Por Augusto Munaro

Crédito de la foto (izq.) Ediciones del Dock /

(der.) www.campodemaniobras.blogspot.com

 

 

Un vanguardismo en tono menor

 

La sexta armonía (Del Dock) de Darío Rojo*, propone que el poema atraviese un estado de receptividad amplia, donde “toda anotación parece cobrar sentido”, como bien indica en esta conversación el poeta. Este modo excesivo de pensar los versos, de ir estructurando cada poema, permite al lector diversos modos (velocidades e interpretaciones) de lectura. Sería inadecuado seleccionar una forma. No cabe decir si el lirismo de La sexta armonía es bueno o si es malo, si está bien hecho o mal hecho, porque lo que Darío Rojo hace no se concentra en el acierto, sino en el riesgo que implica indagar en formas desconocidas. Leer este libro es entrever un nuevo estado de ánimo, lo que significa, un nuevo estado creativo. Hace décadas que Rojo viene cultivando una suerte de vanguardismo discreto, sin estridencias; un armonioso entrecruzamiento de ideas y sentimientos a través de otras uniones de palabras, nuevos nexos.

 

 

Entrevista

 

 

Augusto Munaro [AM]: ¿Cómo y porqué nació La sexta armonía? ¿Cuál fue el proceso de escritura de un libro tan singular como éste?, ¿desarrollaste algún método en particular?

Darío Rojo [DR]: El porqué no lo se, respecto al cómo algo recuerdo. Cuando en el 2009 se publicó Una explicación para todo aparecieron unos poemas con ese título, después esos poemas se fueron transformando formalmente, creo que en parte fue eso lo que le dio el impulso para que el libro se conformara, esos tercetos deformados daban un poco la musicalidad y sobre todo el aire que antes no tenían. No recuerdo un inicio fluido, pero con ese nuevo formato y una perspectiva más clara del eje la escritura se fue desenvolviendo naturalmente. El método me parece que es el de siempre, un estado de receptividad exagerada en el que toda anotación parece cobrar sentido y horas y horas de corrección.

 

 

[AM]: Cada verso se interrumpe con el siguiente. El sentido se construye (y deconstruye) línea por línea. Poéticamente hablando Darío, ¿de qué armonías están compuestos estos versos?

[DR]: No llego a ver las interrupciones, quizás cierto exceso de heterogeneidad en los elementos hace, o da la ilusión, que la continuidad se vea un poco extraviada, pero ahora que lo decís, es posible que se interrumpan, después de todo la interrupción es una forma habitual de dialogo. No se si tiene que ver con ese movimiento, pero el otro día pensaba que placer que hay en determinados cambio de planes, tenés turno para el dentista y no podes ir porque tenés un poco de fiebre, ahí quizás hay un ejemplo de construcción y deconstrucción, algo que no esta mal trasladar a un texto. De que armonías… supongo que ninguna en especial, si bien hay desde el titulo, mas precisamente desde la cita del tratado de caligrafía, una intención de novedad, la referencia a otro impulso de escribir que no se detalla en ese listado, pero esa novedad que enuncia no se si tiene que ver con el producto terminado, con el cruce de factores diversos que construyen una armonía. Digamos que es una armonía que se relaciona tanto con la musa como con el rasti, la armonía propia del presente, perpleja e inconsciente.

 

 

[AM]: En un libro que por momentos brilla en su extraña musicalidad rítmica: “Por la mano de su destino sella/ por el simio y la doncella/ distinto infierno que no cesa”. ¿Podrías referirte a su amétrica métrica?

[DR]: Hay casos como ese que mencionas en el que la música se concentra, como para dar una sobreexposición, correr un poco el plano melódico. En general me parece que lo que se logra es una especie de rondar cierta musicalidad, ir alejándose de una melodía para, a veces, volver con un golpe de atención o ir encausándose en lo que se estaba delineando. También es cierto que la mayoría de las veces es lo visual, el espaciado, la frase aislada lo que marca el carácter del sonido. Pero bueno, no tengo un altar del alejandrino en casa, tampoco un theremin.

