Por María Ángeles Pérez López*

Selección y curaduría de la muestra por Víctor Rodríguez Núñez

Crédito de la foto Carmen-Borrego /

www.suradapoetica.org

 

 

 

Avispas y otros poemas.

9+1 poemas de María Ángeles Pérez López

 

 

[El perfecto dibujo]

 

El perfecto dibujo de la piel amarrada,

a sí misma amarrada,

desplazando el aire con cada movimiento,

tiene un perfil de piedra,

de palote de niño dibujando.

 

Tiene un peso de piedra

y el oscuro entrecejo de la luz resbalada

porque la luz siempre resbala sobre las cosas

 

y no lo entiendo.

 

(de Tratado sobre la geografía del desastre)

 

 

[Dos]

 

Dos piernas, dos rodillas, dos tobillos,

los dedos diminutos de los pies

que son tan parecidos unos a otros

y suman sus falanges en parejas,

los huesos semejantes, sucedidos

y su contaduría vertebral

para escribir el peso o el fulgor

son nómina y carbón en papel copia,

perfecta simetría con que el cuerpo

busca no estar tan solo y se consuela

del lunes y su abrazo envenenado.

Por eso se acompasa en paridad,

escruta sus meninges, sus alardes,

su tiempo entristecido y concluyente

y cuenta sus costillas mientras gime,

porque es inmensa la llanura sola

y el sol está tan lejos como el mar.

El día en que nos faltan los afectos,

palabras olvidadas como trébede,

justicia, lapicera o resplandor,

cuando estalla la flor de la torpeza

y aroma los manzanos al troncharse,

el cuerpo se conforma como puede,

busca su concordancia, su acomodo

para la ley de las compensaciones

y balancea su peso duplicado

por el estrecho beso de lo dual.

Tan solo los impares desiguales

―el sexo, el corazón o la cabeza―

revientan en su plomo solitario,

reclaman con ardor para la sed

y exigen de algún modo compañía,

un canto en que se enreden otras voces

haciendo más liviano el universo.

 

 

 

[Islotes]

 

Hasta el poema llegan, como islotes

de óxido y de plancton celular,

los restos silenciosos del naufragio

en que quedan los barcos y los hombres

tras el amor intenso, el oleaje

que levanta su proa y la sumerge

al fondo de la mar y sus caballos.

Las caracolas guardan su rumor,

la lentitud sombría en que los peces

desnudos se acomodan a morir

y vuelven cristalina su belleza

de fósil, su armadura transparente,

su vertical caída hasta el silencio

en que el fondo del mar guarda la espuma

que levantó el deseo y las mareas.

En su abisal distancia deslenguada,

amor y mar comparten varias letras

y la raíz mojada por la sal

empapa cada signo tras su empeño

por la coloración y el frenesí.

La boca humedecida, la entretela

del cuerpo y sus humores ablandados,

las veintisiete letras rezumadas

por la líquida masa del amor

después se vuelven piedra quebradiza,

astilla y fósil blanco en su rescoldo,

su agalla enrojecida en el vivir. 

 

(de La ausente)

 

 

[Ciervos]

 

La mujer espera la llegada de los ciervos.

Se sienta en la cuneta y se descalza.

Con la uña más pequeña de su pie

rasca la tierra blanda y enmohecida

hasta arrancar un árbol de raíz.

Con un dedo invisible en su estatura,

remoto soberano primordial

empuja los nogales, los gomeros,

las hayas y los robles, los manzanos.

Después, bajo la lluvia, se arrepiente

mientras le late el pánico en la ropa.

El dedo mutilado es como el odio

del árbol mutilado, en la mujer

que se pinta en los labios treinta y dos

piezas dentales blancas, esmaltadas

con las que no morderse los pezones

ni llorar por los árboles caídos

y que suben despacio, en sus alveolos,

como subió cada árbol a su copa.

Del tronco descuajado, vuelto torre

gemela de otras torres neoyorquinas

caen los pájaros muertos, las personas

como estorninos muertos, el ramaje

como chicharra muerta, los tablones

como féretros muertos para Irak.

La mujer entretanto se avergüenza,

guarda el dedo y su uña, sus dolores,

el esponjoso hueco de la encía

en que ató cada diente su raíz

y levantó una torre mineral.

A su lado, los árboles reposan

su tiempo de madera, griterío

de perros y de niños clausurados,

los brazos y las piernas como ramas

taladas con dolor contra la tierra.

Los animales huyen espantados.

Los ciervos se disculpan y no vienen.

