1 romance de «Romancero franconio» (2025), de José Morales Saravia

 

Por José Morales Saravia*

Crédito de la foto (izq.) Paracaídas Eds. /

(der.) archivo del autor 

 

 

1 romance de Romancero franconio (2025),

de José Morales Saravia

 

 

De la sección “Romance del mesonero”

 

 

I

El mesonero me llaman, y razón llevan en ello,

pues el mesón que me nombra es la venta que regento,

nombre curioso le he dado, que no nombra lo que miento,

pues si Cartuja se dice no es por hacerse silencio,

aunque la ventera lo haga, si no lo rompe su cuento,

sino porque todos hablan, que habladores son sin freno.

 

 

 

II

Los teólogos se avienen a sentarse en una mesa,

piden lo que haya de almuerzo, piden lo que hay de cena;

de sazones y de gustos se disgustan y pelean,

y si ordenan varios platos, cada quien va con su tema;

las pláticas y discursos que entre ellos desenredan,

si enredarse no es en ello, con agua y vino desean.

 

 

 

III

No he oídoles el plato con que sus gustos exponen

—¿prefieren blanco o tinto?—, con mucha sustancia comen

los que prefieren pimienta, los que muy picantes coles

con mucha sal argumentan; con migas de pan responden

a espesa, especiosa salsa, y entonces se corresponden

cuando el tema los amiga, si otro no los opone.

 

 

 

IV

A bachillerarse llegan los jóvenes bachilleres,

a quienes niños ya mozos la vida sucede, excede.

Vaya que manducan mucho los que pocas carnes tienen,

y si conversan y hablan, mencionan lo que conviene,

y se devanan los sesos y alguna cerveza beben

y dicen y se desdicen, que muy mal y poco duermen.

 

 

 

V

Al bachiller del mal sueño, de madrugadas en blanco,

poblado de pesadillas, agobiado de trabajo,

el oficial de su empleo varios consejos le trajo:

si el oficio dejó entero, las tareas, el despacho,

los julios del santo Kilian las nieves no calentaron.

La villa trocó el mozo, en ella quedó olvidado.

 

El poeta José Morales Saravia

 

VI

Novicios que tienen votos por el mesón no se pasan,

sencillamente en clausura sus oraciones repasan,

si no es que dicen maitines, en el véspero las cantan.

Los que son de este mundo y sin votos bien se andan,

de ellos se vienen varios que nuestra comida catan,

muecas no dan a bebidas, su tiempo en la venta matan.

 

 

 

VII

El que se niega novicio, aunque los libros fatiga,

aquellos de autores santos, aquellos de letras muy pías,

conocedor de Biblia y griego, de la vulgata latina,

de arrogancia un empaque, con sus preguntas atina,

obstándole las respuestas la ventera no le opina

y le calla que es de fuera: lo hace, no desatina.

 

 

 

VIII

Bachillera que alejandra, por la venta no aparece:

o le infaman las bebidas que en la Cartuja se expenden,

quizás no guste del clima que el parroquiano le enciende

si es que no también lo apaga cuando revienta de gente.

Del cuento del santo Kilian se enteró, y tuvo la suerte,

que a preguntar, pues, se vino: la ventera diolo breve.

 

 

 

IX

El oficial del despacho más negocios entretuvo,

que alguacil serlo quería; con los viñedos trato tuvo,

y vendió y compró vino; donde los gremios estuvo

y no perdió ningún voto; de ventas de tierras supo

y en ellas puso dinero: ganarlo y perderlo pudo;

como guardia de la guardia, de decisiones se abstuvo.

 

El poeta José Morales Saravia

 

X

A la venta se venía, pues sustentos y alimentos

era él quien los vendía; en su mesa hacía juego;

hablaba, hablaba, decía: los beneficios van lentos,

rapidísimos los costos. Su vida fueron anhelos;

deshacía lo que hacía, recomponía lo hecho,

lo recompuesto perdía, y siempre muy satisfecho.

 

 

 

XI

El enfermo y hospiciado se entretuvo con sus males,

fuerzas fue recuperando con ungüentos y con sales;

sustentos daban firmeza, vino, espíritu amable;

el tiempo de su estadía le puso salud estable,

caminar ya caminaba como todo caminante

que días contados tiene y da pasos adelante.

