Sobre «Partes de guerra» (2022), de Jorge Volpi

 

Por Jimena Torres*

Crédito de la foto (izq.) www.elcomercio.pe /

(der.) Ed. Alfaguara

 

 

Sobre Partes de guerra (2022),

de Jorge Volpi**

 

 

Violencia normalizada, inyectada en vena, disuelta en la cotidianidad de niños, adolescentes, adultos, psicólogos, psiquiatras, y eminencias de la neurociencia: “ese rumor lejano, ese zumbido machacón que no te deja en paz y al cual, en medio de la rutina, acabas por acostumbrarte”.

Jorge Volpi nos golpea en su último libro con una sociedad en guerra, atravesada por el machismo, la misoginia, el abandono de los padres, las madres ausentes, el desamparo, el solipsismo, la corrupción, y la muerte. El asesinato de una adolescente de catorce años en la población mexicana de Frontera Corozal (Chiapas) ―organizado y efectuado por otros dos adolescentes vinculados a ella familiar y sentimentalmente― constituye el móvil de una narración construida a partir de un interrogante: “¿Todo se explica así, niños violentos en un país hiperviolento?”

La monstruosidad atribuida a los niños opera como un mecanismo de denuncia de la violencia generalizada que domina en la sociedad mexicana. Del modo en que lo hiciera la uruguaya Cristina Peri Rossi en su novela El libro de mis primos (1969) a partir de la violación de unos niños a una muñeca, los niños ―en este caso, adolescentes― son agentes del horror, reproductores de la violencia que define su contexto más inmediato. El adolescente encarna la lucidez, la crudeza de la realidad, la desvela en su expresión más violenta, es “fuerza atómica atrapada en un cuerpo diminuto”.

 

El narrador Jorge Volpi

 

La violencia de género se presenta como una experiencia ineludible en las relaciones sentimentales, una violencia que es asumida por parte del victimario y de la víctima como consecuencia lógica de los conflictos que se desarrollan en la pareja: “Armando me empujó, me hizo caer de bruces y me molió a patadas mientras yo me enroscaba como un ovillo. Antes, yo le había mordido la muñeca hasta sangrarlo”. Dice Pierre Bourdieu en su esclarecedor ensayo de referencia, La dominación masculina, que la violencia de género aparece como expresión de la relación lógica de dominación asumida por ambos sexos. En este sentido, resulta interesante que el autor explore este tipo de violencia como una estructura donde ambos sujetos, hombre y mujer, se encuentran atrapados y se ven abocados a reproducir. Así, se adentra en aquellas conductas machistas interiorizadas por las propias mujeres y que generan competitividad y enemistad entre ellas. El resultado es Dayana, “la puta”, “la perra”: “un cuerpecito acodado en la ribera como desecho de un naufragio”.

“Este trayecto que, en vez de conducirme hacia la verdad, me enfanga adentro de mí misma”.

 

El testimonio cruza lo experiencial con lo analítico, advierte Pilar Calveiro. La investigación llevada a cabo por la voz narradora engarza con la evocación de vivencias traumáticas de su pasado, configurándose un entramado de “historias de demencia colectiva”. En este sentido, estamos ante un texto híbrido y fragmentario donde se intercalan varios niveles narrativos: la investigación acerca del feminicidio y de los motivos que han propiciado la violencia en los adolescentes, la indagación en el pasado amoroso de Luis, y el relato de la historia familiar y amorosa de la voz narradora. La experiencia femenina constituye un nexo crucial entre los distintos niveles de la narración (“se estableció entre nosotras cierta camaradería, la identificación de quienes disimulan heridas semejantes”). Los hechos trascienden, así, el plano de lo anecdótico y adquieren la categoría de universales, como constantes que acechan e impregnan la experiencia de mujeres y niñas. Esta unidad que representan los episodios atravesados por los distintos personajes produce otro efecto, el hermanamiento, único caso donde la empatía (“los mecanismos de la empatía son impredecibles”) opera como motor de esperanza y signo de humanidad.

“Las pieles resultan siempre intercambiables”.

