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Por Claudia Posadas*

Crédito de la foto Archivo personal de Adolfo Castañón

 

 

Sintaxis, fronteras y sueño americano desde la montaña de Babel.

Entrevista con Adolfo Castañón

 

 

Adolfo Castañón** (1952), desde su Montaña de Babel, a la manera de Michel de Montaigne y bajo las coordenadas de George Steiner, es uno de los grandes maestros de generaciones de escritores e hispanistas, poseedor de un antiguo linaje intelectual: saber enciclopédico, voluntad ecuménica y continental para observar el mundo, conciencia atemporal, generosidad, tolerancia, escepticismo a dogma cualquiera y curiosidad a toda prueba, aspectos que lo han consolidado como uno de los más relevantes pensadores de nuestra literatura iberoamericana y de otras tradiciones y que le han valido recibir el Premio Nacional de Artes y Literatura 2020.

Al respecto, Castañón ha declarado a la prensa:

“Yo he trabajado a lo largo de los años en forma desinteresada y espontánea. (…) He publicado libros y artículos que nadie me ha pedido y he rescatado como editor a autores medio olvidados o he trabajado en las obras de maestros como Alfonso Reyes u Octavio Paz. (…) El Premio Nacional es un aliciente y un compromiso que no sólo se me da a mí sino a quienes me han ayudado. Es un premio, diría yo, al oficio editorial en el sentido fuerte de la palabra.”

 

De Montaigne se ha nutrido de su impronta experiencial: “Montaigne sabe que no hay más forma inmediata y más segura de conocimiento que la derivada de ´la experiencia´. Hacia ella señalan como una cúspide todos los saberes, independientemente de su jerarquía (…). El hombre Michel de Montaigne está hecho de la tela de sus semejantes. De ahí que conocerse a sí mismo sea conocerlos”[1]. Por ello, el autor da cuenta del otro a partir del espejo en que se mira al mirar el texto que lo ha traspasado.

En ese orden, el crítico estudia aquellos autores que le suscitan una identificación, aquellos en los que encuentra algo de sí, algo de su propia experiencia; sin embargo, esto no quiere decir que Castañón hable de Castañón en un sentido literal; a veces, acude a una anécdota personal que haya experimentado con el autor, que defina el temple expresivo del mismo; a veces, discurre en las obras que hayan alimentado al escritor que estudia; en todo caso, su yo tiende a esconderse en tanto habla silenciosamente a través de lo que observa en estos autores-reflejo.

Con Steiner, su maitres a penser, comparte el asombro y el enigma, porque cada cosa es Babel, en torno a ese laberinto y esa Torre que es el lenguaje, aquella sintaxis de las esfinges que nombra y aprehende el mundo, y que permite la trascendencia humana. Como dice el pensador francés, citado por Castañón:

“Una de las tesis del después de Babel es que el lenguaje está dotado de una capacidad de conceptualización del mundo, y que este poder edificante ha sido decisivo para la sobrevivencia de los hombres frente a la muerte (…). Duramos, duramos creativamente en razón de nuestra imperativa capacidad para decir ´no´ a la realidad, para construir ficciones de alteridad, para crear un ´otro´ soñado, querido o esperado donde pueda habitar nuestra conciencia”[2].

 

 

Así, de la mano de la Montaña y al filo de la espiral de Babel, es que ha forjado una ensayística y un pensamiento excepcionales que tiene dos vías, así como la gruta del conocimiento tiene dos entradas (aludiendo a uno de sus títulos de ensayo más significativos[3]) por lo que hablamos de una aproximación a la lectura en dos niveles: uno crítico, histórico, literario, objetivo y otro especulativo, filosófico y religioso, enmarcado por una libertad subjetiva.

Asimismo, Castañón se pasea y se resguarda al socaire de la gran estirpe de escritores a los que pertenece, aquellos maestros con los que ha establecido, como él dice, una agenda cordial e intelectual: Reyes, Paz, Jorge Luis Borges, Pedro Henríquez Ureña, Carlos Fuentes, quienes le han mostrado los veneros de la genealogía, de la erudición, del no tiempo del conocimiento.