 

El poeta Darío Rojo.

 

[AM]: Imágenes se suceden unas tras otras. La sutileza de los nexos entre versos es imperceptible, pero están allí. Hacés de la indeterminación una poética ¿Qué te interesó de esta operación de transformación permanente?

[DR]: La proliferación de imágenes es casi un vicio, algo que por momentos me propongo controlar y en otros momentos libero la frontera. Los nexos en general son producto de la necesidad sintáctica, aunque en casos particulares son moneda que considero valiosa, en ese paso de una palabra a otra se crea una unidad que me parece que marca el centro de la transmutación propia de la poesía, incluso, por momentos, el vértice de lo que no se ve. Más que indeterminación, veo un intento demasiado consciente de determinación.

No había pensado que hubiese una transformación permanente, pero esta bien, no se si es algo buscado, pero creo que es algo que tengo que aceptar. Puede ser paradójico, porque si me compro una camisa me la compro para toda la vida, y si hago microtornados es para que construyan algo sólido, o mejor dicho, algo consistente, como el agua, mutable pero homogéneo. Volviendo a la indeterminación, es verdad que hay puntos de concentración de significado que puede resultar en indeterminación, y eso mi interesa. Aunque no lo vea como un caso de ambigüedad, sino mas bien de superposición o de apertura a un núcleo de ignorancia necesaria para iniciar un proceso de conocimiento. Sobre todo con conceptos, o sencillamente palabras. Aunque de alguna manera, reforzando lo que decís y negando lo que venia diciendo, la indeterminación es el camino del detalle, así que bienvenida sea. Por ejemplo si pienso en la palabra gabinete, inmediatamente pienso en infinitas acepciones de ella, y se me vienen imágenes muy diferentes, pero seamos realistas, estoy hablando de un sustantivo raso, el que lee, puede pensar sencillamente en el lugar donde guarda el dentrífico y listo, ahí se podría termina todo…

 

 

[AM]: Hay múltiples hilos argumentativos en La sexta armonía, pero pronto se esfuman, se anulan entre sí. ¿Por qué?

[DR]: La verdad, debería volver a leerlo, pero no me dan ganas. El principal argumento que recuerdo es el de tenis en el KDT, hay otros también, pero me parece que la mayoría son extensiones o digresiones de una idea, no sé si llegan a argumentos. No sé si se anulan, mas bien diría que van sumándose de perfil, a veces giran demasiado y parece que están de espalda, pero no creo que eso dure mucho, en todo caso si se anulan no se porque ocurre.

 

 

[AM]: ¿Qué lugar ocupa el sesgo descriptivo en tu operación poética?

[DR]: En el caso de este libro, me parece que la descripción se produce por algo concreto: la incorporación de los sentidos durante la situación de un partido de tenis. Pero supongo que debe haber algo más… La descripción es una buena manera de abandonar el sujeto o la opinión, esa necesidad de trazar lo que esta afuera debería ser un ejercicio riguroso y desinteresado, aunque después puede convertirse en la cosa más aburrida del mundo y toda esa teoría se esfuma. Creo que la descripción es una buena manera de incorporar al mundo y a la vez es necesario interrumpirla, porque la linealidad que va formando termina por fosilizar el discurso. Hay quien puede hacer de la descripción una sinfonía, yo no.

 

 

[AM]: La sexta armonía es un libro que se presta arisco a su “comprensión”. Es un poemario profundamente evasivo a su significación. En ese sentido es una obra completamente “abierta”. ¿Lo ves así?

