Por Héctor Hernández Montecinos*

Crédito de la foto Sigi Pablo Pineda Garcia

 

 

Tres post modernos

 

Un estado de Facebook.

Por cierto, como que ya me aburrí de los poemas millennial. Me sacaron sonrisas, los encontré ingeniosos, funcionaban en una lectura con gente ebria o en una revistita cool de internet. Es hora de volver a la poesía de verdad, poemas a la altura del mundo que estamos viviendo: intensos, torrenciales, abruptos, violentos, alucinados, incorrectos, de decenas de páginas en decenas de noches sin dormir. La gran poesía latinoamericana es esto, el resto son cuentos no tan buenos en versos no tan malos. El estado sobre los poemas millennial ha tenido una curiosa repercusión que me gustaría, de algún modo, responder con esta otra reflexión. Nunca hablé de los millennial como grupo etario, sino de la poesía millennial que es otro asunto independiente de la edad de quienes la escriben. Es más, ese tipo de poemas generalmente los escriben gente mucho mayor que los millennial que estamos pensando y es más patético aun todo. Para mí los millennial no son un grupo de cierta edad sino una clase social. Esa clase a la que importa más su vida que la de los otros. Un muchacho de Lo Hermida, o cualquier barrio pobre de Latinoamérica, de 19 años no es millennial por tener 19 años, no es millennial porque está fuera de los privilegios de clase que ese concepto representa. A eso me refería con esa poesía millennial que se escribe desde el deseo, el excedente, y no la necesidad. Uno puede tener muchas opiniones sobre la poesía, los tipos, usos y abusos, pero aquí es importante algo que se me criticó: la libertad del gusto personal.

 

El poeta Héctor Hernández Montecinos

 

Es cierto, la democracia representativa le hace creer a la gente que es libre pero no es otra libertad que la del libre mercado. Por otra parte, si uno no hablara del gusto personal, de sus atenciones, sus lugares políticos o afectivos seríamos softwares combinando textos. La poesía no son los sentimientos de alguien. Esos sí tienen cabida en el mundo. Son necesarios e importantes todos, absolutamente todos, pero no los poemas que los describen. Hay mucha gente escribiendo basura y digo basura porque está repitiendo fórmulas ya hechas sabiéndolo, los farsantes o no sabiéndolo, los ignorantes. Esa poesía millennial de la que hablo es poesía homogénea, predecible y hecha para gustar a lectores también homogéneos y predecibles. Nuestra tradición latinoamericana desde Gamaliel Churata pasando por Marosa di Giorgio o Roberto Piva, por ejemplo, o con más jóvenes como Ernesto Carrión o David Meza, no puede ser obviada ni menos olvidada por alguien que escriba desde este tercer mundo, desde nuestra Latinoamérica que despidió hace pocos días a Nicanor Parra y Claribel Alegría.

 

 

 

 

Otro estado de Facebook.

Leo el artículo “Lo sentimentalito vs. el mundo” del joven poeta peruano Roberto Valdivia aparecido en El Dominical el 6 de marzo y escribo. Pensar una historia literaria alternando entre oficialidad y experimentación es ciertamente caprichoso, digo, lo es desde la escuela cuando nos dicen lo mismo del neoclasicismo y el romanticismo, por ejemplo en el siglo XIX, o entre culteranos y conceptistas en el XVI. Sea como sea, más o menos gongorinos o quevedianos, más inspirados o menos enciclopédicos, estamos siempre ante una suma de presentes, superpuestos, plegados, paralelos. En la literatura y el arte en general eso se multiplica exponencialmente. En un mismo día alguien escribe un soneto y otra persona inventa una nueva forma métrica. Ninguna de las dos le importa a nadie. Ni a la crítica oficial ni al resto de poetas de su misma época. Nos percatamos sólo cuando aparece una obviedad que todos quieren desmentir. Ese es el espíritu de un manifiesto o un texto fundacional: intentar producir un corte, pero ese corte ya es parte de una genealogía que lo arruina como novedad.

 

Roberto Valdivia

 

