En el presente artículo, Pelando la fruta. Lectura de 5 Metros de Poemas, de Carlos Oquendo de Amat, Roy Kesey analiza desde su particular perspectiva el poemario de Oquendo. Fue originalmente publicado en el libro Pelando la fruta: Lectura de 5 metros de poemas de Carlos Oquendo de Amat. Aproximaciones a la literatura peruana, editado por Ricardo Huamán y publicado en Piura por la Universidad de Piura, en 2006.
 

 

Por: Roy Kesey

Crédito de la foto: Izq. www.saludnews24.com.ar

Der. Archivo Mario Pera

 

 

Pelando la fruta. Lectura de 5 Metros de Poemas,

de Carlos Oquendo de Amat

¿Desde cuándo necesito instrucciones para abrir un libro?

 

 

En su libro Seymour, Una Introducción, J.D. Salinger dice, “La única cosa que hacemos durante todas nuestras vidas es ir de un pedazo de tierra sagrada a otra”. Por supuesto, lo difícil es reconocer lo sagrado en cada pedazo de tierra, es decir, reconocer lo poético en las cosas mundanas y hasta en las profanas. Qué bien, entonces, que tenemos la poesía escrita para ayudarnos. Si bien es cierto lo que dice Archibald MacLeish en su poema “Ars Poetica” ?”Un poema no debe significar / si no, ser” ?una de las cosas que puede ser la poesía es una serie de pistas. Cada vez que un escritor logra comunicar una de sus obsesiones particulares, en un lenguaje que es a la vez personal, universal, nuevo, denso, y preciso, nos entrega una nueva manera de ver la cosas de nuestro mundo, de entender cómo es que lo sagrado puede existir en cualquier rincón por más feo o banal que sea, y cómo es que lo poético puede existir en cada objeto por más ordinario o chusco que pueda parecer.

Uno de los poetas sudamericanos que logró escribir con mayor constancia en este tipo de lenguaje, y por lo tanto uno de los poetas sudamericanos más importantes del siglo XX, es Carlos Oquendo de Amat. Hay estudios recientes de mucho interés acerca de la influencia del dadaísmo y surrealismo en su obra, y acerca de los aspectos cinematográficos y los juegos tipográficos vanguardistas que se manifiestan en sus poemas. Sin embargo, para entender cómo él logra abrirnos los ojos a lo sagrado y poético de este mundo, en lugar de concentrarnos en sus antecedentes históricos y componentes plásticas, me parece menester abarcar su obra simultáneamente al nivel macro ?en su marco narrativo-poético? y al nivel micro ?en la materia prima de su lenguaje?analizando al final la manera en que dichos niveles se refuerzan mutuamente.

Como se sabe, la mayor parte de su obra consiste en los 19 poemas de su libro 5 Metros de Poemas, y por lo tanto empezamos por la invocación de dicho tomo: “Abra el libro como quien pela una fruta”. Nuestra primera reacción podría ser la de pensar, “¿Desde cuándo necesito instrucciones para abrir un libro?” Sin embargo, con su símil, Oquendo de Amat nos da una manera muy rica y extensa de entender el placer del acto: sobre todo, nos recuerda que abrir un libro debe que ser un placer táctil. La textura de la pasta, su firmeza, primero nos resiste como para desanimar a quien no quiere la verdad, y luego se relaja, dándonos la bienvenida, y ahora entendemos la pasta como si fuera la piel de una fruta que se rinde bajo nuestros dedos. Olemos el olor ligeramente ácido de la tinta y del papel. Tenemos el libro entreabierto como una fruta pelada y suculenta, lista, y anticipamos que dentro de la fruta del libro habrá frases cuyas verdades nos alimentarán, que nos darán lo necesario para sobrevivir.

tumba de oquendo foto nueva

A partir de la invocación, al nivel micro el libro nos presenta una serie de momentos poéticos absolutamente sublimes, y al nivel macro descubrimos que tales momentos están organizados en una composición casi sinfónica, compuesta por cuatro etapas o movimientos: primero, poemas acerca de una curiosa versión latina del viaje interior blakiano desde la inocencia, pasando por la experiencia, llegando finalmente a la inocencia iluminada; segundo, poemas escritos desde una especie de sala de espera emocional; tercero, poemas de destierro y/o escape donde el viaje interior del primer movimiento tiene su contraparte exterior; y, cuarto, poemas de nostalgia, a su vez profundizando varios de los temas tocados en el segundo movimiento.

