Por: Chiara De Luca

Crédito de la foto: www.poesia.blog.rainews.it

 

 

Ode al Monte Soratte (2015)

de Claudio Damiani

 

 
El nuevo libro de Claudio Damiani, Ode al Monte Soratte (‘Oda al Monte Soratte’, 2015), está compuesto de tres capítulos: Ode al Monte Soratte, Quadrara delle Aquile y Caro libro di vetta; tres movimientos de andanza diferente y con temática complementaria que constituyen las etapas de un viaje del poeta hacia el conocimiento de sí mismo, a la búsqueda de una identidad con la naturaleza y de una profunda comunión con todos sus elementos. Este monte, “bajo y pelado”, que es al mismo tiempo una “mina de naturaleza y de historia” y un “puente entre culturas antiquísimas”, con ermitas e iglesias que han reemplazado los templos paganos, se transforma por Damiani en la sede de un lugar fuera del espacio y del tiempo, pura materia de poesía y en un símbolo del viaje de la creación, que presupone la capacidad de escuchar el silencio de las cosas, para traducir el mundo y transformarlo en versos.

Los lugares son para Damiani como personas “con su carácter, su manera de pensar”; el propio monte tiene hombros, está rodeado por colores como vestidos (p. 23). Por consiguiente, cada elemento del mundo natural y animal tiene voz, una voz peculiar, que el poeta tiene que transcribir para celebrarlo, antes de sencillamente nombrarlo para revelarlo u observarlo con el ojo despistado que posamos cotidianamente sobre las cosas. Si las escuchamos de verdad, en efecto, son las propias cosas las que pronuncian su verdadero nombre, las que nos cuentan de sí y de nosotros, develándonos sus secretos y los nuestros, todo lo que con el pasar de los siglos han visto, o superado, recorriendo en su memoria todas las metamorfosis atravesadas. La naturaleza se vuelve en la pluma de Damiani un amparo que custodia y alivia las cicatrices de la historia, ortogándole un sentido nuevo a la misma. La natureza es un tanque de energía y es un movimiento que dona al verso su aliento: “y escucho a su silencio, el oscilar leve de las hojas, oye el silencio de la senda, de la tierra, / el moverse imperceptible de cada cosa como un hormigueo / o un zumbido que se vuelve cada vez más fuerte, / como un mar como una lava que hierve, / y yo estoy dentro de este cráter de fuego / perfectamente calmo, como si tuviera un chándal / mágico que me protege del calor, / del ruido ensordecedor, sin embargo oigo este silencio, / el moverse imperceptible de las hojas, / el correr del tiempo como el correr de una agua, de un arroyo, de un manantial / cercano y al mismo tiempo lejano, que no sabes dónde está” (p. 17).

La poesía de Damiani no nos devuelve sonidos ni ruidos, sino voces. En efecto, todo en la naturaleza habla, susurra, sugiere, cuchichea, transformando en palabra, y también amortiguando en el silencio, los ruidos procedentes de una civilización que parece lejana años luz. Cuando el poeta se hunde en la naturaleza, hasta el sonido lejano de la autopista del Valle del Tíber no es ruido, aquel del tren no es un voceo ni un rechinar de carriles sino una voz; el agua no estalla sino habla; las frondas no crujen sino cuchichean, crepitan como un fuego, chisporrotean como una vela o bien producen un ruido parecido al masticar (p. 19); los árboles susurran y cuchichean (p. 50), o bien murmuran (p. 51), “como cercados en uno, tiemblan a su vez como a velas” (p. 17), felices de su propia cercanía, que es profunda vecindad, de la proximidad que se vuelve comunión y unión de fuerzas contra los elementos, haciendo de sus voces el canto sin tiempo de un niño.

Las voces de la naturaleza, a diferencia de nuestro hablar, a menudo ensordecedor, a diferencia del ruido de nuestras ciudades no originan ruido, ni sonido, ni palabra, sino “componen un silencio” (p. 18) que separa al poeta de las preocupaciones de cada día, que lo induce a rendirse a la escucha, a entregarse a la quietud, consiguiendo la misma inmovilidad del paisaje que lo circunda donde todo parece firme y, a la vez, hormiguea una lengua oculta como la sangre que recorre silenciosa nuestras venas, como el aliento que llena los pulmones de aire, hasta transformar al propio poeta en aire, disolviendo cada tensión, haciendo que se una con el silencio locuaz de la naturaleza y con su quieto e invisible movimiento.

Todo en la naturaleza tiene una razón luminosa, que no pregunta razones, todo tiene un sentido y una dirección. Las hormigas se mueven y trabajan activamente, sin preguntarse el motivo del por qué lo hacen y la dirección de su viaje. Libres de la preocupación por un futuro ?para el cual instintivamente se preparan? las hormigas avanzan empujadas por una necesidad aceptada, como el viento que incluso en la furia de su movimiento “besa todas las cosas / y no olvida nada” (p. 33), o como el perro que quizás preguntándose por qué el poeta se ha detenido, se sienta cerca de él acogiendo el momento presente y acostumbrándose con el tiempo interrumpido de la parada imprevista (p. 51).

El ser humano, en cambio, atormentado por la conciencia de la muerte, es constantemente abrasado por la urgencia de buscar un sentido para la existencia, un sentido que nunca podrá bastarle, tampoco cuando tuviera que percibir su resplandor, que nunca le dará paz a su corazón y quietud a su cuerpo, porque es consciente del hecho de que cada cosa que logrará conquistar estará destinada, en todo caso, a acabarse: “Y que había habido poco / también, pensé, de la vida / / y ser más querido, ser más entendido / yo también, pero lo que había habido / era lo que había sido / y lo que había sido se acabaría” (p. 33).

Hundido en el paisaje natural, invadido por el tremor de los árboles, por su alegre fuego de velas, el poeta querría fijar su raíces en el terreno, para impedir su movimiento, para dejarse nutrir. Sólo entonces nace la penosa conciencia de no poder ser realmente uno con lo que está a su alrededor, de no poder aceptar la inmovilidad de los árboles como un regalo, de estar condenado al movimiento, al quemar lentamente sin poderse impedir el pensamiento, sin poderse impedir el temblar frente al inagotable misterio de la belleza, próxima pero siempre lejana de nuestra naturaleza humana, así concreta, sin embargo así inaprensible por los sentidos que en cambio todos querrían abrazarla, pero se redescubren ligados a la presencia de su infinitud: “qué es esta imagen que me hace temblar / de una belleza que me devuelve inquieto / doy vuelta siguiéndola de noche en los callejones / dando cabezadas contra los cierres metálicos, / qué es aquella imagen que me devora / y me hace caer al final por tierra agotado, / aquella imagen que me aspira en el fuego / que me quema hasta consumirme?” (p. 19).

La belleza de la naturaleza es la más bonita de las obras de arte, que incluso cambiando, desarrollándose, metamorfoseando, se queda siempre igual a sí misma, intacta, al punto que podemos imaginar que siempre existió, incluso vistiendo formas diferentes, creciendo sin envejecer, conociendo sin malearse: “pero también fuiste bonito en otros momentos, / puedo imaginar que siempre has sido bonito / aunque no te he visto / / y cuando todavía eras bajo, y la tierra se levantaba lentamente / y tú crecías cada día (p.15).

