismo.

Dalton no es el único en eso. La apuesta es la de una gran parte de su generación, pero en todo caso vale la pena ver cómo en su poesía lo que parece acercamiento al prosaísmo tiene que ver con una empecinada necesidad de tocar fondo (y va de suyo –habrá que decirlo ya–, que esto se da también en su vida, incluida sobre todo, pero no exclusivamente, su vida de militante político), una necesidad de des-retorizar, de no contentarse con sustitutos, de despojar a la escritura de hojarasca verbal y cháchara para que en su desabrigo luzca más neta, y no por una creencia ingenua –y burguesa al fin– en que “las palabras dicen lo que dicen” o en que “la comunicación es posible”, sino, por el contrario, por una extrema vigilancia y hasta, podría decirse (aunque no creo que Dalton lo hubiera dicho en esos términos), un extremo descreimiento. Lo mejor de las búsquedas en el prosaísmo, en todo caso, apuntaba en esa dirección: “basta de verso”, en el sentido que en la jerga coloquial de los argentinos tiene hoy la palabra “verso” (“hacer el verso” es hablar para estafar, engañar o seducir). De lo que se trata es de hacer resplandecer el duro encuentro de la palabra con las cosas, como cuando se golpea uno contra otro dos piezas de metal.

¿Estaría entonces Dalton en la misma onda de las chicas que en la Argentina y otros países vienen desde hace algunos años escribiendo que no saben si sacar a pasear al perro o hacerse un tatuaje? ¿O de los chicos que entreveran masturbaciones con skinheads, cocaína, televisores descompuestos y menciones a Brad Pitt o a algún pintoresco ex presidente de la República? Habrá que ir a los poemas, en todo caso, y ver si lo que se da es el golpe del metal contra el metal o si las palabras y los objetos de la plebeya realidad son incorporados al poema como puede ser incorporada cualquier otra cosa, para así tal vez obtener un efecto de reconocimiento y sentirse de paso más cómodo, con la realidad y con el poema. La cuestión es, si se lo ve como yo lo veo, ideológica: no es si están o no las palabras “prosaicas” o “vulgares”, no es si está o no el mundo de todos los días: la cuestión es cuál es la relación con el mundo que el poema propone.

Más de un hastiado de la banalidad o el simplismo que imperan hoy –o imperaban hasta hace poco− en la poesía de algunos países hispanoamericanos se confunde al identificarla con el conversacionalismo y el prosaísmo de los tiempos de Roque Dalton, y no alcanza a ver entonces que en el origen de aquel conversacionalismo o prosaísmo estuvo esa necesidad de tocar fondo y ver las cosas de frente. Como tampoco parecen advertirlo quienes alegremente suponen ser de la familia de Cardenal, Urondo, Dalton, Gonzalo Millán o José Ángel Cuevas, cuando las razones de ser de un conversacionalismo y el otro son tan diferentes –y hasta quizá contrarias– como son diferentes los contextos históricos. De hecho, la obra entera de Dalton (y claro que no sólo la de Dalton) forma parte de un clima de época con el que no sólo tienen mucho que ver los modos de su escritura y las cuestiones que le preocupaban sino, y especialmente, lo que implicaba la escritura para él, que no es lo mismo que lo que significa escribir para quienes escriben hoy. Y hasta diría que algo no se alcanza a captar de esos textos –los de Dalton y los de muchos de los que escribieron en los años de Dalton– si no se tiene en cuenta el clima de época, que si falta ese consenso generalizado y tácito que llamamos “clima de época”, algo falta en el sentido de las frases, las palabras, las imágenes, las alusiones, los tonos. No está al menos todo el sentido que esos textos tuvieron en su momento.

