La selección de poemas que siguen a continuación, forman parte del libro Las musas se han ido de copas, con el que Nilton Santiago obtuvo el XV Premio Casa de América de Poesía Americana 2015. El presente texto, son las palabras de la contraportada que Bruno Pólack escribió para el mismo.

 

 

Por: Bruno Pólack

Poemas: Nilton Santiago*

Crédito de la foto: Izq. Ed. Visor

Der. Facebook del autor

 

 
Atención, aunque parezca, este no es un libro de poesía. Esta es una bitácora minuciosa, fidedigna y fantástica de la vida del poeta Nilton Santiago. De cómo los días pueden contener en cada segundo algo de mágico y de sorprendente. Porque en las páginas de este libro (galardonado con el XV Premio Casa de América de Poesía Americana) podemos observar como la vida posmoderna y el lenguaje son llevados hasta el límite de lo posible por el poeta, para demostrarnos, con una destreza fascinante en el uso del sentido del humor, de la ironía y de la “autocrítica” (estos tres elementos son importantes para entender su voz poética) como debemos (intentar al menos) sobrellevar el creciente descrédito de la realidad. Es este también, a su peculiar modo, un libro de protesta. De protesta contra la soledad, contra la política, contra el desarraigo y el desamor, contra las limitaciones del ser humano, pero sobre todo, contra la medianía y contra la falta de imaginación. Uno de los importantes aciertos del poeta peruano es demostrarnos que la clave no es llevar los hechos cotidianos hacia la poesía, sino que debemos llevar la poesía hacia los hechos cotidianos. Debemos llevar la poesía hasta sus últimas consecuencias, rebelarnos, tomar el timón del barco, aprovechar ahora, que las musas se han ido de copas.

 

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7 poemas de Las musas se han ido de copas (2015),

de Nilton Santiago

 

 

LOS MILAGROS COMO CUARTO ESTADO DE LA MATERIA (POCO ANTES DEL AMANECER, CUANDO LOS GATOS DIRIGEN EL TRÁFICO)

 

Son estas las ruinas y las lluvias del otoño,

entrar en el metro atravesando la puerta de una iglesia

llorar por la afonía de un grillo, caminar y volver a entrar a la iglesia

pero esta vez a través de la lluvia,

y entonces verte cruzar el paso de cebra

mientras una pareja de gatos dirige el tráfico.

He aquí el primer milagro:

tú entrando en el cielo a través de tus lunares,

no hay astrónomo ni fumeta que haya imaginado un cielo con tanto escote

desde luego no sabes quién diablos era Baudelaire

ni que a veces hay que llevar faldas más largas (y menos transparentes)

bajo la lluvia

pero da lo mismo, de quimera a quimera y de quimera a claridad

y viceversa

haces que el infinito se detenga de sopetón,

que el Big Bang empiece a contraerse

como un gran tomate en el microondas

o que las chicas tatuadas en los brazos de los taxistas dejen de fumar

y abandonen las labores del amor para entrar a hurtadillas

en las parroquias.

He aquí el segundo milagro:

entrar en la estación y verte pelear con el torno para que te deje pasar

entre tanta luz y viceversa

no llevar un céntimo en el bolsillo y pedirte la tarjeta del metro,

comerme con la miel de tu sonrisa los hoyuelos de tus mejillas,

mirarnos sin ninguno de los típicos designios destinados

a los fríos amores por correspondencia.

 

Aquí el tercer milagro:

hay dos asientos libres juntos,

nos sentamos, sé que me juego un bofetón por mirarte así la entrepierna

hablamos entonces para dejar de sonreír,

hablamos del nuevo estado de la materia que acaban de descubrir

en los ojos de pollo,

hablamos sin darnos cuenta de que cada vez que sonríes

salen cientos de mariposas entre tu escote y mi mirada.

De repente, en un plis plas, llegamos a la última estación

(donde aún es primavera y donde hay minotauros

distrayéndose con aquellas muchachas traídas de Ho Chi Minh

o de Creta)

y, como quién no quiere la cosa, aprovecho para hacerte las típicas preguntas

que te haría un elefante a punto de morir,

mientras le doy tres vueltas a mi corazón alrededor de tu corazón

que se esconde una y otra vez,

como se esconde el sonido en el vientre de una campana.

