Por: Arturo Borra

Crédito de la foto: Izq. Ed. La isla de Sistolá

Der. ©Estela Fares

  

Diario ínfimo (2016):

un poema improbable

 

 

Si, parafraseando a Paul Valéry, la poeta no tiene identidad, difícilmente puede girar hacia la «confesión» autobiográfica o hacia esas formas de confesionalismo que mantiene aún la estructura clásica de un sujeto esencial, idéntico a sí mismo, protagonista de alguna epopeya íntima o de una narrativa épica, lejos de la banalidad en la que parecemos sumidos los demás. Por eso el “diario íntimo” en Mercedes Roffé se transforma en Diario ínfimo (La isla de Sistolá, Sevilla, 2016). El cambio de un fonema lo cambia todo. Porque –desde sus primeros poemarios– Mercedes Roffé no reafirma una presunta identidad inalterable, sino que multiplica sus apariciones, sin género estable ni posición fija desde la que escribir. En Diario ínfimo nos topamos con una interrogación acerca de esas apariciones que llamamos «sujeto» y sus vicisitudes internas, más allá de la metafísica de la autenticidad. No por azar aparece una cita escueta de J.L. Nancy: “¿Un sujeto?”, o la cita de Alan Watts, algo más extensa, que reincide en la idea de que el “ego” no es más que una “abstracción de la memoria”.

 

Ya el cambio de lo “íntimo” por lo “ínfimo” anuncia una distancia que pregunta por ese espacio inestable de la subjetividad. La escritura  se convierte en danza polifónica, sin centro, erra procurando construir un vislumbre que mitigue el agravio  histórico-existencial,  las  lenguas  calcinadas,  el pensamiento  inmóvil.  La necesidad de salir de ese espacio agraviante es también sugerencia –el imperativo no parece tener sitio aquí– de abandonar el “reino”, llámese “yo”, llámese “mundo” (y pienso en quienes en su nombre restauran el reino del adoctrinamiento o la prerrogativa de un autor que vendría a comunicar una verdad dada). En  la  orfandad  de  la  escritura,  somos lanzados  a  un  desplazamiento  sin  término,  sin  otra presencia que  aquella que se fuga,  himno  nocturno  que  llama  lo  ausente, exilio de la certeza y por lo mismo entrega a la incertidumbre del porvenir.

 

Del campo de la intimidad persisten algunas fechas, escasos espacios, huellas borradas del sí mismo. ¿Pero qué menos íntimo, menos propio, que un registro del tiempo, unos lugares de tránsito, trazas del devenir en esa constelación de lo humano donde acaece “una escena sin fondo”? La propia conjunción adversativa “pero” que inicia Diario ínfimo anticipa ya esa proximidad del derrumbe, de destronamiento, “en esa forma de naufragio/ tan propia de los sueños”. “Pero” es también aquí una forma de aullido, una protesta quizás contra la gravidez del ser, puesto que “nunca fuimos”, no más que un “desbarrancarse”, incluso si el “hoy” pregunta sobre lo presente.

 

Roffé no tiene respuesta. Intercambia el acantilado de un silencio, lo sofocado, lo que sigue ardiendo en la memoria, pendiente o pendiendo de las cuentas de la visión. En esta otra contabilidad, aparece un “poema improbable” entregado a la incierto, ¿buscando un rescate, un alumbramiento (aletheia)? En la descomposición de las horas, tal vez sólo sobrevive un esbozo de verdad –sin presencia, sin más que un deambular entre tiempos-. Dicho de otra manera, en este otro diario lo que aparece es el registro de la pérdida pero también “lo futuro intuido”, como afrontamiento del “acertijo” en el que nada se resuelve pero donde casi todo se juega, río arriba, allí donde todavía no hay “error y olvido”.

 

Diario ínfimo. Tapa 345KB (1)

 

Diario ínfimo remonta así los días: un balance en el que no falta

esa traducción

siempre perfecta

fallida siempre

profética de lo que jamás

entenderemos

de lo que nunca entendimos

 

¿Quién entiende los pasos, ese mascullar de la voz en la oscuridad? La luz también nos ciega y no hay comienzo que no suponga descender a ese espacio subterráneo que otra mirada preferiría velar. También hay un devenir otro –un otro que ya está aquí, enlazado como extrañeza.

