Sobre «La piedra de amolar» (2025), de Víctor Rodríguez Núñez

 

Por Mario Pera

Crédito de la foto (izq.) www.claustrofobias.com /

(der.) Ed. RIL

 

 

La noche que pierde cota.

Sobre La piedra de amolar (2025),

de Víctor Rodríguez Núñez*

 

 

En la ribera, vaga el oleaje. Rompe contra el malecón y los farallones. El sol es otro verano que se carboniza y, en forma de poemas, florecen los conjuros cristianos y santeros invocados por un impredecible creador de la palabra, porque necesitamos que alguien zurza las imágenes o labre los derrumbes entre los amantes. Alguien que marque el cielo cuando llueva y, como buen poeta isleño, Víctor es el indicado.

Empiezo diciendo que, en mi opinión, la poesía de Víctor es exuberante como la propia naturaleza y cultura de Cuba. Y lo original de la fecundidad de su poesía, es que en versos plenos de elementos nos muestra los márgenes de la oscuridad como del esplendor, nos lleva por momentos de sombra en los que el poeta enciende una lumbre y nos guía por un sendero que nunca será escrito, pero del que en su camino nos habla de paisajes con cada uno de sus poemarios. Como el arqueólogo le explica a los excursionistas el sentido de las pinturas rupestres en las paredes de una cueva; o el guía aclara cómo se construyeron los edificios ahora en ruinas que encontramos en Roma. El poeta nos permite alcanzar la orilla y allí nos deja, cada uno decide aventurarse

En La piedra de amolar, reitero, Víctor nos lleva de viaje entre los límites de un litoral que conoce muy bien, por poético y por haberse detenido a observar sus inacabables crepúsculos y albas, pero no todos; porque, mi querido amigo, el sol siempre genera sombras que se olvidan con el amanecer… y ahí crece la poesía. En este poemario se nos ofrece paisajes, escenas rescatadas de la memoria del poeta como flores cuyo espíritu tropical lleva a brotar aún en lo más árido. En los alrededor de cuarenta poemas, el lector entiende que debe transitar por él de puntillas, pues la “eternidad es el momento” y un paso en falso te lleva al vacío.

 

El poeta Víctor Rodríguez Núñez

 

La piedra de amolar titula Víctor a este poemario. Y a partir de aquí elucubramos el por qué. ¿La piedra de amolar, esa que llevan los afiladores de cuchillos o como les llamen en sus países, simboliza con mucha originalidad el oficio del poeta o de quien pretende escribir buena poesía? Víctor es consciente de ello. Así como el escultor trabaja su obra desde un inicial pedazo de piedra sacado de la cantera, que debe cincelar hasta crear o “liberar” la escultura que siempre estuvo allí en su interior, la piedra de amolar trabaja el hierro, reduce o acrecienta sus bordes para darles el filo necesario o quitárselo y permitir a quien lo usa, en este caso al poeta, cercenar o cortar del texto todo lo que no hace falta, hasta dejar el mejor poema posible, el texto como un esmalte perfecto a través del que el escritor quiere que los lectores leamos e interpretemos sus versos.

O también, puede tratarse de una metáfora del poeta mismo como la piedra de amolar que, a través de su visión, afila y corta para luego escribir sus poemas. No puedo pasar por alto pensar en la gran trayectoria de Víctor en la literatura, en especial en la poesía. Destacar su cercanía no sólo desde escribirla sino desde estudiarla, enseñarla, difundirla y traducirla (que es otro modo de hacer poesía), estos son espacios desde los que se vive y re-crea la poesía de distintas maneras. Ello me arriesga a proyectar la idea que tal vez esa “piedra de amolar” para Víctor, en este momento, es su conocimiento poético, sus lecturas, su enseñanza de Literatura, sus publicaciones, su background literario y vital que le permite (y permítanme el símil culinario) cortar, rebanar con la precisión del más diestro carnicero, todo lo innecesario para dejar sólo el más exquisito filete de carne en su alegoría con el poema. Y aquí recuerdo lo que en una entrevista la poeta peruana Blanca Varela recomendó a quienes empezábamos a escribir digamos “poesía”. El consejo fue rotundo por su sencillez, como era clásico en ella. Recomendó: “Corta, corta, corta…”. Creo que tal vez Víctor ha llegado por su lado a una conclusión similar, aunque ya nos comentará el porqué de La piedra de amolar.

 

 

Yendo al poemario en sí, son varios elementos los que de modo frecuente y de distintas maneras lo cruzan y se cruzan. Algunos quedan incluso solo como huellas de las que el lector debe jalar o interpretar sin salar la boca. Aparecen, por ejemplo, muchas referencias a ruinas que se apilan buscando los límites de un mismo o de varios mares donde naufragan crepúsculos como chispas que parten de todos lados. A la vez, asoman fuegos que nos convencen de la fertilidad de la vida en la nocturnidad de los domingos, o nos habla del ritmo del desierto que destaca como la clave para encontrar lo puntos suspensivos de la vida o el destino en el cero. Variados elementos y todos en circulación, conjugándose en diferentes tonos y apariencias con cada verso.