 

 

 

[Elefantes]

 

Como los elefantes, la mujer

se inquieta ante los huesos de su especie,

mueve nerviosamente la cabeza,

se extravía y tropieza en su dolor.

Los esqueletos largos, mascarones

que arrojaron el mar y el pleistoceno

para dormir, lavados por el agua

hasta volverse láminas de luz,

son una herida abierta y silenciosa

que los grandes mamíferos levantan

con tal delicadeza, con colmillos

en su arabesco y su melancolía.

Porque los elefantes, la mujer,

elevan la osamenta de los suyos

y los acunan con sus grandes dientes,

los mecen con pasión y con trastorno.

Como los elefantes, la mujer

cubre su piel de arena y de termitas,

arroja a sus costillas, su espaldar

la tierra de sus muertos, se recubre

de su aspereza seca, ventolera

o ráfaga de tiempo calcinado

y canta lentamente una canción

que en su baja frecuencia, solo escuchan

congéneres lejanos, primordiales.

Cuando pinta sus dientes de marfil,

dentina opaca y blanca, romboidal

que prestigia su boca y su alegría,

la mujer talla en ellos la aflicción

preciosa, endurecida como laja

que atraviesa la luz y la somete.

 

(a Esteban Peicovich, por “El otro amor”)

(a Charo Ruano)

 

La poeta María Ángeles Pérez López leyendo

 

[Sobre su pecho muerto]

 

Sobre su pecho muerto, la mujer

pinta una gran ventana para el aire.

El corazón, en su áspera alegría,

asoma al sur su sala octogonal

por el hueco del seno que extirparon

la enfermedad, la mano, el bisturí.

Sobre su pecho muerto, la mujer

raspa cualquier recuerdo doloroso

y colorea el soplo y el zumbido

del arrebato rojo de quedarse.

El hospital se borra en su blancura,

esa sala de espera es no lugar,

la habitación sin lágrimas ni olivos

es también no lugar, los lavatorios

y ascensores que nunca se detienen,

el pasillo alargado como el miedo

de biopsia en biopsia es no lugar.

La madre le cosió dos grandes senos

con hilo destrenzado del cordón

que la anudaba al tiempo y sus asomos.

Ahora un médico serio, preocupado

descose uno de ellos, lo retira

en silencio, y la extensa cicatriz

que corre por el tórax como el frío

abrasa los paisajes de la tundra.

Pero sobre su pecho, la mujer

sombrea un árbol negro, transversal

por la ira de perderse en el otoño.

También nubes y niños anhelantes

en su transpiración y su ajetreo

para mojar la tarde y las palabras.

El viento que entra en tromba la despeina

y su risa es un pájaro veloz.

 

(de Atavío y puñal)

 

 

 

[Lanzar contra la luz]

 

Lanzar contra la luz todos los peces

y evitar que las redes los atrapen,

que los muerda el anzuelo con su boca

curvada en la violencia de morir.

Desanudar la asfixia, trabazón,

bocanada de anhídrido y espinas

en que se hunden la angustia y los tacones

cuando el jueves se cierra, abochornado,

sobre su propia lista de imposibles.

 

Lanzarlos como quien avienta lana,

como quien suelta el trigo tras la trilla

o la harina blanquísima en el pan,

para que permanezcan en su vuelo

igual que permanece en la memoria

del agua cada fibra de la luz.

Para que se detenga su caída

contra el asfalto sucio, contra el miedo

metálico que exudan los arpones.

Para que permanezca en cada letra

el copo diminuto de almidón

como quietud de aquello que se mueve,

pez que se escurre raudo entre las manos

y nada en la canción de las agallas.

 

(con Eugenio Montejo)

 

 

[La imaginación del cereal]

 

En la imaginación del cereal

la hoz no se reduce a una herramienta.

 

Media luna que canta en el centeno

su amor diseminado en cada corte,

la violencia más dulce del verano.

 

Metal de la alianza, la apetencia

en que la espiga entrega su esplendor,

circulación y flujo de lo vivo

que se resiste a ser identidad

y busca diluirse entre la harina.

 

Melaza en que se aprietan hierro y cobre,

aleación y prodigio de no ser

lo que se era al principio. Convincente

cesión hacia lo dúctil que transforma

el rígido enunciado del objeto

en savia derramada como aire,

como metal en punto de fusión

que corre enrojeciendo las dos manos.

 

En la ardiente planicie de la siega

se estrechan la cuchilla y las gramíneas

mientras los cuerpos buscan a los cuerpos

y las letras se funden lentamente

con la vocal redonda de la hoz.