Una labor de más de cinco décadas que ha sido no sólo escritural sino, como Montaigne, forjada en el vivir, en el caminar por América Latina y en el andar por el viejo mundo; en su labor editorial llevada a cabo por muchos años tanto en el Fondo de Cultura Económica como en diversos sellos de nuestro ámbito hispanoamericano; en sus investigaciones y conferencias, en sus antologías, en sus artículos, índices temáticos, traducciones, epistolarios anotados, en su generosa lectura de las jóvenes generaciones. Pero también en su faceta creativa que alude la narrativa y, sobre todo, la poesía, de la cual, la Universidad Autónoma de Sinaloa alista una reunión.

Una obra vasta y plena de ramificaciones que debe ser reorganizada para identificar su magnitud, mensurar su legado y orientar a los lectores. En ese orden Castañón trabaja, junto con su equipo, una historia documental de sus libros que, a la manera de lo realizado con la obra de Alfonso Reyes[4], se titulará Adolfo Castañón en una nuez. Sobre este proyecto, ha declarado: “plantea una enunciación por géneros, como poesía, ensayo, traducción, antología. Es una suerte de autorretrato editorial con cierta minucia. Presenta portadas, páginas legales e índice de las decenas de títulos que he editado a lo largo de mi longevidad”. 

Adolfo Castañón ha creado un corpus estético de reflexión y aprendizaje; nos ha dado una lección de ensayística y conocimiento, además que nos ha brindado un gran legado al revelarnos, como si fuesen hallazgos de joyas perdidas en la arena del tiempo, a grandes autores que han conformado un canon indiscutible en nuestras letras iberoamericanas.

Su transitar lo ha llevado por diversos rumbos: lo trasatlántico, de la mano de Bashevis Singer, Kafka, Borges, Calvino, Jünger, Cyril Connolly, Julian Barnes; sus amadas letras de Francia, Blanchot, Céline, Malraux, Eliade, Nostradamus, Jean Meyer, Le Clézio; su columna, que es Reyes y su puerto, que es Paz, y sus también amados territorios americanos: Gómez de la Serna, María Zambrano, José Kozer, Eugenio Montejo, Saint-John Perse, Olga Orozco, Rafael Cadenas, Blanca Varela, Juan García Ponce… todos ellos intercontinentales, todos ellos hilvanados entre sí por una sintaxis, por un sueño sin límites de las fronteras.

 

 

Y justo es esta sintaxis, este sueño, bajo los cuales ha creado una concepción para estudiar las letras de nuestro contexto: nuestra América lusa, francófona, hispana, caribeña, que principalmente ha expuesto en dos libros clave de su bibliografía, América Sintaxis[5] y El sueño de las fronteras[6]. Para Adolfo Castañón las letras de nuestro continente están unidas por cierta particularidad de la cultura americana que va más allá de regionalismos, de lecturas épicas o de genealogías sociales, ya que en un escenario complejo, pero imbricado a manera de una sintaxis, el autor encuentra la cohesión “en una cierta geometría, en un conjunto de intenciones, relaciones y proporciones tanto hacia su adentro como hacia su entorno, relaciones entre las letras nacionales entre sí como entre sus diversos planos”[7].

Así, estos volúmenes y otros donde ha abordado su saber latinoamericano como Venezuela entrevista[8] y Viaje a México[9], significan el ejercicio de una concepción para el ensayo sobre nuestras letras: se trata de una tejedura americana escrita y dicha por un sueño donde las fronteras se traspasan y las literaturas dialogan en el tiempo creando y ampliando sus redes.

Redes que en Adolfo Castañón son de profundas y universales raigambres, pues desde cierta visión europea y de sus estructuras de conocimiento, interpela nuestra literatura y viceversa; desde la sintaxis americana, entreteje y estudia las letras intercontinentales, ampliando el sueño de las fronteras. 

 

Entrevista

 

 

Claudia Posadas [CP]: ¿Podría señalar cómo es la visión ético-estética de la crítica que ejerce?

Adolfo Castañón [AC]: Concibo la crítica literaria y la lectura como una peregrinación hacia la mente y obra de un autor, es decir, como un método, ya que etimológicamente método es camino. No es un camino que se haga sin tener en cuenta la propia experiencia. El crítico elige autores que le suscitan una identificación profunda. No podría haber escrito estos ensayos si no compartiera de raíz perspectivas de conocimiento y tonos de sensibilidad. Por eso mis ensayos tienen dos lecturas, la explícita hacia el paisaje y cultura de un autor, y una clave  implícita, que es una lectura de mi circunstancia personal a la luz de esos escritores. Por lo mismo, considero que tengo una libertad en relación con el discurso crítico y con la propia inventiva como autor. De este modo, la crítica y la lectura son ante todo una escritura artística.

