Reproducimos para este homenaje el ensayo de la investigadora española María Antonia Ortega Hernández sobre la obra del poeta peruano Carlos Oquendo de Amat. Este texto fue originalmente leído en el marco del Congreso Internacional «Oquendo De Amat, Abril y la Vanguardia Hispanoamericana», realizado por la revista Dedo Crítico y la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, en 2005. Posteriormente, publicado por su autora en la revista El invisible anillo, N° 1, mayo-agosto, 2006.

 

 

Por: María Antonia Ortega*

Crédito de la foto: www.pixshark.com/vintage-luggage-paintings.htm

 

 

La maleta de Carlos Oquendo de Amat

 

Sabemos que en el papel verjurado la trama es horizontal y la urdimbre vertical. Definido como “papel que muestra las marcas de la malla del molde o del rodillo de filigrana utilizado en su fabricación” brinda una idea de superposición; y desde esta perspectiva es desde la que me propongo ahora abordar el tema de Oquendo de Amat; si se me apura desde la técnica del palimpsesto, desplegando los planos de los escenarios actuales sobre los mapas de los antiguos en los que transcurrieron los últimos días de la vida del poeta peruano, y que ahora aparecen suavemente velados por sus bordes como los de una película antigua, lo que les confiere mayor encanto.

Se trataba, cuando recibí la invitación para participar en estas jornadas, en las que lo que se pretende es rescatar viva su memoria, de cómo poder organizar desde el presente un encuentro fecundo, como un “retorno desde lo vivo a lo lejano” en expresión de Rafael Alberti, con el escritor peruano vecino, próximo, prójimo mío, incluso en sentido literal; ya que al parecer antes de Navacerrada estuvo internado durante algún tiempo en el antiguo Hospital de San Carlos, cuyo recinto constituye la sede actual del Centro de Arte Reina Sofía, en la Glorieta del Emperador Carlos V, más conocida como Plaza de Atocha en donde yo tengo mi domicilio.

Difícil será, por no decir imposible, poder alcanzar en mi actividad de exploradora algún punto a donde no haya llegado antes Carlos Meneses. O mejor será decir que cuando lo alcanzo siempre los encuentro juntos, a Oquendo y a Meneses; como por ejemplo, me sucedió con la noticia de la reedición en España, en concreto en el Taller del Libro, de Cinco metros de poemas a cargo de la encuadernadora María Manso y de Rosa Lozano, que recientemente han publicado 300 ejemplares de la obra; pues como me advirtió María Manso nada más ponerme en contacto con ella, Carlos Meneses había estado también, por sugerencia de las editoras, pendiente de esta edición actualmente agotada, a no ser que todavía quede algún ejemplar aislado en las librerías, lo cual será muy difícil de averiguar.

Reproduzco aquí un interesante comentario de Fernando Ferro con motivo de esta edición ejemplar en forma de libro-ventana, en la que se combina el color crema del marco con un fondo rojo, no intenso sino profundo, del mismo color tal vez que la camisa que quería Oquendo: “El objeto resultante tiene una inequívoca vocación escultórica, dado que la forma de fuelle genera una multiplicidad de situaciones espaciales y por esa vía conecta con el mundo japonés del ‘origami’, donde una simple hoja de papel a través del pliegue se transformará en un complejo campo de formas y volúmenes. Esto debe ser la magia”.

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En todo caso me confío a las reminiscencias a las que se refería Platón cuando aseguraba que el ser humano recuerda ideas innatas sobre cosas cuyo conocimiento no depende de su experiencia; así yo estoy segura de que en mi ciudad llamarían elogiosamente a Oquendo “el peruano”, el poeta, añadiendo seguramente a una pronunciación lenta, apofántica, toda la admiración que el madrileño suele concebir hacia el que viene de fuera, y más si llega desde muy lejos; pues si hay algo que aman mis paisanos, y entre ellos me incluyo yo, es el misterio, que nos da la sensación de que es como esa atmósfera refrescante en los portales de las antiguas casas incluso durante los días más calurosos del verano, pues las temperaturas mesetarias son muy extremadas.

He creído ver a Oquendo cruzando el paseo del Prado, junto al Hotel Nacional, en el que también se hospedó Rilke durante su breve estancia en Madrid; he intentado distinguirles, aunque distanciados por el tiempo que separa como un amor imposible, andado por calles estrechas, así la del Marqués de Toca, cerca de la Posada de San Blas; pensando tal vez que es Madrid una Venecia del cielo, y que sus tejados son sus canales.

 

Así que lo que me propuse es iniciar una ruta, abrir un camino de Oquendo, una vereda, una “vereda de cabras”, una peregrinación, una romería, partiendo de mi entorno más inmediato convertido de repente en testigo mudo, cuyo silencio intentaré interrumpir, de algunos de los momentos de la vida del poeta.

