Sobre «La Pasión de Rafael Alconétar» (2021), de Mario Martín Gijón por Eduardo Moga

 

Por Eduardo Moga

Crédito de la foto (izq.) Ed. KRK /

(der.) el autor

 

 

Edificar sobre la incertidumbre.

Sobre La Pasión de Rafael Alconétar (2021),

de Mario Martín Gijón

 

 

En un país culturalmente desarrollado, La Pasión de Rafael Alconétar, de Mario Martín Gijón*, sería recibido como un acontecimiento literario: como una obra singularísima y extraordinaria. Aunque me gustaría estar equivocado, su destino más probable será, en cambio, la marginalidad y la irrelevancia, por lo menos al principio (un principio que puede ser muy largo). Quizá con este libro haya que confiar en el transcurso del tiempo: en que cale, gota a gota, en la conciencia lectora y la cultura de su tiempo, como les ha sucedido a grandes libros de la literatura contemporánea, entre ellos algunos que han influido significativamente en La Pasión de Rafael Alconétar: Larva, de Julián Ríos, o Ulises, de Joyce. Frente a la literatura alígera, desteñida y deglutible que se escribe hoy, en general, en España (y no digamos en la región de origen de su autor, Extremadura), esta novelaberinto de Martín Gijón supone un bofetón, más aún, una patada en la entrepierna, a la mediocridad reinante; y más que a la mediocridad, a la indolencia, al carácter acomodaticio, a la chatura de la mayoría de lo que se publica. Su ambición —y sus logros— son tan desmedidos que, a veces, cuando la estaba leyendo, no podía evitar sentirme abrumado por el desbordamiento del lenguaje (y del pensamiento al que ese lenguaje inducía), que me arrollaba como una riada, como un mosaico torrencial, hasta dejarme empapado e inerme, sumido en el placer de la palabra y anonadado por ella, algo que solo me sucede con algunos autores selectos, como Lezama Lima, cuya prosa incontenible estalla de ideas y de poesía, o Marcel Proust, cuya sintaxis me asfixia deliciosamente, como una liana interminable.

La Pasión de Rafael Alconétar es, sin duda, un libro desmesurado, excesivo, pero de un exceso iluminador, de un exceso que no estraga, sino que exalta: que renueva la vigencia de la gran literatura y acrece la inteligencia. No solo Joyce y Ríos lo inspiran; también Proust, Cortázar, Cabrera Infante, Beckett, Raymond Queneau, todas las vanguardias —sobre todo el creacionismo— y numerosísimos clásicos. La Pasión de Rafael Alconétar tiene grandeza: no solo ambición, sino también monumentalidad. Puede considerarse un libro épico, en tanto que reúne las voces del mundo, la vigorosa pluralidad de los ecos que constituyen el discurso social. Esta epopeya que es La Pasión de Rafael Alconétar no se articula, pues, como una unidad, sino como una suma de elementos dispares, coordinados, pero no unísonos. Su forma es polifónica y, como indica su subtítulo, laberíntica. Alberga un dédalo de voces, estructuradas en aluvión —un aluvión que caracolea y retrocede y se encrespa—: la del propio Alconétar, recogida en los fragmentos de sus Sangradas escriaturas; la de sus cuatro discípulos —la hermosa Susana Cordero, el timorato Pedrito Muñoz, la inquieta y enamorada Dolors Cavalls, y el traidor Jaime Becerril—; y la de muchos otros, desde Ludwig Wittgenstein hasta Félix Rodríguez de la Fuente, pasando por Fernando Valls, Clarice Lispector, Hugo Mujica o Giorgio Agamben («y Langostinen», completa Alconétar), que los acompañan o influyen. Se trata, pues, de un libro coral y multifacetado que, gracias a esa fractura y esa multiplicidad omnicomprensivas, deviene obra total, ansiosa por abarcar todos los ángulos de la realidad y por expresarlos con la materia felizmente ilimitada del lenguaje.

 

El poeta y narrador Mario Martín Gijón

 

Su carácter multiforme se refleja también en el hecho de que en La Pasión de Rafael Alconétar se reúnen muchos libros. Es, para empezar, una sátira (feroz) de la vida literaria y universitaria (y, en general, de la enseñanza), que Martín Gijón, como autor ya veterano y profesor universitario que es, conoce bien. Esta sátira, que denuncia la inanidad de la docencia, el carácter burocrático y adocenado de quienes la ejercen con trivialidad insuperable, trasluce otra de las características más descollantes del volumen: su valentía, porque apenas oculta la verdadera personalidad de muchos de sus personajes, es decir, a qué individuo corresponde cada uno de ellos en la vida real. Es cierto que Martín Gijón utiliza la técnica conocida —y empleada, confesamente, por Proust— de construir los personajes con retazos de muchos seres distintos, pero también que, en algún caso, la identidad de los sujetos que los inspiran se transparenta sin tapujos, y quien conozca, siquiera someramente, la sociedad literaria extremeña, que es muy pequeña, no dejará de identificar, de inmediato, al quejumbroso José María Cambrón o al insustancial Bardo Verde, entre otros.