¿Quiere decir que los que empiezan a leer a Dalton recién ahora se pierden algo importante? No lo sé, ni creo estar en condiciones de saberlo. Yo, y eso es seguro, no puedo leerlo sin recordar lo que era leer entonces a poetas como Dalton y todo lo que eso implicaba. Y que quizá pueda sintetizarse en una palabra, un nombre: Cuba. Que no es la Cuba que existía realmente sino la que veíamos e imaginábamos desde acá, y en la que Dalton con otros escritores, intelectuales y poetas, cubanos y de otros países, parecían encarnar cierta síntesis: William Blake, Vallejo y el Moncada; Rimbaud, Pavese y la Sierra Maestra; Ho Chi Min, Hemingway, Sartre, el jazz y The Beatles

Juventud rebelde se llamaba entonces y se llama el periódico de la Juventud Comunista cubana, y el adjetivo “rebelde”, por aquellos años, no tenía un sentido solamente político, y menos aun cuando era aplicado a la juventud, no sólo en Cuba (eran años previos a la Cuba del Caso Padilla y al posterior Quinquenio Gris) sino en todo el mundo: la frase que andaba en el aire era “rebelión existencial”, o más bien en los libros, los poemas, las películas, las canciones, el modo de vestir, lo que buscaban los ojos al mirar otros ojos, o una rama, o el cielo. El turno del ofendido, el libro que Dalton publica en 1962, y, sobre todo, su primera parte, “Las cicatrices”, es un muy buen ejemplo. Es una poesía poderosa y espléndida –tal vez lo mejor que escribió su autor, junto con Los testimonios, de 1964, y, probablemente, el más conocido Taberna y otros lugares, del 69– y, bastante lejos aun del conversacionalismo, recuerda más bien a cierta poesía “maldita”, precisamente por su actitud de rebelión ante las circunstancias: “Y aunque el corazón no sea el brioso animal que presentíamos/ basta para beber apasionadamente el amor y los cuchillos que nos rodean.// Toda la ciudad gigantesca vese prisionera en esta esquina que es como un gran ojo abriéndose/ hasta donde el infinito pide tregua a la sed de ir más allá que tienen los hombres”.

Este Dalton casi adolescente que cita a Borges y a Michaux es rebelde porque el mundo es mezquino y estrecho, es un mundo mediocre ante el cual se alza la disconformidad del poeta, su necesidad de una vida más plena, y también su desesperación (“El insomnio es una red roja o violeta/ un pozo sin fondo/ que ni el amanecer soluciona/ un crucifijo en llamas/ que no termina nunca de quemarse”): tanto la rebelión existencial puede conducir a la egolatría autoencastillada y sadomasoquista a lo Pizarnik, ciega a todo lo que no sean sus propias e incomparables visiones, como a la lucha política, y tal vez no sea yo el único al que la lectura de este primer Dalton le recuerde bastante a los primeros poemas de Francisco Urondo, que, como Dalton, podría haber dicho “llegué a la revolución por la vía de la poesía”. Poco antes de concluir El turno del ofendido, precedido precisamente por el título “Final”, un poema lo dice: “Yo que sólo pedía un poco de ternura,/ lo que no cuesta nada,/ a no ser el corazón.// Ahora es tarde ya.// Ahora la ternura no basta.// He probado el sabor de la pólvora.”

Puede decirse que ya es un poema conversacional y mucho más el que lo sigue y cierra el libro, y los que vendrán en los libros siguientes. No todos, sin embargo: Dalton supo manejar posibilidades muy diversas, con un enorme dominio de la escritura y un talento que no me cuesta considerar “innato”, y no dejó de probar un amplio registro de alternativas en sus búsquedas escriturarias, siempre como acosado por una lucidez que no permitía distracción ni exhibiciones de suficiencia ni momentos de sosiego, e internarse por rumbos inesperados muchas veces con resultados más que notables, en especial en el largo poema-collage “Taberna”: no tengo acá lugar para hablar de todo lo que significa ese texto, en especial de lo que significa que lo haya escrito un revolucionario, que no deja de serlo pero que por el solo hecho de escribirlo está replanteando radicalmente la idea misma de “poeta revolucionario” y convirtiéndola en otra cosa, impensable, incluso hoy, para muchos de los que juntan ambos términos, “poesía” y “revolución”.