El primer movimiento empieza con el poema “Aldeanita”, donde encontramos al narrador intensamente enamorado. En las primeras tres líneas, dice que está atando su suerte a la de su amada, en la manera de los enamorados clásicos de todos los tiempos. ¿Qué ha provocado en el narrador este amor tan intenso? En las líneas 4, 6 y 7 tenemos la respuesta: porque en “una mañanita de cartón” ?en un mundo sin color, ni sabor, ni profundidad? ella le dio todo lo que tenía para dar: el agua, elemento más fundamental de la vida, y las riquezas de su propio ser.

En el segundo poema, Cuarto de los espejos”, tenemos un tono completamente distinto: ahora el narrador está atrapado en la cárcel del mundo con sus “rejas de aire”, buscando una salida desesperadamente. Sin embargo, no hay escape. En una cárcel de espejos, uno siempre se encuentra solamente a sí mismo, uno se vuelve cada vez más débil, hasta que finalmente, los “hachazos de tiempo” te matan.

¿Qué ha pasado aquí? ¿Adónde ha ido la amada? En el tercer poema buscamos la respuesta, y “Poema del manicomio” sigue con el mismo tono que el segundo, pero algo de tiempo ha transcurrido. Estamos todavía hablando de la cárcel de espejos, pero ahora como si fuera algo del pasado, que terminó cuando los ojos del narrador “eran niños” ?en la etapa de la inocencia. El narrador en este momento tuvo “miedo de ser” algo menos que humano. Y aun peor que en el poema anterior, aquí su propio cuerpo, su corazón, su amor forman parte de la cárcel. Por supuesto, ahora el poeta es mayor, sus “ojos visten pantalones largos”, ha entrado en el mundo duro de la experiencia. Y con esta nueva experiencia, esta madurez, él ve que “la calle está mendiga de pasos” ?que el mundo está vacío. Sin embargo, todavía no sabemos qué ha pasado, ni por qué la amada del primer poema ya no está presente. Seguimos, entonces, con el siguiente poema.

 

5metros

 

En el cuarto poema, “Réclam”, tenemos una situación distinta pero cercana. Y eso es precisamente lo que esperamos de un réclam, una breve publicidad que corta el hilo de lo que estaba pasando antes. Aquí tenemos un pequeño comercial de la vida cotidiana en toda su triste banalidad, como nos puede parecer después de haber amado y, por cualquier motivo, perdido a la amada. Oquendo nos comunica la banalidad de este mundo con un lenguaje que no tiene absolutamente nada de banal: “Desde un tranvía / el sol como un pasajero / lee la ciudad”. Es un mundo sin temor ni amor, un mundo de muertes andantes ?exactamente como nos parece el mundo después de tamaña pérdida.

Luego tenemos un intermedio de diez minutos, un descanso indicado por el mismo Oquendo de Amat. Eso es por supuesto un tipo de chiste poético-cinemático, pero también tiene algo de importancia literal: leer buena poesía requiere una atención muy aguda, muy intensa, y un buen descanso de vez en cuando no viene nada mal.

Después de descansar, seguimos adelante con el quinto poema; todavía no sabemos qué le ha pasado al narrador, por qué se fue tan rápidamente desde la felicidad del amor hasta el abismo de la locura y la tristeza. Aquí en “Compañera”, todavía no encontramos las respuestas, pero algo nos dice que estamos en el buen camino: reciclando un viejo truco de algunos de los sonetos de Shakespeare, Oquendo nos da las primeras nueve líneas con algo muy parecido al tono alegre del primer poema, del antiguo amor: “ah y tus sonrisas maravillosas sombrillas para el calor / tú que llevas prendido un cine en la mejilla”; luego chocamos contra las duras verdades de las dos últimas líneas: “qué pena / la lluvia cae desigual como tu nombre”.

Con este brusco cambio de tono, entendemos que algo en el narrador se está rompiendo, que está finalmente dispuesto a contarnos lo que pasó con la amada; y de hecho, todas nuestras interrogantes son resueltas en el sexto poema, “Poema del mar y de ella”, un poema muy corto, sólo nueve líneas, pero sumamente bello y fuerte. La clave aquí está en los cambios repentinos en los tiempos de los verbos. Primero tenemos dos líneas de elogio en tiempo pasado: “Tu bondad pintó el canto de los pájaros / y el mar venía lleno en tus palabras.” Luego tenemos dos líneas que saltan al futuro, que nos dan claramente las respuestas que hemos estado buscando: “Ya no se volarán nunca las dos golondrinas de tus cejas / el viento mueve las velas como flores.”

