Lenguatómica. Sobre «Cortes de un montaje» (2019), por Reynaldo Jiménez

 

Por Reynaldo Jiménez

Crédito de la foto (izq.) Ed. Abend /

(der.) el autor

 

 

Lenguatómica.

Sobre Cortes de un montaje (2019),

de Ángel Oliva*

 

 

1. ¿Ruido de cámara o ruido blanco de cámara oscura o cámara en blanco? ¿O punto gris o reflexión de la imagen-movimiento en pleno acervo verbal? ¿Para que atraviesen las palabras la baba cohesiva, es decir, la convención? ¿No tiende este libro de Ángel a un tratamiento de lo espeso o mejor aún a desretratar (desenredar) lo espeso, una destilación de aquellos humores de la lengua, como si los convocara, para asociarlo al toque, el geniecillo maligno de Cartesio o el espíritu burlón de Mateo? ¿Por dónde pasa la cinemática de Ángel si no, en su intrincamiento-reverb, o sea en reverboerrancia, como quien arroja fosos a los leones causales, al vómito surgelado del relato historia? ¿Acaso no están catando (catalizando) nuestro oído interno las atonales, las transversales semánticas, las líneas de pesca, rayas y sondas de múltiple irregularidad y palpación, justo donde y cuando catapulta, procesa la cosa háptica del sinestésico, la estesia loca de su giro, contacto a flor de piel con la irregularidad en sí, como aventura al ras que un aliento de cámara empaña en la lente para que el giro sea del eje o sea del foco?

 

 

2.La relación entre edición de texto y montaje cinematográfico ha venido a enriquecer los alcances en el tratamiento propio del lenguaje —cuando devuelve a la palabra— en ambas direcciones: las posibilidades porque los procedimientos. Lengua ex-yunque.

Quizá la escritura poética, en cuanto textil, se vea la más beneficiada por el intercambio, al hacerse, darse, el involucramiento compositivo, porque precisa ese lector sinestésico capaz de reintegrar los hallazgos propiciados por la noción-procedimiento del montaje. Tal tratamiento —tratado y destratado— del factor temporal, inmanente a la textura, a medida que hilvana las tomas, isomórficamente habita la duración.

La cual, de base, el despliegue versal no eludirá —al contrario. Como en la música, más bien su integración vibratoria le permitirá arrimar, aprojimar la paradoxa, justo en la percatación temporal de la desatada, aunada durée. Estribaciones disponibles al cuerpo aborigen que hace al trance. Un trance agnóstico, si se quiere, cuyo sagrado podrá ir haciéndose informalescente.

Hacer al ras de ese trance que inducen las formas sinuosas del cante. Ángel incorpora, agarre inasible, el gen del grito —orígenes mixtos remixturados del subsuelo y del vuelo— en transfrontera se entrelee. Con instinto metamórfico entona, mientras prueba palabras, les degusta el espectro de imágenes-movimiento.

 

 

3.Desde la inductiva amargura hasta la dulzura discreta, hunde la mente en la secuela que intermite, en esa laguna, a la cual objetiva y agita. Devuelto sonaja el rumiante, como el Orfeo-Narciso de Cocteau, adentrando el eco, que un lunes Ángel, exento de la pesantez ambiente, nos recordara:

fotograma.

 

4.Cinéma vérité de la partícula. La expansión viaja para dentro, condensa. La potencia ahonda su reservorio molecular. Lo que el alma-palabra a la palabra. Reverbero anterior que la puesta en historia —culebrón— obligaría a ignorar.

 

 

5.Y aunque Ángel bien aclara que los “Cortes (…) llegan de Burundi”, ya el solo título del libro atrae consistencias polivalentes. Imanta, por vibrarlas, partículas de un resplandor espeso, de frente a esta marca o cicatrización en ciernes de la caída en el misterio que es la historia. Esta llaga aborigen del migrante nocional. Esta incomodidad del común.