[DR]: Cada vez me cuesta más entender lo que es la comprensión, veo tantas cosas que parecen ser tan claras y comprensibles, peinándose en el trampolín para zambullirse en una nada que me resulta imposible, pero absolutamente imposible de entender. Sé lo que es la incomprensión en un manual de un electrodoméstico, pero si estamos hablando de literatura esas mismas leyes suelen diluirse por las excepciones. No tengo el menor interés de hacer de la ilegibilidad una bandera, estoy de acuerdo de que el libro es evasivo, y de alguna manera se puede decir que no se entiende. Pero cuando lo leía sentía que se estaba diciendo algo, lo que por momentos me dejaba tranquilo.

Habría que pensar como se va construyendo el sentido en literatura, con una combinación de cosas que se quieren decir, cosas que se dicen involuntariamente, cosas que no se quieren decir, cosas que se transmiten por distintos efectos, etc., todos esos elementos logran que haya un sentido. Y luego esta el tema de como esa esfera de sentido entra en el mundo para ir modificándose. Más allá de esto, que puede sonar un poco obvio, me parece que esta bueno tener un poco de confianza en la independencia del texto. Si hay un sentido abierto, todo bien.

 

 

[AM]: “Grulla de abultada gola que vuela/ arriba del último árbol y en el abandono/ del supuesto detalle” La sintaxis responde a un barroquismo dislocante. Me gustaría te refieras a su construcción en cuanto a estilo. Elección de palabras, giros y ubicación de la elipsis (puntos suspensivos).

[DR]: Quizás todo eso responde a utilizar lo que tengo a mano, que no es solo el hablante que va sentado en el colectivo, sino buena parte del todo, lo que implica principalmente la literatura y un diccionario que sirva tanto para la expresión usada cuando te pica un mosquito, la utilizada en un documental sobre animales, o en un tratado de asfaltos. Podría decir que al escribir todo eso esta equidistante, para acercarse o alejarse según la necesidad del momento. Esto que estoy diciendo pareciera que se refiere solo al vocabulario, pero me parece que los recursos lingüísticos en general son también elementos variados para agarrar del anaquel, sobre todo en el momento de corregir que, en mi caso, es donde el texto realmente va tomando forma. No se si estoy respondiendo exactamente lo que me preguntás, me gusta lo de dislocante, me suena a la revista dislocada, quizás solo se trate de eso, articular determinadas estructuras musculares, y cada tanto dejar un omoplato fuera de lugar. Podríamos decir que uno va respirando, pero esa respiración no esta dada únicamente por el ritmo pausado del pulmón, también se puede alterar por el clima, la situación concreta o por la inclusión de válvulas y plasticola.

 

 

[AM]: ¿Hay snobismo en la poesía, Darío?, ¿te animás a dar un par de ejemplos de impostura lírica?

[DR]: Entiendo que el snobismo tiene un aspecto de pretensión y falsa excentricidad, aunque de un modo más amplio se reduce a reproducción vacía. Si lo hay en la poesía, seguro que se da tanto en los engolados como en los punteros de barrio, dos formas de mediar la concepción de la belleza con principios de acero. En general, me parece que impera una especie de principio de marketing, si tal hizo ese poema que da la impresión que cualquiera lo puede hacer, entonces lo replico y me convierto en poeta. Si no llego a entender como fue hecho un poema, lo rechazo.

 

 

[AM]: Desde tu etapa en la revista 18 Whiskys, y tus libros como La playa (donde se planteaba un objetivismo extremo), hasta el mucho más ambicioso y hermético La sexta armonía ha ocurrido –además del transcurso del tiempo- un cambio de percepción. Si bien se trata de una pregunta para la crítica, ¿podrías referirte a ese progresivo desplazamiento en que fue madurando tu poética en los últimos 25 años?

