Sobre «Cartografía de lo invisible» (2021), de Robert Baca

 

Por Braulio Paz

Crédito de la foto (izq.) Aletheia Ed. /

(der.) www.elbuho.pe 

 

 

Sobre Cartografía de lo invisible (2021),

 de Robert Baca

 

 

1. El primer instinto que tuve al leer Cartografía de lo invisible (2021) de Robert Baca* fue señalar las similitudes formales con Creación del silencio (2014) de María Miranda. Y esto no me sorprende, la idea de la búsqueda de una poesía “que nos represente” ―como lo puso Robert en la presentación virtual― parece marcar la voluntad creadora de un momento de la poesía en Arequipa del que ambos autores forman parte.  Escribo “momento de la poesía en Arequipa”, no pondré “momento de la poesía arequipeña”. La distinción tiene que ver con la preocupación, “que nos represente” es la premisa: “Orgullo y tradición no salvarán a Arequipa, tampoco la ingenuidad de ceñirse a un par de huecos tallados sobre el sillar”. Esta búsqueda de representación no señala tan sólo el rechazo a una poesía cuya forma se encuentra desgastada, como habría hecho Chanove en 1983 cuando anunció su encuentro con el fantasma de Guillermo Mercado en San Camilo. Señala más bien la ruta de una búsqueda de un modo distinto de identidad “arequipeña”: uno que le permita a Arequipa fundirse en lo peruano en vez de incidir en las roturas. Esto, a la vez, requiere un replanteamiento de lo “peruano” y una delimitación (formal y discursiva) de la “poesía que nos represente” (a este nuevo tiempo, a esta nueva identidad).

 

2. El libro abre con una cita del Ino Moxo de Calvo. El epígrafe agarra al titular Ino Moxo en medio de una reflexión sobre el nexo oculto de las cosas. Mi pregunta aquí es, ¿En Cartografía de lo invisible asistimos a su descubrimiento o a su construcción? Ino Moxo lo da por hecho, no existe la casualidad. Está ya dado el hilo invisible que nos conecta. Creo que, en su libro, Robert Baca toma la otra ruta, no parte de una narración que subyace la historia de la tierra (sea Arequipa o el Perú) sino de los eventos de la tragedia más radicalmente fortuita. Porque la caída del avión Faucett o la electrocución de los asistentes a la verbena del 14 de agosto, son marcados por el violento azar y la contingencia del destino de sus víctimas. Esta contingencia se nota sobre todo en el paralelo entre la caída de las Torres Gemelas y la caída de la torre de la catedral tras el terremoto del 23 de junio 2001. Cartografía de lo invisible es un intento por coger esos trocitos de eventualidad trágica e intentar reconstruirlos solo para darse de cabeza con “la inútil búsqueda de Dios”, como leemos en uno de los subtítulos. 

 

3. En el poema “La Marianne o hacía una cartografía de los eventos” encontramos el subtítulo: “Retrospectiva de lo cartografiado. Alguien intenta ensamblar todas las rutas que lo conforman como si un mismo puente se proyectara sobre todos los abismos.” Pero el Perú carece de un símbolo nacional tan englobante como La Marianne, la nación peruana no tiene personificación. El Perú está fracturado y, finalmente, fracasa el intento por fundirse con el paisaje cartografiado y narrarlo en una imagen que estructure los fragmentos: “nadie creyó que la existencia de una canción/ podía delinear el contorno/ de los ríos y las cordilleras/ hasta darnos forma”.

 

El poeta Robert Baca

 

4. El nexo invisible no (pre)existe, no hay una gran unidad que subyace al dolor y le da significado. Pero el libro no es pesimista, nos dice claramente “Habrá que ir más allá desta piedra, al hervidero, a la lava misma, al corazón de los volcanes antes de que tuviesen nombre”. Esto es, un regreso a la tierra y, sobre todo, un regreso a la tierra de una ciudad cuya historia está marcada por la cantera y el volcán y cuyo presente se debate en las tensiones entre agricultura y minería. Esto es, un regreso a algo primordial, al caos primigenio de la lava en que se borran las identidades de las cosas. El nexo tenemos que construirlo, tenemos que ganarlo y, como diría Vallejo: “hay, hermanos, muchísimo que hacer”. Cartografía de lo invisible, en vena Arguediana, propone un retorno a lo más fundamental con el objeto de construir esa identidad.