Baste por ahora decir, respecto de la propuesta de “Taberna”, que la producción de lo poético depende menos de lo que hay puesto en los textos, y de cómo está puesto en los textos, que de la actitud del lector. No es que esté puesto de cualquier modo, no es que no haya una responsabilidad y un cuidado extremos en la selección y disposición de frases y palabras, pero esas frases y palabras tomadas de conversaciones en una cervecería de Praga, como quien colecciona objetos curiosos que encuentra en la calle y los expone sin agregarles casi nada para que cada quien haga su estimación si es capaz y si quiere, importan y son poéticas, si es que lo son, no por el modo en que fueron dichas o por la intención de quien las dijo (aunque en algunos casos haya habido intención poética): es el trabajo de la mente del lector, es su disposición a verles el revés o apreciarlas de otro modo, o encontrarle la quinta pata al gato o ponerlas bajo la lupa de la extrañeza, o considerarlas simples objetos curiosos o sospechosos objetos de investigación, lo que produce esa ebullición incierta de sentido que llamamos “poesía”.

En cierto modo, “Taberna” extrema, lleva al colmo y desemboza algo que siempre estuvo presente en la propuesta conversacional. Siempre, en buena parte del mejor conversacionalismo, las palabras y las frases tendieron, aunque sea un poco, a ser expuestas como objetos a ser considerados para que una lectura escasamente ingenua y con ganas de distanciamiento termine de darles su sentido. De hecho, la mayor parte de la poesía de Dalton posterior a “Taberna” parece abandonarse cada vez más a la confianza en el lector y entender a la poesía como un ejercicio de la anotación para que sea otro, el que lee, quien, al hacerse cargo de las anotaciones, las inserte en un contexto más general: ahí, sí, se vuelve determinante el papel del “clima de época”, incluidos los consensos del ambiente literario y de la izquierda intelectual. Siempre inteligente y agudo, siempre incisivo, siempre intransigente ante cualquier flojera espiritual, Dalton sin embargo va cediendo en intensidad poética: ya no sólo no es la belleza de la palabra lo que más importa, ni siquiera importa ahora siempre la precisión o la justeza. Escribir se ha vuelto un acto de entrega, algo así como abandonarse a una corriente de conciencia donde no haya coartadas ni escondites ni alivios y todo quede a la vista.

El hecho es que, tal como parecen estar concebidos, estos poemas del último Dalton necesitan de un lector acorde, es decir –una vez más– de un “clima de época”: son los riesgos del conversacionalismo, del de Dalton y del coloquialismo en general, que pocas veces pudo salir de esa encerrona. De ahí la enorme diferencia entre leer sueltos, tal como uno suele encontrárselos en la web, los breves poemas, en general de temática revolucionaria, de los últimos años –cargados de un humor aforístico y del clima tenso de la lucha guerrillera que llevaría a su autor a la muerte– y leerlos reunidos en libro. Sueltos pueden ser, en los peores casos, didácticos o meramente expresivos de alguna idea, y en los mejores, ingeniosos, graciosos, reflexivos, condensaciones de pensamiento que a su vez dan qué pensar. Y nada más, literariamente nada más: hasta ahí llegan. Reunidos en libro, en cambio, si se los lee como uno leyó “Taberna”, parece haber por debajo y en torno de ellos “otra cosa” de la que los textos apenas son emergencias, indicios, señales para advertir lo que transcurre, poderoso y complejo, en verdad: una voluntad de sostener la palabra con el mayor rigor posible, sin concesiones, en medio del sudor y la pólvora. Pero es el lector quien tiene que decidir leerlo de ese modo y nada asegura que vaya a lograrlo, menos aun en tiempos, como los actuales, tan lejanos de aquellos para los cuales esos poemas fueron concebidos. Es el riesgo que corre toda propuesta poética que depende demasiado de los pactos, explícitos o implícitos, entre quien escribe el texto y quien lo va a leer. Más decisivos aun cuando es su época la que los favorece o los reclama, tienen mucho que ver esos pactos con el problema al que suele ir asociado el conversacionalismo, o algunos conversacionalismos, tan dependientes a veces de los mandatos de “la época”, cuando se da la ocasión de revisitarlos en otras circunstancias.

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