Razonando en términos de los breves años que le son concedidos, el ser humano está condenado a la saudade de algo que nunca vendrá, a la nostalgia de un futuro incognoscible que no tendrá tiempo de visitar. El poeta querría ralentizar su movimiento, como lo hace la naturaleza, que razona en términos de siglos, y lo contiene todo, como contiene lo que será en futuro (p. 27): “Sin embargo querría sentarme delante del fuego / mientras que fuera llueve, y esperar al tiempo, / sentirlo desgranarse en mis manos como un rosario, / ver sus pedacitos pequeños como granos que se exfolian / cada vez más pequeños, que caen entre un dedo y el otro” (p. 19).

A medida que se adentra en el corazón de la naturaleza y se introduce en el silencio, el poeta comienza a sentirse parte de ella, a perder la percepción del tiempo humano, del tiempo mesurado y recalcado, que intentamos encarcelar en unidades de medida, para vivir un tiempo diferente, sin barridos: “me parece de estar entre muchos amigos, / compartimos el tiempo / en perfecta sintonía” (p. 24). El proprio monte es un amigo, un cómplice, ahora no hay en el poeta “envidia” por su inmovilidad y por su intacto envejecer y disminuir, sino división e identificación: “[…] Te miro desde la Quadrara delle Aquile, tu cumbre a Norte / cada día perdemos algo, ambos, / pero estamos aquí, no nos movemos, / tú te extiendes al sol, yo sobre de ti, / dos perezosos difícil que desbancar”(p. 16). En este abandono a la comunidad con la naturaleza, incluso el vértigo no es más una sensación que actúa desde el exterior, arrastrando el poeta a un remolino incesante, sino es un movimiento interior, vórtice unísono, que no amenaza con romper la inmovilidad del cuerpo. Ahora es como si la mirada del poeta recorriera el tiempo, para volverse abierta como la mirada de un niño. Y como un niño el poeta se extiende y mira hacia arriba sin miedo, para reconocer los dibujos y las formas de las hojas, participando en su jugar y pillarse, en su móvil quietud: “estuve tumbado y miraba para arriba/ las ramas desarrollarse con infinitas hojas / qué producían dibujos geométricos / con sus formas, disponiéndose en círculos / qué se pillaban y se intersecaban /quedandose quietas en el silencio del cielo,? / o quizás era un aire particular que aquellas hojas produceban / qué entraba en mi cuerpo, me nutría e inebriaba / cómo néctar y ambrosía y yo también me arremolinaba” (p. 25).

“Todas las cosas tienden a balancearse. Pero nosotros a agravarle”, escribe Rainer Maria Rilke en el XIX de los Sonetos a Orfeo, “sobre todas tendemos nuestro peso, porque el peso nos exalta; // extenuantes maestros somos pues por las cosas, mientras que ellas gozan eterna niñez.” El Monte, en cambio, no tiene miedo de perder algo cada día, de ser consumido por el aire y por el agua (p. 28), no teme el cambio y, por tanto, no envejece con el transcurrir tiempo, ni quiere que algo detenga sus efectos: “Di a los hombres, si puedes, de dejarme vivir en paz, / que el aire me acaricie, que la lluvia me bañe, / qué las plantas y los animales vivan libremente / y libremente mueran junto con mi piedra” (p. 29). Una vez aprendida la lección del Monte, el poeta puede participar realmente en la vida de cielo y montes, valles, bosques y aire que se cogen de la mano, “contentos de ser unidos” (p. 35), y él se convierte en parte del paisaje, árbol que acoge el aire y el sol, y advierte su calor sobre su propia corteza herida.

 *

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En el segundo movimiento del viaje de este poemario, Quadrara delle Aquile, asistimos a un diálogo entre Franceso y Laura, entre la naturaleza y la poesía. Aquí Laura logra superar completamente el vértigo stendhaliano frente a la aplastante potencia de la belleza y consigue la quietud perfecta en la inmovilidad vital del paisaje, escuchando su silencio sin que el ruido de los pensamientos lo parte, y sin que el vértigo frente a la belleza turbe el inmueble al arremolinarse en su interior: “Caminar en ese momento sobre esa senda fue como ser suspendida en el vacío, y sin tener ninguna vértigo, fue como estar inmóvil, perfectamente inmóvil, como nosotros nunca estamos” (p. 41), como están, en cambio, las piedras. “¿Por qué aquel hombre espiaba la voz de las piedras?” se pregunta Rainer Maria Rilke en el cuento El que escucha a las piedras, incluido en la colección juvenil Historias del Buen Dios, “Y he aquí que las manos se despertaron e iniciaron a cavar como si la piedra hubiera sido una tumba dentro de la cual tiembla una débil voz moribunda:  “Miguel Ángel” gritó Dios en gran aprensión “quien hay en la piedra?”. Miguel Ángel desdobló la oreja, sus manos temblaron. Luego contestó con voz oscura: “¿Tú, Dios mío, quién otro? […] Y una voz llegó “¿Miguel Ángel, quién hay en ti?”. Y el hombre en la minúscula habitación posó su frente pesada sobre las manos y dijo: “¿Tú, Dios mío, quién otro?”. De este modo Rilke cuenta como Miguel Ángel se puse en contacto con el alma de las piedras, escuchando a su voz oculta, reconociéndo dentro de ella a la voz de “Dios”, y sintiéndola retumbar dentro de sí.

De esta manera Miguel Ángel logró cumplir el milagro de la Creación, extrayendo de la materia las figuras de la Piedad, que ya vivas y vitales, solamente esperaban venir a la luz. El Dios de Rilke no se debe entender en la óptica de la religión católica ortodoxa, sino en la óptica rilkiana de una inspiración vital presiente dentro de la materia a la apariencia inanimada, que el artista tiene que extraer, instituyendo una comunión entre su propia alma ?habitada por la inspiración divina de la creación? y el alma de las cosas, para dar cuerpo y vida a la obra de arte, cuya forma ya está presente en la arcilla primigenia de los materiales.

De la misma manera, en la poesía de Damiani, la piedra representa la materia originaria de cuya voz el poeta está a la escucha. La piedra contiene los poemas que estamos leyendo, nacidos de esa silenciosa escucha. Las piedras de las cuales Damiani nos habla son los hitos del camino de descubrimiento de si que este libro representa. Ya en la primera sección, al principio de su viaje de descubrimiento, el poeta sigue el movimiento inmóvil de las piedras como si fueran huellas, y su subir y bajar a lo largo de las caderas del monte como si fueran una senda móvil: “y me gusta sentarme sobre tus piedras / y esperar, sin pensamientos. / Me gusta sentir las sendas / que suben solas” (p. 21).

Más de una vez, durante este viaje, el poeta se sienta sobre una piedra para poder abrir su mirada sobre lo que lo circunda, más de una vez posa su mejilla sobre una piedra para escuchar su voz, o acaricia su cima “como la cabeza de un niño” (p. 23). Las piedras ?con su interno aliento que es inspiración divina, con su perfección que reconduce a la inocencia de la infancia? también son sostén en el viaje, dique que frena la caída: “Estuve tumbado con las piernas abiertas sobre lo duro de la piedra, en inclinación, por añadidura, sin embargo me pareció de no tener algun peso” (p.42). En el viaje de Damiani al descubrimiento del silencio vertiginoso de las cosas, las piedras le hacen de almohada, de puntal para poder mirar el cielo, como lo hacen los niños, quienes logran extraer infinitas formas y cuentos de las nubes, tal como las piedras pueden preservarse niñas e, incluso estando cercanas del polvo en que todo agota, son capaces de mantenerse intactas a pesar del tiempo que transcurre y de los agentes externos que las amenazan: “su ser cerca del polvo y al mismo tiempo resistir, su ser agujereadas en infinitos modos, pero no haber cedido, su ser piedras que siempre han visto muchas cosas y su ser y quedar niñas” (p. 56).

