Reproducimos la presente crítica escrita por Jonathan Molinet con ocasión de la publicación, en 1969, de una nueva edición del poemario 5 metros de poemas, de Carlos Oquendo de Amat por la editorial limeña Decantar. Esta nota crítica sobre el poemario y, además, sobre su autor y la importancia del mismo para la poesía peruana, fue publicada en la revista Diálogos: Artes, Letras, Ciencias humanas, Vol. 6, No. 6 (36), noviembre-diciembre, 1970.

 

 

Por: Jonathan Molinet

Crédito de la foto: Izq. Facebook Orlando Granda

Der. Cortesía Carlos Meneses

 

 

La locura, poesía de un surrealista peruano:

Carlos Oquendo de Amat

 

 

Fuera de algunos peruanos y eruditos, creo que era bastante poca la gente que conocía o había oído hablar de Carlos Oquendo de Amat. En 1967, Mario Vargas Llosa nos los arrojó en la cara, al principiar su discurso del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos. Las palabras del novelista seguramente han colaborado a sacar a este poeta del pasado: a que en Lima se haya reeditado su libro el año pasado, después de 42 años de la primera edición, y que ahora sea un objeto a la derecha de mi máquina de escribir ?tanto el libro como el autor? y a la vez alce el rostro de enmedio de los años.

Sería una mera especulación querer indagar cuántos libros se han perdido, sin que nadie llegara a encontrarlos. Entre nosotros, los cuentos de Moncada Ivar se empiezan a extraviar. En España, los poemas de Juan Alcaide van teniendo la misma suerte. Sabemos poco de la vida de Oquendo de Amat. Hay algunos datos en el discurso de Vargas Llosa, otros en alguna revista (que no pude localizar) y los que deben conservar los que han amado sus versos. Nació en Puno, 1905. Se fue a morir en Castilla, 1936. La guerra civil se encargó de dejarlo sin tumba. Estuvo en Centroamérica y, sin que se sepan los motivos, fue golpeado y torturado. Cuenta MVLL, que se murió vestido con una camisa roja. En 1927 se publicaron en Lima sus 5 metros de poemas.

“Abra el libro como quien pela una fruta” son las primeras palabras de la obra. Es un típico libro del surrealismo, en cuanto a disposición tipográfica y formato: una sola extensión rectangular de papel, que tiene un intermedio de 10 minutos, y una construcción de veinte poemas que en su mayoría son estupendos.

Seguramente leyó a Bretón (parece que junto con los poemas de Huidobro, Vallejo y Sobre los ángeles, son los mejores libros del surrealismo en lengua española) aunque pienso que Bretón no lo conoció, como sucedió con Cesaire. En Perú corresponde a la generación del 27. En cuanto a su autenticidad creadora y vigor poético, está solo.

“Le diste el vaso de agua de tu cuerpo/ y los dos reales de tus ojos nuevos”. Así termina el primer poema: “Aldeanita”. En “Compañera” escribe: Tú que llevas prendido un cine en la mejilla // qué pena / la lluvia cae desigual como tu nombre”. Sabemos que vivió en muy malas condiciones: provinciano en el barrio del mercado, en Lima, ahí iba desarrollando, ejerciendo el amor. Ahora el amor es un durísimo oficio y Oquendo de Amat lo practica y lo expresa con una densidad lírica a la que va incorporando nuevos elementos de la civilización como el cine.

Dentro de esta misma línea “romántica” hace otros versos, como “Eres una sorpresa perenne dentro de la rosa del día”. “Déjame que bese tu voz/ Tu voz/ que canta en todas las ramas de la mañana” y el poema final del libro, “Biografía”; “tengo 19 años/ y una mujer parecida a un canto”. Sacar pedazos de un poema es herirlo de muerte, pero hay que hacerlo. Tenemos prisa. Quisiera recordar un poema de Machado, “Hoy es siempre todavía”, para pensar en el último de Oquendo de Amat y dejar que esas líneas ?arbitrariamente seleccionadas? hablen.

