7 poemas de «Cómo se quita el anzuelo del ojo de un pez sin romperle la mirada» (2025), de Ana Lissardy

 

Por Ana Lissardy*

Crédito de la foto (izq.) archivo de la autora/

(der.) RIL eds. 

 

 

7 poemas de Cómo se quita el anzuelo del ojo de un pez

sin romperle la mirada (2025),

de Ana Lissardy

 

 

Despierta en ese borde de la mañana

que la divide de los demás

cuando no se asoma a la ventana

pero sabe que ahí abajo

el perro encorreado

la mamá con el niño

la mujer y una cafetería siempre igual.

Ese borde que la rompe

para llevarla al lugar

de los nombres quirúrgicos, psiquiátricos,

de las pastillas que no va a tomar.

¿Acaso es tan difícil entender

que ahí abajo las raíces

del río te tragan? ¿Por qué

no ver la evidencia, el rastro

rojo amarronado en el cemento,

en los ojos, en los capós?

La luz gris entra por la ventana

y, ay, cómo acercarse siquiera

a ese día vulgar.

 

 

 

La chica vuelve a la ladera

buscando los ojos de una yegua negra.

Mira el valle de la sierra, es mañana,

y todo se ve entibiecido

por el amarillo de los cardos,

por las espigas que se deslizan

suave por la brisa.

Podría quedarse ahí hasta que su cabello

llegara a tierra y fuera hierba en movimiento.

Levanta la cabeza, latigazo:

unos cascos huellan el silencio.

Y, de entre espinillos, carquejas y ombúes,

aparece su cuerpo azabache conquistando

al galope la ladera, hasta llegar

y detenerse a su costado.

Otra vez el aire es hilo de seda tenso

entre sus miradas.

Pero ella quiere hablarle,

dar un paso más en esa cercanía.

Y entonces dice, habla y la yegua

arrastra su negror al paso

hasta un lugar lejano, sin voltear.

La chica rompió un colibrí

con las manos sin saberlo.

Y ahora, que la observa a la distancia,

su negrura arrancando con furia

pasto y yuyos de la tierra,

entiende que la yegua es libre

y que no hay imposición que la contenga.

Su libertad es silenciosa o no es nada;

el silencio es el territorio que conquista

galopando, no la sierra,

piensa mientras la mira, ella

que se sabe yegua pero estalla

con sus cascos colibrís.

 

 

Está tirada de costado en el piso monolítico, calor, bermudas, pelo revuelto.

 

Hay momentos en los que algo oscuro

se me posa adentro y cierra las alas.

Y yo no sé de qué cielo llega

o qué tipo de ave es,

ni por qué me habita.

 

Hace más de una hora que está así, en el vientre de su casa. Pero no es la primera vez, hubo otras antes, cuando otras aves oscuras la habitaron.

 

De niña, cuando iba al campo,

me internaba en el vientre del monte

y me quedaba acurrucada

entre matorrales y espinillos.

 

En su casa de la infancia, se metía en la bañera vacía o bajo la cama, y se quedaba apretada a su cuerpo, sin sonidos ni palabras.

 

Siempre busqué vientres de madre

en la hojarasca, la greda,

los lugares descartados,

como si nunca hubiera estado

en uno de carne. Nunca estuve.

 

Como si nadie la hubiera gestado y hubiera nacido, como las frutillas, de las semillas exteriores.

 

Quiero que algo espeso chorree por las paredes

y resbale y me cubra junto a lo negro

posado en mi interior.

 

 

 

Cipó

 

¿Cómo nadie vio el terror en un cuerpo de niña encogido en el asiento de atrás de un Fiat 600? La niña vio a ese que entró adelante, golpeó la puerta como una batalla y arrancó como si fuera la muerte en una esquina. Ella no llega a recordarlo en detalle pero sí recuerda por qué la niña tenía ojos de terror como las cabras. ¿Por cuánto tiempo manejaría ese por las calles? ¿Hasta que las ruedas reventaran y el auto cayera de un puente como el cuerpo de un hombre sobre una niña?

 

 

 

Cómo se quita el anzuelo del ojo de un pez

sin romperle la mirada.

Cómo sentir el cuerpo propio

cuando fue expropiado,

cómo recuperarlo, reapropiarlo.

Cuerpo muerto por un monstruo vivo.

Cuerpo abierto a la mitad,

diseccionado.

Cómo abrirle espacios al grito.

Dónde poner el aire para que algo viva.

 

Cómo liberarse de su cuerpo

que la atrapa.

Dónde abrir el primer tajo.

Cómo se quita el anzuelo del ojo de un pez.

 

La poeta Ana Lissardy

 

No querrás tenerlo. Y no entenderás por qué

nadie podrá entender que no lo querrás tener.

Nadie habitará tu cuerpo hueco,

excavado, vacío.

Ni esa célula que te nacerá sabiendo que va a morir.

Una pastilla, dolor en el vientre,

quebrarás tu cuerpo antes de llegar a la cama.

Una mano en el acolchado, cerrada en puño,

y el cuerpo plegado en dos, a un lado,

cada vez más cerca del piso.

 

Parir un duelo es perderte un poco. Vida y muerte

se tejerán en un acto de expulsión.

La sangre te saldrá sucia, enturbiecida por trozos

de algo que no se sabrá si sos vos o alguien más.

Lanzarás un grito hueco junto a la cama;

otra fibra que bajará y te doblará en dos.

Duelarás un feto no nacido ni feto

un grumo de células mal cosidas,

ya no soportarás el dolor

que quebrará tu cuello

y tu cabeza caerá contra tu pecho;

sin darte cuenta, completarás la posición fetal.

Te plegarás como un feto

junto a la cama que nunca lo contendrá.

 

Pensarás en la célula primera y llorarás

porque no habrá hijo para vos.

Así lo quisiste ―no te arrepientas,

repito, no te vayas a arrepentir―.

Esa célula será tu única hija y

la expulsarás entre sangres sucias,

en un parto que no se sabe cuánto durará.

¿Parto? ¿Dirás parto?

Aborto, aborto, aborto.

Querrás que la sangre pare

y que esa célula deje

de una vez de llorar.

 

 

 

Tengo ganas de llorar gotas de glaciar,

se dice la chica

mientras toca la luna en la ventana.

Tengo ganas de llorar gotas de glaciar,

de quemar mis ojos en un eclipse

y pudrirme desde dentro

como una cebolla.

Los solsticios no nos salvarán.

Los eclipses no nos salvarán.

Cuánto hace que se descongelaron

los glaciares.

 

 

 

 

 

*(Uruguay). Poeta, periodista y editora independiente. Licenciada en Letras (Italia) y magíster en Cine (Italia). Colaboró con medios de prensa de Europa y América Latina, entre otros, The Guardian, The New York Times, El País, La Repubblica, la revista Humboldt. En 2013, fundó el Laboratorio de Escritura Creativa, por el que han pasado cientos de participantes de América Latina, Guinea Ecuatorial y España. Ha publicado novelas y libros de crónicas y perfiles en Uruguay y otros países hispanoamericanos, algunos de los que han recibido reconocimientos y premios. Ha publicado en poesía Agua (2023) y Cómo quitar el anzuelo del ojo de un pez sin romperle la mirada (2025).

 

 

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