La inmovilidad de las piedras y la energía de su calor le permiten al poeta de resistir al vértigo que probamos frente a lo sublime, frente a la inmensidad que nos pisa, mientras que no puede amenazar ni mellar la solidez de las piedras, ni parar su inmóvil descender a lo largo de la pendiente del monte: “Yo, con la cabeza apoyada a la piedra, tuve los ojos sin mirar en el cielo. Hundía como me sucede en la inmensidad del espacio, pero sin vértigos, o con muy pocos. Menos que otras veces. También podía fijar el cielo por mucho tiempo aunque luego un poco de miedo lo tenía. no me parecía de caer, me parecía de estar suspendido” (p. 44). La respiración pequeña, tranquilizante, de las piedras permite por lo tanto al poeta de resistir al vértigo inducido por la inmensa respiración de lo universal: “Sentía su respiración pequeña, lenta. Tenía una mano sobre ella, y no sabía despegarme de ella” (p. 53). Escuchar a la respiración de la piedra significa reconocerse cosa entre las cosas, neutralizando el ruido de una civilización cada vez más lejana, de aquella autopista y de aquel tren que encontramos en las primeras páginas y del avión que comparece después pocas páginas, como una invasión de la quietud “como el avión de papel que lanza el niño y te golpea, no te hace mal. Pero te incomoda” (p. 45).

Oponiendo al poeta el elocuente silencio encerrado en su núcleo, las piedras lo ayudan a redescubrir en sí el silencio que es matriz de cada creación, alejándolo del ruido del cotidiano, del correr del tráfico, de la confusión que neutraliza el caos de la creación. “Quise posar solamente como una cosa sobre la piedra y sentir el sol que me besaba” (p. 42) escribe Damiani, instituyendo, en el empleo del verbo “posar” una referencia al célebre poema “Navidad” de Giuseppe Ungaretti, en el que el poeta pregunta que “con las cuatro / volteretas / de humo / del hogar”, “como una / cosa / posada / en un / rincón / y olvidada”, antes que ser obligado a “zambullirse / en un / ovillo / de calles.” Posar ?a diferencia de posarse, que presupone acción? significa existir desde siempre sobre la piedra hasta la identidad con ella. Ser liberado del movimiento, es eso lo que pide el poeta.

“No tengo gana de emprender”, escribe Damiani, “he aquí, querría quedar acá / y basta ya. Querría consumirme / sin más vivir” (p. 31). Consumirse sin más vivir, ser nivelado por el agua y quemado por el sol sin más sentir, metamorfosearse sin sufrir el cambio, achicar algo de sí perdiendo sin perder nada, aceptar lo ineluctable como lo hace el Monte, como lo hacen los árboles, que “Cuando el incendio avanza, [ellos] quedan firmes y esperan al fuego” (p. 46).

Los árboles no necesitan comunicar, o bien, comunican con su propia y silente presencia, con el abrazo invisible que los aprieta a unos contra los otros para resistir juntos, se quieren como a distancia el viento quiere las flores sobre las cuales pose el polen para fecundar la vida, se quieren como los quiere la tierra que los acoge y generosamente los nutre: “Quizás me soporten con resignación, y siguen pensando en su casos, susurrando y cuchicheando, moviendo apenas las hojas, embiagandose del cielo y del aire, mirandose entre ellos sin tocarse, chupando de la tierra la sangre vital, que los hace crecer y prosperar” (p. 51). Si el viento es fuerte los árboles dejan que sople doblando sus ramas, consintiendo con su ferocidad. Dejan que se desahoge, sin decirle nada. Saben que después de un poco se calmará, que el aire volverá quieto. Los árboles, que “confían al viento sus semillas, uniéndose sin conocerse” (p. 48), que se tienen entre ellos sin tocarse y hablan sin pronunciar palabras, son sumergidos como en el cielo se sumergen los pájaros. A diferencia de nosotros, los arboles no intentan el vuelo, no intentan acercarse del sol, no desafían el viento, sencillamente están inmersos en el cielo, y quizás lo comprendan más que nosotros, que lo corremos y recorremos como la vida, más que los pájaros, que lo atraviesan desplazando su aire: “Y los pájaros cuándo atraviesan el cielo, lo atraviesan más que un árbol? ¿Por el hecho que llegan hasta las nubes, lo entienden más?” (p. 49).

La respuesta implícita es negativa: los pájaros y nosotros que como ellos desafiamos el viento y escalamos el cielo con nuestros aviones, turbando su quietud, nosotros que corremos y no sabemos detenernos a escuchar al silencio, a perder por la calle algo que no recobraremos. Los árboles, en cambio, que están firmes, aceptando que los pájaros vuelen en sus cabelleras, que el viento los azote, que el fuego los amenace, dejan ir su propias hojas cuando es la hora y visten nuevas hojas con espontaneidad a la primavera siguiente. Sobre la inmovilidad de los arboles el tiempo resbala, tal como resbala sobre el cuerpo de las piedras, ya sea calentado por el sol o helado por el invierno pero siempre vivo, siempre a la escucha, listo a acoger las señales del tiempo, a recoger historias que devolver, de un siglo al otro: “Francesco también yo quiero volver a ver las piedras, quiero estar cerca de ellas, quiero tumbarme y apoyar mi mejilla sobre su mejilla. Quiero sentir su respiración, el lento latido dentro. Querría que me contaran todo lo que han visto. La edad del mar y la edad de los hielos, los animales monstruosos antiguos, los romanos, los anacoretas y las brujas, los ladrones y los bandoleros, los tesoros escondidos en sus entrañas. Querría que me dijeran dónde es el oro, sólo para saberlo, sin nunca ir a cogerlo” (p. 54).

 *

En el breve cuento final Caro libro di vetta, el poeta se disfraza de narrador ?aunque sigue escribiendo poesía en forma de prosa? y asume semblantes femeninos para recorrer y sintetizar su viaje en la naturaleza, en fuga de las pequeñas incumbencias cotidianas, de las dificultades de una escuela cada vez más atormentada, que va perdiendo su función educativa (p. 60), un viaje en dirección al silencio para poder sentarse y no pensar en nada y mirar solamente (p. 61), dejando que el sol lo envuelva, para aprender a estar inmóvil, quemando sin moverse, como los árboles, sin miedo del fuego, para encontrar la perfecta sintonía con la naturaleza largamente buscada, y para ser cosa entre las cosas, cercada e invadida por el aliento de la tierra, inmóvil y silenciosa, sometida al transcurrir indoloro del tiempo de las piedras: “Me gustaba estar allì quemando al sol, a pastar como una oveja sobre este prado celeste. Me gustaba sentir los instantes que corrían y el día quemarse como un tizón sobre el fuego, y las plantas estar alrededor de mi y lentamente crecer, respirar pensar reflejar. Y los instantes de mi día correr, como corren los instantes de las plantas, y de las piedras” (p. 64).

 

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10 poemas de Ode al Monte Soratte (2015),

de Claudio Damiani

 

 

Cuando me siento aquí, sobre este pequeño muro

a lo largo de la senda, no es un punto particular

no hay un panorama particular

es un punto cualquiera, y yo me siento,

estoy un poco inmóvil y miro las frondas de los árboles,

quizás ornos, con las hojuelas pequeñas,

que están delante de mí, también hayas, cerca de ellos,

y escucho su silencio, el oscilar leve de las hojas,

oye el silencio de la senda, de la tierra,

el moverse imperceptible de cada cosa como un hormigueo

o un zumbido que se vuelve cada vez más fuerte,

como un mar como una lava que hierve,

y yo estoy dentro de este cráter de fuego

perfectamente calmo, como si tuviera un chándal

mágico que me protege del calor,

del ruido ensordecedor, sin embargo oigo este silencio,

el moverse imperceptible de las hojas,

el correr del tiempo como el correr de

una agua, de un arroyo, de un manantial

cercano y al mismo tiempo lejano, que no sabes dónde está.

