Cumbre

Novela con cocaína, de M. Aguéiev

                                   Por: Juan Pablo Torres

 

Un asunto serio.

Se habla de rescates. Hay colecciones de grandes sellos editoriales que llevan dicho término en la descripción de su nombre. Y son saludados las más de las veces con vítores cuyo entusiasmo silencia buena parte de las críticas, de las que saludan también la publicación, al final del análisis y, claro, de las otras. La amplia mayoría de lectores, pasada la ola del contagio, olvida y ni siquiera espera un nuevo redescubrimiento –y no nos referimos aquí a los auténticos descubrimientos, los puros, milagros que por su naturaleza solo pueden celebrarse–, mas, luego, reacciona con el mismo entusiasmo al siguiente. Quizá haga falta una mayor demanda. Al fin y al cabo, ha sido gracias a estas, en la labor de editores bien informados, que llegó a nosotros el arte de Irene Nemírovsky, Sándor Márai o Vasili Grossmann, y hasta de Elio Vittorini.

Pero…

Hace más o menos ochenta años, un sobre procedente de Constantinopla llegó a la redacción de la revista Cifras, que un conjunto de emigrados rusos dirigía por entonces en París; contenía una novela firmada por un tal M. Aguéiev. La revista publicó esta por entregas, bajo el título de Relato con cocaína, no obstante nadie sabía quién estaba tras aquel pseudónimo: la calidad de su trabajo era razón suficiente. No pasó mucho tiempo hasta que algunos críticos compararon la construcción y estilo de la obra con los de Nabókov y Bunin, insinuando, inclusive, que alguno de estos dos famosos podría ser M. Aguéev. Para cuando, en 1936, ahora con el título Novela con cocaína, fue publicada en versión íntegra por otra editorial parisina, se hablaba ya de una obra maestra, un nuevo clásico, y el aura de misterio en torno a su autor crecía. Cincuenta años después, las dudas fueron despejadas: El nombre: Marko Levi. Este moscovita judío, traductor y profesor de idiomas, envió el sobre a Francia debido a la imposibilidad de publicar su obra en la Rusia de Stalin.

La primera versión en español de la novela fue mérito de la editorial Seix Barral; apareció en 1984. La traducción fue hecha del francés por Rosa María Bassols. En 1991 Alba lanzó nuevamente el libro, con la misma traducción. Y no hubo más. La gran ola de rescates empezó, como sabemos, más de diez años después, en parte para hacer frente a la competencia editorial en formatos virtuales. En la que, por cierto, no figura catalogada la obra de Aguéiev.

Este sorprende más que otros casos, pues un asomo a las primeras páginas de Novela con cocaína bastaría para inducir a lectores de lo más exigentes a pensar en la necesidad de su reedición; su lectura completa, seguramente, les pondría de acuerdo con quienes la consideraron, desde su aparición, una de las cumbres de la literatura rusa del siglo XX. Lo cierto es que se trata de una cumbre oculta para el grueso del público lector que, habiendo disfrutado en español de Biely, Bábel o Búlgakov, descubriría en ella una propuesta de originalidad comparable a las de tales maestros. Tremendo, ni hablar.

Era lógico que el tema abordado en esta novela resultara controversial para su época. Hoy no deja de ser sorprendente el modo que eligió Aguéiev de hacerlo. En primera persona, con una frialdad que marca el tono del relato completo, Vádim Maslenikov, un adolescente de instituto, da cuenta de sus andanzas por el Moscú de antes de la revolución. En la difícil relación con su madre –debida, sobre todo, al desprecio que siente por ella–, su admiración por algunos compañeros de aulas, entre los que surgen rivalidades, así como a través de sus tórridas aventuras sexuales, el protagonista se revela cínico, a menudo cruel, mas su inesperado enamoramiento de Sonia, una mujer casada, le obliga a cuestionarse profundamente respecto de las actitudes que adoptara hasta el momento y su valor para reconocer y manejar las propias emociones. Finalmente, el rechazo de ella le lleva, en su afán de experimentar con nuevas sensaciones, a la adicción a la cocaína. Cada incidente significativo en el desarrollo de esta historia, lo analiza el narrador con extraordinaria agudeza, a la vez que lo ilumina con imágenes poderosas y sorprendentes.

Especialmente atractivo por momentos, repulsivo las más de las veces, Maslenikov, el personaje, crece en hondura, página a página, mientras navegamos con él haciendo de la suya experiencia propia, hasta el naufragio en la enfermedad del espanto. La capacidad de Aguéev para reflejar los climas que rodean a aquel, revelar con su mirada aspectos novedosos de lo que podría parecerle a otros carente de interés, tanto como provocar opinando respecto de múltiples convenciones, no pueden dejar a nadie indiferente. Insisto, algo tremendo.

La vida de instituto había sido abordada antes por Robert Walser y Robert Musil, el de las drogas lo fue por Thomas de Quincey, Sadeq Hedayat y el mismo Bulgákov, pero por puro mérito, la obra maestra de Marko Levi representa hasta nuestros días un referente ineludible de la vivisección de estos mismos y otros variados tópicos. El filo del estilete con que opera para el lector justifica la comparación que también se le hizo con el enorme Marcel Proust.

No podemos dejar de lado que Novela con cocaína, es cierto, deja sentir –lógicamente– su sabor a primera novela; este, quizá más evidente en el ritmo con que la historia se precipita a su final, brutal, sujeto sin más al plan de su estructura, que le permitió al autor redondear en sus consecuencias, evitando el riesgo de posibles páginas de más, el destino de su protagonista. A su modo, también, otro acierto.

Nada desmerece la demanda. Y cuán bien nos vendría una nueva traducción, esta vez directamente del ruso. Un verdadero gran rescate; hay que decirlo con toda seriedad.

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