En efecto, la historia de las pretendidas discontinuidades literarias es la propia literatura. Luego, ese corte se pretende etario, pero la “poesía joven” no tiene que ver con la edad sino con un estilo, incluso atemporal, aun más, es un tópico literario. A comienzos del dos mil, hace ya casi veinte años, la atención del mundo literario y la crítica eran muy pocas, pero era igual para los jóvenes poetas de los noventa, de los ochenta, de los setenta, de los sesenta, ad inifinitum. Ese es el encanto de una nueva mirada, ver lo que siempre estuvo ahí y no creer que no había nada. La conformación de una escena no se hace desde fuera sino desde dentro y eso no significa adoctrinarla, sino que todo lo contrario, liberarla. Hace un tiempo me referí a la poesía millennial y me di cuenta de tres cosas: sus cultores tienen pésimo sentido del humor, también del ridículo, y son ellos mismos hablando sobre ellos mismos. Cada vez que leo o veo a uno cita, efectivamente al resto de sus amigos, a la camarilla, a los paladines contra la mafia inventando un doble opuesto que no es más que una inquietante proyección de lo que dicen odiar. Por eso no creo que “la poesía posconceptual norteamericana, la alt lit y las nuevas movidas mexicanas y españolas, distribuidas a través de la red, marcaron el inicio de un nuevo sujeto poético”. No, es lo mismo de lo mismo. No hay una nueva sensibilidad sino la misma de siempre que escucha música ahora en Spotify, que ve películas ahora en Youtube y que lee ahora en Kindle. Es el viejo y rancio sujeto cultural que no tiene autopercepción, y eso sí lo diferencia de su pasado. No se da cuenta que el meme es una cita, Wikipedia es una enciclopedia e internet una biblioteca digital infinita, es decir, no es otra cosa que la alta cultura en un nuevo formato. Una posible nueva Ilustración ya no dirigida desde la elite, o sí, pero también aceptada sin cuestionamiento por este usuario literario que no es otra cosa que un operario más. No cuestionar el monoformato del internet es lo mismo que no cuestionar la esclavitud o la violencia laboral, en Malasia para no ir más lejos, para tu ropa y las marcas pop o las nuevas aplicaciones de tu celular. Sin duda, los medios de comunicación son ahora de entretención y el propio internet no es otra cosa que publicidad personalizada. La red conectada de información cumple ya medio siglo desde las primeras interacciones en el MIT por Licklider y la cultura pop, es incluso más vieja.

Personalmente, la relación de la poesía e internet que siempre soñé era el modo de atentar en contra de esta ubicuidad del capital y no su celebración. Estamos en tiempos donde los negros vuelven a ser esclavos y los tienen ahí para que nosotros creamos que no lo somos. De posmodernidad, las pelotas de San Pedro. El éxito de la cultura pop es la imagen de Michael Jackson y el mendigo del Harlem tomando Coca Cola, pero los de esta “nueva sensibilidad” son el mendigo y ciertamente no Michael Jackson. Sensibilidad y sentimiento han sido los tópicos del Romanticismo del que hablaba al comienzo, es decir, la poesía como expresión del yo, ahora de un yo conectado en tiempo real, pero conectado a qué. Lo lamento amiguitos, pero no estamos conectados a internet sino al capital de las corporaciones y medios de comunicación. Los extremistas conservadores de la poesía quieren una poesía sentimental, personal, entendible y clara para todos, incluso divertida y que nos haga creer que estamos en el presente y que ese presente no es otro que el de la violencia y la crisis que alejamos cada vez más desde nuestra supuesta conexión a un mundo global y cool. Si esto fuese efectivamente una fiesta, estaríamos en pelotas bailando ebrios alrededor de una fogata, pero no es una fiesta, es la presentación en sociedad de una nueva aplicación, de un nuevo modelo de telégrafo.

 

 

 

 

Y otro estado de Facebook.

Una respuesta al texto de Valdivia es el artículo “Donde viven los monstruos” de Valeria Román sobre el cual escribo algunas ideas. En realidad nunca hemos estado en una época posguerra, siempre permanecemos en ella, viviendo en estados de excepción cada vez más duros para una guerra civil que se nos vende a mediano plazo si nos seguimos rebelando al poder del capital. Sin duda, las guerras han sido casi siempre económicas y lo militar es el despliegue material de un presupuesto bursátil de la muerte. No hay mejor conveniencia para una causa que un enemigo, sea el que sea. Es la rentabilidad del otro, la administración del miedo y del deseo. La conciencia de una época hoy es percatarse de estos flujos monetarios, sus valores del valor, el mercado de las mercancías.

El arte aquí siempre le es incómodo en cuanto convierte todo material en desecho, en una basura estética. Ese es el poder contraeconómico de un meadero o una caja de detergente. Ciertamente estamos hablando de la conciencia de la ruina que es lo que diferencia a modernos y moderados. La modernidad no es más que eso: la mirada ante lo que se descompondrá eternamente. Me parece en un momento que cada vez más todos estamos menos modernos. Digo, encandilados con las ruinas luminosas de una pantalla que responde como un oráculo todo lo innecesario que se puede desear. Conservador es quien modera sus preguntas, su taquicardia, su idea de presente. Quevedo es veinte años mayor que Góngora y aun así son contemporáneos. Mientras más se achica el tiempo mayor es el rango en que lo medimos. Antes nadie hablaba de siglos ni que decir de milenios, ahora la historia universal es resumible en un trozo de silicio del tamaño de una uña. Creer que lo contemporáneo es una categoría temporal es no entender que el arte contemporáneo es un estilo. A qué voy. Nuestro Siglo de Oro es la poesía latinoamericana. El delirio festivo y trágico de las palabras. No se puede no pensar en este crisol de lenguas, jergas, tonos, pliegues, cuando entiendes que tu país es el continente y dicha tradición es una traición a la lengua que desarticula sus medidas, su observación. Una sedición que requiere pensamiento colectivo, pero acción individual: singularizar el lenguaje. Lo opuesto a la homogenización en que ha desembocado esta supuesta nueva gauchesca virtual, esta lira hiperconectada.