 

 

[CP]: Otro aspecto imprescindible es estudiar a aquellos autores que son un espejo espiritual y formal. Sin embargo, el crítico se esconde, sólo es testigo de una obra. ¿Cómo le son revelados, estos espejos? ¿Qué señas de identidad busca-encuentra en escritores tan diversos, aunque de cierta estirpe?

[AC]: Desde luego que hay una atracción entre un lector y sus autores preferidos pero sería incapaz de formular las leyes que rigen esa atracción. Una expresión apropiada para entender esto podría ser la de “aires de familia”. El lector busca en la biblioteca autores que tengan ciertas afinidades. Por otro lado no puedo dejar de mencionar aquí mi libro Por el país de Montaigne (2015). Ahí cabría leer algunas pautas y claves de la cultura hispanoamericana. Por otra parte, un lector como yo, es necesariamente un lector mimético. Podría decir que estoy cerca del camaleón… Eso no quiere decir que no haya por debajo un rio subterráneo de valoraciones que tienen que ver con las encrucijadas, no diría yo tanto de la religiones como de las supersticiones. Quienes me conocen saben que soy terriblemente supersticioso. Las coincidencias no me deslumbran. Más bien me alimentan…  ¿verdad?

 

 

[CP]: Bajo la impronta de Montaigne usted ha ejercido una “libertad subjetiva” y una preocupación filosófica, además de una conciencia histórica. ¿Cómo ha ido creando-recreando, ampliando-alimentando esta perspectiva?

[AC]: Debo decir que he sido fiel, en todo caso, a la herencia de ciertos maestros no solo como Montaigne en el pasado, sino Henríquez Ureña, Luis Borges, Reyes, Steiner, Paz, Rossi, Yurkievich, Cadenas, Montejo, José Bianco, García Ponce, Elizondo, Emilio Uranga. No es que yo haya alcanzado una perspectiva. Más bien diría yo que las perspectivas de la lectura me han ido alcanzando. Esto último tiene que ver con la plasticidad, la porosidad y la flexibilidad. Como dije, soy un autor mimético.

 

[CP]: Para ubicar el privilegio de la experiencia y la subjetividad, en caso de Montaigne, usted ha realizado una revisión de la teoría del conocimiento y la filosofía con el fin enmarcar dichas premisas. ¿Cómo ubicaría o reubicaría el pensamiento del autor en el pensamiento contemporáneo?

[AC]: Creo que el pensamiento de Michel de Montaigne es plural y plástico, mercurial, inasible. Por alguna razón, Montaigne no se encuentra en muchas historias de la filosofía. No es culpa de él, tampoco de ellas. El lector de Montaigne aparece entre los intersticios de las historias de la filosofía y de la literatura. Sé que a Nietszche le gustaba Montaigne.

 

 

El Escritor Adolfo Castañón. Archivo personal de Adolfo Castañón

 

[CP]: Sus fuentes son joyas exquisitas que implican archivos, documentos contenidos en bibliotecas fuera de nuestro ámbito, bibliografía especializada, primeras ediciones. ¿Cómo va construyendo, identificando estos hallazgos?

[AC]: No soy un científico. Me parezco más a un aventurero que se adentra por caminos poco frecuentados. Muchas veces he encontrado tesoros en los basureros. Tal vez he sabido reconocerlos. También es cierto, tengo suerte y los libros llegan a mis manos sin que yo los busque. Organizar esos contenidos es un reto editorial. Yo mismo me sorprendo.

 

[CP]: Podríamos decir que existe una familia de autores bajo el auspicio de “la Montaña” a la que usted pertenece y que ha señalado que podrían distinguirse por un “sesgo austero y apolíneo”. Es una línea atemporal que pasa por Steiner, Montaigne, Reyes… ¿Cuál es el ethos que los define?

