Por María Augusta Vintimilla*

Crédito de la foto (izq.) www.matavilela.com /

(der.) Ed. C.C. Benjamín Carrión

 

 

Aleyda Quevedo Rojas:

todas las  maneras de la luz sobre el cuerpo

 

 

Qué grata experiencia es esta de disponer de un libro que recoge el conjunto de la trayectoria poética de Aleyda Quevedo Rojas, una escritora que ha  persistido en su oficio por más de 25 años con la insistencia y la pasión de quien sabe que su voz no es un monólogo intimista y solitario, sino el eco y la refracción de muchas voces, de muchas subjetividades, de preguntas recurrentes y búsquedas compartidas.

Al leerlo, y reencontrarme con poemas que ya conocía junto con textos nuevos, pensaba en este libro como en una vasta plaza abierta con innumerables entradas y salidas que ofrecen al lector la posibilidad de recorrerlas a voluntad; o quizá mejor, como un abigarrado paisaje, con senderos zigzagueantes que a veces van a dar en rincones sombríos, en cálidas madrigueras, en valles apacibles, en roquedales ásperos, en erupción de volcanes, en cambiantes dunas de arenisca, o en claros de bosque repentinos y luminosos. Tal es la variada gama de tonalidades y matices que despliegan estas páginas.

De entre todas las posibles rutas que el libro ofrece, he elegido una para acompañarme en este viaje por la poesía de Aleyda: la construcción de una subjetividad femenina en sus tensas y conflictivas relaciones con el cuerpo y el deseo.

Cuerpo va y viene / cuerpo y nunca más / con él me hundo / con él me salvo, escribe en “Rock nacional”, del poemario Soy Mi Cuerpo, publicado en 2006, y que a mi modo de ver marca un viraje definitivo en su escritura poética.

 

El cuerpo es la primera evidencia, nuestra sustancia carnal, lo que nos pone en contacto con el mundo y nos abre a sus misterios. La tradición occidental judeocristiana disgregó al ser humano en dos fragmentos que ya no se reconocen como unidad. La mente, el lugar del pensamiento, el conocimiento, la voluntad. Y el cuerpo: ese extraño organismo, ese imperfecto envoltorio de piel, de carne, de vísceras, de sangre, de deseos, de apetitos.

No puedo dejar de citar aquí unos fragmentos del estremecedor “Discurso a mi cuerpo” de Virgilio Piñera.

“Eras tú el inguiable, el intraducible, el refractario; asomarme a ti era como asomarme a una negra superficie que no me reflejaría; llamarte supondría llamar al silencio que jamás desciende a escuchar la voz de los mortales. ¿Hasta qué punto, límite o frontera me extendía yo? ¿De ti provenía la armonía o eras el desconcierto? ¿Era yo alguna de ellas?”[1]

Se dice que la sociedad contemporánea rinde un culto desmesurado al cuerpo. Pero a veces parece lo contrario: el cuerpo se ha convertido en nuestro enemigo. La publicidad mediática exhibe a la mirada pública una procesión de cuerpos afilados, adelgazados hasta extremos inverosímiles. Y ofrece una larga lista de aparatos, dietas, pastillas, programas de ejercicios, vendas, hierbas, cirugías, para reducir el cuerpo a su mínima expresión. Para dominarlo. Para vencerlo. ¿En qué momento el cuerpo se nos transformó en un adversario odioso al que es preciso domesticar a toda costa?

Extraña paradoja: en esa aparente adoración al cuerpo, parecería esconderse el miedo. Miedo a mostrar nuestras imperfecciones, nuestra fragilidad; miedo a ser vistos, a ser tocados, a ser heridos. Y es que el cuerpo no puede esconderse, por él somos visibles ante la mirada de los otros, es la zona de frontera que marca nuestros límites, pero también el que nos expone al contacto con los otros. Y, como toda zona de frontera, a veces es territorio de guerra: lo público y lo privado, yo y el otro, la memoria personal y la historia colectiva, el individuo y la sociedad, el erotismo y la política.

 

La poeta Aleyda Quevedo.

La poeta Aleyda Quevedo.

