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Por Eduardo Moga*

Crédito de la foto (izq.) Godall Ed. /

(der.) www.es.wikipedia.org

 

 

Un fracaso luminoso.

Sobre Penumbras (2019),

de Jordi Valls

 

 

Jordi Valls** es autor de trece libros de poesía (uno de ellos, Última oda a Barcelona, escrito a cuatro manos con Lluís Calvo), de los que nueve aparecen representados en esta antología. Penumbras es, pues, una recopilación amplia y, sobre todo, dilatada en el tiempo: como señala el antologo y traductor, José García Obrero, que he hecho un buen trabajo en ambas facetas, ha pasado casi un cuarto de siglo desde el primer poemario, ¿De dónde nacen las penumbras? (1995), hasta el más reciente, Pollo (2019), de título admirable. La de Jordi Valls es una obra extensa, sostenida, coherente y que describe un arco evolutivo perfectamente reconocible en Penumbras.

Valls es cernudiano: describe el contraste, o la distancia, o el choque, entre la realidad y el deseo, entre lo que nos rodea en el mundo y lo que bulle, deseando materializarse, pugnando por surgir, en nuestro interior. Y lo que nos rodea en el mundo es, en sus poemas, lo más inmediato, lo más cotidiano: las relaciones familiares, las gestiones domésticas, la vulgaridad vecinal y urbana, la chatura de las cosas. En «La isla misteriosa», por ejemplo, lo que sucede, sucede en una bañera, bajo cuya superficie anodina ocurren cosas extraordinarias: «Así, inmerso en la bañera/ me palpo los pectorales, el mapa del fondo marino,/ algas blancas y negras, donde se oculta la fauna/ epidérmica al ritmo de corrientes abisales,/ las carreteras de los submarinistas que indagan/ en los sustratos mientras van y vuelven, un poco más,/ y el bajo vientre crece como un volcán amoratado/ dispuesto a superar los límites de la isla misteriosa». De todas estas cosas encerradas en la intimidad de lo inmediato habla Jordi Valls, o, mejor dicho, todas ellas le dan el pretexto para que hable de lo ausente, de lo ambicionado.

 

El poeta Jordi Valls.

 

La pasta anodina que nos engulle, en la que se hunden todas las ansias por alcanzar otro mundo, otra realidad, tiene un impacto en la conciencia y los anhelos (que no se formulan explícitamente, sino que se deducen de la afirmación de sus contrarios), que el poeta refleja en forma de desengaño, de frustración, de fracaso, como subraya García Obrero en el atinado prólogo, aunque siempre expresados con ironía, que es una forma de protección, una coraza frente a la derrota. En «Violencia gratuita», leemos: «Lo he perdido todo antes de nacer (…) // Solo soy carne de cañón, / un bistec más a la plancha insatisfecho / y anónimo, un fracaso cualquiera, como tú. // Por ello, cada día vivido, cada noche, / es un magnífico triunfo sin precedentes, / un todo ganado a la violencia gratuita». La reiteración y ahínco con los que se formula esta experiencia del fracaso recuerda el lúcido dictum de Samuel Beckett, tan orientador para muchos: «Fracasa más, fracasa mejor». Hay en Penumbras un tono despreocupado, distante, casi risueño a veces, con el que se pretende conjurar este chapoteo vacuo en lo torpe, en lo áptero.

El fracaso deviene también fracaso existencial, y supura soledad y nada: «Tú, el más solo de los hombres, / (…) cansado, te sientas / en el suelo polvoriento, respiras el vacío, sonríes», dice Valls en «La amnesia». La identidad se ve asimismo tiznada por las penumbras de los días, y se pregunta por sí misma: «Morir para nacer y de nuevo nacer para morir. / Camino sobre mis propias cenizas / y veo cómo mi cuerpo incinerado se esparce / a lo largo del camino», escribe, senequista, sartreano, en «Oratorio». La muerte, en fin, ahueca las alas sombrías para darnos cobijo: «La gente no muere, se levanta / de sus tumbas y avanza en dirección / recta a nuestra única vida que reclaman / como propia», reza «Cultura». La insignificancia, en fin, acosa al yo lírico. Y, frente a tanto desastre (pero siempre desastre sutilizado, asordinado), en un curioso poema, «Canto espiritual», Jordi Valls interpela a Dios en busca de su antigua amistad, del apoyo que le ofreció en el pasado para sobreponerse a la tiniebla circundante. En él expone su desencanto y su nihilismo («no creo en nada»») y el motivo clásico del silencio de Dios, esa «inmensa epopeya»», como lo llamó George Simon. En el Cántico espiritual, San Juan de la Cruz pregunta: «¿Adónde te escondiste?». Pero en esta confesión de su vacío, y de la ausencia de Dios ―porque Dios, como casi todos sabemos, no existe, o, mejor dicho, solo existe en la mente de quienes creen en Él: de quienes lo crean―, Valls hace lo que reclamaba Philippe Jaccottet: persigue «encontrar el lenguaje que traduzca con fuerza soberana la persistencia de una posibilidad en lo imposible», trata «de inventar el canto de una ausencia», de ser el hombre «que habla contra el vacío». El desengaño divino, trascendente, en fin, recae también en otra instancia salvadora: la propia poesía, contra la que se manifiesta, burlescamente, en varios poemas de Penumbras, como «Contra los poetas» o «Arte inútil», donde leemos: «La poesía no existe. (…) / escribes poesía porque sabes que no existe».