Y es que la piedra de amolar que el poeta ha usado tala árboles o ramas, cercena músculos, fracciona huesos como metáforas. El poeta hiende palomas, tortugas, frutas o emociones desnudas que hacen protagonista al silencio, ambidiestro, lejano, a veces acompañante; o al punto negro que crece sin horizonte pero sincopado entre timbales y maracas, bembés y babalaos, que nos marcan el exotismo que debe ser la afonía en un lugar como Cuba.

Aquí me detengo. Un elemento central del poemario es la oscuridad. Es un personaje que se cuela entre la tipografía y los espacios en blanco de la hoja (una ironía) para revelarnos las estrellas, los arcanos, las reales intenciones de las formas geométricas que el autor re-describe en algunos poemas para evacuar la espuma de la memoria. Y es que, entre tanto eclipse y turbulencia estelar, es difícil que la sola oscuridad se abra en la noche, que nos descubra el centro del universo, si es que lo hay, y le permita a la abeja que encuentre el panal.

La naturaleza está más que presente en este libro, diría que mediante ella este respira orgánicamente, no hay forma de leerlo sin cerrar los ojos y confiar en nuestros sentidos, para que Víctor nuevamente nos guíe por las cuevas o la noche y nos explique los dibujos en las paredes o las formas que hacen las estrellas en el cielo negro, visto solo con la luz de un carbón que en la noche no enfebrece más y se apaga con la dignidad que le permite la lluvia.

 

El poeta Víctor Rodríguez Núñez

 

Avanzan los números, avanzo también, y no me quiero olvidar de lo reiterar lo geométrico. Aunque el poeta nos pida amolar el espejismo y enrojecer con el trino de los pájaros. En los poemas de La piedra de amolar las imágenes se desgajan por donde menos intuimos, es virtud del autor que así sea, nada más aburrido que un poema predecible; pero, cuchillos, tijeras y dedos transitan intentando regresar a la simetría primigenia de la belleza. ¿Es el círculo, el triángulo, el cuadrado? El poeta invoca la geometría quizá buscando establecer un centro o un punto de referencia, tal vez de autoreferencia; no obstante, es inútil porque, al fin la vida, la naturaleza de lo que nos habla el poemario se descalabra y sólo queda recurrir a la poesía para aspirar a reconstruir lugares, sonidos, formas, emociones o trazos que no reverberen tanto tras el torbellino como para que el poeta, cual mago, nos descubra con su cuchillo bien afilado un atisbo de camino entre tanta sombra y caos. Porque la sombra en este libro también está presente en su acechanza. Es un enjambre que se ocupa hasta de lo que el viento no logra desgranar para golpearnos después con versos de claridad tal que, aunque sea y cito a Víctor una “áspera claridad”, reconforta nuestros ojos, angustias y vergüenzas, antes de amolarlas.

Tal vez ser isleño te reúne con la naturaleza de manera diferente. De pronto el mar deja de ser un límite, los crepúsculos perforan los espejos o las distancias lejanas no son más remotas que el horizonte. Quizás hasta los puntos cardinales se desunen más fácil que en lo que llamamos tierra firme, y que no es sino otra isla, sólo que más grande.

Todo esto porque quiero terminar diciendo que en este libro los cuervos no te sacarán los ojos, no te comerán las vísceras, menos te robarán tu sombra. No. Así lo abras con la mano izquierda, y en verano, en este libro como afirma su autor, no hay resurrección pendiente en la página, sino placer que vibra al compás de una escoba amarga que barre, muy atenta, las cenizas de nuestras terquedades y de lo conocido.

 

 

 

 

 

*(La Habana-Cuba, 1955). Poeta, periodista, crítico y traductor. Doctor en Literaturas Hispánicas por la Universidad de Texas en Austin (EE.UU.). En la actualidad se desempeña como catedrático de esa especialidad en Kenyon College (EE.UU.). Obtuvo el Premio Internacional de Poesía Alfons El Magnànim (2013) y el Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe (2016). Durante la década de 1980 fue redactor y jefe de redacción de la revista cultural cubana El Caimán Barbudo. Ha traducido poesía tanto del inglés al español (Mark Strand y John Kinsella), como del español al inglés (Juan Gelman, José Emilio Pacheco y Jorge Enrique Adoum). Ha publicado en poesía Desde un granero rojo (2013), Despegue (2016) y El cuaderno de la rata almizclera (2017), la luna según masao vicente (2021), la piedra de amolar (2025), entre muchos otros.

 

 

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