Así que la amada ha muerto. Pero el poema no termina acá. Después, en lo que queda del poema, Oquendo da marcha atrás hasta el presente (por así decirlo), y dentro de esta explicación de su locura, su tristeza anterior, el narrador no nos deja sin esperanza. Él ha hecho el viaje blakiano desde la inocencia del primer amor, hasta la experiencia de la pérdida de dicho amor, hasta una tercera etapa, que el propio Blake llamó “la inocencia iluminada”. La pérdida de la amada deja dos opciones: fe o nihilismo. Aquí, el narrador encuentra en su amada, aunque ya haya muerto, una especie de esperanza para el futuro, con la línea, “yo sé que tú estás esperándome detrás de la lluvia,” y una especie de alegría en el presente, con las líneas “eres una sorpresa perenne / dentro de la rosa del día.” Por supuesto, no es la misma alegría que encontrábamos en “Aldeanita”. Es una alegría fundada no en la presencia de la amada, sino en el recuerdo de ella, y la fe de que algún día la volverá a ver.

Allí termina el primer movimiento de esta sinfonía poética. El segundo movimiento documenta lo que pasa en las vidas de los que han experimentado tan profundos trastornos emocionales. Entran en un periodo de esperar, para ver lo que el mundo puede traerles. Es un momento de tranquilidad, en que se mira, se observa lo que queda, analizándolo, meditándolo. Y este momento es precisamente el que encontramos en los poemas siguientes.

El primer poema en este movimiento nos hace regresar a la vida cotidiana del cuarto poema, “Réclam”. Tenemos una confusión entre lo que es natural y lo que es producido por el hombre: “Las nubes / son el escape de gas de automóviles invisibles.” Tenemos una crítica, algo amargo, y sin embargo algo tierno, de esta vida: “Las ciudades se habrán construido / sobre la punta de los paraguas / (Y la vida nos parece mejor / porque está mas alta)” Y de nuevo estamos frente a dos opciones: “Esto es insoportable / un plumero / para limpiar todos los paisajes / y quién / habrá quedado? Dios o nada / (VEASE EL PROXIMO EPISODIO)”.

Curiosamente, el siguiente episodio, o por lo menos el siguiente poema, deja de lado la crítica de la vida cotidiana y cosmopolita; en su poema “Jardín”, Oquendo nos da un pequeño descanso de la crítica, lo cual tiene perfecto sentido, dado que un jardín es un pequeño lugar donde descansar de la vida cosmopolita que está criticando. Sin embargo, ningún jardín puede dar descanso completo, dado que estamos forzosamente conscientes del hecho de que, justo pasando la pared más cercana, la vida agobiante de la ciudad sigue, y de hecho, nos espera. ¿Para qué sirve, entonces, este descanso? En este caso, para hacernos sentir lo que es, el tiempo que pasa. Los árboles están cambiando “el color de sus vestidos” y “las rosas volarán / de sus ramas”: es el invierno lo que viene, y tenemos que prepararnos.

El poema siguiente tiene un tono algo parecido al de los poemas números cuatro y ocho, pero también algo más espeso, más pesado. Ha venido el invierno, espiritual sino temporal, y hay una extraña ambigüedad en el aire: “El Mar / por ejemplo haremos otro cielo”. Tenemos la sensación de que el narrador está pensando ya en el mar como escape posible, pero no se atreve a ir, y es precisamente esta tensión, entre ir o no ir, que funciona como el motor del poema. En la mitad del poema esta quizá la línea más famosa de Oquendo de Amat, el cartel que nos prohíbe estar tristes, y sin embargo es solo eso, un cartel. La alegría verdadera está alejada, relegada a las bordas, lugar peligroso donde jugar. Tenemos al temible contador azul, tenemos el horizonte “que hacía tanto daño,” tenemos el Hotel del Llanto, y para curarnos de todas las enfermedades físicas y espirituales que hay, sólo tenemos lo siguiente: “el doctor Leclerk / oficina cosmopolita del bien / obsequia pastillas del mar”.

Afortunadamente, quedan todavía dos poemas en este movimiento, y afortunadamente, por muy largo que sea el invierno, siempre le sigue la primavera. Sólo tenemos que esperar. Sólo tenemos que sobrevivir hasta entonces, a través de pastillas de mar o bien de cualquier otro modo, y a lo mejor quien puso el cartel prohibiéndonos estar tristes no se equivocó por completo.

