“César Vallejo sube a Machu Picchu” (2023), poema de George Vulturescu

 

Por George Vulturescu*

Traducción del rumano al español por Adina Alexandrescu

Corrección por José María Ariño Colás

Revisión por Corina Oproae

Crédito de la foto archivo del autor

 

 

“César Vallejo sube a Machu Picchu” (2023),

poema de George Vulturescu

 

Ay, gente, creo que una imagen duerme en piedra.

¿Por qué ella tiene que dormir?

Friedrich Nietzsche

 

…Para permanecer en tu luto humano

has de velar junto al muerto, como las piedras contiguas,

en las terrazas del santuario litúrgico de Machu Picchu,

has de maravillarte con el caparazón del otro,

como con la piel de la mujer que vuelcas en la hierba

en la que sopla el viento…

 

El viento sopla igual aquí en la montaña Huayna Picchu

que en el cementerio de Montparnasse en París

–viento negro, sobre letras negras talladas en piedra blanca–.

 

Pero, ¿qué es el viento para alguien como yo?

cuando atravieso las galerías ocultas de mi Ojo Ciego

para levantar a César Vallejo de debajo de la lápida?

Porque la vida se vigila con la muerte

y la muerte se vigila con la vida,

como mi Ojo Ileso está vigilado por mi Ojo Ciego

que no es de este mundo.

Dios está al final de las galerías, entre mi Ojo Ileso

y mi Ojo Ciego, entre sus heraldos negros,

y me permite llevar a hombros, como a un lisiado,

al Inca de Santiago de Chuco, que nunca subió

al santuario del río Vilcanota.

 

Una doble participación –del viento y de Dios–

lo permite;

solo el que está vivo puede llevar al muerto;

ningún muerto puede ocupar el lugar de otro muerto

y nadie entre los vivos tiene derecho a robar

al muerto de la tumba.

Solo la doble participación del verso –en la muerte y en la vida–

permite «la paradoja viva»: abrir otra cronología

que protege lo no vivido

para que cumpla con lo que está escrito,

como dice tu verso, César Vallejo:

Todos mis huesos son ajenos;

yo tal vez los robé…

 

 

X

 

Feliz el chileno Pablo Neruda que subió aquí antes que yo

tarareando: Madre de piedra, espuma de los cóndores

y antes que yo escribió con la mano bien metida en

la más alta vasija que contuvo el silencio.

También calla César Vallejo, el lisiado que ahora llevo a hombros,

y mira la luz que exprime las piedras como una prensa de vino.

 

Jadeo escalando la montaña a través del aire rígido

como si llevara vigas de textos sobre los hombros.

Empiezo a preguntarme si subo para leer o para citar.

Vengo, César Vallejo, de la otra realidad, la de las obras de arte.

No sé si aquí, entre las paredes de los aposentos donde vivían los sacerdotes,

o en las terrazas donde se realizaban las ceremonias, estoy entre fotografías

o entre abismos. O, ¿solo entre los espacios

de un texto inconcluso?

 

Pasan de largo nuevos turistas con sus cámaras:

¡Clic! Estás integrado –el paisaje es love at first sight..

Me pregunto quién ve el Machu Picchu ahora:

¿yo que llevo a hombros a César Vallejo y acepto

«que todo lo visible oculta algo invisible” entre las piedras

del santuario o entre las piedras suspendidas de

Magritte? ¿O acaso lo ve César Vallejo, quien nunca vio

los templos y las serpentinas de piedra

fundadas por el rey Pachacútec?

Al mismo tiempo, estoy de acuerdo con los versos que escribiste:

A veces en mis piedras se encabritan

los nervios rotos de un extinto puma.

 

 

¿Puede La humillación de pertenecer a la dinastía de la carne ante las rocas

hacerte lúcido al lado de las rocas? Tomé té de hojas de coca

y siento que todo se vuelve vertical

sobre los tallos crudos del silencio de las piedras. Si no me repugnara

el estilo almibarado, hablaría de sus pesadillas que encadenan, bajo 

la cáscara, la materia de la llama –la chispa–; o hablaría de cómo

la piedra engendra piedra y de cómo la piedra se cansa y llora lágrimas

de sangre en su largo camino hasta que entra en la muralla de la fortaleza.