 

Hasta los símbolos líricos caen: la luna calla ante la desolación. La canción de cuna se hace silencio. No más que piedras sin nombre, lo que se desvanece antes de ser (percibido), el labrado que se horada y la tierra fecunda que seguimos, interminablemente, rehaciendo –acaso rebelándonos contra el guión estipulado, el personaje que sostenemos, aquel que nos asigna un “papel” en ese Gran Teatro en el que nos movemos.

 

La crítica a la identidad se transforma también en un cuestionamiento tan sutil como rotundo sobre los roles de género naturalizados, en particular, sobre esa mujercita-arroyo impelida a no moverse, a aceptar el credo de la subordinación o el luto, tal como sugiere Roffé en su diálogo con  las obras de Marianne von Werefkin:

no alzar la vista

ni la voz

podría decirse

su esencia

 

En esa historia (im)propia, reaparece el espectro de la muerte y, con él, también el miedo, incluso si no es posible gritar y no queda más que “ese llanto en el pecho contenido”, un aullido que no quiere aceptar lo inaceptable, un rodeo o una elipsis que quiere dar cuenta de lo que naufraga, como si no quedaran palabras ya para decir eso que borroneado se entrevé, entre el cansancio y la morosidad.

 

La opresión y la clausura están ahí, como lo está el deseo de agrietarlas, la búsqueda de un alba precedida por variaciones de la nada,

 

y el vacío

 

siempre

el vacío

 

cómo buscar salida

a campo traviesa

 

Las preguntas proliferan, estremecen la herida, abren a una descripción imposible, sin equilibrio que no sea caer, entre el norte de la quimera y el sur del desencanto, siempre en la disyuntiva entre volver o huir, en caso que no fueran lo mismo.

 

La escritura se rompe, la puntuación se esfuma, las formas de descolocan y no queda más que una sintaxis fracturada, espaciamientos nocturnos, énfasis alterados o la écfrasis sin referencia que no esté ya mediada por la trama del lenguaje, onomatopeyas para lo que escapa, palabras bárbaras para lo incomprensible, interrupciones en las que lo central no puede ser más que sugerido, como si no hubiera lenguaje para decirlo, insinuado en un juego de espejos por los que se cuela la pregunta. Al fin de cuentas, ¿qué significan esas fechas recuperadas, supervivientes? ¿Qué rescatar en este naufragio? ¿Cómo vivir en lo imprevisible –ahí donde ya no quedan garantías metafísicas si es que alguna vez las hubo? Y si no somos más que estrías del árbol que nos acoge, ¿qué agravios dicen nuestras atrofias –sobre todo si se trata de un «discurso sin palabras», como insistía Lacan? ¿Cómo se escribe el color y se sobrelleva ese “pedacito de sombra” que somos?

 

El padre muerto sigue tallando la máscara que la madre no amó lo suficiente. Mercedes Roffé regresa a esa novela familiar también por una pregunta acerca de la travesía, esa en la que nos embarcamos un día, sin excluir ese engaño que confirma una verdad, surcando un río lleno de sombras, esa vida o

ese destiempo  e-sa

fatiga

siempre

a flor de piel

ese campo llagado

acometido

 

esa hendidura

 

En esa trama, la memoria y el sueño vuelven a enlazarse en la celebración de la belleza. Diario ínfimo conjuga así la añoranza íntima que se sabe ínfima y que, sin embargo, no desiste a recuperar sus trazas efímeras. Buscando en la alteridad, en sus múltiples diálogos, abre la promesa –dicha en voz baja– de otra vida.

 

 

 

 

*(Argentina, 1972) Ha publicado en prosa poética Anotaciones en el margen (2008; 2014); las plaquetas Cielo partido (2009) y La vigilia del deseo (2013) y los poemarios Umbrales del naufragio (2010), Figuras de la asfixia. El libro de los otros (2012; 2014) y Para trazar lo (im)posible (2013).

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