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El cuento “Soy transparente como una santa” que Vallejo & Co. presenta hoy, es parte del libro de relatos Hemisferio ser (inédito), de la autora.

 

 

Por Patricia Matuk*

Crédito de la foto la autora

 

 

Soy transparente como una santa.

Cuento de Patricia Matuk

 

 

Cada vez que me le acercaba con su plato de comida el hermano Andrés hacía un comentario sobre los mosquitos que nos acechaban o sobre las hormigas que nos iban invadiendo como los indios que atacan a una caravana en una película western, como las que veía con mis hermanos cuando era niña. Sus bromas me hacían aguantarme toda mi risa hasta que ya no podía más y él aprovechaba de esos momentos de debilidad para hacerme sacar una entrañable carcajada que yo misma desconocía en mí, me doblaba sin quererlo y el sonido me venía desde dentro de los huesos explotando en un leve movimiento de cadera hacia adelante, a la vez que un incontrolable castañetear de dientes que ocultaba tirando la cabeza para atrás. Hacía tiempo que esos males no me molestaban, y cuando se los comenté al hermano Andrés contándole que había recaído en ese castigo endemoniado desde mi llegada a San Esteban del Santo Estero, éste me devolvió la confianza explicándome que nada tenía que ver el demonio en aquello y que no se trataba de una enfermedad, sino de un simple sonido que él ya había visto producir a otras criaturas del Señor. Sus explicaciones eran siempre coherentes y hacían que la vida en San Esteban del Santo Estero fuera más llevadera, a pesar del aislamiento o a causa del aislamiento a que nos vimos sometidos desde que la crecida del río terminó por devastar el último puente que nos tendía la vida civilizada, después de que la diócesis, falta de fondos, dejó de enviarnos mensualmente la ayuda en víveres y dinero que en esos parajes no sirve para gran cosa.

Algo nos hacía pensar que del otro lado ya nos daban por muertos, pero nuestra fe y oraciones, y el coraje que nos infundía el hermano Andrés, nos hicieron superar las mayores dificultades. Aprendimos a hacer galletas que cambiábamos en un caserío lejano al que accedíamos por el río en una canoa que el hermano Andrés mismo decidió fabricar con la ayuda de unos indios de la región a los que supuestamente habíamos ido a catequizar.

Convivir con los indios de la selva no era fácil, pero tampoco difícil a pesar de que las hermanas Clemencia y Bernabé nunca se habituaron a la desnudez púdica con que los indios llevaban a cabo sus tareas cotidianas resistiéndose a portar las prendas que una vez se probaron y que quedaron para siempre amontonadas en un fardo que al cabo de años ya nadie se preocuparía en proteger de la lluvia.

Las tareas y responsabilidades estaban, sin embargo, distribuidas en San Esteban del Santo Estero, y es así que a la hermana Clemencia le tocaba lavar la ropa y a la hermana Bernabé recolectar frutos, tareas que preferían hacer juntas para acompañarse de cánticos que les ayudaban a olvidar, por momentos, el lugar donde se hallaban. A mí me tocaba, entre otras cosas, ocuparme de dar de comer al hermano Andrés cuando las hermanas Clemencia y Bernabé se alejaban juntas con grandes canastas y acompañadas por niños, lo cual indicaba que la jornada de recolección sería larga. Su técnica era simple, con ayuda de los niños accedían a los frutos de los racimos más altos a cambio de galletas con formas de animales del África que ellos desconocían y sabían apreciar. La adquisición del resto de cosas y de los ingredientes de las galletas era labor del hermano Andrés. Él se encaminaba sólo en su canoa, viajando por parajes inhóspitos varios días con sus noches, atravesando los mayores peligros, como boas, tigresas o jabalíes, cuyos encuentros nos describía a su retorno a la hora de la cena, antes de irnos a dormir muertas de miedo con imágenes que sólo a mí me quitaban el sueño.