 

5. El caminante crea el camino. De igual manera, cartografiar es un acto creativo. Crear un mapa es crear un territorio. Baca no está mostrando los caminos que ya están ahí sino dando señales para orientarse en la exploración del mismo territorio, a través de nuevos caminos.

 

6. Florencia Garramuño, en La experiencia opaca (2009), parte de algunas ideas de Hélio Oiticica, sobre el trabajo con los “restos de lo real”, y de Reinaldo Ladagga, sobre la “obsolescencia de la literatura” como categoría para describir la obra de Osvaldo Lamborghini, con el objeto de ilustrar una concepción de obra estriada por el exterior a través de un concepto renovado de experiencia. Garramuño habla de obras que muestran una transformación del funcionamiento de la cultura en el que la autonomía artística, que sostuvo tanto un determinado tipo de politización en el esteticismo, comienza a ser seriamente erosionada pues se trata de propuestas que apuntan a una idea de obra para la cual el propio concepto de obra sería inapropiado. Y aquí revivo mi anotación sobre las semejanzas formales de Cartografía de lo invisible con la obra de Miranda: mezcla y combinación como procedimientos para una construcción visual proliferante: una escritura que presiona los límites entre los géneros y produce textos fuertemente híbridos (sobre todo entre ensayo, poesía y crónica); un lenguaje incontinente, una expresión que no parece encontrar límites y se derrama abandonando toda contención… Una de las principales características que Garramuño identifica, sin embargo, está quizás más presente en este libro de Robert Baca: “Una suerte de archivo de lo real despedazado parece emerger de estas prácticas que cada nombrar, siguiendo a Hélio Oiticica, como existenciotecas de lo real”.

 

7. Garramuño justifica el neologismo de Oiticica pues aborda de manera novedosa la relación entre archivo y experiencia. El archivo, al archivar ―como el museo―, convierte la experiencia en cadáver; el archivamiento, por lo tanto, sitúa la experiencia bajo el signo de la muerte, de la finitud. En esas “existenciotecas de lo real”, muy por el contrario, archivo y experiencia, o archivo y vida, no se contradicen o auto-aniquilan, sino que se conjugan en la formulación de un concepto de obra estriado por el exterior que sugiere nuevas operaciones y conceptos para entender la literatura y el arte más contemporáneos. Así, por ejemplo, en Cartografía de lo invisible la historia de la ciudad natal está fuertemente intervenida por la historia personal, o la perspectiva personal de esa historia comunal. No solo por las numerosas fechas que intervienen los poemas del libro sino por la construcción de uno o varios yoes que asisten subjetivamente (justamente los llama testimonios) a estos lugares cotidianos (la Plaza La Tomilla, la Urb. Mariscal Castilla, la iglesia de Cayma, etc.) y a estos eventos extraordinarios (y terribles) que marcan la niñez, como el suicidio televisado de Mónica Santa María.

 

 

8. Como consecuencia de su preocupación formal y discursiva sobre la identidad, en Cartografía de lo invisible hay, sobre todo hacia el final, una exploración sobre el lugar del poeta con respecto a la polis. A lo largo del libro, el yo atestigua. Es decir, es un receptor y, aunque hace algo la memoria de esa experiencia, no es agente en ella. El sujeto participa de la historia de su ciudad y su país como testigo desde el coro, con esa primera persona plural que toma en ocasiones.