Sobre la muralla solo sopla el viento,

el viento nunca se cansa, César Vallejo, y nos da a conocer

el lenguaje de Dios, cuando nos llama por el nombre

a la miel de piedra que hace que las fortalezas sobrevivan.

 

 

X

 

…Con mi Ojo Ciego me aferro a las raíces.

Ya sé por Lucian Blaga que luchan con las sustancias, se adhieren y

eliminan, como nuestro cuerpo lucha con

el pus, con la contracción de la muerte en los tejidos de la carne

que levanta en mi miedo tendones más duros que la piedra…

Y en mi Ojo Ileso centellean chispas de frío

y llenan el hueco bajo la piedra que se erige sobre la piedra:

su doble vínculo, que se sitúa a la vez, como un rayo

–en la negra nube y en todas las hojas del árbol

sobre el cual cayó en llamaradas– me permite ver:

son desplazamientos ópticos de líneas, masas de colores corrosivos,

modulaciones de voces ahogadas, emulsiones secretas.

Las piedras libres, ligeras o pesadas

de la magia de los muros de Machu Picchu tienen una solemnidad

que escapa a la duración de algunos sellos que atestiguan su juramento

de castidad –la gnosis de ser piedra.

 

No vi ningún cóndor sobre el cielo en Huayna Picchu

ni sobre las aguas del río Urubamba,

como me avisaste, César Vallejo. El que empezó la subida

se perdió, como el pelo durante una muda –la sangre parece

volatilizarse, se habría disipado si no fuera por el lodo de la carne–:

yo era pesado o ligero

como la mano del hambriento que parte el pan

y ya no tiene fuerzas para llevarse el trozo a la boca.

El cielo parecía salpicado de burbujas transparentes,

como las hornacinas en los muros del Cusco imperial

donde los conquistadores rasparon todo el oro de las paredes,

y los misioneros colgaron iconos en las superficies vacías,

pintaron caras y escenas de papas y cardenales

–entre ellos ningún rostro de los Incas–,

ninguna señal de las tres esferas sobre las que se asienta vuestro mundo:

el cóndor, el puma, la serpiente.

 

…lloré junto a los nichos vacíos en los muros de la iglesia

con Mi Ojo Ciego y con Mi Ojo Ileso

y la imprecación de mi verso tiene su doble participación

y la llamo de piedra en piedra:

―¡los picos de las montañas de Machu Picchu son para los cóndores!

―¡las madrigueras entre sus piedras son para los pumas!

―pero los picos altivos y el temblor de las grietas

no les satsifacen el hambre

y sus garras son para desgarrar,

¡y no les niego este derecho!

Es cierto, César Vallejo, que la poesía no tiene garras

para que los cóndores puedan sacarte de debajo de la lápida

de Montparnasse,

pero la doble participación del verso –en la muerte y en la vida–

la ciencia de la muerte y del renacimiento, que heredé

del escaldo de los Cárpatos, Mihai Eminescu,

me permite llevarte en mi luto, sobre las piedras de Machu Picchu,

por los vivos que saben que todo lo que está muerto tuvo vida,

y que los muertos no quieren ser para siempre

cadáveres en su luto.

 

…No sé qué piensan los dioses incas, cuando me ven cargando a un muerto

a hombros, como a un lisiado aplastado bajo las piedras megalíticas…

No sé si las piedras son una lengua en la que puedes hablar con ellos

o con el muerto que llevo a hombros.

Ni Mihai Eminescu, el poeta cuya lengua hablo,

pudo decir, cuando estuvo hospitalizado en una clínica en Viena,

más que esto: Ven, ya no sé ninguna lengua

Esto es lo que pienso:

la mayor gloria de un verso

no puede ser otra que ser leído a las piedras;

arriba ya no hay nada

más que el lenguaje de Dios, la miel de piedra

que los heraldos negros custodian.

Los viste, César Vallejo, cuando escribiste:

Las piedras no ofenden; nada

codician. Tan sólo piden

amor a todos, y piden

amor aun a la Nada.
          

 

 

 

No hay otra enseñanza sobre cómo la vida

se vigila con la muerte y la muerte se vigila con la vida,

ni sobre cómo separarte de un muerto que has llevado a hombros,

que la de cavar un hoyo y colocarlo bajo los terrones de arcilla

y bajo sus piedras.