“Cuarto de los espejos”, 1923: “En esta media noche/ con rejas de aire/ se agitan las manos/ ¿Dónde estará la puerta?/ ¿Dónde estará la puerta?/ y en este todo-nada de espejos/ ser de madera/ y sentir en lo negro/ hachazos de tiempo”. “Poema del manicomio”: “Tuve miedo/ y me regresé de la locura/ Tuve miedo de ser/ una rueda/ un color/ un paso/ Porque mis ojos eran niños/ Y mi corazón/ un botón/ más/ de/ mi camisa de fuerza/ Pero hoy que mis ojos visten pantalones largos/ veo a la calle que está mendiga de pasos”. El poema anterior al intermedio comienza: “Hoy la Luna está de compras/ Desde un tranvía/ el sol como un pasajero/ lee la ciudad”. Continúa: “Novedad/ Todos los poetas han salido de la tecla U. de la Underwood”; y termina: “compró para la Luna 5 metros de poemas”.

 

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2da edición de «5 metros de poemas», de Carlos Oquendo de Amat.
Editorial Decantar, Lima, 1969
Crédito de la foto: Facebook de Orlando Granda

 

Estas citas son completamente arbitrarias. La primera cuestión importante es que los versos han sido puestos como si se tratara de poemas convencionales, en cuanto a disposición tipográfica, lo que no ocurre en general; en Oquendo de Amat, toda la disposición tipográfica cumple una función específica: está al servicio de lo que nos está diciendo. Tenemos prisa y poco espacio. Son claras algunas coordenadas importantes del trabajo del poeta. Detrás de cada uno de estos fragmentos hay convivencia con otras personas, datos de lectura y vivencias psicológicas que se han transformado en palabras, en palabras con una cierta estructura y que las llamamos poemas. Hay, entonces, un proceso de transformación de una materia dada: el lenguaje; un tipo específico de praxis que culmina imprimiendo una forma a ese lenguaje que termina sujeto a ciertas reglas. Éste es el proceso que hay que concretar y describir.

Desde el ángulo sociológico-histórico, el rasgo decisivo de la poesía lírica es de rompimiento radical entre el mundo y el que escribe. Estéticamente, se trata de tomar ese elemento y mostrar que sólo podemos llegar a él a través del propio poema. “Y si enloquezco, mejor para mí” piensa un personaje de Bellow. En el mundo descrito por Rimbaud: “Yo es otro”, el anhelo de locura es el camino para romper con el mundo. Es cierto que éticamente es una salida falsa, pero a veces se llega ahí por el propio trabajo estético. Como una cuestión de madurez, parece que eso es lo que sucede en Oquendo de Amat. El lenguaje poético, en cada caso, va desarrollando sus propias leyes y rasgos específicos. Así, aparecen una ingenuidad meditada, casi la magia y la ternura, junto a un mundo que se rompe en interrogaciones, en imágenes repetidas. Pero es necesaria también una férrea lógica interna, una progresión para someter al lenguaje a la construcción estética. Oquendo de Amat siente encima el tiempo que lo va haciendo pedazos mientras el mundo se le cierra y parece no haber salida. Los espejos de que está sembrada la civilización: Oquendo de Amat escribía en 1923. El cine irrumpe en la civilización. Los mejores poemas del libro, en mi subjetiva opinión, son: “Film de los paisajes” y “New York”. Algunos pasajes del primero: “Las nubes/ son el escape de gas de automóviles invisibles/ Tocaremos un timbre/ París habrá cambiado a Viena// Somos buenos/ y nos pintaremos el alma de inteligentes. Poema acéntrico: En Yanquilandia el cowboy Fritz/ mató a la oscuridad/ Nosotros desentornillamos nuestro optimismo// Esto es insoportable/ un plumero/ para limpiar todos los paisajes/ y ¿quién/ habrá quedado?/ Dios o nada/ (véase el próximo episodio)”. Del segundo poema es más difícil sacar muestras. Importan dos momentos colocados uno frente a otro: “Coney island/ la lluvia es una moneda de afeitar” y “Wall Street/ la brisa dobla los tallos/ de las artistas de la Paramount”. Más abajo, en una línea vertical “Time is money”, y a la derecha dos líneas: “Diez corredores/ desnudos en la Underwood”. Luego, con una presentación más convencional: “Charleston/Rodolfo Valentino hace crecer el cabello/ Nadie podrá tener más de 30 años/ (por qué habrán disminuido los hombres 25 centímetros/ y andarán oblicuos sobre una pared)/ Mary Pickford sube por la mirada del administrador// Aquí como en el primero nada se sabe de nada”. Termina el poema: “Y la mañana/ se va como una muchacha cualquiera/ en las trenzas/ lleva prendido un letrero/ se alquila/ esta mañana”. Estas dos últimas líneas están enmarcadas, como si fueran un aviso. En el texto titulado “Mar” hay otro aviso enmarcado que dice: “Se prohíbe estar triste”. Ese mismo poema termina así: “Y el doctor Leclerck/ oficina cosmopolita del bien/ obsequia pastillas de mar”. El mismo poema aclara que es el año 2100.