 

 

Todos los conflictos antedichos (realidad-deseo, vulgaridad-elevación, mundo-espíritu) encuentran una de sus metáforas más expresivas en el clásico binomio luz/oscuridad. Así sucede en «A», cuyo primer verso dice: «Han encendido la oscuridad», y también en el elocuentemente titulado «La luz es oscura», construido con un largo encabalgamiento contenido entre guiones, donde aparece el motivo milenario de la luz negra, filtrada ahora por una persiana, ese elemento tan doméstico. De la oscuridad como luz nos habla el salmista, y tantos otros: Nerval, Valente, Neruda, Celan, Paz. El oxímoron encarna una voluntad unitiva que suture la escisión existencial: el deseo de reducir la fractura que nos separa, por el simple e incomprensible hecho de haber nacido, del universo y de nosotros mismos.

Jordi Valls es un poeta de acentos expresionistas, sincopado pero fluido, a quien le gusta la repetición (que remacha el significado y despierta asociaciones sonoras y, por lo tanto, de pensamiento) y que no rehuye, por influencia de unas vanguardias bien asimiladas, los efectos visuales, que incluyen esbozos de caligramas. El desvío sintáctico se acentúa en Mal y lo surreal asoma en la realidad fantástica, transformada, del último poema, «Se me ha caído el sexo desde la ventana del ático», perteneciente a Pollo, que empieza como dice el título y acaba así: «Reclamo al jefe de la pandilla el collarcito donde lleva colgado mi sexo como si fuera un trofeo. Me dice, con una sonrisa encantadora, que soy la chica más bonita que ha visto nunca. Y se me suben los colores, erizada, como un gato doméstico en manos del veterinario, que tiene cara de nube y no puede parar de llorar».

La poética de Jordi Valls se recoge en el ya mencionado «Arte inútil» y también en la elegía «Wislawa». El aparente nihilismo del primero y todo el segundo, fúnebre pero encendido, esconden un perfil nítido, que es el de la obra compendiada en Penumbras: pureza, sutileza, incomodidad, paradoja, vida.

 

 

 

 

 

*(Barcelona-España, 1962). Poeta, crítico y traductor. Licenciado en Derecho y licenciado y doctor en Filología hispánica por la Universidad de Barcelona (España). Ganador del premio Adonais (1996), al mejor poemario del año de la revista Quimera (2013) y del Latino Book Award (EE. UU., 2014). Ha traducido a autores como Ramon Llull, Frank O’Hara, Évariste Parny, Charles Bukowski, Carl Sandburg, Tess Gallagher, Arthur Rimbaud, Billy Collins, William Faulkner, Walt Whitman y Jaume Roig. Fue codirector de la colección de poesía de DVD ediciones (2003-2012). Actualmente, es director de la Editora Regional de Extremadura y coordinador del Plan de Fomento de la Lectura y, en lo personal, es director del blog Corónicas de Españia (www.eduardomoga1.blogspot.com.es).  Ha publicado en poesía Ángel mortal (1994), La luz oída (1996), El barro en la mirada (1998), Unánime fuego (1999), El corazón, la nada (1999), La montaña hendida (2002), Las horas y los labios (2003), Soliloquio para dos (2006), Los haikús del tren (2007), Cuerpo sin mí (2007), Seis sextinas soeces (2008), Bajo la piel, los días (2010), El desierto verde (2011), Insumisión (2013), Décimas de fiebre (2014), Dices (2014) y El corazón, la nada (Antología poética 1994-2014) (2014); en libros de viaje La pasión de escribir. Relato de tres viajes a Hispanoamérica (2013); en ensayo De asuntos literarios (2004), Lecturas nómadas (2007), La poesía de Basilio Fernández: el esplendor y la amargura (2011), La disección de la rosa (2015) y Apuntes de un español sobre poetas de América (y algunos de otros sitios) (2016).

 

 

 

**(Barcelona-España, 1970). Poeta y ensayista. Obtuvo los premios Martí Dot, Vila de Martorell, Senyoriu d’Ausiàs March, Gata de Gorgos, Grandalla de Andorra, Cadaqués a Rosa Leveroni y Jocs Florals de Barcelona, primer «poeta de la Ciutat» 2006-2007. Ha publicado en poesía (en catalán) D’on neixen les penombres? (1995), Natura morta (1998), Oratori (2000), La mel d’Aristeu (2002), La mà de batre (2005), Violència gratuïta (2006), Última oda a Barcelona (2008, en coautoría con Lluís Calvo), Mal (2013), L’illa misteriosa (2015), Guillem Tell (2016) y Pollo (2019); así como la antología de su poesía en edición bilingüe (catalán- castellano) Penumbras (2019).

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