La Pasión de Rafael Alconétar es también un tratado sobre el Eros, en su doble dimensión amorosa y sexual, que hace un minucioso análisis de la psique y las relaciones sentimentales de los personajes, fundamentadas siempre en las debilidades que nos llevan a establecer vínculos con aquellos que creemos pueden salvarnos, y en las dependencias que esos vínculos generan. El libro es igualmente una reflexión sobre la amistad: sobre su insurgencia y su decadencia, la lealtad y la deslealtad, y los complejos mecanismos psicológicos que las explican a las dos.

 

 

En La Pasión de Rafael Alconétar encontramos una crítica asimismo acerba de la vida contemporánea y la sociedad digital y de consumo, con una especial inquina por la ciudad provinciana, en la que nunca sucede nada, que acaso sea Cáceres —ahí consta rubricado el volumen, que Martín Gijón ha tardado casi una década en escribir—, pero que puede ser cualquier ciudad periférica, soñolienta, olvidada.

La Pasión de Rafael Alconétar admite también la consideración de bildungsroman, una novela de formación, pero de formación colectiva, que da cuenta del crecimiento y la articulación subjetiva de unos personajes, los alumnos del profesor Rafael Alconétar, que descubren lugares desconocidos de su propia conciencia y construyen un edificio de ideas sobre los cimientos de la rebeldía insensata, del inconformismo radical y de la lucidez infatigable, pero también de las fértiles contradicciones, incluso de la oscuridad luciferina, de su maestro. Estos cuatro acólitos veneran al héroe que es Rafael, pero a veces también lo detestan; y muy a menudo no lo comprenden, aunque esa incomprensión resulte siempre incitadora. La figura trágica del héroe se moldea a partir de los recuerdos de todos ellos. En sucesión atropellada, se eleva, cae, se ilumina, se entenebrece, se desmenuza, vuelve a solidificarse, se comporta como un perro o como Dios, es cínico y adorable, es un gran amante y el peor amante, es el faro y la noche, es un fraude, es la verdad. Así suelen ser las relaciones entre un maestro no solo de literatura, sino de vida, y sus discípulos. Rafael Alconétar cobra dimensiones crísticas (además de críticas), de taumaturgo o redentor, en la narración. Que la palabra «pasión» empiece por mayúscula en el título del libro no es casual: nos remite a la pasión por antonomasia, la de Jesucristo, que fue muerto por sus enemigos. No sabemos si ese ha sido también el destino de Alconétar, pero sí que ha desaparecido, expulsado de la realidad por la oposición que encontraba en un lugar hostil, fronterizo con la nada, donde prevalecía la incomprensión y la envidia, donde la mezquindad se había posesionado de todo.