[AC]: No sé si yo pertenezco o no a esa familia. En todo caso, podría pensarse que hay un común denominador en autores tan disímbolos como Pedro Henríquez Ureña, Julio Torri, Xavier Villaurrutia, Jorge Cuesta, Alfonso Reyes, o, más cerca de nosotros, José de la Colina, Jaime Labastida, Roger Bartra, Guillermo Sheridan, Christopher Domínguez, Jesús Silva-Herzog Márquez, Rafael Rojas, Hugo Hiriart o Javier García Galiano. Comparten una devoción por el aseo intelectual y podría pensarse que una orientación hacia cierta visión de la tradición como elemento de la crítica.

 

[CP]: Hay un aspecto cíclico que le ha tocado atestiguar y que ha brindado una visión completa de determinados autores. En diversos ensayos, los ha presentado y analizado en su madurez, además de que le ha tocado hacer una revisión final: Montejo, Pacheco, Rojas, Varela, Yurkiévich… Habitualmente, el texto de despedida es personal además de que ancla más su visión. ¿Qué implica para el crítico este cierre de ciclos?

[AC]: Este movimiento que se describe tan bien es en realidad una lección derivada de los ensayos de Octavio Paz aunque también Reyes la practicaba. Tratar de ir de la persona a la idea para, de ahí, regresar a la máscara propuesta por el poema. Ese movimiento tiene algo de musical. Hay que hacerlo con mucho cuidado y, desde luego, con algo que está fuera de las categorías de la crítica académica. Es la de la amistad y el fervor. Estas palabras suelen encontrarse en la obra de Jorge Luis Borges.

 

 

 

[CP]: Ha afirmado que tanto la historia como la práctica del ensayo en Hispanoamérica se han visto permeadas por cierta visión épico-fundacional en caso de América Latina, y por haber sido considerado inicialmente en España casi como “herético” (por heterodoxo y libertario), en detrimento del estudio y creación del ensayo “montañesco”. ¿Qué tanto se han rebasado estas percepciones?

[AC]: El libro América sintaxis ha sido publicado en tres versiones: una en 2000, otra en 2002 y otra más comprehensiva en 2009. En ese libro se trataba de formalizar la teoría y la práctica del ensayo en Hispanoamérica, desde un punto de vista literario y quizá filosófico. En algunas páginas de ese libro se reaccionaba en contra de una concepción política del ensayo en perjuicio de una concepción más personal. Estamos en 2021. El panorama de la creación literaria, ensayística y poética hispanoamericana ha variado. También mi propia percepción de ciertas líneas de fuerza en la escritura del ensayo. Desde luego, se podría pensar que la crítica al horizonte épico ha sido superada en parte; sin embargo, creo que el horizonte comercial, la uniformización y banalización de las ideas le dan cierta vigencia a la perspectiva de fondo de América sintaxis al reivindicar el universo personal como clave para la creación literaria. A eso habría que añadir que el ensayo contemporáneo escrito en español desde la literatura, la filosofía, las ciencias y las artes, obligaría a los lectores del futuro a la creación de una nueva “antología del pensamiento español” a la manera de José Gaos, pero con otras ensanches.

 

 

[CP]: ¿Qué líneas de estudio son las que ha reforzado?

[AC]: Para mí la escritura del ensayo ha estado relacionada de manera muy estrecha con la traducción de obras de crítica literaria como las de George Steiner o bien de obras de filosofía como las de Paul Ricoeur. Poner el libro de Steiner en español fue en realidad mi doctorado en Literatura Comparada… Luego de eso, me fue imposible pensar como había venido dizque pensando antes, Steiner es sin duda uno de mis maestros, uno de mis “maitres a penser”. También mi escritura se ha alimentado de la lectura de textos religiosos y poéticos, históricos y aun políticos. Soy un lector vicioso de periódicos y revistas. Recorto todo el tiempo textos para meterlos en el lugar en el que supongo deben estar. Esto no sé si fortalece a mi escritura, en todo caso le da alas a mi imaginación. No soy un ensayista de gabinete, más bien me concibo como un náufrago o, si se quiere, como un caminante, como un “a veces prosa”, ¿verdad?

 

 

[CP]: ¿Qué otra perspectiva de estudio, desde una visión crítica del ensayo en Hispanoamérica haría falta atender?

[AC]: En nuestra lengua, el ensayo en su forma moderna es un fruto tardío, relativamente intacto, que puede ser enriquecido y, por tanto, está en plena ebullición. Por otra parte, creo que hace falta ahondar en una visión histórica donde quede en relieve el trabajo del género como forma artística.