 

 

6.Cortes que hacen al ensamble imagen-tiempo, el plano inmanencia en cuanto

un conjunto infinito de imágenes en movimiento. Es decir, un conjunto infinito de imágenes que no cesaban de actuar y de reaccionar unas sobre otras, unas con otras y —estos son términos bergsonianos— sobre todas sus caras y en todas sus partes.[1]

 

 

7.Perduran por estratos estos cortes, transparentando el trabajo acucioso de la lente en transición —nunca mero cristal con que se mira— entre las piezas, es decir llevándolas (trayéndolas) a articularse entre sí. Un móvil sintáxico cuyos efectos ya no confirman una causa. Entre el entre liminar de la percatación. Porque el aporte invertebrado del corte —valga la rima involuntaria— es articular transiciones, desatarles el reverbero.

 

 

8.Alertado por lo tajante, lo desechado echa a correr una suerte: el oficio del cante repensante, cuanto más refinado, más desautoriza a quien lo ejerce. Se las rebusca el montajista imaginal de síntomas, vía su franco amateurismo, su médula rupestre o —cómo invocarlo sin que se asuste—su fantasma sustancial. Al ras del susto que nos puso en boca la palabra justa. La que por frágil impartiría justicia poética, tan humillada ella. ¿Reajuste connotativo o desbarajuste? Diagramas gestuales, velocidades del fraseo que las calibra.

 

 

9.Néstor Sánchez, en “El lenguaje jazzístico”: “la escritura significa un modo de escapar a la cárcel del sentido”.

 

El poeta Ángel Oliva

 

10.Lo que quedó fuera de la película. De algún modo habitado cuya influencia persiste. La borradura deviene revisitable donde y cuando la memoria no alcanza (no nos alcanza). Influye el plano de inmanencia lo imperceptible. Velocidades a la incomprensión quizá destinadas. La parte de borrón que atañe, sin embargo, al implícito, a sus estiramientos posibles, produce variación en tanto elongación de latencias. ¿Cómo no relacionar al implícito con el fuera de campo (de relato)?

 

 

11.Tratar materiales incandescendentes, alinear gradaciones concientes y recuperar el recurso soterrado, el meandro en el espectro, la tara que arruina la foto, el equívoco técnico, la falta tartamuda de perspectivas, el balbuceo heterogéneo que corta la linearidad en los linajes. Para arremeter, en el empuje, entonar, al preexistente, sea cual fuere, a contrapelo, de ser necesario. Y suele serlo. El efecto sin fin disuelve la causa: el relieve verbal intermite un retorno heteroeterno. Bienviene al malentender.

 

 

12.¿Y qué es lo que quedaría balbuciendo Ángel en tal destreza a contraluz? La aparición de las palabras repercutiendo inesperada precisión en el desbarajuste. ¿Parece poco? Precisión, aquí, alude a estratos plenificados por incondición. El valor textural de esas sofocaciones traídas —medio ready made— al pneuma. Contra el eufemismo de libertad condicional, brutalista delicadeza, abarca la impregnación imaginal, donde lo preciso es en devenir. Aunque arrastre implicado un desgaste (por el uso), la precisa ligereza de las formas —esas velocidades, ese meollo— permean así la dignidad de las informalescencias implicantes.

 

 

13.Una plenitud del nombrar disemina, sin enchastrarle estela a los arrastres más aborígenes, arrostrando, eso sí, en plena jeta del sujeto hipócrita —no el lector de Baudelaire sino nuestro idiota oportuno a los discursos— un desafío de lo más poético: seguir aprendiendo a leer.

También y por eso un corte de mangas a la gama transparentada del entristecimiento y sus agentes:

Apenas puede esta escritura capturar sus impudores

brega en doblegar su codigario abstruso.

Y como los Garamantes que vendieron a Plinio

una cantera de misterios,

hurga en lo más miserable del idioma

en busca de los nombres que conjuguen

la cópula del juez, del cura y del abuso.