Los muertos no disfrazan su identidad:

lo que está muerto está siempre igual,

porque ningún muerto puede ocupar el lugar de otro muerto

y ningún muerto quiere ser un cadáver definitivo

en el luto por los muertos,

en el viento de fuera,

que redondea de la misma forma la piedra de Machu Picchu

y la piedra cansada que permanece en el campo,

lejos del muro de la fortaleza de Sacsayhuaman.

 

…El viento también sopla aquí, a orillas del Pacífico, en Lima,

donde a César Vallejo le gustaba andar vestido de negro

y aprendió que las olas lavan la piedra negra y la piedra blanca por igual

y se levantan del mismo modo, sin descanso, para llevar los bancos de peces

que se encienden, uno al otro, cerca de la orilla.

Esto es lo que he aprendido yo también:

la mayor gloria de un poema no puede ser otra

que leérselo a las olas del océano

–sobre ellas no hay nada más que el viento

que Dios permitió que soplara donde quisiera

y que me trajo aquí para entrar en el bar «Cordano»–:

decenas de fotografías de escritores y presidentes colgaban en las paredes…

«Algunos están muertos” –me dijo el dueño Odilón López Cerna–

O, como escribió Víctor Hugo: Los muertos son los invisibles, pero no son los  ausentes…

Como en mi Norte, añadí: al lado de una copa, los muertos permanecen

en el luto de los vivos…

 

 

El dueño nos llevó a una mesa donde solía hablar

con Mario Vargas Llosa. El novelista de Arequipa recitaba poemas

del poeta Pablo Neruda –Alturas de Machu Picchu–

en un aniversario de la montaña Inca, en 1981, junto al famoso

grupo de rock «Los Jaivas».

A mí me guiñaba el ojo la robusta inca de un anuncio que colgaba entre las fotografías: «Soy Pisco y mi apellido es Perú«.

(Por ella pedí una copa de pisco).

Aquí, debajo del anuncio, nos dice nuestro anfitrión, un poeta cusqueño,

José María Arguedas le preguntó a Ernesto Cardenal:

―¿Las piedras cantan en la noche?

Es posible: como el mayor de los ríos o de los abismos…

Los Incas habrán tenido el conocimiento de todas las piedras

con «embrujos» y los habrán llevado para construir la fortaleza…

 

…»Embrujos» expandía también la orquesta del bar

–era una canción sobre las olas del Pacífico

que suben de la misma forma, sin descanso, en cada instante.

De la misma forma levanto yo mi copa de pisco:

―Por la vida que se vigila con la muerte,

―¡Por la muerte que se vigila con la vida!

Y la doble participación del poema –en la muerte y en la vida–,

la «paradoja viviente» me permite colocar cada una de mis palabras

como el artesano coloca las piedras en el muro.

Nadie sabrá, César Vallejo, si permaneces bajo la roca,

en el cementerio de Montparnasse,

o si estás en las piedras de mi poema, que son las piedras

del santuario de Machu Picchu –solemnes como unos sellos

que dan fe de su voto de castidad.

No hay otra cosa por encima de las piedras

que el lenguaje de Dios consigo mismo –el silencio–

que es la miel de las piedras

con la que permitió que el muro sobreviviera…

 

Arriba, en las montañas Huayna Picchu, los cóndores

aplastan los picos contra las piedras,

se arrancan las plumas viejas de las alas

y se preparan para un nuevo entierro celestial

 

 

 

 

 

*(Satu Mare-Rumania, 1951). Poeta y editor. Filólogo por la Universidad Babeş-Bolyai (Rumania). Se desempeña como publicista. Es miembro de la Unión de Escritores Rumanos y fundador, editor y productor de la revista Poesis de Satu Mare. Ha publicado en poesía La frontera entre las palabras (1998), Poemas de Ev-Mediul odăii (1991), Orasul de sub varul peretior (1995), Tratado sobre el ojo ciego (1996), La mujer de Ev-Mediul odăii (1996), Augenlieder (1996 y 2012), El puente o la dictadura del ojo (1997), Garra de letras (1998), La escritura de la agonía (1999), Ciegos por el norte (2009).