Una lectura de «Y la muerte no tendrá dominio» (2019), de Victoria Guerrero Peirano

 

Por Roger Santiváñez

Crédito de la foto Ed. FCE

 

 

Mi propia utopía está en mí.

Una lectura de Y la muerte no tendrá dominio  (2019),

de Victoria Guerrero Peirano

 

 

Pocas veces me ha tocado leer un libro tan fuerte y desgarrador como Y la muerte no tendrá dominio de la poeta peruana Victoria Guerrero Peirano. En efecto, estamos ante 34 fragmentos —son 34 si contamos el último que tiene título y así no va numerado— que constituyen lo que podríamos llamar un breviario confesional o testimonial escrito a propósito de un funesto y triste suceso: la muerte de la madre. A lo largo del discurso vienen intercaladas siete ilustraciones, cuatro de las cuales son el reverso de posibles fotografías de Luz Peirano fechadas algunas, situadas otras, una imagen reproduce un pasaporte —suponemos de Luz— de la época previa a la Revolución de Velasco en el Perú, cuando dicho documento no era válido para viajar a los países comunistas del orbe, en pleno imperio de la Guerra Fría. Y la última no es un reverso de fotografía sino el retrato de la madre frisando la tierna infancia. Es interesante el tema de las fotos en reverso porque daría la impresión de que la poeta ha querido voltear esas imágenes con la finalidad de exponer la vida al revés o quizá materializar —de este modo— la inevitable condición de nada que —en cierto sentido— implica la muerte. Y dejar solo el pequeño rastro de una locación geográfica o una fecha perdida en el maremágnum del tiempo. Solo al final del libro vemos realmente a Luz con la inocente expresión de una niña que con interesante mirada ausculta el mundo.

Lo primero que salta a la atención es la suerte de mezcla o fusión que realiza la poeta de los sujetos madre e hija, hasta el punto en que ella da “a luz a su propia madre”. Y nos lo dice con toda claridad: “Tuve que concebir a mi madre para poder vivir”. Pero en el mismo párrafo leemos:

“o como yo que salí de su vagina a los siete meses. Entonces era considerada una falla de la naturaleza o un error en el cuerpo de mi madre”.

 

Sin embargo, al comienzo de este acápite que es el número 1 Victoria es “La primogénita, la más celebrada, la peor de todas” contradicción que pone de manifiesto la lucha interna en que se debate la niña. En el tramo final nuestra poeta declara su ars poetica: “Para que yo pudiera dar a luz a mi madre, ella ha tenido que morir. De eso trata esto. De ver morir a mi madre”. Estamos notificados entonces acerca del tópico sobre el que discurrirán las 76 páginas del libro. La historia —y la llamo así por el temple narrativo que sostiene las prosas de todos modos líricas— nos va dando nítidas señas de una sintomatología patológica: “Mi hábitat puede que fuera su neurosis” la cual procede a una especie de exteriorización psicoanalítica: “Odiaba mi cuerpo. Odiaba las máscaras de belleza” encrucijada que se resuelve en la vida cotidiana como una vía de salvación: “pero me aficioné a la peluquería, a cambiar mi cabello cada cierto tiempo”.

 

La poeta Victoria Guerrero Peirano
Crédito de la foto: Diario «Correo»

 

Un punto muy interesante es la configuración de un sujeto de escritura escindido: “A la poeta la esperan en la Feria del libro, y yo aquí mirando cómo cae una lluvia oscura, oscura como mi ciudad en invierno”. Duplicidad capaz de hermosa poesía como la secuencia pluviosa citadina que acabamos de mencionar. El duelo no es fácil, al extremo de afectar su condición de poeta: “que no podía escribir una línea sin sentir arcadas: una, dos, tres líneas y olvidaba el texto. Pero la imagen de mi madre en el hospital no la olvidaba”. Memoria persistente como la precipitación del clima que permite a nuestra autora una bella construcción que enhebra su interior personal con el mundo que la rodea: “Era una imagen a la que volvía constantemente. O que me invadía como hoy que es verano, pero llueve sombríamente”.  

Durante el luto, el fantasma de la madre se le aparece y camina con ella por las calles de la ciudad. Conversan. Y saltan las recriminaciones: “-Tú siempre criticándome, creyéndote más inteligente que el resto porque escribías unos versos”. Esta alusión a la poesía me parece muy interesante, porque centra su atención en el ideologema de la mil veces tratada cualidad diferencial del oficio poético. Y —de paso— el concepto de la poesía como algo completamente inútil desde el punto de vista del sistema establecido. Muchas opiniones se vierten sobre la condición lírica, pero lo concreto es que la poesía, podríamos decir —parafraseando a Hinostroza— ‘marcha bella y desconsiderada por sobre la tierra’. Aunque esto no sea fácil, máxime en situaciones como las que atraviesa nuestra poeta, tan crítica y autocuestionadora que la lleva a decir cosas como esta: “Tampoco sabía cómo escribir sobre la muerte, no sé para qué diablos quería escribir sobre la muerte”. Sin embargo, pronto nos enteramos que ha llevado una pormenorizada bitácora de los acontecimientos: “Desde que ella ingresó a Emergencia de la SS, llevé una especie de diario”. El proceso adquiere ribetes de extremo dramatismo: “Quizá maté a mi madre, en cada uno de esos minutos que pude verla”. Y más: “Así que las dos hacíamos luto al mismo tiempo, pero ella estaba enloquecida, y yo, silenciosa, que era una forma de enloquecimiento”.