 

Hay una íntima relación entre erotismo y poesía: si el erotismo es una exploración de todas las posibilidades del cuerpo, la poesía es una exploración de todas las posibilidades de la palabra. El cuerpo, como la palabra, es un signo cambiante que tiene infinitas posibilidades de significación. Resignificar el cuerpo es también dignificarlo, arrancarlo de ese destino puramente productivo de la modernidad capitalista, que los condena a ser cuerpos uniformes, cuerpos disciplinados para el trabajo, para el consumo y para la reproducción. Los cuerpos que habitan los poemas del libro de Aleyda son otra cosa: son cuerpos prestos para el gozo, atravesados por el dolor, congelados por la soledad, desgarrados por la enfermedad, cuerpos que no temen el derroche, que se aventuran al viaje, a la fiesta, cuerpos que se abren al despliegue de todas las formas del erotismo que no excluye ni la ferocidad ni la ternura.

“El tiempo olvida su idioma cuando el cuerpo habla.

Es Adonis quien me instruye picarte con mi cuchillo-lengua

¡Pobrecito mío!

Nada hará que olvides la divinidad de mi cuerpo

ni el perfume comestible de mi flor”

(de Jardín de dagas, 2014)

 

Me parece ilustrativo que uno de sus poemarios, La otra la misma de Dios (de 2011) lleve como subtítulo “Tratado de erotismo” y que sus secciones se organicen en torno a las innumerables formas del eros: “Erotismo de los cuerpos”, “erotismo de los corazones”, “erotismo sagrado” y “erotismo de la contemplación”.

De altos volcanes baja el lodo caliente /que te enterrará vivo. […] Un río de piedras del deseo […] Estoy dentro de ti, fluyendo espesa entre el lodo caliente y el río de piedras / sabiendo que una vez más solo Dios / me regresará liviana y firme a la boca de los volcanes” (De “El erotismo sagrado” en La otra la misma de Dios)

Somos un cuerpo; pero entre el cuerpo y el sujeto hay una encarnizada contienda que no se resuelve jamás; el cuerpo es el escenario de un litigio entre deseos enfrentados por inscribir en él sus sentidos. En la poética de Aleyda, el cuerpo no es el soporte original de la experiencia, sino que él mismo está siempre siendo producido, no es una entidad organizada de antemano sino el resultado -siempre provisional- de experiencias e intensidades.

Soy mi cuerpo

atrapado por partículas de otros cuerpos

Cuerpo que enjabono en el mar

reconociendo suciedades y miedos

[…]

Cuerpo mío

pólvoralcielo

intenso estallido

de lámparas que filtran su claridad

sobre mi pecho

Soy este cuerpo mío.

(“Limón perfumado”, de Soy mi cuerpo)

 

En la poesía de Aleyda, el cuerpo es materia proteica que adquiere formas infinitas; a veces se mimetiza con las formas de la naturaleza y entonces puede devenir volcán, río, desierto; tigre, serpiente, pájaro o flor;  agua, fuego, viento, arena. Con estos devenires, Aleyda reinserta el cuerpo en el mundo natural, restaurando el lazo que cortó el racionalismo moderno.

(Diré, como una nota al margen que a lo largo de toda su obra la naturaleza es una fuente privilegiada para sus repertorios léxico y metafóricos, la cantera de donde extrae materiales preciosos para acuñar sus imágenes)

En otros poemas, el cuerpo aparece ligado más bien a las formas de la cultura – esa segunda naturaleza de la que hablaba Lezama Lima – y entonces asume la forma metafórica de la ciudad o de la casa; es un mapa o una carretera; una página escrita, un poema. En “¿Quién soy? el poema que cierra el poemario Soy mi cuerpo) escribe:

 

¿Quién soy?
Tal vez la mujer senos de ámbar
y pies helados que escribe versos
para reconfortarse
Más la poesía
solo logra descarrilarme
como el tren rojo que soy
Ese tren que se abre paso
entre las montañas puntiagudas
y difíciles de algún país
(…)Esta mujer que emana voces
Versos para sobrevivir
¿Quién soy?
Quizá este cuerpo encendido
que aún guarda tus huellas en los pliegues.