Otro de los poemas decisivos es “Amberes”: “El cielo de pie con su gorrita a cuadros/ espera/ los pasajeros de américa/ de américa// Los curiosos leen en sus ojos paisajes de América/ y el puma que abraza a los indios en sus botas/ surtidores de oro/ Por supuesto de sus labios/ volará cuna cacatúa// ahora/ los navíos educados/ regresan a sus nidos/ y hay saludos para América/ en las fuentes de agua”.

 

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Poeta Carlos Oquendo de Amat en Juli-Puno
C. 1925.
Cortesía: Carlos Meneses

Las citas podrían continuar: simplifican el trabajo. Pero es tiempo de terminar. Creo que se demuestran las ideas generales expresadas arriba. Se incluyen otras cuestiones, como una perspectiva del futuro. El cine comienza a jugar un papel muy importante en todo el trabajo. “Film de los paisajes” y “New York” obedecen a una construcción cinematográfica, en el sentido de la aplicación literaria de ciertos recursos del cine, que cumplen una misión distinta a la progresión de las imágenes fílmicas y que aquí logran dejarnos claros los contenidos del poema. Se establece una relación muy especial entre el sujeto y el objeto, entre el poema y el lector. La fuerza visionaria de Oquendo de Amat nos golpea directamente. Hay una técnica específica del final que nos obliga a recuperar todo el poema y a que quedemos vibrando en una frecuencia determinada. Nos obliga a retomar el mundo desde un ángulo que no es del todo habitual.

Los poemas de Oquendo de Amat se tornan poemas líricos en la medida en que expresan un tipo de ruptura particular con el mundo habitual, cotidiano. Surgen la ingenuidad meditada, la reflexión sobre el mundo. Son poemas de una clase social que desemboca en cierto agnosticismo, pero que también posee cierta convicción sobre el futuro. Después de estas aproximaciones, se antoja cuestionar en su conjunto el propio oficio de hacer poemas. Es cierto que son casi inútiles, que Miguel Hernández o Vallejo o  Heraud casi no alteraron en nada el curso de los acontecimientos. Pero siguen siendo necesarios. A veces hay que buscar a estos poetas que se hicieron pedazos escribiendo.

Si se le ocurre ir a la librería más cercana a su corazón probablemente consiga el libro de Oquendo de Amat, Carlos: 5 metros de poemas, Colec. Retorno, Editorial Decantar, Lima. 1969. Lo mejor que podemos hacer por estos hombres es leerlos. Sabemos por Pavese que el “humanismo no es una poltrona” y que siempre al principio de un libro está un hombre y al final, cada lector, está otro. En cierta forma, a eso se reduce la cultura.

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