Sobre «Tamia, el Universo» (2022), de Roberto Ramírez

 

Por Ernesto Carriøn*

Crédito de la foto (izq.) Ed. Seix Barral /

(der.) archivo del autor

 

 

Contar la historia contando otra historia.

Sobre Tamia, el Universo (2022),

de Roberto Ramírez**

 

 

¿Qué significa que un escritor decida plasmar una ucronía para meterse de fondo en el drama de la literatura ecuatoriana y latinoamericana? ¿Puede el lector revisar en ese gesto un plan, como el de la protagonista de la novela de Roberto Ramírez, para dinamitar ciertas dinámicas tradicionales y modos de representarnos?

Tamia, el universo es una novela ambiciosa, un proyecto que encaja en la idea de una obra total que, desde la revisión de la vida cotidiana de una famosa escritora ecuatoriana, va construyendo un sentido paralelo que logra entablar una discusión imaginaria con nuestra realidad. En ese sentido es una obra que se construye como un juego de espejos. Lo que no pudo ser, será. Y lo que ha sido jamás ocurrió, por así decirlo.

Nuestra protagonista, de nombre quichua que significa lluvia, es la sobreviviente de una pareja de idealistas que se suman al número de víctimas de una dictadura latinoamericana. Pero ¿cuál dictadura? Aquí habría que detenerse para revisar la propuesta de Ramírez y entrar a su juego de espejos. Porque esta obra también puede ser comprendida como una broma literaria para lectores y absolutos fans de escritores muertos y vivos, que aparecerán en estas páginas como dueños de otros destinos, otras obras, dentro de otro universo.

 

 

La idea de esta ucronía nace precisamente desde el punto que lo hace el comic Watchmen: a partir de la Guerra Fría. Esto quiere decir que la historia que conocemos solo sirve hasta la Segunda Guerra Mundial. Siendo así, Tamia Torres vive en ese mundo paralelo en el que la Unión Soviética sí ganó la Guerra Fría, un mundo que, en lugar de plagarse Latinoamérica de dictaduras de derecha, se plagó de dictaduras de izquierda.

Hasta ese punto, el lector, sorprendido, sabe que entra en un juego diferente, el de una ucronía que esconde en su revés una realidad, la nuestra, que tal vez sería, me animo a decirlo, una triste distopía. Ciertamente a ratos es posible, como lector, mientras se avanza en la construcción de este relato, experimentar el desencanto de lo que vivimos.   

¿Pero quién es Tamia Torres?

Tamia es la escritora más importante e internacional del Ecuador. Una leyenda viviente que escribe sin parar y que, al parecer, publica éxito tras éxito. Algo que luce como una hazaña increíble. Algo que pone a nuestra protagonista en el ojo del huracán de la literatura. Habría entonces que entender que esta novela también es un trabajo que, partiendo desde un plano ficticio o una realidad alterna en un universo paralelo, se trata sobre el mundo de las letras y sus, esas sí, dinámicas idénticas en este y cualquier otro universo paralelo. Tanto así que de entrada se narra un acto literario, de un escritor de la oficialidad quiteña, que será desmantelado con la intervención irreverente de nuestra protagonista. Es así como entendemos que Tamia, a pesar de ser el epicentro de la nueva literatura, rechaza el canon andinocéntrico con todas sus fuerzas. Quizás un gesto coherente de quien entiende que las letras en un país como el nuestro, de pocos lectores y críticos, se transforma en un botín de pandas de intelectuales y profesores universitarios.

 

El narrador Roberto Ramírez

 

Gesto que se amplía cuando Tamia rescata de las calles al poeta manaba Guillermo Bass, quien se encontraba viviendo como mendigo. Tamia lo lleva a su hogar, lo alimenta y le presta libros. Para de allí pedirle que vuelva a la escritura. Siente responsabilidad hacia ese abandono. Sin embargo, Bass es un poeta que ha elegido el olvido, o que más que haber elegido el olvido, se ha terminado transformando en el signo real de este mundo, desde el otro lado. O sea, desde el upside down, Guillermo Bass es un poeta de nuestro mundo que, como Pedro Gil, morirá sin ningún tipo de reconocimiento. Se extinguirá sin pena ni gloria dejando una obra para el futuro, que igualmente el futuro acabará por echarle tierra encima.

Roberto Ramírez ha escrito una obra que contiene obras. O mejor aún: ha inventado a una súper escritora ecuatoriana que ha creado obras sobre las que nos van entregando datos, mientras se construye el relato sobre su ascenso al cielo de los Grandes Maestros. No hallo ninguna ironía en aquello, sino más bien una especie de ajuste de cuentas. Tamia Torres es todo lo que pudiera ser la literatura ecuatoriana sino fuera todo lo que es en la actualidad. Y ese parece ser el gran agujero que abre este narrador con una habilidad increíble.

Tamia Torres no tiene miedo, complejo ni deseo de complacer a nadie a la hora de escribir. Y es quizás aquello lo que le brinda una enorme libertad que se traduce en su literatura. Una autora que siempre supo lo que quería ser. Su abuela Aída, personaje importante en toda la novela, aún atesora su carta de tercer grado donde escribió: “Un día seré escritora/ pero por ahora estoy atrapada en tercer grado/ con un montón de idiotas”.

