«Residuales» (inédito), de León Félix Batista

 

Por León Félix Batista

Crédito de la foto www.ciberisciii.es

 

 

Residuales (inédito),

de León Félix Batista

 

 

Viajar en libro y regresar de noche, con el intelecto intacto.

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Las cuerdas del sentido se sueltan del relato y los trazos inoculan anestesia.

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Mis textos reproducen, con cada contracción, mañanas voluptuosas de un sol de doble filo, y noches de un tumor gramatical.

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Zurcir conceptos para evadir tu veda si te encuentras vis a vis con un bisonte.

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Me desperté en un párrafo, y esto fue lo que soñé: borrasca en seco.

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La pluma emprende un vuelo rapaz de trama en trama y luego, en las alturas, desparrama los renglones.

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La zorra realidad siempre regresa. Parábola del libro pródigo.

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En teclados percutivos escribir a quemarropa: máquina de apostrofar al otro.

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Sintagmas son estigmas.

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Mear meandros de sintaxis terrenal en un claro de la prosa.

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El párrafo de hoy (la carroña de mañana) se procrea en un circuito de silencio.

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Para escribir poemas de contenido oscuro usar pluma de cuervo. Para poemas trágicos utilizar cuchillo, que escribe malogrando.

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Se puede no escribir o escribir que no se escribe: decir es un vacío no venal.

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Para alcanzar meseta el pensamiento debe descender al subconsciente.

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Apaga la lucidez para que puedas ver películas en página lenta.

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Me llamaba una palabra cerril en la pradera, pero Lezama Lima la domeñó primero.

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Ejecuta tu poema con salvas de sentido y contra el paredón de los significados.

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Palabras: larvas: balas.

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Devuelta la memoria sobre el hecho nebuloso: una ráfaga de hielo en fotogramas.

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Hay trastornos que deambulan, expansivos, por el aura y que tienen su preludio en un conflicto, y se sueldan en residuos intentando hacerte suyo.

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Escribe un libro para enlatar retórica, conservas de bazofia, falsa afasia.

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Del dictado a la inferencia, de la lira al mineral: la materia insustancial en los legajos.

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Un verso es una fécula incapaz de replicarse en el campo semántico, en un árbol semántico de lógica.

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Palabras expansivas de una prosa de racimo.

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Lo digo con estratos de alguna lengua extinta y lo escribo en un renglón guillotinado: mi épica caduca en un aullido.

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Corregir es corroer.

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A crecida de fonemas sequía de sentido, cada vez que estés al borde de tu decir desierto.

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Expreso con resinas los detritus de las letras y la lepra permanente de la prosa.

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No huyas: oye. No corras: narra.

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Remolinos de silencios corrosivos; las aristas de las letras los arrastran.

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Yo sólo cuento escoria con puños conturbados, ficciones que fisuran: claroscuros de cerebro.

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Disecciona tu silencio con la navaja de Ockham. Esta limpia, fija y da esplendor a tu escritura.

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¿Y cómo se deshace lo que se desconoce? Yo oculto en recovecos los ecos de los otros.

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Un poema se encasquilla en la cabeza, y origina un agujero en mi discurso.

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¿Me quedo en mi oquedad o escribo ahora aquello que no digo y baila en mis amígdalas?

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Atributo de la letra: suscitar contrasentidos y accidentes de expresión.

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Un texto existe para cauterizar cicatrices de mentira.

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Costillar de resonancia de mi voz de ruido blanco, sin profundidad dramática.

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La poesía es un laxante para el estreñimiento del léxico en la prosa.

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Como un libro de vidrio en la pedrea, como una voz en busca de la boca que la diga.

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El verbo encarna en el lápiz que lo acosa con sus ondas expansivas de borrones.

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De par en par abiertas las piernas de las páginas que amo con pasión en este libro lúbrico.

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Sujeto es lo que un cuerpo ha predicado.

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Lacrado cuanto he escrito o expelido por la mano, extrapolando polvo.

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La página produce un balbuceo, extraviada en un poema potencial.

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Batahola de burbujas, oraciones erosivas: un poema derivado de la niebla.

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No sé cómo se narra un equinoccio ni cómo la razón se vuelve astillas, la mariposa un pasmo, la arteria un tubo estéril, la verdad de la mentira en la verdad final.