 

 

 

Cuando me siento aquí a la Quadrara

no me molesta oír las voces

del tren y de la autopista en el valle del Tíber,

o ver a los aviones que surcan el azul del cielo.

Son voces flébiles, apenas oíbles,

de algo lejano, que no me toca para nada,

son voces lábiles como de insectos que zumban

lejanos y inocuos. Como el sonido del agua

o de las frondas el bisbiseo sumiso,

el chisporroteo como de un fuego querulo,

como alguien que come, o la crepitación

de la vela que quema y se consume.

Estos sonidos me encantan

y componen un silencio que me separa

de cada angustia, de cada pensamiento lúgubre.

Aquí no pienso en nada, como delante del fuego

embelesado miro la pendiente boscosa,

los árboles espesos y trémulos, como cercadose en uno

como pequeñas llamas felices, como un coro de niños

que cantan una canción tras un vidrio.

 

 

 

¿Qué es este tremor que me toma

que estoy inmóvil y no puedo hacer nada

soy como atado y no puedo moverme

tengo nostalgia de algo que nunca vendrá

no sé estar sentado delante del fuego

no sé quemar lentamente sin pensar,

qué es esta imagen que me hace temblar

de una belleza que me devuelve inquieto

doy vuelta siguiéndola de noche en los callejones

dando cabezadas contra los cierres metálicos,

qué es aquella imagen que me devora

y me hace caer al final por tierra agotado,

aquella imagen que me aspira en el fuego

que me quema hasta consumirme?

Sin embargo querría sentarme delante del fuego

mientras que hojas fuera llueve, y esperar al tiempo,

sentirlo desgranarse en mis manos como un rosario,

ver sus pedacitos pequeños como granos que se exfolian

cada vez más pequeños, que caen entre un dedo y el otro,

sentir su sabor sin sabor,

su olor antiguo, así diferente

de cualquier otro olor

entrando como con una máquina dentro de una perspectiva

que se abre a mi paso cada vez más  veloz

y revela espacios, entornos, mundos

nunca antes visto…

todo diferentes pero sustancialmente parecidos,

porque representados por gente tranquila

en valles tranquilas,

campesinos que cortan las mies

o injertan perales,

soldados que vivaquean alrededor del fuego, pastores que se sientan

bajo una encina sombrosa

sobre una colina elevada

contemplando el rebaño que pastorea

y entonando viejas canciones

con una flauta con sonido melodioso.

 

 

 

Querida poesía, si tú quieres venir vienes,

si no quieres venir no vienes,

haz como si estuvieras en tu casa,

conmigo tienes que hacer así;

sólo, no puedo yo no venir aquí

monte, y no puedo no admirar tus hombros

y no puedo no respirar, aquí, tu aire

que me nutre y sin la cual

no podría vivir, no puedo no respirar tus colores

que te circundan, como vestidos

siempre diferentes,

y sentir el olor de tus plantas, y de tu tierra,

y con la mano sentir caliente

tu piedra como la cabeza de un crío.

 

*

 

Francesco tienes razón, mira a los árboles como están inmóviles. Nosotros caminamos y no se les mueve ni un pelo, nos miran no sé si con envidia o piedad. Nosotros as veces nos paramos, ellos nunca se paran. Tienen una constancia ejemplar. No escapan como hacemos nosotros, no huyen delante del enemigo. Cuando el incendio avanza, ellos quedan allí inmóviles y esperan al fuego.

 

*

 

Laura, cuantas horas quedaría cerca de ellos en silencio. Quein sabe qué piensan de nosotros, no hablan, no dicen nada. Quizás no nos vean, quizás nos adviertan como advierten cualquier animal, cualquier cosa que se mueve cerca de ellos. No logran nos distinguir. ¿Y entre ellos, tal vez comunican? Nosotros estuvimos abrazados cerca de sus troncos  ayer ¿pero ellos como pueden abrazarse?

 

*

 

Quizás no necesitan hacerlo, Francesco. Quizás se quieran a distancia, confiando al viento sus semillas y queriendose sin conocerse. Quizás también yo y tú no nos conocemos, es el viento que hace encontrar nuestras semillas. Quizás también yo y tú no nos abrazamos.

 

*

 

Laura a veces pienso que los árboles nos envidien, que piensen: “Bendidos sois vosotros que podéis mover, podéis ir donde os parece. Si tenéis sed podéis ir a beber, si llega el incendio podéis alejar.” Piensa en los pájaros: los sienten brincar entre sus ramas, luego los sienten desprender de repente el vuelo y hundirse en aquel cielo en que ellos también son sumergidos. Pero yo querría decirles: “Árboles, vosotros envidiáis nosotros, y nosotros os envidiamos.” ¿Y los pájaros cuándo atraviesan el cielo, lo atraviesan más que un árbol? ¿Por el hecho que llegan hasta las nubes, lo entienden más?

 

*

 

Querida Laura, hace algunos días estaba bajando desde el paso Mazzocchia por aquella senda empinada entre las piedras, sobre el lado sur de la montaña. Eran las cuatro de la tarde, todavía tuve una hora de luz. Día azul, con un sol caliente, que quemaba el aire entremezclo. Yo seguiba las piedras que bajaban empinadas, entre las asas de los cogollos altos y delgados. De repente me senté sobre una piedra de la senda en la sombra; no vía al paisaje porque los cogollos lo cubriban. Miraba la piedra y la caliza sobre la cual estaba sentado. Poroso y frágil y al mismo tiempo tenaz, que había resistido millones de años, también cuando el monte era una isla circundada por el mar. Había resistido y había sido, había durado mucho tiempo. Había mirado el mar, y ahora miraba me y el cielo. Quizás más arrugado que en pasado, más viejo. Quizás más frágil y seco, más fácil a romperse. Mucha agua había caído sobre él, mucha agua y mucho aire, muchas hierbas y muchos animales, muchos días y muchas noches. Sin embargo pareceba quieto, casi un poco olvidadizo. Sentiba su respiración pequeña, lenta. Tenía una mano sobre él, y no sabía despegarme de él.

 

*

 

Francesco también yo quiero volver a ver las piedras, quiero estar cerca de ellas, quiero tumbarme y apoyar mi mejilla sobre su mejilla. Quiero sentir su respiración, el lento latido dentro. Querría que me contaran todo lo que han visto. La edad del mar y la edad de los hielos, los animales monstruosos antiguos, los romanos, los anacoretas y las brujas, los ladrones y los bandoleros, los tesoros escondidos en sus entrañas. Querría que me dijeran dónde es el oro, sólo para saberlo, sin nunca ir a cogerlo.