 

 

El Escritor Adolfo Castañón en su oficina. Archivo personal de Adolfo Castañón

 

 

[CP]: Es relevante una de sus nociones bajo los cuales consolida su ensayística sobre América Latina que incluso da título a un libro: América sintaxis. ¿Podría definir cuál es el sentido de esta concepción?

[AC]: El concepto de América sintaxis es una apuesta. Pienso que la única existencia de América, de Hispanoamérica o Iberoamérica es la relación. “América sintaxis”, quiere decir América entre redes, redes que se cruzan y yuxtaponen. Hay que recordar que en las redes no solo importan las cuerdas sino los huecos, las ausencias, las lagunas, las omisiones. América es un continente que, en lo literario, concibo como un continente perforado, acribillado, expuesto al desgarramiento. “América sintaxis” es también América desgarrada, América dislocada, en permanente proceso de migración y traducción.

 

 

[CP]: No sólo en América Sintaxis ha reflexionado sobre la cultura y literatura americana, sino a través de los ensayos contenidos en El sueño de las fronteras, Viaje a México, Venezuela entrevista, entre otros y a través de sus diversas labores ingtelectuales. Así, ha contribuido a la definición de un canon. ¿Cómo caracterizaría a esta “familia” hispanoamericana? ¿Cuál sería su reflexión en cuanto a su aporte como uno de los grandes historiadores-pensadores de nuestra literatura?

[AC]: He tratado de ir reuniendo en mis libros, por un lado la experiencia vivida y por otro la experiencia escrita sin dejar de mirar a mi alrededor. En alguna carta a Alfonso Reyes, Pedro Henríquez Ureña dividía a los escritores entre “peladistas” y “decentistas”. Ahora bien, puede haber escritores preciosistas del lado oscuro y escritores burdos del lado supuestamente educado. Es cuestión de formas. Se supone que el español hablado en América es un español más fino y que las letras hispanoamericanas podrían caracterizarse por una cierta “fineza” o complejidad. Para Lezama Lima y Carpentier, América es una tierra prometida para la cultura barroca; para Borges, Reyes, Gorostiza, Cuesta, Torri, Villaurrutia, Bianco, la cultura americana es una cultura necesariamente refinada.

Por otra parte, diría que hay un cierto estilo en mis escritos, luego unos ciertos autores frecuentados, más adelante otros estudiados a fondo y finalmente otros más a los que he tenido la fortuna de editar. Todo esto debe producir un arco que no me encuentro en situación de juzgar. El concepto de América sintaxis es una apuesta. Pienso que la única existencia de América, de Hispanoamérica o Iberoamérica es la relación. El continente americano es un continente en proceso de metamorfosis y hay que estar a la altura de esos cambios, de esas transformaciones. Subrayo la palabra transformación: tiene una resonancia en el mundo de la alquimia y del hermetismo.

 

 

[CP]: En América…, incluye una ensayística sobre visiones históricas de América, sobre geografías literarias particulares como la francofonía americana, sobre el lenguaje y pensamiento de nuestros contextos. ¿Ensayaría más revisiones de este tipo o, señalaría guías de ruta para el análisis de esta complejidad americana?

[AC]: Me parece muy bien que se toquen esos temas de la geografía literaria. Son muy sensibles. América sólo se puede encontrar a sí misma si se encuentra a través de sus habitantes, es decir, si los lectores venezolanos son capaces de leer a los cubanos y éstos a los peruanos y todos a los mestizos del Caribe y de la América continental. La pregunta ha recordado el tema de la “francofonía americana”. Cierto. En alguna época los autores primero escribían en francés o leyendo autores franceses y luego en español. Hoy estamos en una situación distinta pues muchos lectores crecen leyendo traducciones de traducciones malhechas en un idioma maltrecho. En el ensayo que se cita sobre la francofonía se habla de la literatura francesa que se hablaba en los Estados Unidos antes de que se vendiera la Louisiana. Esa literatura ha desaparecido y no hay todavía quién la estudie. Si no estudiamos nosotros mismos la literatura hispanoamericana corremos el riesgo de que nuestras letras queden sepultadas en el olvido. Por eso agradezco tanto esta entrevista.