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Argumentos de anarquía, disonancia en la cabeza, que penetran por mi frente a pernoctar.

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Un lápiz que macere y convierta en cataplasma los bagazos de los versos.

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Sigue el rastro de mi baba endecasílaba. Yo me desplazo lento en mi escritura caracol.

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El telar del subconsciente se teje con discurso, y la poesía es prosa, pero cosida a ciegas.

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Sólo un ósculo en la lengua produce un buen espasmo al desvirgar un libro.

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Palabras acarrean palabras expansivas, bumeranes que ya nunca volverán.

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Páginas compuestas por páginas en blanco, un flujo compactado entre piel y pergamino.

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El vocablo “cuchillo” deviene de un aullido, pero éste va después.

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La mente es como láminas de lodo simultáneo y escribiendo reconstruye sus estigmas.

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Corregir lo corregido, destruir la destrucción, como el árabe Averroes.

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Signos en campos de concentración semántica, mutilados en un párrafo campal.

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Las páginas solubles, en sus evoluciones, componen argumentos, expoliadas por tu lápiz.

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Palabras que deponen su reposo, semántica sin fin desenroscándose.

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Escritor de lo que cribe, aunque no escriba.   

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El canto es lo que explica la inestabilidad del pájaro en la cuerda.

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Poesía es dislocar, enrarecer la prosa en el ámbito uniforme de los párrafos.

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Soy un tardopoeta que se acuesta a descansar en la estación del texto en que termina exhausto.

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El libro acabará en un gran crujido de prosa que, borrosa, confundas con poesía.

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¡A todo trapo, tropos, a chocar con la pared de la paranomasia!

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El intento de este libro (que no va a ninguna parte): esclarecer un hueco con el otro.

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Madera de lírica seca para alimentar la pira, las neuronas desprendidas de sus ramas.

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La poesía es soltar el manubrio de la bicicleta cuando la niña más linda del barrio está mirando.

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Las puntas hipodérmicas de los lápices existen para inyectar silencio a los globos de los diálogos.

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Cuando se escribe se cultiva un cacto que tal vez acabe en flor.

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Escapar por un renglón descarrilado, manuscribir borrando en retroceso.

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Si tomas cualquier hueco y lo llenas con arcilla ya tienes un instante de poema.

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Así desaparecen mis apuntes purulentos: sopesándolos mejor, pensándolos.

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El encéfalo se enfanga, atrapado en treponemas, se dilata y vuelve astillas las ideas.

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Si uno lee lo que no debe, escribirá lo que no quiere: párrafos de polvo oscuro.

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La poesía es la gallina de los huevos de plomo.

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Este es un canto de cocodrilo, como quien llora páginas de sangre falsas.

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Se llama “prosa densa”, pero tiene cavidades, como la realidad en realidad es granulada.

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Trazar sobre papel lo que habrá de ser reescrito por las trazas.

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Del encéfalo se filtra la corrupción retórica y los próximos corpúsculos de su deconstrucción.

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¿Tienes pantanos mentales como focos de ficciones? Esquiva la deriva y vete al vórtice.

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La punta de mi lápiz crea un cráter expresivo, porque escribo las esquirlas incrustadas en mi tráquea.

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Papeles sin lenguaje, pero en código de polvo, libélulas en vuelo de vocablos.

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La poesía es el perfume de la flor llamada (p)rosa

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Una tromba de vocales encrespando lo que digo como légamo que invade el paladar.

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Habría que escribir nada más maculaturas, o hablar emasculándose la lengua.

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La lírica da lodo, la épica pantanos; la lógica no tiene nunca nada que decir.

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Rubricaré bramando mi balada baladí, relegado de su isla gutural.

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La lírica se cura con pólvora y limón, y cápsulas de un léxico más laxo.

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Como si nada, así: como sinapsis, orificios de poemas con entradas y salidas.

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Se tiene que decir las cosas como cactos: extraños al lenguaje y, sin embargo, escritos.

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La mitad del libro muerta por derrame intelectual.

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Escribe un libro que no diga nada: átono, monótono, pura secesión, caída.

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Ni canto ni tampoco.

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Poesía: si es posible, aparta de mí este lápiz.

 

 

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