Es el momento de hablar de un elemento nodal del libro: el caso de Mary Toft “la mujer que paría conejos en su pueblo natal”. Y “que fue convertida en un espectáculo en Londres”. La poeta nos dice: “Partes disecadas de conejos salieron de ella, como partes de mi madre tuvieron que salir de mí”. Y luego como un incómodo tormento que tuviera que cargar: “Parece como si el conejo mutilado viajara todo el tiempo conmigo”, llegando a extremos de cuasi delirio aquí: “porque nadie puede soportar ver a una coneja así sin matarla”.

 

 

La habilidad poética de Victoria Guerrero Peirano consiste es fusionar sus personajes: ella, la madre, los conejos; en una sola composición que sin dejar de ser ambigua logra un entramado de múltiple posibilidad significativa: “Cuando pase la lluvia, voy a salir, me largaré al Este. Si quiere la coneja se viene, pero tiene que abandonar a esa niña incompleta o no nos dejarán entrar”. Una suma de sujetos se confunde en un espacio textual donde aparece incluso “La Celadora, mi celadora”, que podría ser la propia muerte, pero que pronto adquiere una dimensión terriblemente humana, así como una clara locación en la realidad directa  y psicológica: “A veces me pregunto si el personal de la Seguridad Social sentía lo mismo, si una sonrisa se dibujaba en sus labios cada vez que alguien moría o si disfrutaban de nuestros llantos” y también enlazada a lo político referencial: “ Los conejos dicen que ejecutaron simbólicamente a sus padres en Mayo del 68”. 

Respecto al sistema, Victoria Guerrero Peirano es muy clara en su posición crítica. Tras hacer una sucinta radiografía de su formación en un colegio de monjas francesas y recordar “plegarias, la preclara importancia del himen, cantos marianos, la perversión del onanismo, penitencia”, concluye de la siguiente y frontal manera: “La inflexión histérica de mi educación había sido completada”. Ahora bien, extremando el ya citado intercambio de roles, de pronto la poeta se encuentra encerrada en su dolor y su silencio, al punto que llega a afirmar: “Mi duelo es todo lo que no puedo decir”, de modo que se autoescinde ante la situación: “Así que empecé este texto desde mi propia muerte. La muerte de la poeta”. Y con la suya, la de David Bowie, Hinostroza, Reynoso, Juan Javier Salazar, Leonard Cohen. Cultista, nuestra autora ironiza sobre “Esos dramáticos poetas expresionistas”. Y en ese tono —expresionista— se manda de hacha: “Quiero vivir para degollar a mi padre peruano y escupirle a mi madre por dar el culo”. De pronto cita la maoísta consigna de Abimael Guzmán (aprendida de Lenin): “Salvo el poder todo es ilusión” y recuerda su vida bohemia que ya murió, así como “Marx también, y Lenin yace en ese enorme mausoleo”. Entonces viene una declaración de vital importancia porque funda su arte poética para hoy y hacia el futuro con toda valentía y propuesta existencial: “Mi propia utopía está en mí. Es el carácter de mi escritura”. Punkt.

No obstante, la contradicción salta de inmediato: “Esta escritura es un fracaso. Está muerta”. Lo cual la lleva al recuerdo del sexo vía una memoria de Ollé y por la propia madre muerta: “Seguramente esa es la razón por la que no me puedo vincular sentimentalmente con nadie”. En este sentido, la poeta es capaz de revelaciones realmente perturbadoras. Por ejemplo: “Tuve una pelea con mi madre delante del médico, y este insinuó que ella no estaba saciada por mi padre”. Y más adelante: “Fuiste una madre terrible. Yo también fui una hija terrible”.  La confesión nos abruma: “No sabías cómo amarnos. Yo tampoco supe”. Por fin llegamos a uno de los fragmentos, el signado con el número 25, que no es una prosa sino un poema en verso. Es una bella composición anafórica de notable realismo conversacional, incluyendo una cita de Viel Temperley, que retrata a la madre —en distintos instantes y aspectos de su vida— con un remate que nos desarma y entristece: “Y hoy va camino a su velorio”. La reflexión continua en amargos y contradictorios mares de auto punición: “En muchos momentos, de niña, le deseé la muerte y ahora, sin embargo, la extraño. Mi alma ya está torcida”.

