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Por Bruno Pólack

Crédito de la foto Archivo Revista Caretas

Chabuca Granda junto a Victoria Angulo

 

 

“Contra La flor de la canela”.

Una lectura de la canción más famosa del repertorio peruano

 

 

Irreverente y cachaciento, como solía ser Antonio Cisneros, tituló uno de sus poemas más leídos y más celebrados (quizá uno de los más leídos y más celebrado de la poesía peruana) como “Contra la flor de la canela”. Claro que ahora ese poema lo conocemos con el nombre que él mismo terminó por darle a fuerza de costumbre y repetición, “Para hacer el amor”. En el 2004 me parece, tuve la suerte, en un recital que organizamos con algunos amigos “aprendices de poeta” en la Universidad de Lima, de preguntarle al mismo Cisneros el motivo de ese primer y polémico título; la respuesta del mejor vate de la generación del 60, palabras más palabras menos, fue algo así como: “no sé sobrino, por joder seguro”.

La respuesta no me sorprendió, pero no niego que de alguna manera cambió mi forma de entender las cosas, puesto que por algún tiempo (de manera totalmente caprichosa) yo había asociado su poema y la canción de Chabuca en un mismo sentimiento. Cuando pensaba en uno, casi de inmediato, la otra venía a mi mente. El poema de Cisneros, de una hermosa y sencilla interpretación, nos da una exégesis para que dos chicos se adueñen del mundo y olviden, de una vez y para siempre, el temor de dios y se cansen de hacer el amor como dos chanchos bajo el mismísimo cielo diurno. En suma, una maravilla. La canción, debo decirlo, me traía varias complicaciones, sentía que había mucho más por descubrir, que los ciudadanos de a pie no la estábamos interpretando en su real dimensión. Le comenté esto de una manera enrevesada al propio Cisneros, quien tuvo la gentileza de escucharme mientras jugaba con un soldadito de plástico azul que había tomado de la mesa del recital.

 

 

El error inicial, casi de Perogrullo, es cantar “déjame que te cuente limeña” cuando la letra original dice “déjame que te cuente limeño”. Esto se debe, es muy probable, a que la propia autora manifestó en varias oportunidades que esta canción es un homenaje a Victoria Angulo, “señora limeña de raza negra” por la que, “quien sabe, Lima tendría que alfombrarse para que ella la paseara de nuevo”. Es casi obvio pensar en que, si Chabuca dijo que la canción estaba dedicada a la señora Angulo, entonces, es con ella con quien habla, de quien habla y la única protagonista. Este podría parecer un error menor pero no lo es, puesto que una de las riquezas de esta obra maestra está, justamente, en los cuatro actores que la conforman. Primero: la cantante, la voz poética, la que tiene algo que decirnos. Chabuca misma, por ejemplo. Segundo: a quien la voz poética le cuenta algo importante, el limeño, el moreno limeño. Tercero: y ahora sí, Victoria Angulo, la flor de la canela, el personaje central de la canción; y cuarto: Lima, la ciudad arcádica que se nos escapa de las manos. (Quizá este sea un buen momento para abrir YouTube o Spotify y escucharla de nuevo).

Cada uno de los cuatro actores ocupa, en la canción, un rol preponderante. La voz poética frente a frente a su interlocutor, Chabuca frente a un limeño (que de alguna manera nos representa a todos). Ella habla, él escucha. Es posible en la mesa de un café o en un zaguán. “Déjame que te cuente limeño, déjame que te diga la gloria”. Hay, además, algo de reprimenda al interlocutor, de jalón de orejas por haber dejado escapar la ciudad ideal, pero sabiendo al mismo tiempo que era imposible retenerla. “A ver si así despiertas del sueño, del sueño que entretiene, moreno, tus sentimientos”. Lima como escenario es la protagonista de la canción, la ciudad que de modo inexorable se deteriora, se pierde, de la cual solo nos queda, con las justas, un leve aroma. “Ahora que aún perfuma el recuerdo” (la Lima soñada de Chabuca es también literaria, como el Macondo de García Márquez o el Comala de Rulfo); y en el centro, en el núcleo de Lima, como personaje principal, está la propia Victoria Angulo, está La flor de la canela. La voz poética no se dirige a ella, no le habla (como suele confundirse), pero sí nos la describe de manera tan hermosa y poética, la viste tan delicadamente de jazmines y rosas, que la convierte en un ser divino, al cual casi podemos oler; porque los tres minutos y medio de la canción están plagados de olores y de remembranza de olores.

 

Chabuca Granda junto a Victoria Angulo, por quien la primera compuso la famosa canción “La flor de la canela”
Crédito de la foto diario “El Comercio”

 

La flor de la canela es en sí una canción triste, de amargura por ser incapaces de conservar lo que amamos. Es la pérdida del paraíso. Pero, sobre todo, es también una canción revolucionaria, sutilmente de afrenta a una sociedad limeña consuetudinariamente racista, puesto que Chabuca elige poner al centro de esta ciudad soñada, otrora virreinal, a una mujer de raza negra, del Rímac, del otro lado del puente. Una afrenta tan sutil que no se si alguna vez alguien rebosante de limeñidad se habrá dado por aludido. Pero no es el único tema en el cual Granda rinde homenaje a los afroperuanos, también lo hace en Puño de oro (dedicada al boxeador Mauro Mina) y en Coplas a fray Martín (donde cuenta la historia del santo peruano).

En una entrevista la propia Chabuca respondió sobre si consideraba que La flor de la canela era folklore. Ella dijo que no, que recién lo sería si pasaban cincuenta años y la gente la seguía escuchando y la aceptaba como tal. En el 2021, luego de setenta y un años de compuesta, es la canción más interpretada y representativa de la música peruana, casi un segundo himno nacional: pero lo interesante es que el centro de la canción, en el coro mismo, se alza la flor de la canela, es decir, lo realmente representativo, la figura más importante de la ciudad, y ella es (en representación de esta ciudad tan diversa) Victoria Angulo, “señora limeña de raza negra” por la que, “quien sabe, Lima tendría que alfombrarse para que ella la paseara de nuevo”. Pura justicia poética. Como cuando algunas semanas después, caminando por la calle Trípoli en Miraflores, me crucé con Antonio Cisneros, y antes de yo poder voltear en Bolognesi para intentar pasar desapercibido me reconoció, e irreverente y cachaciento como era, más aún en las calles de su barrio, me dijo algo así como, “déjame que te cuente, sobrino”.

 

 

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