Una mañana en que las hermanas Clemencia y Bernabé habían salido temprano a recolectar fruta, tras una de esas veladas llenas de historias de caimanes y serpientes que les abría el apetito, me tocó a mí servir el desayuno al hermano Andrés. Llevé a la mesa unas galletas y un plato con bananas hervidas, demasiado calientes para comerse en el momento. Tras intentar llevarse un bocado a la boca el hermano Andrés apartó el plato dejando caer la cuchara de madera. Traté de retirarlo de la mesa para buscar traerle otro más frío sirviendo del borde de la olla. Pero el hermano Andrés me cogió del brazo manteniendo la mirada a lo lejos, como si viera más allá de la espesura de la selva. La sola idea de que se hubiera enfadado conmigo me parecía el peor de los pecados. Su rostro brillaba a causa del calor y la humedad del aire, y en la mejilla pude distinguir un rasguño que disimularan las velas mortecinas de la noche anterior entre sus barbas pelirrojas y que hoy era vestigio de alguna rama espinosa o animal salvaje que puso a prueba su valor tratando de interponerse en su camino de regreso a San Esteban del Santo Estero.

Me retiré de un tirón, no porque su mano con que todavía me cogía del brazo me hiciera daño, sino porque los dientes me empezaron a castañetear, y para mí era vergonzoso no poder controlar ese ruido, que a decir de las hermanas hacía incluso cuando dormía. Me retiré a la pieza que llamamos cocina. El hermano Andrés me habló llamándome “Caridad” y no hermana Caridad que es como se me conoce desde que estoy casada con Dios. Los dientes habían dejado de castañetearme así que volví a su lado y me paré cerca de él para mirarle la herida cogiéndolo de la cabeza como lo hiciera mi madre cuando llegaba de la escuela con la huella excesiva de algún juego no tan santo. Me pareció que su respiración comenzaba a acelerarse, entonces me aparté.

—Continúe, hermana Caridad —me dijo con su voz estentórea— no tenga miedo del hermano Andrés, sus santas manos son cual emisarios celestiales que remedian los males posándome sobre las nubes como los ángeles de las pinturas de la Capilla Sixtina.

Me tomó de las manos y me las puso en sus sienes. Yo pensaba en la Capilla Sixtina y creo que comencé a ver, como por milagro, a los ángeles y las nubes y los colores del cielo de Michele Angelo, porque el hermano Andrés no me dejó. Se acercó más a mí y colocando su oreja en mi vientre me dijo que yo era una santa y que todo lo que quería era que conociese de prisa los más grandes misterios celestes. Lo que me dijo, con aquel tono que jamás le había escuchado en la misa, me sonó a Palabra de Dios, por eso permanecí así unos instantes, con él pegado a mí.

—¿Hay alguien aquí?— llegaron súbitamente las hermanas Clemencia y Bernabé con sus hábitos cada vez más andrajosos a causa del trajinar por la maleza. Entraron por la puerta que comunica a la cocina con lo que todavía llamábamos huerto, como lo fuera hasta antes de que las crecidas del río arrasasen con todo, incluido el Santo Estero bendecido desde Roma, con el que en vano bautizamos el lugar. Ese lugar en el que el tiempo nos obligaba a vivir como el resto de mortales, pero con ropa y construir las casas con la ayuda de los indios del Señor, desnudamente púdicos y serviciales. Las hermanas traían una canasta de fruta y una caja con tomates que trocaron por galletas con unos adolescentes vestidos con tenidas breves que llegaron en una canoa y que acamparon en la orilla.

Por ir a mirarlos al día siguiente dejé de ocuparme de la cocina por un momento y el hermano Andrés me lo reprochó. Llegó con unos trozos de leña en las manos diciendo que la lluvia no era buena para pensar en paseos. El cielo estaba cargado, era cierto. Pero no había comenzado a llover y nada aseguraba que comenzaría. El hermano Andrés estaba enfadado esta vez y así nos lo hizo sentir, con la autoridad del hombre de la casa, porque él era como un jefe de familia para nosotras, las hermanas Clemencia, Bernabé y Caridad que no querían contrariarlo. Regresé de cambiar galletas por pimientos con los jóvenes de la canoa y en el camino me encontré con las hermanas que saliendo me dijeron que Andrés, es decir, el hermano Andrés precisaba que me ocupara de la limpieza de la casa. Subí corriendo. Mi obligación era cocinar y mi deber tener la cocina limpia, pero también tener contento al hermano Andrés era una suerte de tarea que tenía a mi cargo, sólo que eso era un secreto entre él y yo.

Las hermanas Clemencia y Bernabé se alejaron cantarinas con sus canastas, una vacía y otra llena de galletas, dispuestas a hacer el trueque del año. El cielo se despejó sin que ni siquiera hubiera comenzado a llover.