He oído que cuando trasladaron el antiguo Hospital de San Carlos y la Facultad de Medicina a la zona de Moncloa y a la Ciudad Universitaria, excepto algunas de las antiguas dependencias, los espaciosos recintos con sus largos corredores fueron temporalmente clausurados, y se convirtieron en refugio de tantos gatos como quizá recuerdos albergaban, siendo alimentados y respetados por algunos vecinos que acudían a depositar los comederos junto a los románticos muros; pero al ser rehabilitados para albergar el actual Centro de Arte Reina Sofía fue eliminada dicha población, cuyos maullidos en ese momento tuvieron que ser sobrecogedores, hablándose incluso de una encarnizada cacería; y este suceso dio lugar a una ruidosa protesta por parte de los alimentistas.

 

Recientemente fui a visitar la biblioteca del Colegio de Médicos, que se encuentra muy próximo, en la calle de Santa Isabel, y fui informada acerca de la dificultad de poder investigar en los archivos médicos de los hospitales, dada su fecha de caducidad, ya que resulta imposible su conservación definitiva, teniendo en cuenta las grandes dimensiones que pueden llegar a alcanza si se pretende acumularlos todos; ello no obstante existe un Instituto en la calle de Sinesio Delgado n°8 de Madrid, Instituto de Salud Carlos III, en donde se conservan los anales de las enfermedades epidemiológicas; y se encuentra en un rincón cercano a la Plaza de Castilla que durante los años de la vida de Oquendo estaba todavía casi sin edificar, lugar idóneo para construir centros de salud como el Hospital del Rey, en donde por su proximidad entonces con la naturaleza, podían ser atendidos enfermos que padecían seria afecciones pulmonares.

He de advertir que durante la peregrinación iniciada no he conocido todavía ningún aspecto relacionado con el recuerdo de Oquendo que pudiera resultarme sórdido o lóbrego; por el contrario, todo es alegre a pesar de su destino trágico, es decir individual e intransferible; como si obedeciese al designio que incluido en uno de sus poemas prohíbe la tristeza: “Se prohíbe estar triste” advierte en el poema “MAR”. Parece  como si hubiese escogido precozmente alguna vía de la santidad o de la sabiduría, es decir que se hubiese iniciado en el camino que conduce a la alegría a pesar de la adversidad, lo cual escandaliza al mundo; es decir, no lo entiende; por eso su obra a pesar de su brevedad no va a ser olvidada.

 

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A continuación me parece conveniente referirme a un verdadero artefacto, un objeto de arte que recuerda a las antiguas máquinas de cine, una cámara oscura que no interrumpe la lectura en su interior de los Cinco metros de poemas, como si se asistiese a la proyección de una película, utilizándose para ello una manivela de madera, a la que el espectador, que tendrá que inclinarse para ello un poco a no ser que posea la estatura de un niño, puede hacer girar manualmente desde el exterior, permitiendo la lectura íntegra del texto que, en virtud de este mecanismo giratorio, se puede ir desenrollando en su interior para ser leído a través de un pequeño visor dotado de ciertos efectos ópticos.

Un ejemplar de este objeto escultórico, del que se hizo una corta tirada, dedicado a los Cinco metros de poemas de Carlos Oquendo de Amat, cuya creación se debe a Claudio F. Pérez Míguez, se halla siempre expuesto en el Centro de Arte Moderno de la calle de Gobernador n° 25 del madrileño Barrio de las Letras, y forma parte de su fondo permanente, siendo accesible durante su horario de apertura a cualquier visitante que quiera de este modo, casi en vilo, familiarizarse con la obra de Oquendo, como antiguamente se leía de pie ante los facistoles.

 

Me recuerda el poeta Eduardo Scala, cuya obra podría emparentarse con la de Oquendo a pesar de que no pueda hallarse ninguna influencia entre las mismas, sino coincidencia, que los arabescos responden al propósito de sostener la continuidad de las palabras y de los signos ya sean simbólicos, semióticos o gráficos, hasta conseguir la creación de una palabra única.

Precisamente cuando por estos motivos, por el paralelismo que existe entre las obras de Oquendo y de Scala, o mejor dicho porque ambas son ya dos paralelas infinitas, deseaba incluir una referencia de la obra de Eduardo Scala en esta disertación, me encuentro con él, por casualidad o por causalidad, en el entorno de la Gran Vía, lo que da ocasión a que me dedique su último libro, El hilo del destino, publicado por la Universidad de León, en su colección Plástica&Palacra. Se ha dicho de Scala que sus libros están “concebidos como un todo único de un Cántico de la Unidad”, y que “forman una constelación de nuevos modelos poéticos, semióticos, manifestación de un prodigioso sistema iconográfico”; “con POE+ESPACIALES, 1987, inicia el ciclo POESIARQUITECTURA. Compone Genomatría, poema que apunta hacia el misterio del genoma. Libro impreso en papel continuo (1100 metros)”.