 

El cuerpo es el puente para la apertura del yo hacía lo otro, hacia la vastedad inagotable del mundo, la zona de contacto que borra las fronteras entre un adentro íntimo, subjetivo, y un afuera ajeno, objetivo; es a la vez interioridad y exterioridad, o más bien es el umbral entre el exterior y el interior; hay aquí un movimiento de ida y vuelta entre la materialidad de lo real y la subjetividad que lo percibe: Un viaje del cuerpo que quiebra los estereotipos y las identidades fijas, para emprender un recorrido más bien deseante y aventurero.

En un breve poema escribe: “La feminidad / goce que manchada como un tigre/ escapa a la ley masculina” (de Espacio vacío); y en “Redescubrimiento” dice: “está quien se lanza al viaje / con los ojos abiertos”

Mi cuerpo lleva con honor las cicatrices;

marcas tenues de finas puntas de tijeras

recubren algunas zonas de la piel

mapas que el alma guarda como suspiros

(de Jardín de dagas)

 

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Una subjetividad femenina

La poesía de Aleyda se sostiene en una percepción del mundo desde una subjetividad que se construye a sí misma en el acto mismo del decir poético. No sería exacto decir que hay una “búsqueda de la subjetividad femenina”, pues buscamos lo que se nos ha perdido, algo que teníamos, que estaba allí ya conformado pero que lo hemos extraviado. La subjetividad femenina que aparece en estos poemas dista mucho de ser una identidad cristalizada e inmóvil, es más bien una entidad multiforme, maleable, en continua metamorfosis, rehaciéndose una y otra vez a partir de los distintos momentos de su vertiginosa experiencia del mundo, a partir de las diversas maneras de la luz sobre el cuerpo, como enuncia el preciso título de este hermoso libro. No en vano Aleyda ha colocado como epígrafe de uno de sus poemarios, la conocida afirmación de Gilles Lipovestky  “La primera mujer está sujeta a sí misma; la segunda mujer era una creación ideal de los hombres; la tercera supone una autocreación femenina.”

Citaré unos fragmentos de “Autorretrato ficticio de Diane Arbus”:

La mujer barbuda

El gigante amable

Las siamesas de cabello rojo

El hombre lobo

La obesa inmisericorde

Las enanas travesti

Las gemelas con pene

Una lista de horrores

y en ella la verdadera yo

tan bella y desequilibrada yo

(…)

fotografío y capto a mis iguales.

Por dentro soy todos ellos.

 

Y en Espacio vacío, escribe: “Quien no ha sido alguna vez / carne de mujer y de hombre / ardiendo en armonía” (“Animal” de Espacio vacío).

“El titubeo entre masculino y femenino / permite gozar de lo incierto” (“Total” de Espacio vacío).

La subjetividad que atraviesa, transformándose, estos poemas, es el  sustrato y la materia con que Aleyda construye su poética. Quizá debería usar el plural y decir las subjetividades múltiples e inestables que se construyen en cada poemario, en las diversas etapas de su trayectoria poética, que reflexionan de modo diverso sobre la materialidad y la espiritualidad del cuerpo, sobre los múltiples rostros del eros, sobre la enfermedad, la maternidad, el dolor; el yo poético que se construye en la intimidad doméstica y el que se rescata de la memoria histórica resignificada; las diversas cargas de afectividad que provocan la solidaridad con la persona amada, tanto como el vacío, la soledad, el desamparo; en fin, las luces y las sombras que proyectan los cuerpos al ser tocados por la experiencia del mundo, desmoronando el mito de la identidad plena e irreversible. Como en esa galería de ancestros femeninos – desde Marilyn Monroe hasta Sor Juana – que desde diversos espacios culturales pueblan sus poemas: el cine, la música, la pintura, la escritura literaria.

 

La poeta con el poemario.

La poeta con el poemario.

 

Un trabajo sobre la percepción

Yo creo, como creían los formalistas rusos, que la riqueza de la poesía está consiste en dinamitar nuestra percepción anestesiada del mundo, en sacudir  la banalización de una mirada rutinaria que ya no sabe ver, y devolvernos a la intensidad de la experiencia. Terry Eagleton comentaba la degradación que ha sufrido la experiencia en el mundo moderno: exigidos por la utilidad productiva, el mundo se ha vuelto un cúmulo vertiginoso de percepciones huidizas, de eventos consumibles instantáneamente, que no dejan rastro en la memoria; nada permanece el tiempo suficiente como para dejar una huella profunda en nuestro ser.