Dicha primavera nos presenta un segundo amor, no tan joven como el primero, pero todavía con mucha fuerza. En “Poema” se nos presenta a esta “Mujer / mapa de música claro de río fiesta de fruta” cuya voz “…canta en todas las ramas de la mañana”. Y en “Obsequio,” en contraste con el jardín otoñal de antes, tenemos a la nueva amada como jardinera, cuidadora de la vida del jardín, incluso la del narrador. En este poema el narrador se muestra dispuesto a dejar su querido y valioso pasado–“Cambiaría un tapiz antiguo / que trae / una cesta de sonrisas / con rosas despreocupadas” ?por el presente, por este momento fugaz, el momento de “sembrar un beso”.

Allí termina el segundo movimiento, el de la sala de espera, con el poema “Obsequio”. Sin embargo, ¿cuál es el momento más apropiado para dar un obsequio? Por supuesto, el momento en que pensamos irnos. Damos obsequios para que las personas que dejamos atrás no se olviden de nosotros. Y así pasa en este libro de poemas: el narrador tiene que dejar atrás su alegría recién nacida, por el viaje poético que ahora va a empezar ?el del tercer movimiento, destierro y/o escape.

Empieza con un poema que se llama “New York”, el primer puerto del destierro. Habla de la locura idiosincrásica de esta ciudad en un lenguaje perfectamente sintonizado con dicha locura: “CONEY ISLAND / La lluvia es una moneda de afeitar”. Toca una vasta gama de temas, desde Wall Street y Broadway al tráfico y el culto a la juventud, del rencor contra los inmigrantes al “humo de las fábricas” que “retrasa los relojes”. También toca el tema de la pérdida del individuo dentro de esta masa inmensa de hombres, causa de aislamiento y temor pero también de una especie de libertad: “Y la mañana / se va como una muchacha cualquiera / en las trenzas / lleva prendido un letrero / SE ALQUILA ESTA MAÑANA”.

 

new york

 

Saliendo de Nueva York y “New York”, tenemos dos poemas que hablan de lo que pasa en la ciudad una vez que uno se ha alejado un poco de la locura y perdido la sensación de libertad inicial. Uno intenta mantener la energía de la locura, la energía de la fiesta, pero es imposible, sobre todo si uno sabe que se va pronto, y viene cierta tranquilidad, y luego el cansancio. En el primero de los dos poemas, “Puerto,” tenemos la tranquilidad: “Y para que se ría / la brisa trae / los cinco pétalos de una canción”. Y en el segundo, está el cansancio de quien sabe que pronto habrá que empezar el viaje de nuevo: “Los ojos se han colgado de la percha del bastón / La mirada / es un camarero.”

Para terminar este movimiento, tenemos el poema de la llegada al puerto de la ciudad holandesa de Amberes. Dentro del poema percibimos los sentimientos del recién llegado a Europa desde América Latina: el cansancio (“En Amberes / El calor es como un pensionista”) pero también la maravilla (“Es la ciudad sin distancias / las calles son tirantes de goma”); la extrañeza (“basta con estirar una esquina / para sentirse proyectado de la escuela a la puerta de las dulcerías”) pero también la bienvenida (“Amberes / es un vino de amistad / es el sobre postal del mundo”).

Y ¿cuál es la sensación más común, más comprensible del recién llegado después de unos días en la nueva tierra? Uno ya no está cansado, no está tan confundido, no está tan desubicado. Sin embargo, uno se pone nostálgico por lo que se ha dejado atrás. Y, ¿cuándo viene la nostalgia más fuerte? Pues, cuando pensamos en nuestra familia, nuestra tierra, nuestros seres queridos. De estas tres cosas se tratan los tres últimos poemas. Estas tres cosas y algo más.

Primero, familia. El poema se llama “Madre” y empieza con recuerdo puro: “Tu nombre viene lento como las músicas humildes / y de tus manos vuelan palomas blancas”. Sigue con la sensación del narrador de que lo recordado también está perdido: “Entre ti y el horizonte / mi palabra está primitiva como la lluvia o como los himnos”. Por primera vez el narrador reconoce la insuficiencia de sus palabras para revelar todo el misterio que encuentra en lo recordado, lo perdido.