El hermano Andrés tenía la camisa toda abierta y no se preocupó de abotonársela en mi presencia, quizá, tal vez, porque con tanto indio desnudo dando vueltas ya comenzábamos a sentir necesidad de enterarnos del color y la textura de nuestros cuerpos, pero eso más bien era un secreto conmigo misma.

Para ir por unos trastos de limpieza caminé delante suyo y cuando volví el hermano Andrés había aprovechado de la ausencia de las hermanas para quitarse toda la camisa y extenderla cual bandera en una pared. Yo soy transparente como una santa, por eso él puede hacer lo que le plazca, además no me di cuenta de nada ni tampoco de que, a diferencia de mis hermanos, que siempre fueron lampiños, el hermano Andrés tenía todo el torso peludo del color de sus barbas. Tampoco vi que su cuerpo se parecía a algunos personajes de los cuadros de Leonardo y que su piel estaba llena de pecas. No vi nada, pero el hermano me llamó y me preguntó si me molestaba que él se mostrara como los personajes de La Biblia que son perdonados, yo dije que no sin saber a ciencia cierta de qué personajes me hablaba, a mí que creía conocer la Biblia de memoria.

Se me acercó tomándome una mano, con el hermano Andrés no va a pasar nada malo —me dijo—. Súbete a esta silla, que quiero verte como verían los fieles a tu estatua cuando fueras una santa. Sin dejar de mirarme se puso a girar alrededor mío un par de minutos, luego se acercó más y más hasta pegar su oreja en mi vientre como lo hiciera días atrás, y enlazarme con los brazos, brazos fuertes entre los que jamás había imaginado verme enlazada. Ambos escuchábamos el ritmo de nuestras respiraciones acelerarse cada vez más. Cogió mi mano y la acercó a su boca. Me besó los dedos. Las yemas primero y luego los intersticios de la mano con la lengua como si se tratara de la miniatura de un cuerpo que intentara comer sin comer. Al sentir su respiración un relámpago se estremeció en mi interior y una dicha muy grande me invadió. El hermano Andrés me llevó de la mano a la mesa de trabajo de en donde hacía unas semanas yo había descubierto con fascinación cómo la hermana Bernabé embadurnaba de salsa de ajos una gallina que obtuvo cambiando tres cajas de galletas a un viajero.

—¿Te gusta esto? —me dijo cogiendo uno de los pimientos que yo acababa de obtener. Lo abrió con las manos y le sacó todas las pepas. Los dientes empezaron a castañetearme y no pude retener la carcajada. ¿Se trataba de la felicidad? Sus manos eran grandes pero finas. Sus ojos me miraban fijamente y así acercó sus dedos a mi cara y a mis labios metiéndomelos en la boca hasta que mis dientes dejaron de castañetear. Acercó su mano a mi boca y yo le hice exactamente lo mismo que él había hecho con mía hasta dejársela completamente limpia y comenzar con la otra, más embebida aún del irresistible perfume del pimiento. Tras un silencio de vacilación se abrió la bragueta y se envolvió el fruto con el perfume vegetal.

—¿Te apetece?— me dijo, como cuando nos ofrecía pan de centeno a la hora de comer, en las buenas épocas en que el puente nos unía al otro lado. Sin responder a su pregunta conduje mis manos a un nidito pelos para averiguar qué se escondía por debajo. Quería verlo todo impulsada por una avidez de Santo Espíritu que se propagaba. Comenzó a llover. El miembro suyo, que en nada se parecía a lo que conocí de mis hermanos, salió de su enjambre dejando caer de sus manos la fruta verde sobre el piso de maderas desiguales. El hermano Andrés tenía los ojos cerrados como un santo que reza. Adiviné que le estaba pidiendo a los ángeles que le acercaran al cielo. Tanto fervor me sobrecogió y me lo quedé contemplando de rodillas. Lo que siguió fueron loas y alabanzas con la boca bien abierta como cuando cantaba en el coro de la iglesia, que me hacía pensar en el apetito de uno de nuestros carneritos que volvió a nosotros tras haberse perdido durante dos días cuando intentamos hacer un nacimiento viviente en la primera Navidad que pasamos en San Esteban del Santo Estero. Una especie de secreción salada me llenó de gusto la boca. Alcé la vista para mirarlo; el hermano Andrés tenía las cejas levantadas y los ojos casi blancos como los beatos de las pinturas sagradas. Todo lo que decía lo hacía tuteando, como Dios cuando les habla a los santos. Y aunque en las películas nunca había visto que se rezara tan raro, el hermano Andrés me alentaba a continuar con su expresión tan complacida y yo no quería contrariarlo. Su pelvis y sus piernas comenzaron a temblar y de pronto todos sus músculos se pusieron duros como si tuviera un calambre, pero todo ese sufrimiento no le dolía porque el hermano Andrés era fuerte y soportaba las peores torturas con una sonrisa mística que tuve la suerte de conocer. Casi al final, cuando parecía ya no poder más, su cuerpo comenzó a estremecerse en convulsiones a las que acompañaba con un grito contenido. De pronto emitió como un rugido similar al de las fieras de la selva misteriosa, retiró su miembro y un líquido potente hizo una línea en el techo de paja que se mezcló con la lluvia que comenzaba a filtrarse.