 

Nos acabamos de conocer pero ya nos damos cinco besos

no haremos cosas políticamente incorrectas,

eso seguro

el amor ya me ha susurrado al oído que tampoco hoy es mi noche

y bien lo sé: hoy soy yo esta ruina, esta lluvia de otoño,

este pelmazo que no tiene nada que decirte.

Es hora de que te vayas al bar donde has quedado con tu chico

y que yo me marche a casa

(paso de ir al picnic)

ya sobran unos cuantos milagros esta noche

y hay que saber retirarse a tiempo para lamerse las heridas.

 

Y tranquilos amigos, dicen que las ratas

pueden vivir más tiempo sin agua que los camellos.

 

 

 

SOBRE EL FALSO ETIQUETADO DE MERLUZA PROCEDENTE DE ÁFRICA (QUE SE VENDE COMO EUROPEA O AMERICANA)

 

Ahora lo sabes,

también los peces tienen que pasar las fronteras,

llorar todas sus afonías,

pedirle impuestos a la luna llena que cada noche se disuelve en sus lágrimas

cuando se ha roto “la cadena de frío” en sus maltrechos corazones marinos.

Pero así es la soledad en el agua cuando se sabe de antemano

que compartirás el envase (con otro solitario) en algún frigorífico,

así son los falsos pasaportes

para los que no saben llorar bajo el agua

y terminan en los supermercados con la carne limpia y sin escamas,

lista para meter al horno.

 

 

 

AUTOBIOGRAFRÍA DEL AMANECER (NOS GUSTAMOS TANTO QUE NOS HACEMOS LA VIDA IMPOSIBLE ASÍ QUE HEMOS DADO POR TERMINADAS LAS FUNCIONES DEL OTOÑO)

 

Dicen que el 15% de las mujeres norteamericanas se mandan flores a sí mismas en el día de los enamorados, así que no tiene nada de malo comprarte la autobiografía de un pavo real daltónico y dejártela tú mismo bajo la almohada el día que se te cae el primer diente de la melancolía. Dicen que este preciso momento está sucediendo en varias dimensiones distintas donde -por ejemplo, en la que me muero por tus huesos-  soy un perro que olfatea las huellas de la lluvia que acaba de entrar en tu ducha. Puede también que en otra dimensión yo sea un armadillo con gafas que ha decidido fijar su residencia en un baobab que poco a poco -teóricamente en otra dimensión-  se dirige al mar saltándose todas las luces rojas del amanecer. No sé qué de gracioso tiene que saques tu imagen del espejo del baño mientras me afeito y me digas “que te folle un pez” y luego la pongas en un sobre que probablemente enviarías a una casa de lágrimas donde un par de rabihorcados de la isla de Navidad me pedirán impuestos por pronunciar tu nombre. No tiene nada de gracioso, no, como no tiene nada de poético las cosas absurdas que escribo mientras le haces cosquillas al ángel de silicio que escondes en tu armario y que se parece mucho a Jasper Maskelyne, aquel ilusionista que los británicos contrataron durante la II Guerra Mundial para que hiciera que el puerto de Alejandría fuera invisible para la aviación alemana la noche del 22 de junio de 1941 y vaya si lo consiguió. Pienso en un té de besos, en un bocadillo de prosas surrealistas para –¿por qué no?- escribir como Dios manda un poema policial donde el único delito sea querer morderte los muslos a sangre fría. De nuevo vuelvo a tropezar contigo en este poema que lleva el corazón con 3 marcapasos y 1 bypass. Sé que no tiene nada de simpático que escriba sobre ti cuando me has mandado al otro lado de la luna por décima vez; quizás es mejor dedicarse a otra cosa, escribiendo poemas soy tan bueno como portándome bien cuando duermo contigo y me dices “esta noche no”, mientras únicamente vistes con la transparencia de la oscuridad. La poesía en este poema es un techo lleno de goteras y entonces se me ocurre que es mejor hablar de aquel invento revolucionario para el amor, registrado por David King Terence con la patente nº GB 2221607, que no es otra cosa que un par de guantes para parejas de enamorados que durante el invierno quieren ir de la mano y seguir sintiendo la piel del uno y del otro. Tonterías. Ya sé que lo sabes, nuestra relación de pacotilla tiene el mismo problema que tenían las primeras latas de conservas: que aún no se habían inventado los abrelatas y nos parecemos, ciertamente, a aquellos soldados de la Royal Navy que las abrían utilizando las bayonetas, disparando contra ellas o golpeándolas con piedras. En este mismo momento tenemos que dar por cancelado el estreno de este poema, sí, lo tenemos que concluir ahora mismo por falta de público porque tú, la única asistente, te acabas de largar llevándote tus 5 maletas de zapatos y tus 5 minutos de vozarrones y, vaya morro, pidiéndome que te devuelva la entrada a tu cama para el taxi (que pagué yo con las monedas de mi corazón). A propósito, –te pregunto segundos antes de escuchar un gran portazo- ¿sabías que algunos hombres son infieles para salvar sus matrimonios y que hay un hotel hecho de hielo en tu país al que han obligado a poner una alarma anti-incendios?

