Por Juan M. Molina Damiani

Crédito de la foto (izq.) ilustración de Elena Yáñez /

(der.) Ed. Maolí

 

 

Tentación y danza. Sobre Metal (2017),

de Joaquín Fabrellas

 

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Joaquín Fabrellas parte de la base de que «Nos ensucian las palabras: los animales lo saben». Si la palabra de Fabrellas ensayó en alguno de sus libros anteriores un acercamiento que reinaugurara el silencio, haciéndose así fuerte ante los establecimientos donde se aliña la literatura con retórica, ahora se ha encontrado con que Metal le devuelve, sin avisar, una escritura disolvente, violenta, autodestructiva: «Las palabras nos unen a la Historia; / nos separan de lo animal y nos unen con la violencia, / la Historia Natural del hombre. // La Palabra es la historia de la dominación». Iconoclasia más que razonable cuando «Ninguna palabra dijo nunca la Verdad. // La Historia del  Arte es la Historia de la mentira». Sí: preceptiva, «La palabra es máscara»; y el poeta, «un impostor de silencio: / su poema destruye el mundo con palabras».

 

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Desacreditada la palabra, en Fabrellas siempre emblema atónito de vida, y localizado el origen, «El animal es sabio: creó  la violencia», la historia que crea Metal se enrarece aún más porque de su investigación resulta que «La poesía es una ramera / que no sabe de discursos / y sí de monedas». No ha de extrañar que la reflexión metapoética se enzarce, así, en la vida del poeta y le dicte una confesión sin concesiones: «todo poema es una crítica / al lenguaje / y a mi yo más miserable», visión que obnubila o ciega por descubrirnos la mendacidad de cada quien: «En la fluorescencia intermitente / no vi mi rostro reflejado / tan solo al desconocido / que se acercaba en / cada pálpito / y me asustaba / su metódico parecido / a mi peor yo».

 

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Porque imaginar cosas consabidas hasta hacerlas reconocibles cansa, sí, por supuesto, Fabrellas escoge el poema inescrito de su vida como objeto de su producción. «Qué es lo que florece en mi vida / si no es mi vida y florece afuera / algo que me vive sin palabras / y no es poema. / Si el silencio es cruel / el verso es su suicidio». Abrigada en esta quietud primordial, arranca del dolor la escritura de Fabrellas: «el poema es el rastro de la sangre, / su humo, / el resto de barro, / el poema es su mentira, / nuestra traición a la poesía», constatación tan a salvo de la falsificación del lenguaje consuetudinario, como expuesta a la verdad desprevenida de una intimidad en ruinas, pasto del remordimiento, jamás sedado por Fabrellas: «no me interesa la poesía que nombra / sino el poema que es».

 

 

El poeta Joaquín Fabrellas

El poeta Joaquín Fabrellas

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El jerarca es el lenguaje poético; jamás quien se crea su dueño, mero adjetivo de otra ontología demasiado transcendental: «el poema siempre nacerá solo, / destruyéndome / y despojando al tiempo / de su vuelta al comienzo / donde coincidimos  de nuevo / el poema y mi incertidumbre / de no saber quién escribe a quién». Porque «quizá yo sea el poema que me escribe», deja Fabrellas que sus poemas se nutran de sí mismos, que los produzcan salmódicamente sus bucles, que los exploten sus palimpsestos, yuxtapuestas las voces que fundan sus confesiones, inventarios decadentes y simbolistas, ay, de un abatimiento: el de otra existencia singular, itinerario por el que también han transitado las obras de T. S. Eliot, Valente, Claudio Rodríguez, José Viñals, Costafreda,  Ferrer Lerín, Diego Jesús Jiménez, Agustín Delgado, Manuel Lombardo y Aníbal Núñez —autores, todos, atentamente leídos por el Fabrellas crítico, siempre tan culturalista como discreto, desaparecido en su trovar clus crepuscular y bilingüe.

 

 

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«Antes de escribir / quema siempre el alfabeto», aconseja el poema, de ordinario algo excéntrico en Fabrellas, automático, con omisiones de puntuación, anacolutos y escatologías estilísticas, feísmos e inacabamientos, los reglados por las leyes de la naturalidad que se oponen a las formalidades del género, siempre preso de artificios y correcciones, rara vez abandonado a la creación y la fantasía donde autor y poeta reparan en que nunca son la misma persona: «Yo he creado todo: / la palabra y su nada / el tiempo y su hastío / el desierto y su discurso / el hombre y su error / el arrepentimiento y el pecado / no veis que soy el poeta, / ¿que ya no existo en nada?»

 

 

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El automatismo de Metal, el séptimo poemario de Fabrellas, en la estela de su No hay nada que huya, el quinto de su producción [Jaén, Piedra Papel Libros, 2014], asienta su palabra dentro de la tradición irracional que cuestiona los discursos del poder desde el del alucinado o el del loco —el mismo poeta lo advirtió en su «Poética» de Jaén. Cima de Olvido, la antología de Rafael Alarcón Sierra [Huelva, Diputación Provincial, 2006, adonde también hubo lugar para los poemas de Javier Cano, Juan Carlos Abril, Elena Felíu y Pedro Luis Casanova]. En efecto: «yo canto desde las palabras del loco», vuelve a decirnos el Fabrellas de Metal, caótico como la palabra que el mundo le dicta, realista desde el momento en que su transcripción jamás la recompone ni adultera, aplicado siempre a la objetivación de su escisión existencial.

 

Invitación a la presentación Metal de Joaquín Fabrellas. Ed. Maolí

 

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Ingenuidad nunca inocente la de Fabrellas, para quien «La poesía es el primer idioma», conciencia meditativa que le revela el origen de su vida otra, la apenas vivida si no fuera por su escritura expresionista y simultánea, en permanente estado de excepción emocional, lúcida y oscura, confesión de su yo adánico, el que escruta su identidad fracturada dando testimonio de las impurezas de su pensar analítico, nunca proscrito por la palabra de Fabrellas, analógica y sincrética, simultánea, en su exploración poética de la verdad. Paradójico Metal: su lenguaje convulso desmiente el equilibrio biográfico de su autor, persona cuya única extravagancia radica en que escribe, en que desea vivir a conciencia ese relato de ficción que compone su vida, abocada al azar mallarmeano donde la pureza reconoce objetivamente que miente y se vuelve maldita.

 

 

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Llegada esta frontera, Fabrellas será tentado por la indelicadeza en ruinas del silencio: «la mejor manera de hacer un poema / es no escribirlo / […] / el poema no conoce tu tiempo / solo sabe que incumples tus promesas / sobre dejar de escribir para siempre». Sí: «lo dicen sin labios sus palabras / por su boca de metal, / acero blando, doméstica herida, / abrazo verde, verde comunión / de la naturaleza con lo escrito, / en el bajorrelieve vegetal / callando lo que han visto / en la luz más corrupta, / nada fue más bello que su caída». Silencio ensordecedor de un tiempo abandonado y primitivo, de un espacio legendario y anómalo, el de la música de Fabrellas, vendaval laberíntico, emancipado del significado de barro de las palabras, partitura epigráfica de un vacío, de una derrota, de «todo aquello / que se quedó sin lenguaje», «de la destrucción / interminable de mi fracaso». Vibraciones melódicas de nuestra época, carrusel donde una serie de monólogos interiores se alternan a modo de contrapuntos: «este canto por la decadencia / es vuestra música: / Bailadla como si estuvieseis muertos».

 

Jaén, 25 de mayo de 2017

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