La Pasión de Rafael Alconétar es, en fin, una vasta poética: un destripamiento de la literatura —de lo que es y lo que debería ser— y de la creación artística. Escribir, o mejor escrivivir, no puede ser una triste y herrumbrosa actividad, un menester previsible y sombrío, sino un asalto a la vida, al corazón que bombea sangre y no languidece en la costumbre y la pereza, a las raíces de la piel y el cerebro. La intertextualidad permea el libro, plagado de referencias, a veces literales, a títulos y autores de la literatura española y universal. Como vehículo y sostén de esta poética, descuella el principal rasgo de La Pasión de Rafael Alconétar, uno que lo singulariza radicalmente y que Martín Gijón ha desplegado ya en su poesía, integrada por cuatro títulos, Latidos y desplantes (2011), Rendicción (2013), Tratado de entrañeza (2014) y Des en canto (2019): la desarticulación, la desmembración del lenguaje para reconstruirlo, ramificando sus semas y multiplicando su sentido, volviéndolo estallido silábico. La escritura de Martín Gijón constituye una crítica del lenguaje gregario, acomodado, in-significante, que ejerce con todas las armas de la vanguardia, el empuje imperioso de su ingenio y la voracidad de su conciencia lingüística. La punta de lanza de esta tenaz recreación son las paronomasias, los neologismos —la invención de palabras a base de fundir varias en una sola— y, en general, los trastrueques lingüísticos: paralelismos, calambures y similicadencias, que no se limitan a fogonazos individuales, sino que se encadenan en retahílas o enumeraciones, y de las que suelen resultar prolongadas aliteraciones, recursos todos ellos que acercan La Pasión de Rafael Alconétar a la poesía. Muchos fragmentos, como los escritos por el protagonista, pero también los atribuidos a otros personajes, están impregnados de sentido lírico, repletos de imágenes y ritmo: casi poemas en prosa. Escribe Martín Gijón en el fragmento 384: «Tú, capaz de todo y capacitado para que no te afecte ni te infecte este lenguaje no de lenguado ni de besugo ni de tanto merluzo que se luce sino deslenguado guaje descuajeringado de heroína y héroe, cuál es cuál no voy a decírtelo te lo averiguas y, si no, aguantarse y a joderse o al revés, es que aquí ni se te respeta ni se teresputa o monja-monjamón de clausura o pata negra con media sexy ni si eres proxeneta pedófilo o filopedo pedofino o cuescobrusco, el libromea sobre ti y tú ahí aguantando el chaparrón chapurreando el alciónico antes silencioso y liándote con los liospardos y las tigrescas que se montan unos a otros, bajo la manta, esa manta fox, y trot, y dejémoslo ya, para esto fuiste a la libreríase ahora el que te lo vendió y el que lo parió, o te lo descargaste para que te descarguen o descaguen-cima de las fres-cura para todas las enfermaedades, la nuestrágica de tan cómica». La manipulación lingüística es poliglósica, al modo de Pound, y alcanza al inglés, al alemán, al francés y al catalán, idiomas que a menudo mezcla y transgrede en verdaderos alardes de uso del lenguaje como una masa indiferenciada de grafías y sonidos, del que resultan tumultuosas estampas metafóricas y musicales emparentadas con dadá y el capítulo 68 de Rayuela. Martín Gijón se mueve con una gran naturalidad entre los diferentes registros del español actual, desde la elucubración poética al diálogo valleinclanesco o la más vulgar coloquialidad, y no duda en perfilar esos tonos y timbres cambiantes con tipografías asimismo diferentes, ni sus juegos de palabras con subrayados tipográficos.

 

Mario Martín Gijón

 

De todo lo anterior se desprende —así ha sido, al menos, en mi caso— un humor, a menudo cáustico o negro, a veces incluso sangrante, que empuja a la carcajada; y subrayo: no solo a la sonrisa, sino a la risa, a la hilaridad desembarazada y, a la vez, dolorida. Se trata, en efecto, de una alegría contradictoria, porque convive con la noción del fracaso, omnipresente en el volumen. Un fracaso del que nace la protesta, pero también la ironía, que es una forma de embozar la derrota, y, en último término, la resignación. «Lo intentaste. Fracasaste. Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor», escribió Beckett en Rumbo a peor. Una afirmación de pesimismo a prueba de bombas que suscribe Martín Gijón, para quien el fracaso es el núcleo del ser, el motor de la existencia consciente. 

Señalo, por último, algo que se me antoja esencial en La Pasión de Rafael Alconétar. La acción de la novela es limitada, en ocasiones hasta inexistente: el libro gira permanentemente en torno a la evocación del protagonista y de su palabra —cuya ausencia actúa como un gran agujero negro que se traga y devuelve, metamorfoseado, cuanto hacen o dicen los demás personajes—, y a la influencia que tuvo o el rechazo que suscitó entre sus amigos y enemigos. Pero Proust y Juan Ramón Jiménez querían justamente eso: que el lenguaje sostuviera la acción, que el lenguaje, y no los hechos, fuera la acción. Así sucede en esta novela prodigiosa, no exenta de peripecias —los incidentes de las relaciones amorosas entre unos y otros, los tejemanejes universitarios—, pero sí carente, felizmente carente, de una trama al uso, de una osamenta argumental que tantas veces se vuelve perfil huesudo, que deforma y banaliza la carne que debiera arroparla. La Pasión de Rafael Alconétar, en cambio, constituye una realidad absoluta: un mundo nuevo y perturbador, cuyo hechizo se asienta en la entereza de un lenguaje roto, en la permanencia de un lenguaje siempre naciente.

 

 

 

 

 

*(Villanueva de la Serena-España, 1979). Poeta, narrador y crítico. Doctor en Filología Hispánica. Se desempeñó como docente en las universidades de Marburg (Alemania) y Brno (República Checa) entre 2004 y 2009. Desde 2010 se desempeña como profesor en la Universidad de Extremadura (España). Ha publicado en poesía Latidos y desplantes (2011), Rendicción (2013; traducción inglesa de Terence Dooley: Sur(rendering), 2020), Tratado de entrañeza (2014) y Des en canto (2019); en narrativa Inconvenientes del turismo en Praga y otros cuentos europeos (2012) y Ut pictura poesis y otros tres relatos (2018), las novelas cortas Un día en la vida del inmortal Mathieu (2013) y Un otoño extremeño (2017) y la novela La Pasión de Rafael Alconétar (Novelaberinto) (2021).

 

 

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