 

 

14.Detonación de lo más miserable del idioma a fuerza de bilis y desacato. Desocupa la voz en boca del que presta oído a esas palabras que parecen provenir de la fisura, de lo que heriza nos, y que por ahí mismo prenden una vela para advertencia muy anterior. Acaso el sobresalto (la variación) del susto originante que fermenta las resonancias.

 

 

15.El tema americano, por supuesto, asume el tembladeral idioma —cameo de Cortés estratega al aguzarle el acento a los Cortes: “Por eso Hernán Cortés desde Tabasco/ sueña el sueño falso de la lengua”— y se ve confrontado, en estas páginas, como el propio germen lezamiano, en pro de una contraconquista residual. A través de sucesivos gags verbales, escenas que ponen a prueba comportamientos, quizá enquistados, de la lengua, Ángel refila cortometrajes connotativos, apalabra-microfilma. El miniado les reconsidera, a ciertas figuras, las latencias del mito detrás del síntoma. Les restituye, con ello, cierta utopía pulsional, si ya no el extralímite al preexistente Historia tal “lo llegado hasta ahora”. ¿Cómo se hiperteliza el continuo sino con el adentramiento intuitivo del intersticio, en la anarcointermitencia de respiraderos posibles o a inventar?

 

 

16.La olivana ironía es consistente al no aposentarse en la entonación. Abre a la consideración de ese neutrino en los tembladerales perceptivos, a partir de los cuales emerge, insurgencia del medium. El microviaje matérico a la palabra constituye otro retorno, en esa paralógica, en que el detalle es lo que cuenta. El entremedio mediopunto se desplaza. Al punto extremo de vértigo, en ese punto de máxima tensión significante, la arritmia. Destellos de insignificancia. Ironía atonal.

 

 

17.La frase de Adorno vía Oliva viene, por desbaratar, casi a desadornarlo todo: La interioridad es la prisión histórica del hombre prehistórico. Podríamos quedarnos largo rato en la lemniscata proferida por el pórtico, por aquello de la cárcel del sentido. Interesa que revuelve esa interioridad, tan bastardeada, e interesa que lo haga posibilitando su revisión. Como a la forma en el estilo, además del alcance, atiende al límite acaso encierro. En ese confinamiento a la interioridad expandida, sin embargo, se curte el preverbal, o por lo menos el íntegro pregramatical del susto que alumbraría una experiencia poética.

 

 

18.Cuál transparencia cuál opacidad cuál claroscuro.

 

 

19.Algo así como los retornos impredecibles —cantábiles— de este o aquel aspecto no retenido en anales o crónicas o inventario. Anterioridad, por así gemir, del incondicionado, más que antecedente o precursión. En el desoterramiento del preverbal, que se recupera, asimismo, vía entrelazos de reverberancia, las palabras readquieren espectro vibratorio. El cual incorpora arrastres connotativos por la escansión, al pregusto de una suerte de incandescencia que se anima a hacerse la reimaginante. Escurridiza, según venga la glosa, a los anzuelos de la descripción habituadora.

 

 

20.Los desplazamientos parecieran desdoblarse por inherencia. Afecta —por supuesta— la memoria. Y este lanzarse a contrarresto del relato cohesivo con su locución argumentadora, quedándose a escuchar y compartiendo la filtración del reverbero,

o cavar los túneles del topo de la Historia.

 

 

21.¿Detrás de qué paredes, qué partes, partes de dónde, para que saltes todo el tiempo, ritmoleaje trickster, cual bifocal reflexión en torno al destino y la escritura?

mientras escupía perlas de esperpento

su verbo está en sus trastos, en su cómico casquete

 

esta escritura sufre de la artritis

(…) sus artisticidades (…)

tienden a extinguirse.