En cierto momento, las obras de Tamia comienzan a aparecer por lugares diferentes, comienzan a ser rescatadas en bibliotecas de viejo en ciudades latinoamericanas. Algo que puede llevarnos a pensar en ese maravilloso plan del poeta peruano Luis Hernández, quien fue el primer autor que imaginó la inmortalidad de otra manera: regalando sus cuadernos de poemas o dejándolos por cientos de sitios diferentes, para que así su obra se dispersara y llegará a muchas más manos.

 

Edición de «Tamia, el universo» (2023), por Roberto Ramírez por Katakana Ed. para México y Estados Unidos de América

 

En Tamia, el universo, podemos revisar cómo sus novelas son revisadas, discutidas y diseccionadas por libreros, lectores, editores y autores organizando una especie de juego de interpretaciones y recuperaciones de los símbolos que subyacen en un trabajo literario. Casi todos insertos en esa constante pesquisa similar a lo que ocurre en la primera parte de 2666 de Bolaño. Lectores detectives que piensan que están descubriendo la verdadera intención de la autora. O su biografía. Como ocurre cuando reparan en las veces en que el año 1945 es empleado en diferentes obras y lo relacionan con el año de nacimiento de Aída, la abuela de Tamia.

De este modo, el lector presencia la construcción de una novela que es, en otro plano, una velada biblioteca de las obras publicadas por Tamia en esa realidad inexistente, además de los análisis y las elucubraciones que van emergiendo de capítulo a capítulo, dentro del marco de un Ecuador paralelo donde la editorial Eskeletra se llama Esqueleto; Paradiso editores es Editorial Parapermiso, etc., y donde en lugar de que ocurriera el Plan Cóndor, lo que ocurrió fue el Plan Nevado.

Y es de aquel modo en que Roberto Ramírez va transformando el mundo literario de nuestro continente, pues en esa realidad Juan Rulfo pecó de hacer lo opuesto a lo que hizo: publicó obras enormes hasta que terminó siendo un escritor menor “porque nunca tuvo la decencia de callarse”, dice la protagonista. Pablo Palacio ocupó cargos burocráticos. Andrés Caicedo aún está vivo y gozando de buena fama en Colombia. Y Octavio Paz es un narrador con una obra asombrosa e inédita descubierta en un tacho de basura. Pero hay muchísimos más datos cambiados. Nombres de autores que recibieron el Nobel y que en esta realidad no. Y viceversa. Habría que hacer un mapa para deleitarse solo con aquello.

Sin embargo, lo más importante es lo que Tamia escribe. Esas obras que poco a poco siguen desconcertando a la crítica. Una novela-curaduría, una novela-museo-galería, una novela-Segunda Guerra Mundial, una novela-Historia-novela-reconstrucción… Incluso su modo de escribir entra en debate con las obras de otros autores. Por ejemplo: su novela-hospital anula a la novela clínica de Julio Ramón Ribeyro; su novela-barrio tritura la novela-casa de Residencia tomada de Julio Cortázar, y otra obra suya anula la novela-celda de Octavio Paz llamada el Mono gramático. Por eso este libro se convierte en un tratado sobre los modos en que la literatura crece en cada país, al mismo tiempo en que muestra ese abandono a sus héroes verdaderos, a esos sacrificados invisibles de las letras, como el caso del poeta Bass. Lo que quiere decir que en cualquier universo algo parecido a la justicia literaria tampoco existiría.

 

 

 

 

 

*(Ecuador, 1977). Narrador y poeta. Obtuvo el Premio César Dávila Andrade (2002), el Premio Jorge Carrera Andrade (2008 y 2013), el Premio Latinoamericano de Poesía Ciudad de Medellín del Festival Internacional de Poesía de Medellín, el Premio Casa de las Américas (2017) y el Premio Lipp (versión hispana de Le Prix Cazes de París) de Novela (2017); así como la beca para creadores de Iberoamérica y Haití en México (2009). Ha publicado en poesía El tratado lírico titulado Ø; que comprende trece poemarios divididos en tres tomos. I. La muerte de Caín: el libro de la desobediencia, carni vale, labor del extraviado y la bestia vencida; II. Los duelos de una cabeza sin mundo: fundación de la niebla, demonia factory, monsieur monstruo, los diarios sumergidos de Calibán y viaje de gorilas y III. 18 Scorpii: El cielo cero, novela de dios, verbo (bordado original) y manual de ruido; y en narrativa Cementerio en la luna, Tríptico de una ciudad, Un hombre futuro, Ciudad pretexto, Cursos de francés, Incendiamos las yeguas en la madrugada y El día en que me faltes.

 

 

 

**(Quito-Ecuador, 1982). Escritor y catedrático. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura Aurelio Espinosa Pólit. Magíster en Creación Literaria por la Universidad Pompeu Fabra (España) y doctor en Estudios Lingüísticos por la Universidad de Barcelona (España). En la actualidad, se desempeña como docente e la Universidad de las Artes (Guayaquil-Ecuador). Ha publicado en novela Tamia, el universo (2022 y 2023); Evangelio del detective formidable (2021); No somos tu clase de gente (2018) y La ruta de las imprentas (2015). Sus cuentos han aparecido en diversas revistas y antologías.