 

Valeria Román

 

La poesía popular siempre ha existido, lo que pasa es que no importa a casi nadie. La poesía pop no es muy distinta salvo el escenario y los objetos en general, digamos que estamos ante una suerte de criollismo 2.0. Ya no se canta a la guitarra con la guitarra sino que se canta al internet en internet. De lo unívoco de lo popular a lo unívoco de la popularidad. Poesía e internet es un gran tema sin ninguna duda. Ambos se tratan de lectura y escritura, ambos tienen que ver cómo procesamos información, ambos actúan como una mediación ante lo apabullante de lo real, ambos son la extensión de una conciencia, pero la diferencia ni siquiera pasa por lo sentimental, sino que por un detalle mucho más importante que ya se ha mencionado arriba. La poesía ensancha el presente, lo complejiza en diferentes presentes, lo multiplica justamente de las medidas oficiales del tiempo, en cambio internet construye un presente cada vez más nítido, unidireccional, homogenizado por las mismas marcas, las mismas compañías, las mismas corporaciones y eso crea una seguridad, un bienestar y una sensación de libertad que cierta poesía está celebrando. No está mal. No está bien. El mañana es un hoy superpuesto, lo podemos leer e incluso construir. Leernos desde allá, desde esa ficción, es un buen retorno a lo real, al saco de huesos, pellejo y sangre que somos en este preciso momento en que el mundo se divide entre los dos hemisferios de un gran cerebro eléctrico. Las verdaderas revoluciones se darán cuando invirtamos los valores actuales del capital del idioma desde el propio idioma. Producir no necesariamente productos para el libre mercado de la libertad de la literatura. Desmarcarse es no aceptarse como una marca, como un logo, que es lo que han querido hacer con los nuevos poetas de Latinoamérica que me parecen maravillosos. No se crea lo contrario. Formidable es el afán de ampliar las escenas, sin duda, pero el alcance que eso tendrá será en cuanto mejor se tenga observado, estudiado y analizado al enemigo, esa construcción de uno mismo fuera de uno mismo. Cuando esto no sucede todo termina en una carnicería entre pares, entre cómplices, entre compañeros y triunfa lo que no debía triunfar.

Por eso cada vez me convenzo más de que uno odia lo que ve de uno fuera: lo oficial es mi relación latente con la oficialidad, el canon es mi lugar posible ahí. Contra qué me lanzo es desde donde quiero hablar, pero hablar cómo. Hay que destruir todo, quemarlo todo, evidenciar el estado de ruina de todas las cosas, sí, pero sabiendo qué parte de la ruina somos nosotros también, qué monstruo somos y cuán monstruoso es nuestro lenguaje para ese enemigo que somos nosotros en el porvenir. De caso contrario somos él, somos parte de la Corporación Literaria. Por eso cuando se escribe pensando en la literatura aparece el fantasma del valor y se hace posible creer que hay lenguajes no poéticos, pero cuando tratamos con la escritura no hay un afuera, no están separadas las palabras de las cosas: la escritura es la cosa. De allí que la novedad del ingreso de materiales no lingüísticos sea enterarse que esa es la historia del lenguaje, su economía, su liquidez.

La primera vez que alguien escribió un poema en una máquina de escribir se sintió un traidor a la musa. No lo sé en realidad, lo imagino así y es tan posible que haya sentido lo mismo el primero que hizo las cuentas de su ganado con un ábaco, que es lo mismo que siento yo al escribir estas líneas.  Sea como sea, lo que acá se discute me parece fenomenal, es lo de siempre dicho de otro modo, pero es otra cosa dicha con lo de siempre. Escribo mentalmente con mi máquina eléctrica de mediados de los noventa y soy un muchacho que envejece demasiado rápido. Hablo desde un presente que no me corresponde, no es el mío. Los escucho, los leo y veo como alguien que se está yendo muy lejos. Es el tiempo de ustedes. Destrúyanlo con amor.

 

 

 

 

 

*(Santiago de Chile-Chile, 1979). Poeta, ensayista, editor y gestor cultural. Literato por la Universidad Católica (Chile) y candidato a doctor en Filosofía en la especialidad de Teoría del Arte por la Universidad de Chile y en Literatura por la Universidad Católica (Chile). Ha obtenido el Premio Mustakis a jóvenes talentos (1999), el Premio Instituto Nacional de la Juventud (2000), Premio Pablo Neruda (2009), entre otros, y la Beca Fondart (2004, 2005 y 2009), la Beca Fundación Pablo Neruda, Beca Fundación Andes (2005-2006), la Beca Doctorado Nacional Conicyt (2015-2018), entre otras. Ha publicado en poesía No! (2001), Este libro se llama como el que yo una vez escribí (2002), El barro lírico de los mundos interiores más oscuros que la luz (2003), Putamadre (2005), Ay de mí (2006), [coma] (2006 y 2014), A 1000 (2008), Un sueño mío (2009), La divina revelación (2011), El título de un sueño (2013), El secreto de mi mano (2015), Buenas noches luciérnagas (2017), 64 cajitas sobre la poesía (2017), entre otros; en ensayo ¿Por qué no reescribir? (2017).

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