 

 

22.Se nos expone al dilema de la forma ante el estilo. A sus artisticidades, diría Ángel (con Breton) mismas que no se priva de arrimar con artritis: obraje bastante implacable de una autocrisis. Acaso lo sobresalte la indecorosa magnitud de su despropósito en sus engastes, pero acarrea anclajes, reverbera, por ejemplo, cuando:

enrolla y desenrolla el yoyó ético

(…)

desconoce el sueño español de la lengua

por eso sueña yoyeando

(…)

sueña el sueño falso de la lengua,

 

(…)

el idioma nuevo del yoyeo azapallado

(…) el idioma cae sólo

al que le llega, espectador, oyente, a la clientela,

como un baldazo de agua y hielo, tan fresco,

tan caído del cielo que lo dice todo

y lo refresca, todo hasta formar

santo consuelo.

Soy entonces la televisación de la escritura

(…) una escritura actual, última,

escotomizada. (…)

 

 

23.“Escotoma: área del campo visual con pérdida absoluta o relativa de visión que se encuentra rodeada por un área de visión normal.”

(…) una genealogía del delirio es,

si además es escritura,

un delirio genealógico,

la espléndida ceniza de una espléndida flor.

 

“¿Cómo se ven los escotomas?”

(…)

yo soy cada hombre de la historia

que es como decir soy su escritura enferma,

su arena movediza (…)

Escribir la historia desde el borde del abismo.

 

“Un escotoma es un punto ciego en su visión.”

 

 

24.Quizá un antiproyecto. Quizá lo más difícil. En cada situación abisal la colocación del funámbulo es tricksteriana. Aplaude a contramano. Ofrece una borradura del sentido expuesta, cuyos filamentos sombríos restituye en sagrados que se Y con ello trenza una alabanza del abalanzarse, luciferino tal cual es. Que no es que baje, sino que hace pie y es más abajo.

Y entre la lengua de los ángeles

de Swedemborg

y la lengua del prospecto industrial,

rechina esta escritura

por la borda acrílica y pesadillesca

del ensueño improductivo.

 

Cuando Ángel rechina, activa por supuesto el verbo evidente, a la vez homologa la lengua angélica con el prospecto con tal que devenga dos veces china —valga la dicha— para, es decir, aprehenderla al leherla. Cambia todo el tiempo y mucho en los reservorios indómitos del entre. Ahí es cuando

Guiada hacia el interior por la mirada

se vuelve atómica (…)

 

 

25.La lengua atómica. Ultratónica. A su maniera totémica. Se aparta del desgaste que desangela y angula y bien contempla, pero perambula, reconsidera las distancias del contemplador y lo contemplado, y entreteje o desentreteje la frecuencia de su térmica modulando, al ensayarlas, heterofonías, deshilache connatural a médulas y esencias.

y demostrara el retorno de una forma

furtiva de nombrar lo que queríamos

dejar atrás (…)

 

 

26.¿Y la lengua materna qué se hizo? Ángel en pajarístico o en zaum, catarata dadá, realce transmental de contrajuro, se va de pronto de toda recordación semántica, se va de boca, o más bien entra, de lleno, en materia:

yuut! pffa! tum! pon!

fzzz! suii! shhht! arr!

tumtutumtum ta!

tatata tum! lalala tum! tumlatumlatumla!

 

Cerca la tumbadora, la encrucijada, destinorigen:

contra el estro vaginal de la orquídea,

imitando al grillo, la tórtola, el becerro,

a la voz, hábil de la madre llamando.

El grito de la madre, la lengua de la madre,

la memoria de la madre

(…). La madre, contra la penumbra,

la imagen de la madre contra la sombra de la muerte.