Entre los recuerdos hermosos sobre la madre que nos brinda la poeta, tenemos el del cantante español Raphael, ídolo de chicas y chicos a mediados de los 1960’s en todo el mundo hispánico. “Mi madre lo amaba”, dice nuestra autora. Y luego un pequeño reproche: “A todos les gustaba Julio Iglesias. Siempre te tenía que gustar algo diferente de lo que les gustaba a las madres de mis amigas”. Viene entonces un párrafo confesional muy fuerte donde expresa: “Sabes? Cuando era niña quería que murieras. /…/ Sentía gran remordimiento por querer que murieras e imaginar cómo hacerlo”. Y con resonancia vallejiana: “‘No mueras, te amamos tanto’ Te odio y te amo. Esa parece ser nuestra vida privada”. No es fácil para Guerrero Peirano escribir en este tenor y tiene el coraje de ofrecernos el testimonio de la crítica situación interna por la que atraviesa: “No sé cómo me atrevo a este impudor en unas pocas líneas, ya quiero retroceder y borrarlo”. Hay momentos de una dureza tan conmovedora como triste en el sentido de retratar una condición sumamente dolorosa pero válida en el extremo de su realidad humana: “Cómo amar a una madre que no te ha enseñado a amar?”

Ahora entraremos a los dos fragmentos 31 y 33 que son poemas en verso. El primero es la memoria de una breve escena durante la infancia de la poeta. De todos modos, está llena de ternura y eso es lo que recibimos. Se trata de un corto diálogo entre la niña, insistiendo en pedir —o exigir— un helado y la madre que se desespera un poco ante la enfática exigencia, propia de los infantes: “Yo: Helado helado./ Madre: Cómo jodes./ Yo: Helado helado helado”. El verso que cierra el texto es revelador: “El helado se derretía y me perdía en el mall. Me perdía de ti”. Obviamente es una reflexión a posteriori, como explicando esa presunta huida que —tal vez eso es lo que nos quiere decir la poeta— ya estaba en ella, en su relación con la madre desde aquellos tiempos infantiles. Aquí se me viene a la memoria un famoso verso de Lezama Lima que quizá —por algún camino— pueda vincularse al asunto: “Deseoso es aquel que huye de su madre”. El segundo poema —que lleva una significativa cita de Oscar Wilde— constituye una suerte de réquiem ante el cadáver de la madre muerta, construido mediante logradas asociaciones entre la realidad y el dolor interno de la poeta: “Los enfermeros aprovechan un agujero eléctrico/ donde conectarse/ No con la luz./ No con la luz./ Por cierto, mi madre se llamaba Luz”. Y como corolario: “Aunque luego la vi entrando al horno crematorio./ Y sí era Luz”.  Efectivamente, nosotros vemos una luz en la mirada de la niña que posa en la foto que acompaña el poema.

 

(De izq. a der.) Victoria Guerrero y su madre, Luz Peirano

 

Llegamos al fragmento final del libro: Una espina clavada. Se trata de una especie de síntesis de todo lo que nos ha venido ofreciendo la obra, así como una reflexión final. “Sí, tenía una espina clavada en la garganta y no era bella”, principia diciéndonos y con cierta desesperación que nos conmueve nos comparte su palabra la poeta: “Yo tenía que preguntar por qué mi madre murió de noche sin nadie, sin nada de nosotros”. Se consuela entonces con el imaginario: “Estremecida, mi conejita, mi única fuente de vida y confianza, ya no estaba, se había ido a salvar a su madre”. De modo que vuelve a la realidad y busca a una doctora que “conoce a la bestia”. La bestia es el Hospital Nacional Edgardo Rebagliati Martins: “Una mole de cemento” que “Se alimenta de cuerpos reducidos a formularios, carnets y permisos de visita”. Allí a “los pacientes que están en estado terminal simplemente los dejan con dosis que no son revisadas. Saben que no van a pasar la noche”. Y agrega la terrible frase que usan en su jerga cotidiana los estudiantes de medicina para referirse a pacientes en estado crítico: “Se van a definir”. Y más aún en “lugares con falta de recursos, deshumanizados por el trato diario con la muerte”.

En el tramo que cierra el fragmento —y el libro— Victoria Guerrero Peirano apunta contra la sociedad en su conjunto: “Somos una cifra más en el sistema” a lo que, Estremecida, la conejita responde: “Seguramente, un número en una lista de discapacitados”. La poeta asumiendo su conciencia feminista y denunciando la situación escribe: “Las mujeres siempre hemos estado en esa lista”. El último párrafo referido a “La Copa del Pabellón” una pizarra “donde se anotaban los goles del pabellón de medicina” y “Esos goles […] indicaban el número de pacientes fallecidos”; me ha tocado en lo personal profundo debido a que cuando murió mi mamá —en el Hospital de Seguro Social en Piura, 1988— escuché decir a la enfermera del área “2 a 0”, ya que junto a mi madre había expirado también otro paciente esa noche.

Victoria escribe en la última línea de su gran libro: “Mi madre fue un gol. El gol de esa noche”. Podría yo suscribir esa frase entonces. Y así concluir esta close reading que he intentado realizar sobre Y la muerte no tendrá dominio que me ha llegado hasta el hondón del alma, porque asumiendo la belleza del famoso verso de Dylan Thomas, Guerrero Peirano ha logrado demostrarnos que la parca no reinará, a pesar de su aparente y preminente cetro, porque queda la poderosa y bella sensibilidad de su canto en estas páginas que hemos comentado. Siempre en poesía.

 

[Orillas del río Cooper, sur de New Jersey, abril 2022]

 

 

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