 

 

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(versión original en italiano)

 

Per: Chiara De Luca

 

Una lettura di Ode al Monte Soratte,

di Claudio Damiani

 


Il nuovo libro di Claudio Damiani, Ode al Monte Soratte (fuorilinea, 2015), è suddiviso in tre capitoli, – Ode al Monte Soratte, Quadrara delle aquile, Caro libro di vetta – tre movimenti d’andamento distinto e tematica complementare, che costituiscono altrettante tappe di un viaggio di conoscenza di  sé, alla ricerca di una identità con la natura e di una profonda comunione con tutti i suoi elementi. Questo monte, “basso e spelacchiato” che è al contempo “miniera di natura e storia” e “ponte tra culture antichissime”, con i suoi eremi e le sue chiese, che hanno rimpiazzato i templi pagani, diviene per Damiani la sede di un ovunque al di fuori dello spazio e del tempo, pura materia di poesia e simbolo stesso del viaggio della creazione, che presuppone la capacità di ascoltare il silenzio delle cose, per tradurre il mondo e tramutarlo in verso. I luoghi sono per Damiani come persone “con un loro carattere, un loro modo di pensare”; il monte stesso ha spalle, è circondato da colori come vestiti  (p. 23). Di conseguenza, ogni elemento del mondo naturale e animale per il poeta ha voce, una sua voce peculiare, da trascrivere per celebrarlo, piuttosto che semplicemente nominarlo, per rivelarlo, piuttosto che semplicemente osservarlo con l’occhio distratto che posiamo quotidianamente sulle cose. Se le ascoltiamo fondo, infatti, sono le cose stesse a pronunciare il proprio vero nome, a raccontarci di sé e di noi, svelandoci i loro e i nostri segreti, tutto ciò che nei secoli hanno visto, o subito, o superato, ripercorrendo tutte le metamorfosi attraversate. La natura diviene per Damiani rifugio che custodisce e allevia le cicatrici della storia e conferisce loro un senso, serbatoio di energia e movimento che dona respiro al verso: “e ascolto il loro silenzio, l’oscillare lieve delle foglie, / sento il silenzio del sentiero, della terra, / il muoversi impercettibile di ogni cosa, come un brulichio / o un ronzio che diventa sempre più forte,? / come un mare, come una lava che bolle,? / e io sono dentro questo cratere di fuoco /  perfettamente calmo, come avessi una tuta? / magica che mi protegge dal calore,? / dal rumore assordante, eppure sento questo silenzio, / il muoversi impercettibile delle foglie,? / lo scorrere del tempo come lo scorrere? / d’un’acqua, d’un ruscello, d’una fonte? / vicina e insieme lontana, che non sai dov’è (p . 17). La poesia di Damiani non ci restituisce suoni, rumori, bensì voci. Tutto infatti nella natura parla, sussurra, suggerisce, bisbiglia, trasformando in parola e attutendo nel silenzio anche i rumori provenienti da una civiltà che pare lontana anni luce. Quando il poeta è immerso nella natura, perfino il suono distante dell’autostrada della Valle del Tevere non è frastuono, quello del treno non è strepito né sferragliare di rotaie, ma voce; l’acqua non scroscia, bensì parla, le fronde non frusciano, bensì bisbigliano, scoppiettano come un fuoco, sfrigolano come una candela, oppure producono un rumore simile a quello della masticazione (p. 19); gli alberi sussurrano e parlottano (p. 50), oppure bisbigliano (p. 51), “come assiepati in uno tremolano a loro volta come candele” (p. 17), felici della propria contiguità, che è profonda vicinanza, della prossimità che diviene comunione e unione di forze contro gli elementi, facendo delle loro voci il canto atemporale di un bimbo. Le voci della natura, a differenza del nostro parlare, spesso assordante, a differenza del frastuono delle nostre città, non originano rumore, e neppure suono, e neppure parola, bensì  ”compongono un silenzio” (p. 18), che separa il poeta dalle preoccupazioni d’ogni giorno, lo induce ad arrendersi all’ascolto, ad abbandonarsi alla quiete, conseguendo la medesima immobilità del paesaggio che lo circonda, dove tutto pare fermo e invece brulica di una lingua segreta, come il sangue che scorre silenzioso nelle vene, come il respiro che colma i polmoni d’aria fino a trasformare il poeta stesso in aria, dissolvendo ogni tensione, in un tutt’uno con il silenzio loquace della natura e con il suo quieto, invisibile moto. Tutto nella natura ha una ragione luminosa, che non chiede ragioni, tutto ha un senso e una direzione. Le formiche si muovono e lavorano operosamente, senza chiedersi il motivo per cui lo fanno e la direzione del proprio andare. Libere dalla preoccupazione per un futuro – cui però, istintivamente, si preparano – avanzano spinte da una accolta necessità, come il vento, che pur nella furia del suo movimento “bacia tutte le cose / e non dimentica niente” (p. 33), o come il cane, che pur forse chiedendosi perché il poeta si sia fermato, semplicemente gli si siede accanto, accogliendo il momento presente e adattandosi al tempo interrotto della sosta (p. 51).

L’uomo invece, tormentato dalla consapevolezza della morte, è costantemente riarso dall’urgenza di cercare un senso all’esistenza, un senso che però non potrà mai bastargli neppure quando dovesse percepirne un bagliore, che non dà mai pace al suo cuore e quiete alle sue membra, perché è consapevole del fatto che qualunque cosa sia in grado di conquistare è comunque destinata a finire: “E che avevo avuto poco? / anche, ho pensato, dalla vita / ?o che avevo anche, forse, capito poco, / che avrei voluto capire di più? / e essere più amato, essere più capito / ?io stesso, ma quello che avevo avuto / era quello che ero stato / ?e quello che ero stato / ?sarebbe finito, / E se anche avessi avuto / tutto quello che volevo / non mi sarebbe bastato” (p. 33).

Immerso nel paesaggio naturale, il poeta è pervaso dallo stesso tremore degli alberi, dallo stesso gaio fuoco di candele, vorrebbe mettere radici nel terreno, per impedirsi di muoversi, per lasciarsene nutrire. Solo allora subentra il rammarico della presa di coscienza di non poter davvero essere tutt’uno con l’attorno, di non poter accettare l’immobilità degli alberi come un dono, di essere condannato al moto, al bruciare lentamente senza tuttavia potersi impedire di pensare, senza potersi impedire di tremare di fronte all’inesauribile mistero della bellezza, così prossima, eppure sempre così lontana dalla nostra natura umana, così concreta, eppure così inafferrabile dai sensi che invece tutta vorrebbero abbracciarla, ma si riscoprono finiti, al cospetto della sua infinitezza: “Cos’è quest’immagine che mi fa tremare / ?di una bellezza che mi rende inquieto? / giro inseguendola di notte nei vicoli / dando testate nelle saracinesche,? / cos’è quell’immagine che mi divora / ?e mi fa cadere alla fine in terra sfinito, / quell’immagine che mi risucchia nel fuoco / ?che mi brucia fino a consumarmi?” (p. 19),

La bellezza è quella eterna della natura come la più bella delle opere d’arte, che pur mutando, evolvendosi, metamorfosandosi, resta sempre uguale a se stessa, intatta, al punto che possiamo immaginare che sia sempre esistita, pur indossando forme differenti, crescendo senza invecchiare, conoscendo senza abbruttirsi: “ma sei stato bello anche in altri momenti, / posso immaginare che sei stato bello sempre / anche se non ti ho visto / ?quand’eri lungo e non c’era ancora il Tevere? / e quand’eri basso ancora, che la terra si alzava lentamente / e tu crescevi ogni giorno […]” (p. 15).

Ragionando nei termini dei brevissimi e rapidissimi anni che gli sono concessi, l’uomo è condannato alla saudade di qualcosa che non verrà mai, a una nostalgia di un futuro inconoscibile che non avrà il tempo di visitare. Il poeta vorrebbe rallentare il proprio movimento, come fa la natura, che ragiona in termini di secoli, e li contiene tutti in sé, come contiene ciò che sarà in futuro secoli (p 27): “Eppure mi vorrei sedere davanti al fuoco / mentre fuori piove e aspettare il tempo, / sentirlo sgranarsi nelle mie mani come un rosario, / vedere i suoi pezzetti piccoli come granelli di sabbia che si sfaldano, / sempre più piccoli, che cadono tra un dito e l’altro” (p. 19).