[DR]: De La playa recuerdo dos cosas, la intención de retratar esa actitud primitiva de la gente de acercarse al mar y a las piedras molidas, la elección de plantear una restricción del lenguaje, es decir, un vocabulario acotado, en lo posible, al universo que se intentaba trasmitir, aunque también podría pensar en el impacto de ciertos autores norteamericanos y chinos. De ahí hasta ahora pasaron muchas cosas, relatar la progresión creo que me excede, sobre todo por pereza, pero hay dos momentos que me parece que pueden también explicar algunas cosas de La sexta armonía. Uno es el tema de la sintaxis en el cuarto de los mapas. Después de haber publicado campaña al desierto, mientras leía a Cavalcanti en una edición de Visor empecé a dudar de como seria el original y sobre todo de cual era la sintaxis original, esa preocupación se relaciono un poco con el hipérbaton, y al trasladarlo a la escritura me daba la posibilidad de ordenar las palabras de otra manera, lo que generaban nuevas uniones, otros tipos de nexos menos lógicos; eso me sirvió bastante, sobre todo porque a veces la causalidad de lo narrado me molestaba. Fue como dejar de andar en tren para andar en moto o caminar borracho.

Otro caso fue cierta liberación al escribir una civilización. Yo sabia que si ponía un millón de ingredientes en la receta, el plato no iba a quedar muy bien, pero de golpe, empecé a poner todas las palabras, imágenes que me gustaban sin preocuparme en lo mas mínimo si había referencias que solo yo podía rastrear, incluso puso muchas citas sin siquiera encomillar y sentí cierto placer; no es que antes no usaba lo que quería, sino que había un movimiento que provenía de otra dirección, como empezar a unir piedras y terminar haciendo un collar para un elefante.

 

 

[AM]: ¿Tus dos, o tres libros o autores a los que siempre regresás?

[DR]: Son varios y por distintas razones, pero seria un poco largo de detallar. Estos últimos años mi biblioteca estaba en cajas, y tuve una relación muy curiosa, muy buena diría, con Góngora, sobre todo con las soledades. Me refiero a las cajas no por una inaccesibilidad total a los libros quizás porque coincide temporalmente con lo que estoy contando o por alguna otra razón que no llego a relacionar con exactitud. En general cuando leo voy planeando entre distintas sensaciones y al encontrar algún pico de plenitud dejo de leer y paso a otro libro. Pero cada tanto necesitaba como una dosis directa de literatura, entonces tenia que abrir las soledades, en algunos casos también los sonetos, leer unas pocas líneas, y había algo en mi que se estabilizaba, o que al menos recibía cierta certeza, no se de que, es como si no fuera leer, era mas bien la contemplación de un motor de esmeraldas, me acercaba, lo ponía a funcionar, y algo en mi se movía, lo apagaba y seguía con mi vida. No se si eso califica como lectura, pero bueno, es uno de los libros a los que últimamente necesito volver.

 

 

[AM]: Por último, Darío, ¿te encontrás escribiendo un nuevo libro?

[DR]: No. La sexta armonía tiene sus años, tengo uno terminado que hasta ahora se llama El principio estocástico, después estaba escribiendo uno sobre la Antártida, quiero decir, quería viajar a la Antártida y me presente a un programa en el que iba a empezar un diario de la Antártida antes de ir allí, eso no salio así que empecé a escribir el libro, no apareció un diario sino poemas, ahora debería estar corrigiendo ese libro y ver como queda.

 

 

 

 

 

*(La Pampa- Argentina, 1964). Poeta, traductor y narrador. Vive en Duggan, Provincia de Buenos Aires. Formó parte de la revista 18 Whyskys y fue responsable de la editorial Selecciones de Amadeo Mandarino. Publicó en poesía Astillero, Jimmy el gasolinero, Campaña al desierto, Una civilización, Inmóvil en su afán, Emblemata, en 2009 Una explicación para todo (poemas reunidos) y La sexta armonía. Junto a Mario Varela publicó El trabajo de los animales (cuentos para niños). Junto a Jorge Salvetti publicó las traducciones de Wallace Stevens, Cartas a Hi Simmons y Un anochecer cualquiera en New Heaven.

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