Disolución de lo que fue en el todo

que es morir y nacer para la boca.

 

con Claudio Rodríguez, de nuevo

 

 

 

[En el aire, la piedra]

 

En el aire, la piedra ya no duele.

Cuando rueda, recorre con violencia

la edad que se camina hasta ser bronce

y transforma en herida cada lasca.

 

Limadura, fracción con que el lenguaje

despedaza la piedra en sus dos sílabas

como vocablo hendido y estilete

que afila la humildad de la derrota

para ofrecer la dádiva del miedo,

la floración solar del sacrificio.

 

Piedra cuchillo, caracola de aire

que encierra los sonidos de la tribu

en el tambor solemne de la guerra,

en la angustia y pezuña de animal,

en la desesperada turbación

con la que Gaza sangra por sus cifras.

 

Sin embargo, la piedra se resiste.

No está dispuesta a ser domesticada.

Hay en su corazón un alto pájaro.

Hay en ella arrecifes, elefantes,

caminos y escaleras, soliloquios,

las circunvoluciones, el destino,

el álgebra, la luz de las estrellas,

el abrazo de Abel y de Caín.

 

Hay en su corazón un alto pájaro.

Cuando vuela en el aire, ya no duele.

 

(de Fiebre y compasión de los metales)

 

 

 

[Avispas]

 

Estruendoso zumbido de lo real. Y sin embargo, nada sé de las avispas.

¿Hasta dónde alcanzan sus obligaciones con el nido?

¿Acaso pueden zafarse

alguna vez

de la tarea prioritaria de desconocer la muerte?

¿No les preocupa saberse deudoras del verano y sus diosecillos rencorosos?

 

Lanzadas hacia la luz y la avidez,

obedecen el mandato de los días.

Asisten a su escuela de calor.

 

Algunas son hermanas entre sí

y se abrazan en la noche

porque temen la sombra.

Con las seis patas que entrega cada una,

forman un estrecho círculo de tiza

del que solo podrán salir al mismo tiempo.

No es posible pensar sino en el todo,

en su sustancia algo viscosa y primordial

que sostiene encendida la mañana:

hasta cinco mil piecitas de ámbar,

impacientes,

acercan todo el sol al avispero.

Otras son solitarias, como yo, que me aferro temblando a mis dos patas.

 

Tampoco sé de su apetito,

de su organización territorial

o sus banderas.

Ni siquiera si se excitan cuando lamen el miedo.

Me pregunto si en sus pesadillas hay también una cabeza de caballo ensangrentado.

Cuando despierto estoy empapada en esa sangre.

Mana de mi centro y sube a la raíz,

donde el pelo se adentra en lo invisible.

Incluso encharca todo el arco de la frente.

Desesperada, agito los brazos hacia lo alto

izando una bandera blanca

que tampoco se ve

y cuyas raíces terminan perdiéndose en el aire.

Intento gritar pero no puedo

y solo se oye un disturbio de baja intensidad,

………..un rumor calcinado en el oído.

 

Las avispas conversan con palabras blanduzcas.

En el fragor de sus tareas, tal vez dicen:

esto está demoliéndose,

el ala oeste ha sido arrasada en el ataque,

festejaremos la noche de San Juan

y yo entregaré la pulpa y los atajos

a la palabra patria, ese avispero…

Arrancan descargas de fulgor

y se entregan sin miedo a la energía

en la que reverbera lo real.

Para ellas, las celdillas son cobijo, son argumento afín, son arrebujo

que permite a las larvas crecer hacia la luz.

 

Nada sé de su talle,

su desdén

o su desoladora adolescencia.

Ni del modo en que se enamoran de los caballos

hasta hacerlos morir contra mi boca.

Cuando acerco la mano hasta las crines

también soy devorada por mi propio aguijón.

 

(inédito)

 

 

 

 

 

*(Valladolid-España, 1967). Poeta y profesora de Literatura hispanoamericana de la Universidad de Salamanca (España). Obtuvo los premios Tardor (1998) y XVIII Ciudad de Badajoz (1999). Entre el 2008 y 2012, ha coordinado el ciclo de poesía “Intersecciones” de la Universidad de Salamanca. Es miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Ha publicado en poesía Tratado sobre la geografía del desastre (1997), La sola materia (1998), Carnalidad del frío (2000), La ausente (2004), Atavío y puñal (2012) y Fiebre y compasión de los metales (2016); así como las plaquettes El ángel de la ira (1999) y Pasión vertical (2007). Acaban de aparecer los libros Diecisiete alfiles e Interferencias.

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