Man mano che si addentra nel cuore della natura e s’inoltra nel silenzio, il poeta inizia a sentirsene parte, a perdere la percezione del tempo umano, quello misurato e scandito, che tentiamo d’imprigionare in misure, e a esperire un tempo differente, privo di scansioni: “mi sembra di essere tra tanti amici, / condividiamo il tempo / in perfetta sintonia” (p. 24). Il monte stesso è un amico, un complice, un simile, non c’è più “invidia” per la sua immobilità e per il suo intatto invecchiare e diminuire, bensì condivisione e identificazione: “[…] Ti guardo ?dalla Quadrara delle Aquile, la tua cima a nord, / ogni giorno perdiamo qualcosa, tutti e due, / ma stiamo qui, non ci muoviamo, / ?tu ti distendi al sole, io sopra di te,? / due oziosi difficili da scalzare” (p. 16). In questo abbandono alla piena comunanza con la natura, anche la vertigine non è più sensazione fagocitante che agisce dall’esterno trascinando il poeta in un gorgo inarrestabile, bensì movimento interiore, vorticante unisono, che non minaccia di rompere l’immobilità del corpo. Ora è come se lo sguardo del poeta ripercorresse a ritroso il tempo, per ridiventare aperto e bambino. E come un bambino il poeta si distende e guarda verso l’alto senza paura, per riconoscere i disegni e le forme delle foglie, partecipare al loro giocare e rincorrersi, a quella loro mobile quiete: “io stavo sdraiato e guardavo in alto / ?i rami svolgersi con infinite foglie? / che producevano dei disegni geometrici / ?con le loro forme, disponendosi in cerchi / ?che si rincorrevano e si intersecavano / ?restando quiete nel silenzio del cielo,? / o forse era un’aria particolare che quelle foglie producevano / che entrava nel mio corpo, mi nutriva e inebriava / come nettare e ambrosia e vorticavo anch’io” (p. 25).

“Tutte le cose tendono a librarsi. Ma noi ad aggravarle”, scrive Rainer Maria Rilke nel XIX dei Sonetti a Orfeo, “stendiamo su tutte il nostro peso, perché il peso ci esalta; // logoranti maestri siamo dunque alle cose, mentre loro godono eterna fanciullezza”. Il Monte, invece, non ha paura di perdere ogni giorno qualcosa, di essere consumato dall’aria e dall’acqua (p. 28), non teme il mutamento e perciò non invecchia col trascorrere del tempo, né vuole che qualcosa ne arresti gli effetti: “Di’ agli uomini, se puoi, di lasciarmi vivere in pace, / che l’aria mi accarezzi, che la pioggia mi bagni,? / che le piante e gli animali vivano liberamente? / e liberamente muoiano insieme alla mia pietra (p. 29). Appresa la lezione del Monte, il poeta può partecipare davvero della vita di cielo e monti e valli e boschi e aria, che si prendono per mano, “contenti di essere uniti” (p. 35), e diventa egli stesso parte del paesaggio, albero che accoglie l’aria e il sole, e ne avverte sulla propria corteccia ferita il calore: “Tu hai preso da loro / li hai studiati a lungo / fino a sentire anche tu l’aria / baciarti le guance / e il sole tiepido / scaldarti il tronco” (p. 36).

 

