Vallejo & Co. presenta cuento un absolutamente inédito en español del reconocido poeta expresionista alemán Georg Heym (1887-1912), en traducción de Montserrat Armas. Sobre el texto, se trata de un relato corto titulado Die Bleistadt (‘La ciudad de plomo’), el que se cree fue escrito en el verano de 1911 y que fuera publicado originalmente de manera póstuma junto a Die Särge, Skizzen y otros. Este relato forma parte de un conjunto de cuentos que, por lástima, no pudieron unificarse cuando se publicó el volumen de cuentos El ladrón, de Georg Heym.

 

 

Por: Georg Heym

Traducción y nota: Montserrat Armas*

Crédito de la foto: Izq. www.morgenweb.de

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La ciudad de plomo[1]

 

 
Bum. Un terrible golpe de timbal desgarró el aire y la majestuosa luna se elevó como un gran cohete ardiente. Era como un enorme disco de cobre en el muro de un gigantesco templo. Y planeó en las nubes negras como una roja carcajada que se desliza por el rostro negro de un ángel exterminador.

Iluminó los inmensos e infinitos desiertos, en los que se desvanecían las torres de la ciudad de plomo, pequeñas y arrugadas por la luna como pequeñas y famélicas plantas, y ante los ojos de los caminantes se agitaban en el aire tenue como si las ondas luminosas de la luna las hubiesen transformado por una vibración misteriosa.

Ese era, por tanto, el misterio del desierto. Entonces los vientos, cada vez más altos, habían soplado durante milenios la ardiente sabana de blanca cabeza, las grandes montañas de arena, las enormes dunas, habían quemado cada vez más desoladores, habían calentado cada vez más terribles. Por eso, todos los oasis se habían secado; por eso, el agua en los odres de los camellos se había vuelto tan salobre y fétida como el agua pantanosa.

Sus guías se habían extraviado, ciegos y dementes, seducidos por fuegos fatuos, señales falsas, extraños cambios de lugar de las montañas de arena. Algunos de los tuaregs se habían vuelto locos, habían perdido a sus guías en la arena, algunos habían sido llamados como por voces absolutamente misteriosas, de repente se habían apartado de la hilera de la expedición, precipitadamente habían descendido montados a caballo los valles de arena, todavía se les veía aparecer a veces sobre la cima de una duna lejana. Entonces desaparecían en el desierto. Y la caravana se paralizaba de espanto. Algunos, de repente, habían perdido la vista y agarraban con sus manos el aire vacío, los otros, con frecuencia, se negaban ya a guiarlos. Y sólo los habían podido empujar hacia adelante al ponerles los fusiles en la nuca. La ciudad se había rodeado de una muralla de hechizos, invisible, y los cielos, que ellos atravesaban, eran como grandes muros de vidrio que debían guardar el último secreto del continente negro.

A veces, sus pies habían estado como sujetos; a veces, los asaltaba un sueño excesivamente largo. Y, durante la noche, horribles visiones los expulsaban de sus tiendas.

A veces, ante sus ojos, parecía arder todo el cielo, y arrojar al cenit horribles protuberancias como un monstruoso sol. Entonces sus venas abrasaban por el calor y salían de sus sienes como gruesos bultos azules. Y el desierto se volvía cada vez más solitario e infinito. La caravana, como un caracol blanco, se arrastraba por las montañas de arena hacia arriba y hacia abajo, subiendo, bajando, en una espantosa monotonía. Y el fluir eterno de la arena parecía crecer en sus orejas a veces como un trueno subterráneo.

Cuántos habían muerto. No lo sabían; por último, ya ni se esforzaban en contar los muertos. Tampoco se los enterraba. Si uno caía muerto de la silla, así permanecía tendido, justo donde había caído. Los otros, pronto, cabalgaban sobre él con abúlicos ojos, y su sangre se disecaba en sus sillas. Sus cabellos se volvieron blancos, sus voces se secaron, sus recuerdos se perdieron, se sentían como si sobre ellos se sentaran grandes vampiros amarillos que se balanceaban en sus sienes, y contemplativos hundían su boca, que era como una delgada trompa de elefante, entre las grietas de sus cráneos reventados.