 

(…)
Pero si la escritura simula el ser sobre la órbita del pasaje,

cuál es la escritura de la madre,

cuál es la gramática de la madre,

cómo se escribe su llanto de tierra,

su corona de espinas, su tormento;

(…)

 

 

27.La lengua atómica se las rebusca amniótica. Nostalgia del sin orillas. A su vez evocación del origen anterior a la fuente. El roce del magma los arrastres connotando. Disolvencia en el gesto receptoperceptor y repercutor respecto del antro de las resonancias: la caverna calaverídica donde la escritura tantea por atrás de la potencia. Busca el hueco en el acto. Y ahí la lengua tantea, saborea sin filtro, se fía del nombrar y a la contradicción la degusta —inocencia adrede del cultivo.

 

 

28.Arroja Ángel al aire de la página algunas listas inhóspitas. Desgaja la fuga nominal por colisión asociativa. Alarga la cadencia hilozoísta-luciferina, por microensayar, redesdoblar enhebrados registro y voz:

El animismo mora en las imágenes,

cuando retiene un trozo de vida elemental,

el demonismo amarra un trozo de vida elemental

y lo confronta a las imágenes.

 

 

29.Acordando actitudes bajo la sola concatenación de palabras semisueltas en descontexto, pero en reguero, por expandir la vía asociativa, ejercicio sináptico, de curación, por lo fortuito nunca arbitrario. Ángel recurre a Warburg, atiende supervivencias, las solivia alineándolas al pulsar, una intermitencia que conlleva siempre al entredós. Incluso cuando el textil convierte en figuras a los recursos y cursos de la técnica propia del oficio, valijita del instrumental del aprendiz, cosa insólita, pervivencia niñesca, de aquellas figuras mismas a que predispone:

Así, hábiles, unos, industriosos y dúctiles,

espectrales y lúdicos, lunares y mágicos,

forjan la joroba lítica del tiempo:

las duraciones, las metamorfosis, el ritmo,

el intervalo, la ausencia, las esperas.

 

El poeta Ángel Oliva

 

30.Además el tipo ensaya su ensalada filosofal, trasunta los atavíos e inscribe las muescas hiperruprestres en la culata del sentimiento, para pedir, en gesto verbal, reconciliación interdimensional. Empezando con la parca, su inescapable incomodidad.

 

 

31.Es transversal esta lengua cuando atrae retornos por vía versal. Periodos respiratorios o entrecortados altibajos, trompadas nocionales afectando al interior de la resonancia, más que en denuncismos de habitué. Colocación poemática no preocupada por el efecto inmediato sino enfocada en el residual. Acá el trasfondo a contrapelo. Téngase en cuenta que lo que Ángel está solicitando es la más ardua, decisiva conciliación: con la muerte propia e impersonal:

en las desoladas siluetas de la rareza

y en los contornos sin futuro,

la furia y la mugre han bifurcado

las prefiguraciones de la vigilia mercantil

con esa módica conciencia

de que las técnicas del odio,

que levantaron la monumentalidad,

serán las mismas que la destruyan

hasta que la muerte pueda, otra vez,

estar entre nosotros.

 

Raro —hoy, con todas sus vueltas— descamino de aceptación. Hasta el toque de copla irremediable asimétrica:

regreso siempre a las letanías del visaje

que alientan la pasión por los paisajes

 

 

32.Baja Ángel a esos ínferos de lo más nuestro inaceptado. Los del real, análogos intrincamientos del étimo al frotarse contra el étimo. La rima en tal sentido es un pensamiento de la resonancia que se efectúa como en pausa, para una suspensión precisamente del elemento trasuntado —neutrino, decíamos, al trasluz vocálico. Escúchese cómo concurre al fraseo lo que está siendo transpensado:

Apenas puede esta escritura capturar sus impudores

brega en doblegar su codigarlo abstruso

(…)

Remolcando el catafalco del futuro

 

 

33.El idioma invadido desde el estrato, desde el alien intrínseco pero sustraído a las vigencias renovadamente obsoletas del vigilante que registra y legisla y en el mejor de los casos punge. De ahí la técnica oblicua pero esponjosa a la vez del foco alterno, reflexión que no prescribe (como el prospecto nocional):

Estando el mirar de la mirada en

posicionamiento, buscamos acceder

al recinto giratorio en que se agita

el anillo rebordeado dispuesto

en la parte inferior fijada

por el borde escalonado de la cámara.