Nel secondo movimento del viaggio di questa raccolta, Quadrara delle aquile, va in scena un dialogo tra Franceso e Laura, tra la natura e la poesia. Qui Laura riesce a superare completamente la vertigine stendhaliana di fronte alla schiacciante potenza della bellezza e a conseguire la quiete perfetta nell’immobilità vitale del paesaggio, ad ascoltarne il silenzio senza che il rumore dei pensieri lo spezzi, e senza che la trascinante vertigine di fronte alla bellezza turbi l’immobile vorticare interiore: “Camminare in quel momento su quel sentiero era come essere sospesa nel vuoto, e non avere nessuna vertigine, era come stare ferma, perfettamente ferma, come non stiamo mai …” (p. 41), come lo sono, invece, le pietre. “Perché quell’uomo spiava la voce delle pietre?” si chiede Rainer Maria Rilke nel racconto L’uomo che spiava le pietre, compreso nella raccolta giovanile Le storie del Buon Dio, “ Ed ecco che le mani gli si destarono e iniziarono a scavare nella pietra come fosse stata una tomba dentro alla quale tremola una debole voce morente: “Michelangelo” gridò Dio in grande apprensione “chi c’è nella pietra?”. Michelangelo tese l’orecchio, le sue mani tremarono. Poi rispose con voce cupa: “Tu, mio Dio, chi altri? […] E giunse una voce: “Michelangelo, chi c’è in te?”. E l’uomo nella minuscola stanza posò la fronte pesante sulle mani e disse sommessamente: “Tu, mio Dio, chi altri?”. In questo modo Rilke racconta come Michelangelo sia entrato in contatto con l’anima delle pietre, ascoltando la loro voce segreta, riconoscendovi la voce dell’oltre, e sentendola riecheggiare dentro di sé e di come sia in tal modo riuscito a compiere il miracolo della Creazione, estraendo dalla materia le figure della Pietà, che, già vive e vitali, attendevano soltanto di venire alla luce. Il Dio di Rilke non è da intendersi nell’ottica della religione cattolica ortodossa, bensì nell’ottica rilkiana di un afflato vitale presente all’interno della materia all’apparenza inanimata, che spetta all’artista estrarre, istituendo una comunione tra la propria anima – a sua volta abitata dall’afflato divino della creazione – e l’anima delle cose, per dare corpo e vita all’opera d’arte, la cui forma è già presente nell’argilla primigenia dei materiali. Allo stesso modo, nella poesia di Damiani, la pietra rappresenta la materia originaria, della cui voce il poeta si pone in ascolto. La pietra contiene, in nuce, le poesie che stiamo leggendo, nate da quel silenzioso ascolto. Quelle di cui Damiani ci parla sono le pietre miliari del percorso di scoperta di sé che questo libro rappresenta. Già nella prima sezione, all’inizio del suo viaggio di scoperta, il poeta ne segue l’immobile movimento come una traccia, il salire e scendere lungo i fianchi del monte come un mobile sentiero: “e mi piace sedere sui tuoi sassi? / e aspettare, senza pensieri.? / Mi piace sentire i sentieri / che salgono da soli” (p. 21). Più volte, in questo viaggio, il poeta si siede su una pietra per poter aprire lo sguardo su ciò che lo circonda, più volte vi posa la guancia per ascoltarne la voce, o ne carezza la cima  “come la testa d’un bimbo. (p. 23). Le pietre – con quel loro interno respiro che è afflato divino, con quella loro perfezione che riporta all’innocenza dell’infanzia – sono anche sostegno nel viaggio, diga che frena la caduta: “Stavo sdraiato con le gambe aperte sul duro della pietra, in pendenza per giunta, eppure mi sembrava di non avere peso” (42). Nel viaggio di Damiani alla scoperta del silenzio vertiginoso delle cose, le pietre gli fanno da cuscino, da puntello per poter guardare il cielo, come fanno i bambini, che dalle nuvole riescono a estrarre infinite forme e favole, così come le pietre sono in grado di preservarsi bambine e, pur essendo vicine alla polvere in cui tutto sfinisce, sono in grado di mantenersi intatte a dispetto del tempo che trascorre e degli agenti esterni che le minacciano: “il loro essere vicino alla polvere?e al tempo stesso resistere, il loro essere bucherellate in infiniti modi, ma non aver ceduto,?il loro essere pietre che hanno visto tante cose,?e il loro essere sempre e rimanere bambine” (p. 56). L’immobilità delle pietre e l’energia del loro calore consentono al poeta di resistere alla vertigine che proviamo di fronte al sublime, di fronte all’immensità che ci schiaccia, mentre non può minacciare né intaccare l’immota solidità delle pietre, né arrestare la loro immobile discesa lungo il pendio del monte: “Io, con la testa appoggiata alla pietra, tenevo gli occhi senza guardare nel cielo. Sprofondavo come mi succede nell’immensità dello spazio, ma senza vertigini, o con molto poche. Meno di altre volte. Potevo fissare il cielo anche ?a lungo, anche se poi un? po’ di paura mi veniva. Non mi sembrava di ?cadere, mi sembrava di?stare sospeso”  (p. 44). Il respiro piccolo, cullante, tranquillizzante delle pietre consente quindi al poeta di resistere alla vertigine indotta in lui dall’immenso respiro dell’universale: “Sentivo il suo respiro piccolo, lento. Tenevo una mano su di lui, e non sapevo staccarmene” (p. 53). Ascoltare il respiro della pietra è ritrovarsi cosa tra le cose, neutralizzando il rumore della civiltà sempre più distante, di quell’autostrada e di quel treno che avevamo incontrato tra le prime pagine e dell’aereo che compare poche pagine dopo, come un’invasione della quiete, “come l’aereo di carta che lancia il fanciullo e ti colpisce, non ti fa male. Ma ti disturba” (p. 45). Opponendo al poeta l’eloquente silenzio racchiuso nel loro nucleo, le pietre lo aiutano a riscoprire in sé il silenzio che è matrice d’ogni creazione, allontanandolo dal frastuono del quotidiano, dallo scorrere del traffico, dalla confusione che neutralizza il caos della creazione. “Volevo soltanto posare sulla pietra come una cosa e sentire il sole che mi baciava” (p. 42), scrive ancora Damiani, istituendo, nell’utilizzo del verbo “posare” un chiaro riferimento alla celebre poesia “Natale” di Ungaretti, dove il poeta chiede di essere lasciato “con le quattro / capriole / di fumo / del focolare”, come una / cosa / posata / in un / angolo / e dimenticata”, piuttosto che doversi “tuffare / in un / gomitolo / di strade”. Posare, non posarsi, che presuppone azione: esistere da sempre sulla pietra fino all’identità con lei, liberato dal moto, questo chiede il poeta. “Non mi va d’intraprendere”, scrive Damiani, “ecco, vorrei restare qua / e basta. Vorrei consumarmi / senza più vivere” (p. 31). Consumarsi senza più vivere, essere livellato dall’acqua e bruciato dal sole, senza sentire, metamorfosarsi senza soffrire il mutamento, rimpicciolirsi perdendo qualcosa di sé senza perdere nulla, accettare l’ineluttabile, come il Monte, come gli alberi, che “Quando l’incendio avanza, [loro] restano fermi e aspettano il fuoco” (p. 46). Gli alberi non hanno bisogno di comunicare, ovvero, comunicano con la propria stessa silente presenza, con l’abbraccio invisibile che li stringe gli uni agli altri per resistere insieme, si amano a distanza come il vento ama i fiori su cui posa il polline per fecondare la vita, si amano tra loro come li ama la terra che li accoglie e generosamente li nutre: “Forse mi sopportano con rassegnazione, e continuano a pensare ai casi loro, a sussurrare bisbigliando, muovendo appena le foglie, a inebriarsi del cielo e dell’aria, a guardarsi tra di loro senza toccarsi, a succhiare dalla terra la linfa vitale, che li fa crescere e prosperare” (p. 51). Se il vento è forte gli alberi lasciano che soffi, piegando i loro rami, acconsentendo alla sua ferocia. Lasciano che si sfoghi, senza dirgli niente. Sanno che dopo un po’ si calmerà, che l’aria ritornerà quieta. Gli alberi, che “affidano al vento i loro semi, unendosi senza conoscersi” (p. 48), che si tengono fra loro senza toccarsi e parlano senza pronunciare parole, sono immersi nel cielo come gli uccelli, non tentano il volo come noi, non tentano di avvicinarsi al sole, non sfidano il vento, semplicemente stanno, immersi nel cielo, e forse lo comprendono più di noi, che lo corriamo e percorriamo come la vita, più degli uccelli che lo attraversano smuovendone l’aria: “E gli uccelli quando attraversano il cielo, lo attraversano più di un albero? Per il fatto che arrivano fino alle nuvole, lo capiscono di più?” (p. 49). La risposta implicita è negativa: gli uccelli, e noi che come loro sfidiamo il vento e scaliamo il cielo con i nostri aeroplani, turbandone la quiete, noi che corriamo e non sappiamo fermarci ad ascoltare il silenzio, smarriamo per la strada qualcosa che non riavremo, diminuendo. Gli alberi, invece, che se ne stanno fermi accettando che gli uccelli scorrazzino nelle loro chiome, che il vento li sferzi, che il fuoco li minacci, lasciano andare le proprie foglie quando è l’ora, e ne vestiranno con naturalezza di nuove alla primavera successiva. Sulla loro immobilità il tempo scivola, così come scivola sul corpo delle pietre, ora riscaldato dal sole, ora gelato dall’inverno, ma sempre vivo, sempre in ascolto, pronto ad accogliere i segni del tempo, a raccogliere storie da restituire, da un secolo all’altro: “Francesco anch’io voglio rivedere i sassi, voglio stare vicino a loro, voglio sdraiarmi e appoggiare la mia guancia sulla loro guancia. Voglio sentire il loro respiro, il battito lento dentro. Vorrei che mi raccontassero tutto quello che hanno visto. L’età del mare e l’età dei ghiacci, gli animali mostruosi antichi, i romani, gli anacoreti e le streghe, i ladri e i briganti, i tesori nascosti nelle loro viscere. Vorrei che mi dicessero dov’è l’oro, solo per saperlo, senza mai andare a prenderlo” (p. 54).

 

Nel breve racconto finale Caro libro di vetta, il poeta si trasvesta da narratore – pur continuando a scrivere poesia in forma di prosa – e assume sembianze femminili, per ripercorrere e sintetizzare il suo viaggio nella natura, in fuga dalle piccole incombenze quotidiane, dalle difficoltà di una scuola sempre più martoriata, che va via via perdendo la sua funzione educativa (p. 60), un viaggio in direzione del silenzio, per potersi sedere e non pensare a nulla e guardare soltanto (p. 61), lasciando che il sole l’avvolga,  per imparare a stare immobile, bruciando senza muoversi, come gli alberi, senza paura del fuoco, per trovare la perfetta sintonia con la natura tanto a lungo cercata, ed essere cosa tra le cose, circondata e pervasa dal respiro della terra, immobile e silenziosa, soggetta al trascorrere indolore del tempo delle pietre: “Mi piaceva star lì a bruciare al sole, a brucare come una pecora su questo prato celeste. Mi piaceva sentire gli attimi che scorrevano e si bruciava il giorno come un tizzone sul fuoco, come le piante mi stavano intorno e lentamente crescevano, respiravano pensavano riflettevano. Come scorrevano gli attimi del mio giorno, così scorrevano gli attimi delle piante, e delle pietre” (p. 64).