 

 

Los límites entre víctima y victimario se diluyen en esta historia de catástrofes emocionales donde todos resultan culpables (“la culpa era de todos. Nuestra. Mía. Tuya”). Como nos anuncia el epígrafe de Efraín Bartolomé que precede al texto (“mi corazón también tiene alas negras”), los protagonistas han sido en algún momento de sus vidas víctimas y, posteriormente, han asumido el rol contrario para llenar un vacío, tal como leemos en el texto, para ocultar las propias deficiencias. La obsesión de la narradora por el al que se dirige no puede concebirse sin su proyección constante en ese hombre al que parece idolatrar y rechazar al mismo tiempo. Ella también forma parte de ese sistema de consumo de cuerpos perpetuado por Luis, de un deseo insaciable que ella misma reproduce en sus relaciones humanas. La infidelidad, en este sentido, es otro de los vectores que articulan temáticamente el texto, una infidelidad que no solo se cuestiona de una forma convencional ―es decir, desde el punto de vista monógamo de la traición sentimental―, pues la crítica se dirige hacia la mercantilización de las relaciones humanas, hacia la concepción de las personas como piezas reemplazables (“las pieles resultan siempre intercambiables”). Junto a este mundo líquido, en términos de Bauman, se sitúa la presencia de la tecnología como potencial arma de destrucción. El envío de fotos de adolescentes desnudas o la invasión de la intimidad que supone ejercer el control sobre un teléfono o computador ajeno se presentan como herramientas de disolución de la identidad y de humillación social.

Asimismo, la sociedad como espectáculo se evidencia en el ámbito periodístico, su recreación morbosa en imágenes impactantes y una búsqueda de información que no conoce los límites éticos o la empatía frente al dolor (“detalla los pormenores del caso, insistiendo en el número y la longitud de las heridas en el cuerpo de la chica”; “la presentadora le impide avanzar, no dejará que entierre a su hija si antes no responde a sus preguntas”). Es la sociedad deshumanizada y mediatizada por imágenes donde los crímenes más atroces son concebidos, en palabras de Debord, como una mera acumulación de espectáculos.

 

El narrador Jorge Volpi

 

Finalmente, la violencia que encarna este texto se materializa en un lenguaje que incide en la vulnerabilidad, fragilidad y cosificación de los cuerpos: “Solo soy un cuerpo, este cuerpo deshilachado que apenas reconozco, […] Un cuerpo tan maltrecho como el de Dayana y tan frágil como el de las once o doce mujeres asesinadas a diario en mi suave patria”; “Arrastraron el cuerpo a la ribera, lo depositaron en un montículo como la compra del mercado”. La fuerte carga crítica, política y ética del texto no implica, sin embargo, su dogmatismo o pretensión moralizante. Lejos de dotar de certezas al lector, este libro ofrece un gran número de interrogantes acerca del origen de la violencia y del carácter racional o emocional de la misma: “el corazón tiene razones que la razón desconoce”. Partes de guerra es la confirmación de la violencia que subyace tras la estructura familiar, profesional, amorosa, tecnológica y, especialmente, patriarcal, una violencia a la que, naturalizada e interiorizada desde la inocencia o monstruosidad de la niñez, todavía no llamamos guerra.

 

 

 

 

 

*(Zaragoza-España, 1997). Graduada en Filología Hispánica con especialización en Literatura Hispanoamericana en los estudios de Máster. Estudiante del Programa de Doctorado “Español: Investigación avanzada en Lengua y Literatura” de la Universidad de Salamanca (España). Ha publicado La virginidad en el espejo: La sed y Los eróticos sueños de Isabel Tudor de Carmen Resino (2020); La figura materna en La emoción de las cosas de Ángeles Mastretta: Más allá de lo personal (en revista Úrsula, 2020) y Tecnología, simulacro y relaciones afectivas en Geografía de la lengua de Andrea Jeftanovic (2022).

 

 

 

**(Ciudad de México-México, 1968). Narrador y ensayista. Licenciado en Derecho y magíster en Letras mexicanas por la UNAM. Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca (España). Miembro de la generación del crack. Obtuvo el Premio Alfaguara (2018), el Premio José Donoso (2009), entre otros. En la actualidad, es director del Centro de Estudios Mexicanos. Ha publicado en narrativa La paz de los sepulcros (1995 y 2007); En busca de Klingsor (1999); El juego del Apocalipsis (2001); El fin de la locura (2003); Oscuro bosque oscuro (2010); Días de ira (2011); Memorial del engaño, Alfaguara (2014); Las elegidas (2015); Una novela criminal (2018) y Partes de guerra (2022), entre otros.

 

 

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