 

 

 

KLARA, UNA AU PAIR DE KARLSTAD, ME HA PEDIDO QUE LE ESCRIBA UN POEMA PARA OLVIDARLA DE UNA VEZ POR TODAS

 

Bruno me ha llamado para contarme que ha leído

que algunas nutrias del Amazonas

pueden cambiar el curso de los ríos con el poder de sus mentes,

esto es más falso que un billete de 3 euros

pero igualmente me recuerda que una hormiga

puede sobrevivir hasta dos semanas bajo el agua,

así que aún guardo algunas esperanzas para mí.

Yo le cuento que aquí están a punto de llover ranas,

no hay ciudad que aguante esta lluvia de los mil demonios,

fijaos que se quejan hasta las ballenas varadas entre los árboles

que se esconden en el supermercado de la esquina de casa.

Nos acabamos de conocer, Klara,

pero me dices que a los árboles no les importa la lluvia

y que te deje dormir.

 

De pronto se me viene a la cabeza que el animal

más rápido en el acto sexual es el chimpancé (3 segundos),

le sigue el ratón (5 segundos) y quizás tú, que apenas te has tomado una copa

y ya te escuchaba roncar en mi cama.

Hemos venido esta mañana a escribir el poema que me has pedido

y es en este mismo momento cuando el mar desempaca tu sonrisa sobre el cielo

después de que el reloj despertador te haya despertado por última vez

para salir volando por la ventana

(aunque ambos sabemos que un par de libélulas

harán su mismo trabajo entre nuestras sábanas).

 

Soy el final de tu caja de bombones, tus últimas bragas limpias

o, lo que es lo mismo,

la oscuridad de los peces cuando lloran y pasan una sed de caballos.

Me dices que nunca has montado a un caballo

pero que sabes que sus lágrimas

son el principio de cualquier río que se precie en tu pueblo, Karlstad,

donde los muñecos de nieve van de compras a diario

para comprarse una nueva nariz de zanahoria

y para aprovechar la calefacción de los supermercados.

 

Pronto dejaré de ser uno que parece joven y sigo metiendo la pata hasta la rodilla

aunque no nos engañemos:

tu corazón, como el mío, está cerrado por obras

y rueda como una moneda o un milagro

que se le acaba de caer a un pobre mendigo

que creo que soy yo.

 

No está hecho el amor de las pelirrojas para nosotros, Bruno,

los alejados de las manos del señor,

como tampoco está hecho el amor para el amor:

salven pues las estrellas mis torpezas para quitarte el sujetador,

salven todo lo que queda de mi corazón entre tus manos de gata

aunque ya de nada servirá… es para partirse de risa

pero de tirios y troyanos hemos pasado a dirigir el tráfico de las estrellas

entre tu mirada y la luz de la luna llena sobre tu espalda asalmonada,

en un santiamén

(mientras me preguntas si sabía que en Finlandia

se prohibieron los comics del pato Donald porque no llevaba pantalones).

 

Después de las risas no puedo dejar de pensar que allí,

cerca de donde las lágrimas pierden su equipaje,

donde las nubes limpian sus gafas porque la lluvia empaña su mirada,

allí, donde todo termina,

no hay árboles llorando de rodillas ante un pájaro en un supermercado

no está Dios (ni nada que se le parezca)

estamos nosotros dos, Klara o como te llames,

jodidamente separados

a pesar de compartir esta noche la misma cama.