Encuentro, repito, a Eduardo Scala en pleno centro de Madrid una tarde de este verano, en los aledaños de la Gran Vía. Recordamos, junto con la poesía de Oquendo, las escaleras mecánicas de una de las primeras galerías comerciales de Madrid, denominada SEPU, cuyo establecimiento había permanecido abierto al público, desde que se fundó en el año 1934, precisamente en la Gran Vía. Los historiadores Angel Bahamonde y Luis Enrique Otero Carvajal recuerdan que “en 1923 los grandes almacenes irrumpieron en la capital con el Madrid-París, que en 1934 fue sustituido por e SEPU ?Sociedad Española de Precios Únicos? en la Gran Vía madrileña”.

Cuáles serían las primeras escaleras mecánicas de Madrid. Su mecanismo es uno de los más atrayentes entre los de las máquinas, funcionando en doble sentido de subida y bajada, como el ascensor en la poesía de Oquendo, en la que su entusiasmo por el mundo exterior y dentro de él por la máquina, que se comparte con otros escritores de la vanguardia, se sobrepone a cualquier tentación de narcisismo que es el peor enemigo de la poesía, sobre todo de la actual; pues mientras que el entusiasmo de la mirada es puro perspectivismo, creación de la visión, no solamente exterior sino también interior, por el contrario el narcisismo es su total ausencia. Este entusiasmo aparece también en la poesía del poeta malagueño Rafael Pérez Estrada, próxima sin duda alguna a la de Oquendo, si bien la de este último tiene muchos más elementos simbolistas; especialmente los de su tema del “jardín”. Siempre sostendré el gran componente del simbolismo, no solamente de vanguardismo, que existe en la poesía de Oquendo.

El espacio de aquellas vanguardistas galerías comerciales, que se cerraron como consecuencia de un expediente de regulación de empleo hace poco más de tres años, atraía a no pocos artistas. Y por cierto, que como acto de protesta contra su cierre, los dependientes del establecimiento, algunos de los cuales eran antiquísimos, por no decir viejísimos por no decir mitológicos, se pusieron en los escaparates.

Seguramente que Oquendo tuvo también que visitar alguna vez estas galerías, como Isabel Vidal, que también está ya en el jardín de la memoria perdurable. Si hubo algún evento que despertar mi interés por la poesía fue la visión de Isabel, que vivió con mis abuelos desde el año 1923, bajando en Béjar al jardín con su espesa cabellera blanca suelta sobre la camisa de dormir, para cortar a primera hora de la mañana las dalias y las rosas que un hermano de mi madre iba a depositar en la capilla donde reposan mis antepasados. Pues bien cuando mis abuelos que tenían su domicilio en la vecina calle de La Libertad estaban en Madrid, Isabel también gustaba de frecuentar SEPU y subir en las escaleras mecánicas. Así que el hilo del destino une en la misma visión, reúne bajo la misma luz, a Carlos Oquendo y a Isabel Vidal. El sentido de una visión es también el de lo posible, como los enunciados de los universales.

 

Dicho todo lo cual, no tengo más remedio que añadir que no ignoro en absoluto que Carlos Oquendo de Amat llegó a España sólo para pasar los últimos días de su vida, ingresando inmediatamente en los hospitales de San Carlos y en el de tuberculosis próximo a Navacerrada que fue derruido recientemente, sólo porque en su estado ruinoso se había convertido en albergue de menesterosos, lo cual creaba al parecer problemas de seguridad en las poblaciones vecinas.

Cuando Oquendo apareció en París con la aspiración de instalarse allí, en la confianza de que estaba a punto de cumplirse su deseo de trabar relación con los poetas franceses, su salud se hallaba ya tan deteriorada que en su embajada le recomendaron el traslado inmediato a España, para poder hacerse entender en su propio idioma; más creo yo que por compartir su ideología.

 

Al llegar a este punto no me importa confesar que empecé a sentir cómo me iba embargando una emoción intensa: la que se refiere a que el destino que como un ángel de piedra guió, al final, a la vida de Oquendo fue el sino del idioma que en el momento de la muerte sin duda alguna volvería a los oídos del moribundo como a una caracola el eco del mar. Con esta dedicatoria: “estos poemas inseguros como mi primer hablar dedico a mi madre” se inicia Cinco metros de poemas, salpicados pues por la ola de la lengua materna.