A veces, grandes pájaros blancos pasaban sobre ellos en salvajes bandadas, de dónde venían, adónde volaban.

A veces, detrás de las montañas de arena, que se hundían en la luz del crepúsculo, oían el sonido salvaje de una música militar, como miles de tambores; a veces, desde el horizonte, agitado por el calor, asomaban enormes monstruos como grandes elefantes blancos que otra vez habían desaparecido de pronto. Y la duración de su viaje se hacía cada vez más interminable e interminable; como un hilo blanco manaban los hilos de la barriga de una gran araña blanca, que flotaba a su lado como una enorme nube blanca. Descansaba, cuando ellos descansaban; caminaba, cuando ellos caminaban. Y su cercanía los atormentaba, no se atrevían a mirar; cuando a veces volvían la cabeza para mirarla furtivamente, ya se había ido. Allí sólo quedaba una gran mancha blanca, enigmática, en el aire ardiente. Pero si se giraban, entonces aparecía de nuevo, y les perseguía de forma vampiresca, vigilante, incesante. Y sentían sus grandes ojos saltones, rojos, en su nuca, como el frío tentáculo de un pulpo hinchado.

A veces, les parecía como si vagaran eternamente en círculo, año tras año, bajo el mismo cielo, desterrados al mismo movimiento giratorio, como satélites de una misteriosa constelación invisible que los mantenía en su trayectoria y los hacía oscilar a su alrededor, como un prestidigitador que deja girar en torno a su cabeza una esfera.

Así pasaban ante un cielo eternamente parecido, en el que recortaban sus siluetas, entre la mañana y la tarde.

Casi olvidaron sus nombres, su lenguaje se redujo a las más simples expresiones, hundieron sus pensamientos dentro de sí, como ensordecidos por una catarata que brama eternamente.

Una mañana despertaron en el fondo de un valle cubierto de arena. Estaban solos. Sus guías habían desaparecido con los camellos, sólo unas pocas bolsas de agua se hallaban todavía alrededor en la arena.

Y los guardianes de los guías yacían con las gargantas cercenadas en la arena. Y el blanco sello del horror estaba grabado en sus frentes.

((Ahora avanzan a pie. Oyen rodar una carreta, ven caballos.))

 

Tumba Georg Heym, Berlín, 2015 (II)

Tumba del poeta alemán Georg Heym en Luisenkirchhof, Berlín (2015).
Crédito de la foto: © Roberto A. Cabrera
El 30 de octubre de 1910, el poeta anotó en su diario el deseo que en su tumba no apareciera ningún nombre sino la palabra KEITAI: «Él duerme, él descansa». Sin embargo, cuando enterraron a Georg Heym, sus padres, haciendo caso omiso de lo que aparecía en su diario, pusieron en su lápida una inscripción, al parecer tomada de un salmo. En 2009 una admiradora de la obra del poeta no sólo restauró su tumba, que estaba deteriorada, sino que además hizo colocar un pequeño obelisco en el que hizo grabar aquella palabra, cumpliendo así con la voluntad del poeta.
(Montserrat Armas)

 

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(versión original en alemán)

 

Die Bleistadt

 

 

 

**(España, 1969). Doctora en Filosofía con interés creciente por la cultura alemana. Sus estudios sobre Friedrich Nietzsche, Arthur Schopenhauer y Richard Wagner dieron como resultado varios artículos publicados en diversas revistas de Filosofía. Ha publicado como traductora El mundo como voluntad y representación (2005) de Arthur Schopenhauer y En mitad de la vida. Poesía completa (2007) de Hermann Broch. Actualmente se interesa en el Expresionismo alemán, tanto en su dimensión literaria como artística.

 


[1] Tomado de Georg Heym, Gedichte und Prosa, Fischer Bücherei, Frankfurt am Main und Hamburg, 1962.

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