 

 

[CP]: Por otro lado, como dice, hacen falta panoramas, estudios o una visión crítica de lectura, acaso como lo ha hecho Sucre, su maestro, o por lo menos un ejercicio de rutas. ¿Cómo debe abordarse esta historia?

[AC]: No creo tener las fuerzas para hacer el panorama presentido en mis ejercicios sintácticos. De nuevo, insistiría en el tema de la periodización. Si tuviese que publicar otro libro sobre literatura hispanoamericana me propondría como modelo el libro de Pedro Henríquez Ureña Las corrientes literarias de América hispana o si fuese más ambicioso Los hijos del Limo de Octavio Paz. Por otra parte no he recogido todavía en libros mi propia producción que es caudalosa y a veces laberíntica. No he tenido tiempo. Por lo pronto, ya he empezado a hacer un ejercicio de bibliografía personal, una especie de autorretrato hemerográfico que el día de mañana me permitiría ponerme a la altura de la pregunta. Se trata de una especie de “historia documental de mis libros”, según la hizo parcialmente Alfonso Reyes. Este libro de Reyes es muy importante como lección hermenéutica y eurística y también como teoría y práctica de la recepción. Ahí se puede palpar cómo el documento se torna monumento y vuelve a transfigurarse en documento. Ese vaivén de la letra me resulta fascinante.

 

 

[CP]: Su crítica ha privilegiado la poesía como género y lenguaje. Comulga con la idea de que es termómetro de éste, y que en ella “se revisan los pactos y las palabras de la tribu”; asimismo, ha dicho que en una América Latina del Sxx con un lenguaje en ebullición, éste ha buscado en la poesía su reflexión y ejercicio. ¿Cómo escribir poesía bajo esta conciencia?

[AC]: A tientas, a tontas y locas, a ciegas, a tropezones, de caída en caída, enfermándose, rascándose la piel del lenguaje hasta desollarla. Escribo a diario, pero no sé si eso que escribo es o no poema. Eso viene mucho después. Para mí la poesía no es una profesión, tal vez puede ser un oficio, puede ser también una enfermedad o una manía, una forma de huir o de encarar con decisión la luz del sol o la luz de la luna.

 

 

[CP]: Ha dicho, respecto de la escritura poética, que “me gustaría no tanto inventar nuevas palabras, sino dar un sentido más intenso, poderoso y puro a voces como “silencio”, “agua”, “amistad”, “roca”. Esto es muy semejante a lo que  dice sobre Montejo. ¿Cómo se busca el poeta-ensayista para crear, en esos espejos?

[AC]: Me agrada mucho la identificación entre Eugenio Montejo y Adolfo Castañón. De hecho, a veces me siento uno de esos heterónimos inventados por Blas Coll en su taller blanco. El secreto está en la lectura y la relectura, pero también en la práctica de fuentes comunes. Fernando Pessoa es un nombre que no se nombró en la pregunta pero que se impone en esta respuesta, ¿verdad?

 

 

[CP]: En otro orden, hay especialistas que afirman que la literatura latinoamericana ya no existe, que los escritores ya no responden a la tradición. ¿Bajo qué parámetros entender esto?

[AC]: En un ensayo titulado “¿Existe la literatura hispanoamericana?” publicado en Istor en 2016 y que antes di como conferencia en la Academia de la Historia en la Universidad Pontificia, trataba yo precisamente este tema. Lo de la inexistencia de la literatura hispanoamericana parecería una especie de movimiento involuntario recurrente en la historia… Sin embargo, creo que quienes afirman esto tienen razón en el sentido de que sólo existe una literatura hispánica, escrita y hablada en ambos lados del Atlántico, una literatura transatlántica, para saludar a Julio Ortega. Esa literatura hispamericana (es decir, hispanoamericana e hispánica) es en rigor la única literatura escrita en español que existe. Dicho de otro modo, podríamos decir que la literatura española forma parte de ese gran conjunto y quizás también la portuguesa y la brasileña. Un autor como Juan José Arreola no podía concebirse fuera de las fronteras americanas. Alfonso Reyes, Jorge Luis Borges, Octavio Paz, Arreola y Rulfo nos dan la lección de cómo los instrumentos de la cultura europea son salvados por la cultura hispanoamericana, en este caso la mexicana.