 

9. A lo largo del libro hay una serie de cinco páginas negras, de las cuales cuatro son numeradas, que sirven de “guías”. Son autorreflexiones sobre la poética que guía a Baca en distintos puntos de su vida, como la primera en que reflexiona sobre sus primeros años como creador y sus ideas preconcebidas y errores. La cuarta relata una anécdota sobre Efraín Miranda, poeta que se niega a recibir condecoraciones por qué escribe para y desde las “zonas rurales” donde es profesor y: “A esas gentes no les importan los premios. Y eso es lo que vale, yo escribo de ellos y para ellos”.

 

10. La sección acaba con una enumeración de escritores y sus muertes marginales: “1983, la depresión que mató a Juan Gonzalo Rose en medio de la miseria de su cuarto. 1985, la muerte de Martín Adán debido a una caída en el Larco Herrera. 1972, el suicidio de María Emilia Cornejo en medio de los arenales. 2008, el solitario cadáver de Alejandro Romualdo apestando en su domicilio hasta que algunos de sus vecinos se dieron cuenta. 2006, la muerte de Jorge Eduardo Eielson lejos del desierto de Nazca y sus quipus, su cuerpo hecho ceniza mezclándose con las partículas del universo desde el cementerio en Bari Sardo. 2000, el vientre inflado de Calvo antes de llegar tarde a emergencias. 2016, la esposa de Rodolfo Hinostroza pidiendo dinero por Facebook para una operación que no llegará nunca. 2015, la negligencia médica que provoco el paro respiratorio de Luzgardo Medina en el hospital Goyeneche. 2021, la ferocidad con que Pedro Félix Novoa enfrentó el cáncer, mientras el Ministerio de cultura y de salud ignoraban cómo su enfermedad hizo de él una sombra llena de huesos hasta consumirlo para siempre”.

 

El poeta Robert Baca, leyendo

 

11. En el texto, los poetas son abordados como seres abyectos, pero no por su condición de poetas sino por la indiferencia del Estado Peruano para con sus ciudadanos. De esta manera, el lugar que en Cartografía de lo invisible se da al creador cuestiona la autonomía artística no solo por su propuesta formal, sino también porque representa al creador como parte de la comunidad y no como una esfera independiente que opere en relación con esta comunidad. Por el contrario, como en la anécdota de Efraín Miranda que relata Baca, la escritura de Cartografía de lo invisible surge de la historia comunitaria para configurarse dentro de ella en vez de actuando sobre ella.

 

12. Esta intromisión de la experiencia personal en la obra cuestiona, para Garramuño, “la posibilidad de enmarcar o de contener dentro de una obra la pura intensidad que la escritura, en tanto escritura de una experiencia, pretende registrar”. Es decir, la experiencia personal es transformada en un objeto generador de experiencias estéticas, salvando a la obra de convertirse en una ente incólume y cerrado pues no busca transmitir la misma intensidad de lo vivido sino generar una similar en el lector. La obra está abierta, no culminada, es un organismo vivo que crece en su contacto con la Otredad, sus lectores. Y es importante recordar la gestación continua del proyecto, el volumen que tengo entre manos y sobre el que escribo estos fragmentos es solo el más reciente de una serie de entregas. Cartografía de lo invisible contiene textos que aparecieron en tres artefactos poéticos aparecidos en la última década. De esa manera no estamos ante otro “artefacto poético” más, sino ante el registro de un trabajo mucho más amplio que el que está en este libro porque se trata de una escritura continua y cambiante (cosa que una vez más nos remite a esa condición doble de archivo y experiencia).

 

 

 

 

 

*(Arequipa-Perú, 1986). Poeta, escritor, actor y gestor cultural. Literato por la Universidad Nacional de San Agustín (Perú). Fundador de editorial Dragostea y del Centro de Recursos para la Poesía, así como coordinador de Cultura en la Feria Internacional del Libro de Arequipa. Obtuvo el Primtemps de Poetes (2006) y los Juegos Florales Jorge Cornejo Polar de la UNSA (2008). Ha Publicado en poesía Ideograma (2006) y Poemaoffroad (2010).