 

Y claro

(…) que se padece de

el síndrome de la escritura desusada,

se te mueven los verbos

al segundo de haberlos

verbalizado.

 

Y es que Ángel trabaja esa

(…) conciencia intersilábica, como para segmentar

los comienzos de las estratagemas de la rima.

Ni arrastró los nombres sin descanso sobre ríos

adverbiales que terminaran atrapadas en el estercolero

de la lengua. (…)

 

pues

puede la escritura amorosamente dramatizarnos,

primero como tragedia y luego como farsa,

 

no prescribe ni proscribe, reescribe, reinscribe. Y cuanto más desparrama, más esparce:

la infarroja refriega y la abundancia del habla

(…)

palabras a las que la escritura le ha perdido la paciencia

(…)

como si las palabras embarazadas del decir

de cada día, todas, fueran parte ya

de la arena en los desiertos.

(…)

contra el cautiverio que aún fulgura, aquí,

 

Y la recuperación —órfica— del grito:

(…) Y no será que llamamos silencio

a lo que grita y se abisma en la parataxis insurreccional del texto?

(…)

como si fuera el último arrebato del habla, la última exhalación

del cuerpo, la palabra ulterior, la originaria, la categórica y conclusiva

 

Si la escritura, ahora, se dispensa

de opinar contra sí misma y dormita

la siesta de los cinco minutos entre

la primera obediencia y la siguiente.

No nos queda otra

que escribir sobre la ruina

 

(…)

Entonces bailan las formas y se balancean, bailan la danza

de los iones, movimientos envolventes, sucesivos del oleaje,

movimientos mecánicos en la ingle de las tormentas,

vaivén que simula la vida, sueño que simula la muerte,

(…)

 

Ahora, esta escritura escudriña en el vientre de un caleidoscopio

‘cada arabesco del caleidoscopio’,

la multiplicación simétrica de lo mismo,

la duplicación de la misma escritura,

la escritura dúplice multiplicada.

(…)

 

Y la desconcertante conclusiva:

Por eso ésta es una escritura muerta.

 

 

34.Qué redención del librepensar respecto a la asfixia narcisista de un apriorizado Nosotros, cuando la tonada deja de morderse la lengua y esputa: “nada ya le debemos/ (…) / a la monocultivada literatura argentina,/ a ese coágulo de espanto”. Y al toque: “argentinosaurio”.

 

 

35.Oliva se expone él mismo a su ángel (por aquello de la lucha con el ángel) dando interjuego a los denominados nombres propios —cameos nominales en que abunda la oscilación del montaje— mediante esta voluntad, técnica, si se quiere, de rehabi(li)tar el proceso temporal de la rumia en ruinas que hace al (dis) fraseo. Y esta recuperada textura hace de la resaca semántica vivero de potencias. Tritura al propio incorporante en su mismísima entraña-lengua.

 

 

36.Menciona el autor de Cortes de un montaje “la lengua de los ángeles” y hacia el final del libro a “los lactantes angelados”. Pero, entre tanto circundante desangelar, ¿cómo será llamarse Ángel?

 

 

 

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[1] Deleuze, “Precisiones sobre el plano de inmanencia y su relación con la modernidad. Precisiones sobre la noción de ‘imagen’.

 

 

 

 

 

*(Rosario-Argentina, 1970). Poeta e historiador. En la actualidad, se desempeña como profesor universitario en las facultades de Humanidades y Artes y Psicología y como preceptor en el Instituto de Educación Superior Olga Cossettini (Argentina). Ha participado de diversos festivales y recitales de poesía en la ciudad de Rosario y del país. Ha publicado en poesía Salud (2005) y En la zona de Selene (2011) y Corte de un montaje (2021).

 

 

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