—Eres una santa —me dijo—. Y el milagro de hoy es que has conseguido que ya no te castañetean los dientes. Tenía razón, pero ese estado de santidad no hacía sino abrirme un apetito extraño que me quemaba en el vientre. Insistió en darme alivio. Cargó mi peso de un tirón y lo colocó sobre la mesa. Al principio no comprendí exactamente de qué se trataba. Hablaba de buscar y encontrar una fresa salvaje en la espesura de la selva. Levantó mis hábitos y se dispuso a degustar lo que encontró, primero rozándolo apenas con la punta de la lengua, y luego con diagonales y círculos que difícilmente podría explicar. Entonces volví a ser transparente y ligera como el aire, y así llegué al cielo y vi las estrellas y las galaxias siderales. Me dejé subyugar por el olor de su sobaco que me trajo lentamente al paraíso terrenal de donde partí directamente hacia el cielo, porque el Hermano se juntó a mí para procurarme el éxtasis con que se distinguen los santos.

Las hermanas Clemencia y Bernabé llegaron empapadas. El hermano Andrés me había abierto las puertas del cielo y había salido un momento para buscar unas hojas con que parchar la techumbre. Cuando me vieron paralizada mirando al cielo comprendieron de inmediato que algún insecto había desatado en mí la fiebre, a juzgar por la humedad que todavía bañaba mi espalda y mis cabellos. Me enviaron a la cama y terminaron por mí lo que quedaba por limpiar.

Así pasaron las semanas y los meses, y yo continué viendo a Dios tan a menudo como pude, pero mi vientre se infló como el de las yeguas cuando van a parir o a morir. Ahora sólo deseo que sea lo que Dios quiera. Pues el hermano Andrés está de acuerdo conmigo en que la puerta que abrimos nunca se va a cerrar. Total, en San Esteban del Santo Estero se está tan lejos del mundo civilizado que cualquier sacrificio es poco cuando se trata del amor de Dios, y aunque por el momento los curanderos nos anuncian buenas nuevas que me obligan a mudarme temporalmente al caserío, nosotros tuvimos la suerte de haber sido elegidos por Dios para ir al cielo cuantas veces se nos antoje.

 

*(Perú). Nací un día de San Nicolás con sus resonancias de niñez y regalo. Pero mi país fue Lima y no el Perú con su Arequipa de donde llegaron mis padres, hijos de inmigrantes también. Con ese legado de ser doblemente extranjera nunca La Horrible me precipitó en la huida del país. Y pese a haber recorrido varias partes de mi entrañable Perú, me vi obligada a emigrar como tantos. Llevaba bajo el brazo el masticar inglés y alguno que otro premio literario en la maleta, entre los que destacó el Javier Heraud de poesía con el 1er premio en la PUCP (1981) por Sobre-Viviendo Perdi-Dos, y el 1er premio de cuentos Magda Portal (1994) por Soy Transparente Como Una Santa convocado también en Lima por las Flora Tristán, a nivel internacional. Nunca he dejado de escribir, pero la necesidad me llevó a trabajar como periodista para Radio Francia Internacional (actual RTVF Radio Televisión Francesa) por 15 años, donde entre otras personalidades, tuve la suerte de entrevistar a algunos poetas peruanos importantes, antes de tener un espacio de música latina y otro de música francesa. Vivo desde hace un año en el campo y puedo decir que la Pandemia me empujó del agobio parisino.

 

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