Sobre «Prosas minúsculas» (2025), de Alonso Rabí

 

Por Andrés Piñeiro*

Crédito de la foto (izq.) Ed. Mesa Redonda /

(der.) www.latinamericanliteraturetoday.org

 

 

Prosas minúsculas (2025),

de Alonso Rabí

 

 

La lectura es el centro de las agudas y conmovedoras reflexiones de Alonso Rabí** en sus Prosas minúsculas (2025). La que dio origen a su fascinación, David Copperfield, de Dickens; la que le permitió vislumbrar las inmensas posibilidades creativas de una gran obra, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes; las que lo llevaron a plasmar su propia escritura, en este caso, las Prosas apátridas, de Julio Ramón Ribeyro y el diario que habita en El zorro de arriba y el zorro de abajo, de José María Arguedas; las referidas a la crítica literaria que configuraron la propia, donde se destaca la presencia real de George Steiner; los ámbitos donde se materializa o despliega, el periodismo, el salón de clase, el café; la que envejeció o renació con los años.

En “Partida de nacimiento”, se da cuenta del inicio del hechizo. La lectura que lo provoca es David Copperfield, de Charles Dickens. Parece ser más un encuentro fortuito que una lectura dirigida por sus padres o sus maestros. Tal vez en esto radique su encanto. Muchas veces en la infancia vemos con desagrado cualquier imposición. El niño Alonso encuentra en su libertad la joya más preciada que marcaría su destino y una de sus actitudes más valoradas, el encuentro con el hallazgo.

 

 

Cervantes es uno de los autores con mayor presencia en el libro de Rabí. Da pie para discutir con uno de sus intérpretes, Juan Gabriel Vásquez, sobre la tragedia en el Quijote. Para Vásquez no hay tragedia en el Quijote porque no se enmarca en la consideración clásica de la tragedia, la que observamos por ejemplo en Antígona o en el Edipo Rey, de Sófocles. Para Rabí, con el Quijote, la tragedia adquiere un nuevo rostro: “Cada vez que un ser humano es derrotado por su destino, hay tragedia”. También para considerarlo un espléndido iniciador de las reflexiones sobre la literatura. Algo que veremos renacer con entusiasmo en el siglo XX con autores como Jorge Luis Borges o Augusto Monterroso y más recientemente con Bolaño, Vila-Matas o Cercas. No obstante, hay identificaciones más personales con Cervantes, la casi olvidada escritura a mano y la necesidad imperiosa de leer el Quijote con una nueva mirada.

Rabí rescata del diario que, en El zorro de arriba y el zorro de abajo, de José María Arguedas, se entrelaza con la historia de las tensiones sociales en el puesto pesquero de Chimbote y de las Prosas apátridas, de Julio Ramón Ribeyro, su impronta moral, un develamiento de la intimidad que, en el primero, es el preludio de un desenlace fatal y, en el segundo, los padecimientos de una prolongada enfermedad. Pero Ribeyro también ha dejado otras lecciones a nuestro autor: su maestría al dar cuenta de la grandeza de seres aparentemente pequeños, su “filosofía del fracaso”, tantas veces acusada de pesimista, que nos es sino la revelación de la profundidad que habita en aquellos seres que no nos atrevemos a mirar a los ojos.

En Prosas minúsculas leemos acerca de la influencia del crítico sobre el lector. Para Alonso Rabí la crítica no deja de ser subjetiva, no logra desprenderse del gusto del crítico y este, muchas veces, no logra desprenderse de su ego. Es el lector, quien finalmente decide sobre la pertinencia de acercarse a una obra o no. La crítica, y en esto Rabí coincide con George Steiner, debe ser vista como un acto de amor, ubicar con humildad a un determinado autor en su justo nivel.