Cuando leo la poesía de Aleyda, siento que le devuelve al mundo su perceptibilidad: un detalle cotidiano que se resignifica, un instante que se rescata del torrente de los trabajos y los días, una escena íntima que se mira desde otro lugar y adquiere espesor y ambigüedad, un pasaje de la historia invadido por la pasión amorosa que adquiere una perspectiva inédita; de manera que eso que llamamos la realidad objetiva, filtrada por la mirada del yo poético, se transforma en realidad vivida, en afirmación vital que no solo afecta la subjetividad que escribe, sino que también conmociona la subjetividad de nosotros sus lectores.

A veces son poemas que permanecen anclados a la materialidad del mundo, con un lenguaje despojado y sin adjetivaciones, quizá como un exorcismo contra los peligros del sentimentalismo o las amenazas de lo grandilocuente y sentencioso.

“Me deslizo entre camas metálicas y tanques de oxígeno / Estoy helada en el fondo marino de este hospicio (“Un certeza” de Soy mi cuerpo).

“Mi útero reposa / en la bandeja de cirugía./ Se vuelve ceniza en los basureros hospitalarios. / No tengo por qué mantener compromiso con el misterio. / No adivino más la suerte. / He quemado el tarot”   (“Fin de mi suerte” de Soy mi cuerpo).

 

Otras veces, es una escena cotidiana o un esbozo de paisaje lo que desencadena las descargas altamente subjetivas.

“La mujer / que hunde el sexo /entre las piedras / sin dar tregua / a la estupidez / como en un parto de flores / sabe que ha vencido. // Así de salvaje / y telúrica” (Revelación)

“Domingo cuatro de la tarde:

la opacidad del mundo

toda la pesadez humana

Tal como el delirio de la arena

que al final estalla en misterio”

(“Nada”)

 

Y aún en otras, la plataforma de lanzamiento es una imagen onírica, de herencia surrealista, la que impulsa el decir poético:

El hotel da al mar / ellas ardientes / sangre y orquídea / terminan con Eva y los fantasmas del paraíso / Al amanecer / despegan sobre la espuma dorada / como bandada de pájaros blancos / en su migración al infierno. (“Hechiceras de ojos grandes”)

Tenemos una relación difícil con el cuerpo porque nos muestra tal como somos, y no como quisiéramos ser. Hay cuerpos que se ocultan celosamente debajo del vestuario y otros que se exhiben desafiantes; los cuerpos perfectos, tersos y satinados de los comerciales; los cuerpos manipulados, siliconados, exagerados de los calendarios; los cuerpos adocenados para el trabajo; los pobres cuerpos dolientes de los hospitales públicos; nuestros frágiles cuerpos expuestos a la enfermedad, al envejecimiento, a la muerte.

Tenemos un cuerpo, vivimos en un cuerpo, pero no nos identificamos plenamente con él. El cuerpo se nos ha convertido en un objeto extraño, un forastero que ha venido a vivir en nuestra casa, un huésped incómodo al que hay que alimentar, cuidar, soportar.

Aleyda ha transformado su/nuestra relación con el cuerpo: en su poesía el cuerpo es conocimiento y deseo; ascetismo y sensualidad; frágil ferocidad, violenta ternura. Y eso se lo agradecemos todos al leer su Poesía Reunida bajo el título: Cierta manera de la luz sobre el cuerpo publicada por la Casa de la Cultura Ecuatoriana, 2017.

 

 

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[1]“Virgilio tal cual”.  En Unión Revista de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba N° 10.  (1990): 21-36.

 

 

 

 

 

*(Cuenca-Ecuador, 1956). Ensayista, crítica literaria y catedrática universitaria de la Universidad de Cuenca (Ecuador). Colabora en revistas como El Guacamayo y la Serpiente y Kipus. Ha publicado en ensayo Literatura y cultura nacional en el Ecuador (en coautoría, 1985), Estado, nación y cultura nacional (en coautoría, 1987), Doce relatos. Los Sangurimas. Estudio introductorio (Quito, 1994), Las zonas sagradas en la poesía de Efraín Jara. Memorias del VI encuentro de literatura ecuatoriana Alfonso Carrasco Vintimilla (1997) y El tiempo, la muerte, la memoria: la poética de Efraín Jara Idrovo (1999).

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