 

Pues la muerte siempre nos repatría a nuestro propio idioma, ?yo sé que moriré en español?, como la ola regresa al mar; y la seguridad de la palabra compartida,  ?ya que no hay nada que resulte tan cercano, ninguna convivencia tan íntima, (tan promiscua hasta el punto de que debería escandalizar), como el lenguaje?, es la que conmueve, modernizada, recordando el mandato de Rimbaud, cada generación por los poetas, no importa de qué edad pues en no pocas ocasiones la que está en flor escoge en poesía al más viejo; que son los poetas los que unen a la palabra, pues aman con ella, y pueden volver a pronunciarla recién sacada del horno sin quemarse los labios.

 

Qué sorprendente resulta que nuestro propio idioma haya sido bruñido como la plata con la voz de un poeta para siempre tan joven como Oquendo. El mismo vaticina en uno de los versos de su poema “Cuarto de los espejos”: “ETERNA Juventud Vejez ETERNA”. Que atrayente poder yo pronunciar en mi viejo idioma que se rejuvenece, que tintinea con ellos, versos como “y el campo volteaba la cara a la ciudad”. Sudamérica es el modernismo, como sentiría Valle Inclán. ¡Cómo fue estigmatizado, no sólo por la desgracia sino seguro que también por la alegría extremada, casi insoportable, el que llevaba en sí la palabra!

 

Aclaro que no se debería llorar nunca de tristeza y menos en el “hotel Cry” del poema “Mar” que se haya incluido en los Cinco metros de poemas, sino de emoción: el seis de marzo de este año murió mi padre, el cual me transmitió con la herencia familiar el amor a la palabra; precisamente falleció e mismo día que Carlos Oquendo, que lo hizo otro seis de marzo, pero de 1936.

Todas estas coincidencias no son sino signos del jardín de la memoria perdurable en el que siempre brilla la luz perpetua.

 

La línea 691 de la compañía de transportes LARREA avanza conduce desde el intercambiador de Moncloa hasta el pueblo de Navacerrada; y se da la extraña coincidencia de que a empresa transportista tiene el mismo nombre que Juan Larrea, poeta español que tras la Guerra Civil española se fue al exilio; nacido en 1895 y muerto en Córdoba (Argentina) en 1980, iniciado en las vanguardias, por cierto se vinculó con escritores hispanoamericanos como Vicente Huidobro y César Vallejo; además de desarrollar en sus libros de prosa teorías mesiánicas acerca de la misión de América en la historia.

 

Los últimos metros de mi trayecto, nunca mejor dicho que los recorro en compañía del poeta gráfico-místico Eduardo Scala que con la intención de cerrar el círculo, como se unen los extremos cuando se abre completamente, según él, el acordeón, formando una O, en este caso “O” de Oquendo, rodea y anilla su tumba, exactamente con cinco metros de uno de los poemas de Scala de gran metraje en el que se combinan sólo dos palabra: Verso/Anverso.

 

La belleza que ahora nos rodea es verdaderamente, es decir republicana y realmente majestuosa, y la luz casi transparente; pero hasta aquí he seguido mi camino tan sólo en uno de los dos sentidos posibles, en el biográfico que conduce hasta el desenlace de la muerte.

Ahora me corresponde sin embargo, regresar desde la muerte a la vida, al lugar del nacimiento del poeta, a su país, a Perú, para devolver su maleta cargada de emociones nuevas; volver en la dirección de los mitos y de los ritos, en compañía de los símbolos, pues como está reconocido por la tradición crítica que es el saber público y confiable, la función de aquellos elementos, míticos, rituales y simbólicos, consiste en regresar y devolver al origen, como a la maleta de Oquendo, y restablecer el tiempo originario.

Oquendo está vivo, y en Madrid es ya un poeta de culto.

 

 

 

 

 

 

 

*(Madrid, 1954). Licenciada en Derecho. Ha publicado en poesía: Épica de la soledad (1988), La viña de oro (1989), Descenso al cielo (1991), El espía de Dios (1994), Si, antología poética, o la existencia larvada (1998), Junio López (1999), La pobreza dorada (2003), Poema alemán (2003), Digresiones y rarezas, postales, recuerdos, souvenirs (2007), El pincel fino, a dreaming woman (2010), Hazversidades poéticas (2011), El emparrado, (2014). Su obra ha sido incluida en diversas antologías y, recientemente, su obra ha sido incluida en An anthology Spanish contemporary poetry (Hispanic Texts, Manchester University Press). Parte de sus poemas han sido traducidos al rumano y al italiano; y su obra ha sido analizada por la poeta y profesora Marta López Luaces en La poesía y sus máscaras (2008). Ha participado en diversos festivales de poesía y congresos en Perú, Letonia, Irlanda e Inglaterra. Se ha desempeñado como crítica y ensayista literaria para publicaciones y periódicos como “Los cuadernos del sur” del Diario de Córdoba.

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