 

 

10 poesie da Ode al Monte Soratte (2015)

de Claudio Damiani

 

 

Quando io mi siedo qui, su questo muretto

lungo il sentiero, non è un punto particolare

non c’è una vista particolare

è un punto qualsiasi, e io mi siedo,

sto un po’ fermo e guardo le fronde degli alberi,

ornielli forse, con le foglioline piccole,

che mi stanno davanti, faggi anche, accanto a loro,

e ascolto il loro silenzio, l’oscillare lieve delle foglie,

sento il silenzio del sentiero, della terra,

il muoversi impercettibile di ogni cosa, come un brulichio

o un ronzio che diventa sempre più forte,

come un mare, come una lava che bolle,

e io sono dentro questo cratere di fuoco

perfettamente calmo, come avessi una tuta

magica che mi protegge dal calore,

dal rumore assordante, eppure sento questo silenzio,

il muoversi impercettibile delle foglie,

lo scorrere del tempo come lo scorrere

d’un’acqua, d’un ruscello, d’una fonte

vicina e insieme lontana, che non sai dov’è.

 

 

 

Quando mi siedo qui alla Quadrara

non mi dispiace sentire le voci

del treno e dell’autostrada nella valle del Tevere,

o vedere gli aerei che solcano l’azzurro del cielo.

Sono voci flebili, appena appena udibili,

di qualcosa di lontano, che non mi tocca per niente,

sono voci labili come di insetti che ronzano

lontani e innocui. Come il suono dell’acqua

o delle fronde il bisbiglio sommesso,

lo scoppiettio come di un fuoco querulo,

come se qualcuno mangi, o lo sfrigolio

della candela che brucia e si consuma.

Questi suoni mi sono cari

e compongono un silenzio

che mi divide da ogni cura, da ogni pensiero tetro.

Qui non penso a niente, come davanti al fuoco

imbambolato guardo il pendio boscoso,

gli alberi fitti e tremuli, come assiepati in uno,

come fiammelle liete, come un coro di fanciulli

che cantano una canzone dietro un vetro.

 

 

 

Che cos’è questo tremore che mi prende

che sto fermo e non posso fare niente

sono come legato e non mi posso muovere

ho nostalgia di qualcosa che non verrà mai

non so stare seduto davanti al fuoco

non so bruciare lentamente senza pensare,

cos’è quest’immagine che mi fa tremare

di una bellezza che mi rende inquieto

giro inseguendola di notte nei vicoli

dando testate nelle saracinesche,

cos’è quell’immagine che mi divora

e mi fa cadere alla fine in terra sfinito,

quell’immagine che mi risucchia nel fuoco

che mi brucia fino a consumarmi?

Eppure mi vorrei sedere davanti al fuoco

mentre fuori piove, e aspettare il tempo,

sentirlo sgranarsi nelle mie mani come un rosario,

vedere i suoi pezzetti piccoli come granelli che si sfaldano,

sempre più piccoli, che cadono tra un dito e l’altro,

sentire il loro sapore senza sapore,

il loro odore antico, così diverso

da ogni altro odore,

entrando come con una macchina dentro una prospettiva

che si apre al mio passaggio sempre più veloce

e rivela spazi, ambienti, mondi

mai veduti prima,

tutti diversi ma sostanzialmente simili,

perché rappresentati da gente tranquilla

in vallate tranquille,

contadini che tagliano le messi

o innestano peri,

soldati che bivaccano attorno al fuoco, pastori che siedono

sotto una quercia ombrosa

sopra un poggio elevato

mirando il gregge che pascola

e intonando vecchie canzoni

con un flauto dal suono melodioso.

 

 

 

Cara poesia, se tu vuoi venire vieni,

se non vuoi venire non vieni,

fa’ come fossi a casa tua,

con me devi fare così;

solo, non posso io non venire qui

monte, e non posso non ammirare le tue spalle

e non posso non respirare, qui, la tua aria

che mi nutre e senza la quale

non potrei vivere,

non posso non respirare i tuoi colori

che ti circondano, come vestiti

sempre diversi,

e sentire l’odore delle tue piante, e della tua terra,

e con la mano sentire calda

la tua pietra, come la testa d’un bimbo.

 

*

 

Francesco hai ragione, guarda gli alberi come stanno fermi. Noi camminiamo e loro non fanno una grinza, ci guardano non so se con invidia o pietà. Noi a volte ci fermiamo, loro non si fermano mai. Hanno una costanza esemplare. Non scappano come facciamo noi, non fuggono davanti al nemico. Quando l’incendio avanza, loro restano lì fermi e aspettano il fuoco.

 

*

 

Laura, quante ore starei vicino a loro in silenzio. Chissà che cosa pensano di noi, non parlano, non dicono niente. Forse non ci vedono, forse ci avvertono come avvertono qualsiasi animale, qualsiasi cosa che si muove nelle loro vicinanze. Non sono capaci di distinguerci. E tra loro, chissà se comunicano? Noi stavamo abbracciati ieri vicino ai loro tronchi, ma loro come possono abbracciarsi?

Non ne hanno bisogno, forse, Francesco. Forse si amano a distanza, affidando al vento i loro semi e amandosi senza conoscersi. Forse anche io e te non ci conosciamo, è il vento che fa incontrare i nostri semi. Forse anche io e te non ci abbracciamo.

 

*

 

Laura a volte penso che gli alberi ci invidino, che pensino: “Beati voi che vi potete muovere, potete andare dove vi pare. Se avete sete potete andare a bere, se arriva l’incendio vi potete allontanare”. Pensa gli uccelli, li sentono saltellare tra i loro rami, poi li sentono a un tratto spiccare il volo e immergersi in quel cielo in cui loro anche sono immersi. Ma io vorrei dire loro: “Alberi, voi invidiate noi, e noi invidiamo voi”. E gli uccelli quando attraversano il cielo, lo attraversano più di un albero? Per il fatto che arrivano fino alle nuvole, lo capiscono di più?

 

*

 

Cara Laura, giorni fa scendevo dal passo Mazzocchia per quel sentiero ripido tra i sassi, sul lato sud della montagna. Erano le quattro del pomeriggio, avevo ancora un’ora di luce. Giornata azzurra, con un sole caldo, che bruciava l’aria frammezzo. Seguivo i sassi che scendevano erti, tra le anse dei cespi alti e magri. A un tratto mi sono seduto su un sasso nel sentiero nell’ombra; non vedevo il paesaggio perché i cespi me lo coprivano. Guardavo il sasso e il calcare su cui sedevo. Poroso e fragile e insieme tenace, che aveva resistito milioni di anni, anche quando il monte era un’isola circondata dal mare. Aveva resistito e era stato, era durato per tanto tempo. Aveva guardato il mare, e adesso guardava me, e il cielo. Forse più rugoso di un tempo, più vecchio. Forse più fragile e secco, più facile a rompersi. Tanta acqua era caduta su di lui, tanta acqua e tanta aria, tante erbe e tanti animali, tanti giorni e tante notti. Eppure sembrava quieto, quasi un po’ smemorato. Sentivo il suo respiro piccolo, lento. Tenevo una mano su di lui, e non sapevo staccarmene.

Francesco anch’io voglio rivedere i sassi, voglio stare vicino a loro, voglio sdraiarmi e appoggiare la mia guancia sulla loro guancia. Voglio sentire il loro respi- ro, il battito lento dentro. Vorrei che mi raccontassero tutto quello che hanno visto. L’età del mare e l’età dei ghiacci, gli animali mostruosi antichi, i romani, gli anacoreti e le streghe, i ladri e i briganti, i tesori nascosti nelle loro viscere. Vorrei che mi dicessero dov’è l’oro, solo per saperlo, senza mai andare a prenderlo.

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