Y sí, vale querido amigo Bruno,

una vez más tienes toda la razón:

a) para un pingüino las aves no tienen talento para nadar y

b) el amor es para nosotros lo que la aritmética para los filósofos:

(o ¾ de lo mismo)

tan solo un gran malentendido.

 

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El poeta Nilton Santiago
Crédito: Facebook del autor

 

ME HE PERDIDO EN BUDAPEST POR CUARTA VEZ Y UNA CHICA MUY MONA ME AYUDA A ENCONTRAR LA ESTACIÓN, AUNQUE TERMINO MULTADO

Según el chalado del obispo Ussher,

un día como hoy, el lunes 10 de noviembre, pero del año 4004 a. C.,

Adán y Eva habrían sido expulsados del Paraíso.

Nada sé yo de paraísos y nada quiero saber

pero sí sé que este hotel es un infierno como pocos.

Me he levantado muy azul y congelado, las calles de Pest

son tan líquidas como las nubes de Buda

que parecen llorar todas las tristezas de los peces,

recojo mi corazón de agua del pluviómetro de todas las equivocaciones

y me marcho

como si tuviese una cita con un pelotón de fusilamiento,

ver a dos aves picozapato temblar de frío es la mejor limosna

después de haber pasado la noche en aquella nevera

disfrazada de habitación.

 

Ni puñetera idea de dónde estoy,

casi me han arrollado un perro lazarillo, dos ciclistas en minifalda

y un tranvía lleno de cangrejos

y de jirafas que sacaban el cuello por las ventanas para fumar,

hasta que te veo y nos vemos y te veo de arriba abajo

y me vuelves a ver

viéndote de arriba abajo

más perdido que una tortuga marina en un safari.

 

8 días tardé en encontrarte y 8 minutos en perderte de nuevo,

me habías llevado de la mano de la estación de Bajza utca

a la estación de Deák Ferenc tér o viceversa,

qué se yo de estos nombres rarísimos,

tan raros como los cangrejos o las jirafas fumadoras de los tranvías,

simplemente recuerdo que para limpiarte el maquillaje corrido por la lluvia

te estampé un beso que no quisiste rechazar

hasta que al salir de la estación me pidieron el ticket de metro,

pero no, no lo llevaba conmigo,

entonces te vi desaparecer entre la multitud de cangrejos y de jirafas

mientras le daba todos mis Florines al controlador

y trataba de recuperar mi corazón

entre la salida del metro y las escaleras eléctricas e infinitas

que se llevaron esos 8 minutos para siempre.

 

Regreso a duras penas al hotel para empacar

y ahora pienso que un viaje de mil millas

comienza por “cagarse en todo” al hacer la maleta.

 

 

 

DIARIO DEL GRANJERO VIETNAMITA QUE LLEVA SIN DORMIR DESDE 1973

 

Thai Ngoc es una libélula jubilada, como el amanecer.

Thai Ngoc se despertó como cualquier día convencido de que era un hombre vietnamita que vive al pie de una montaña.

Thai Ngoc sabe que ni los quebrantahuesos escogen la soledad ni las veinteañeras qué soñar por las noches así que, desde el año 1973, después de una intensa fiebre corporal, el señor Ngoc decidió dejar de dormir.

Thai Ngoc empieza el día pidiéndole a los cipreses que le devuelvan las lágrimas de todos los médicos que se han roto el coco pensando en por qué demonios no puede dormir.

Thai Ngoc luego se va a desayunar con las ranas un zumo de melón.

Thai Ngoc sabe perfectamente que las mujeres son más complicadas que el álgebra para las rosas, así que cada día le regala un ramo de besos a su mujer.

La mujer de Thai es una campesina jubilada que está convencida de que es una libélula.

La mujer de Thai lava los platos sucios con los sueños de los peces.

Thai Ngoc es como un héroe para los loros kakapos de la comunidad de Que Trung y su más grande sueño es tener sueño.

Thai Ngoc a veces es contratado por un par de murciélagos para que les haga la cena, otras veces, sus vecinos le dan un par de monedas para tocar los tambores o los gongs en los funerales nocturnos de las tortugas.

Thai Ngoc dice que se siente “como si fuera una planta sin agua”.

Thai Ngoc también dice que los perros no tienen religión pero sueñan, así que es lo mismo.