Uno de los ámbitos donde se despliega la lectura como conocimiento y sensibilidad y se invita a los estudiantes a realizarla, es el salón de clase. Rabí advierte una de las más lacerantes contradicciones de la educación en nuestro medio, profesores que no leen, escriben o publican, pero que instan a sus estudiantes a hacerlo. Es cierto, aclara nuestro autor, que “la experiencia no es el único criterio para enseñar a escribir, pero lo potencia”. Ahora bien, no basta con que un maestro sea un erudito, también deberá tener otras cualidades, acaso más importantes, como el temperamento o el carácter, deberá enseñar con auténtica pasión y humildad. Finalmente, destaca algunos aspectos no menores que menoscaban la tarea del educador, como la burocracia y el conservadurismo y enfatiza que un verdadero maestro tratará de liberar a sus estudiantes de los prejuicios y fomentará en ellos un cabal pensamiento crítico.

 

El poeta Alonso Rabí Do Carmo

 

“La escritura es la más placentera y la más egoísta de las actividades humanas”, nos dice Rabí. Considera que la vanidad del autor es indesligable de su creación. Una ingenuidad del creador consiste en considerar que puede decidir sobre el destino de su obra, pensaba Borges. En cambio, la lectura está exenta de egos desbordados, purifica nuestro interior, nos aleja de ese mundo hostil que nos acecha. Un ejemplo, Crimen y castigo, de Dostoievski. Aclara Rabí:

“Convertir esta historia truculenta en un objeto artístico, trascendiendo los hechos en sí para convertirlos en una especie de rito catártico, he ahí la diferencia con un pedestre programa de noticias”.

 

Acaso cuando Rabí escuchó la frase “un escritor de verdad” pensó en Dostoievski y tomó distancia de los escritores que firman un contrato con una editorial y escriben “un buen libro por cada cuatro regulares u olvidables”.

Andando el tiempo, hay lecturas que envejecen o que no leemos con la misma intensidad, como Un mundo para Julius, de Alfredo Bryce Echenique, “¿Sigue siendo o fue una gran novela?”, se pregunta Rabí. Ocurre lo contrario con algunos textos de Mario Vargas Llosa, como La tía Julia y el escribidor o Pantaleón y las visitadoras, ligeros en una primera lectura, aparecen con nuevos bríos en una relectura a propósito de la elaboración de la tesis doctoral de nuestro autor. También hay lecturas y relecturas gratificantes, aunque por distintos motivos, como le ocurre a Rabí con El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez, la primera vez la coyuntura de los ochenta le permitió hacer una lectura mucho más cerca de lo político e ideológico; en cambio, la segunda, más allá de las circunstancias pasadas, lo acercó mucho más a su potencia metafórica y a su poder de convencimiento.

Hay un momento en la vida en el que empezamos a releer los libros más significativos que pasaron por nuestras manos. En dicho momento nos percatamos que a veces hemos hecho una lectura que sigue siendo la misma, pero, a veces, no. Resulta que hemos añadido cosas que no estaban en el texto o que con el correr de los años podemos cambiar de opinión sobre el valor de un libro o agregarle cosas a la luz de nuevas lecturas o experiencias. Lo mismo podría decirse de la música, el cine, los amigos. Prosas minúsculas, Alonso Rabí realiza una conmovedora retrospectiva de sus lecturas y nos invita a realizar las propias a la luz de una memoria que siempre nos arroja indefensos a un pasado inasible.

 

 

 

 

 

*(Lima-Perú, 1967). Filósofo, poeta y editor. Licenciado en Filosofía y magíster en Historia de la filosofía por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (Perú). Actualmente, es docente en la Universidad Privada del Norte y en la Universidad de Lima. Ha publicado en poesía Diotima de Mantinea (1997) y La colina de los muertos (2017); la tesis Desventura de extramares. Conciencia desgarrada en la poética de Martín Adán (2003) y el ensayo La herética de Martín Adán. Cuestionamiento, alejamiento y confrontación con la tradición cristiana (2017). También ha editado los libros Martín Adán. Entrevistas (2011) y Martín Adán. Cartas escogidas (2015).

 

 

 

**(Perú). Periodista cultural, poeta y académico peruano. Durante más de veinte años y entre los años 2006 y 2008 fue editor del suplemento “El Dominical”, de El Comercio. Es autor de poemarios, crónicas y ensayos, entre los que destacan En un purísimo ramaje de vacíos, Archivos de recortes (Crónicas en tono menor) y Animales Literarios. Antiguos y nuevos animales literarios es una edición actualizada y aumentada de ese libro.

 

 

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