Segundo, la tierra nativa, como espacio físico y también como función de su amada, extensión de su carácter, aspecto de su ser. Por el título mismo sabemos que en el poema que se llama “Campo” el narrador no nos está comunicando su amor por la jardinera, sino el anterior, el amor por la aldeanita del primer poema: “El paisaje salía de tu voz / y las nubes dormían en la yema de tus dedos”. Sin embargo al final cambia todo cuando el narrador recuerda el momento en que dejó su campo: “En el tren lejano iba sentada / la nostalgia / Y el campo volteaba la cara a la ciudad”.

Por fin llegamos al último poema del último movimiento. Éste evoca también el recuerdo de la amada, pero con un tono distinto al anterior. “Poema al lado del sueño” no es simplemente nostalgia. Las primeras cuatro líneas nos presentan un mundo perfectamente arreglado: “Cantos colgados expresamente de un árbol / Árboles plantados en los lagos cuyo fruto es una estrella / Lagos de tela restaurada que se abren como sombrillas”. Luego tenemos la imagen de la mujer del primer poema, pero no es una visión constante y concreta como las de antes, sino una visión fugaz y confusa, como todas las visiones que tenemos justo antes de dormir: “Tú estás aquí como la brisa o como un pájaro / En tu sueño pastean elefantes con ojos de flor… / …Eres casi de verdad / pues para ti la lluvia es un íntimo aparato para medir el cambio”. Y entonces viene una línea bastante extraña: “mou Abel tel ven Abel en el té”. No parece tener sentido literal, que es confuso como son nuestros pensamientos justamente antes de dormir, donde la única palabra repetida es el nombre “Abel”, quien murió asesinado por su hermano justo después de haber dado su última ofrenda a Dios. Y el poema termina con otra línea un poco extraña, “Distribuyes signos astronómicos entre tus tarjetas de visita”. Por supuesto, según creen algunos, leyendo los signos astronómicos, con el conocimiento de la fecha y el momento del nacimiento, uno puede saber todo acerca de su vida, inclusive del momento de su muerte. Sí, el narrador está “al lado del sueño” ?al lado de su sueño final.

Con dos líneas más de (auto)biografía, Oquendo de Amat termina 5 Metros de Poesía, esta obra novadora y genial que consiste, como hemos visto, en, primero, el viaje preliminar desde la inocencia, hasta la experiencia, llegando finalmente a la inocencia iluminada, que no es un estado de alegría pura, sino de una alegría complicada por el conocimiento de cómo es el mundo en que vivimos, de cómo vivimos y cómo morimos; segundo, en poemas escritos en la sala de espera del mundo, donde nos recuperamos, donde pensamos en lo que nos ha pasado, y en qué vamos a hacer después; tercero, en poemas de destierro y/o escape, donde el narrador deja atrás, ya sea por voluntad propia o por la fuerza, todo lo que ha conocido hasta entonces; y, cuarto, en poemas de nostalgia, donde el narrador piensa precisamente en lo que ha dejado atrás, y se prepara, y nos prepara, para su sueño final.

Así es, entonces, el marco en que el poeta Carlos Oquendo de Amat sitúa los momentos de poesía en los que el lenguaje que utiliza nos ofrece una nueva manera de ver lo sagrado ubicado en un sin fin de lugares banales (´Yanquilandia,´ oficinas cosmopolitas, jardines, comedores) y lo poético en un sin fin de objetos cotidianos (cartón, vasos , botones, papel, automóviles, pastillas, letreros, cintas, tarjetas de visita) con el fin de darnos una nueva manera de entender un sin fin de relaciones: entre el hombre y la naturaleza, entre el hombre y la ciudad, entre hombre y mujer, para nombrar sólo tres. Sin un marco tan sólido, los momento sublimes serían joyas mal engastadas, prontas a caerse en el olvido, y sin los momentos sublimes, el marco sería un cofre cualquiera, pero Oquendo de Amat usa su marco para fijar los momentos, y los momentos para enaltecer su marco, y en el proceso nos deja fortalecidos, enriquecidos, agradecidos.

Fin

 

BIBLIOGRAFIA

 

– Archibald MacLeish, “Ars Poetica”, Collected Poems 1917-1982, Houghton Mifflin Company, Boston, 1985.

– Carlos Oquendo de Amat, Voz de ángel. Obra poética completa y apuntes para su estudio, edición de Jorge Eslava, Editorial Colmillo Blanco, Colección de Arena, Lima, 1990.

– J.D. Salinger, Seymour, Una Introducción, Penguin Books, New York, 1963.

 

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