Thai Ngoc cree, no obstante, que el mejor amigo del hombre es la lluvia.

Thai Ngoc es una libélula jubilada que no sabe quién es Thai Ngoc cuando llueve.

Thai Ngoc seguirá despierto aun cuando este poema haga que Ud. se muera de sueño.

 

 

 

TAMBIÉN LA POESÍA ES UN MISTERIO ESTROPEADO

 

Acabas de llegar a casa con la mirada perdida,

todos sabemos que has pasado la noche aspirando el cielo

y liando a los controladores aéreos

con esa forma de pasarte al otro lado de las nubes al desmaquillarte,

y yo aquí esperándote para nada

como un pobre embarcadero que espera las lágrimas de las merluzas al amanecer.

Siempre has sabido que tener un perro llamado Rimbaud

puede que vaya en contra de la moral de las universitarias,

pero aun así te empecinas en llamar a las cosas

como las cosas no quieren ser llamadas (como “amor” a los “restos del amor”)

especialmente ahora, que Rimbaud debe dormir como una libélula

que acaba de presenciar la muerte de su corazón, pero como dices,

“a nadie le importa la poesía”,

pero yo te respondo (como quien no quiere la cosa)

y te digo que para los Celtas el cielo se halla en la copa de los árboles

y tú hoy has llegado desde el más alto de los cipreses,

así que al menos la poesía ha servido para sacarte esa sonrisa

que te acabas de limpiar con una servilleta,

aunque quizás sea mejor enterarte de que el mar ha decidido jubilarse

y mudarse a tu pintalabios para estar más cerca del amanecer.

 

Siempre los mismos temas en poesía, siempre tu mirada ahuyentando a la luna

o convirtiéndola en esa bola de papel de aluminio

en la que acabas de calentar mi corazón, para nada.

 

Aún no ha terminado de amanecer y el diario entre tus bragas -por el suelo-

nos susurra que el Tío Sam no puede quitarse de encima a los islamistas

después de haberles financiado hasta el corte de barba,

también leemos que Lukanikos, el perro protestante griego,

ha muerto porque las estrellas se han puesto en huelga

y necesitan que alguien le ladre al jefe, es decir, al pastor barbudo,

y que el Gobierno de Caracas dice que su expresidente

llora desde lo alto de un árbol reencarnado en un pájaro.

 

Simplemente el mundo -como tu corazón-  es un misterio estropeado.

A nadie le importa que una nueva ecologista haya sido asesinada en el Amazonas,

a nadie le importa el por qué Tiririca, un payaso brasileño,

ha salido reelegido diputado con 1 millón de votos,

y nadie sabe que por ti me convertiría en liberal

y te leería a Adam Smith al oído cada noche

(y a toda la Escuela de Chicago si hace falta)

pero ya lo intuyes, sí supongo que ya lo sabes,

soy como aquellas gallinas que tienen las llaves de su propia jaula

y salgo a cacarear cuando los granjeros y las estrellas duermen,

aunque, claro, me dirás que ya te lo han dicho hasta el cansancio:

para una gallina, el ser o no ser depende de cacarear bien

y yo, para qué engañarte, lo hago fatal.

 

Para mí, que soy tan torpe como un camello ligando con una osa polar en un iglú,

el ser o no ser depende de que me mires,

de ver tu mirada metiendo en embrollos a un amanecer infinito.

No creo que no te des cuenta de que me tienes muy pillado,

pero ah poesía, amor cruel,

ya sabemos que eres tan tonta

que hasta tus peores torpezas te salen bien.

 

Y sí, es cierto, si el mundo es un pañuelo,

nosotros somos (definitivamente) los mocos.

 

 

 

 

 

*(Lima). Licenciado en Derecho y Ciencias Políticas. Poco después de la publicación de su primer poemario, El libro de los espejos (2005) se marchó a vivir a Mallorca, España. También es autor de La oscuridad de los gatos era nuestra oscuridad (Premio Internacional de Poesía Joven Fundación Centro de Poesía José Hierro) y de El equipaje del ángel (XXVII Premio Tiflos de Poesía, Visor Libros 2014). Acaba de publicar el e-Book Para retrasar los relojes de arena (Vallejo & Co., 2015). En la actualidad vive en Barcelona.

 

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