 

 

 

XII

El sueño de hacerse amigo, la ventera por amiga,

de en la venta ver sus ojos y en ellos darse alegría,

cayó por su propio peso que como piedra valía,

muy grande y duro granito para subir la colina.

Campesino el hospiciado, sin ver la fiesta de Kilian,

volvió a faenas y campos sin cita, sin campesina.

 

 

 

XIII

Como Úrsula, la monja, ursulina, se esmeraba,

refrescaba los latines, con los números hilaba

fracciones de todo entero, quebrados que bien paraba,

números primos y hermanos, la señora en ello estaba:

lecturas del rey Arturo, la materia de Bretaña,

relatos del Alejandro, las historias muy toscanas.

 

 

XIV

La monja no era de venta, frecuentarla no debía;

por otras fuentes lo supe —mujeres que allí servían—

que ursulina laboraba y enseñando persistía;

a los hijos de la madre la monja los asistía;

ya lograda su señora, ellos lograrse debían.

Si molesta: descreída de tantas habladurías.

 

 

 

XV

La dueña un rato paraba, apurada y de paso,

sus palabras las medía; informarse de los casos,

los que informes le valían, de todo ello y más algo

saber y escuchar quería, si no la verdad, su calco,

que es lo que hablan los hombres, a habladurías muy dados.

En la cría de los críos persistía y con buen hado.

 

 

 

XVI

De la una vez muy niña, luego moza, madre, esposa,

no se hablaba si se hablaba: estaba muy orgullosa

por los hijos que crecían, bien enseñados por monja,

bien atendidos por dueña, por ser del esposo esposa.

La historia del monje Kilian la escuchó toda y redonda

contada por la ventera: no quedo muda ni sorda.

 

 

 

XVII

En la venta la ventera bien insiste en su trabajo,

a teólogos atiende, les da bebidas y platos,

a bachilleres escucha; oyéndolos con recato

cervezas y vinos trae; al oficial, mismo caso.

Y si ignoramos su nombre, ¿es por descuido y acaso

que no se lo preguntamos nosotros los cibdadanos?

 

 

 

XVIII

Ella se dice venida, no hija del padre Meno;

ella se nombra arribada, no nieta de los Hedenos;

ella se viene de afuera, pero no de muy muy lejos,

pues la misma lengua habla con diferente el acento

que la hacen de Burgundia, o tal vez de sajón pueblo,

o las eses de Turingia la nombran, o suabos verbos.

 

El poeta José Morales Saravia.
Crèdito de la foto: archivo del autor

 

XIX

¿No hay quién pregunte por novio, por galán y enamorado

que le sonría y requiebre, que muéstrese esperanzado

soltándose de suspiros porque está desesperado,

a poco de perder el seso, sutilmente desdeñado,

que si lo ve y lo mira pone los ojos helados

sin le quitar atenciones ni restarle cuidados?

 

 

 

XX

¿No se llamará Burgunda como la historia relata?

¿Se llamará Rodelinda como las varias lombardas?

¿O rodará toda erre como las mujeres bávaras?

Levantina se confiesa, con levantino casada,

madre de dos chicuelos, pues el tiempo trae añadas.

Y si su nombre preguntan, lo sé: Yasmina la llaman.

 

 

 

XXI

Dando su nombre, su origen, si cierto es, si lo he dado

—las certezas tienen comas—, termino aquí mi relato,

el de estos personajes, con orden, sin aparato:

mesonero es mi oficio, pero conozco mis platos.

El cuento que ahora sigue, de peregrino avezado,

a la ventera dio entero, entero viene, pues, dado.

 

 

 

 

 

*(Lima, Perú, 1954). Poeta y ensayista. Reside desde 1981 en Alemania. Entre 2008 y 2020 se desempeñó como profesor de Hispanística en la Universidad de Würzburg (Alemania). Ha publicado en ensayo poetológico La luna escarlata (1991), La ciudad expresiva. Crítica de la razón enfática (2003), La laguna onírica. Crítica de la razón catabática (2007), y dos estudios sobre poesía: Destierros y modernidades: Hölderlin y Landívar (2015) y Orfandades y metamorfosis. Destituciones y constituciones del sujeto (2016); y, en poesía, Cactáceas (1979), Zancudas (1983), Oceánidas (2005), Peces (2008), Légamos (2013), Pencas (2014), Transilvanos (2016), Advenires (2017, Romancero berciano (2018), Cisnes (2023) y Romancero franconio (2025).

 

 

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