 

 

Adolfo Castañón, escribiendo. Archivo personal de Adolfo Castañón

 

[CP]: Podría decirse que, por lo menos en México, se ha extendido esta visión creativa del ensayo pero en ciertos casos y modas, ha llegado a cierto exceso. ¿Consideraría que hay un desarrollo de esta concepción?

[AC]: Desde luego, se puede constatar un cierto desgaste de la moda del ensayo excesivamente personal. Pero todo es cosa de talento y de calidad. Habría que hablar de autores y textos concretos tanto del pasado como del presente. Por otro lado, la idea misma de las literaturas nacionales se ha visto rebasada por la emigración y por la porosidad de la comunicación. En ese sentido, ya no se puede hablar mucho de “lo que sucede en México” sino más bien de lo que sucede en el ámbito hispanoamericano, sino es que iberoamericano.

 

[CP]: Esta estirpe que usted nos ha hecho ver y leer, ¿actualmente se reconoce, se estudia o se desvanece ahora que tienden a privar visiones efectistas, comerciales, en el ámbito lector hispanoamericano?

[AC]: Siempre habrá “visiones efectistas, comerciales”; de hecho, un factor nuevo que habría que considerar en el análisis del fenómeno literario contemporáneo es el que tiene que ver con el florecimiento de la maleza mediática a través de artículos de periódico que luego se resuelven en píldoras, microenunciados, “pío-pío” verbales, mejor conocidos como tuits o twits. El efecto de éstos sobre el paisaje intelectual puede resultar un signo de los tiempos y de la educación que se está dando a través de los medios. Esto significa que no se puede desprender el conocimiento literario de una cierta aproximación que llamaríamos sociológica, por no decir mercadotécnica.

 

 

 

[CP]: Puede observarse que habría menos crítica hispanoamericana a nivel “continental”, como la que usted y varios grandes críticos de nuestro ámbito, han realizado. ¿Existen herederos de esta estafeta, o se ha transformado?

[AC]:  En cualquier caso, constato que hay cada vez más ejercicios académicos determinados por un cierto mercado editorial. Siempre hay otros rumbos y otras visiones más allá de lo que uno puede pensar o imaginar. No me he dedicado a dar clases; tampoco tengo mucho interés en la improbable existencia de herederos.

 

 

 

 

[CP]: Como una especie de legado, ¿qué tipo de autores que cumplan cierto rasgo de la estirpe que ha estudiado, merecerían un análisis como el que usted ha ejercido?

[AC]: Habría autores que en apariencia no son literarios aunque piden a gritos una visión literaria. Me refiero, por ejemplo, al poeta y traductor disfrazado de historiador llamado Miguel León-Portilla o a los autores anónimos de los textos antiguos que están siendo redescubiertos y que forman parte del nuevo patrimonio digital.

 

 

 

[CP]: No sólo en lo intelectual, sino en lo ético, su figura tutelar es Montaigne, quien también le ha dado esa noción de goce de existencia, y como dice, la práctica del auto conocerse. ¿Cómo es su arte de vivir?

[AC]: Trato de no tener deudas y de hacer cada día lo que pensé en la víspera que tenía que hacer ese día. A lo largo de mi sexagenaria longevidad he tenido que cambiar de dieta. No sólo en un sentido material sino también en lo que toca a otras energías: por ejemplo, las de la letra, las del sonido y las de las imágenes. Releo y reescribo cada vez más en la medida de lo posible. En medio está el jardín, la calle, la ciudad, el trabajo, la conversación, la política, el artículo, la conferencia, los diccionarios, el metro, los cuestionarios. También escribo cartas, a veces breves y a veces no tanto. Salgo a los mercados y cuando voy al centro de la ciudad me gusta meterme a descansar en la penumbra de un templo.

 

 

[CP]: Ha dicho que no se interesa en resaltar el sesgo y más bien que busca “salvar, reunir, armonizar”. Asimismo cultiva una especie de cometido “didáctico”, magisterial, y de generosidad. ¿Qué misión lo guía?

[AC]: La pregunta tiene que ver con la idea de la función de la crítica y de la lectura. Cada vez estoy más convencido de que es preciso salvar, es decir, establecer un marco intelectual y afectivo para el sentido de lo que interesa transmitir. En ese contexto llamaría yo la atención sobre mi libro Alfonso Reyes en una nuez.

 

 

 

El Escritor Adolfo Castañón. Archivo personal de Adolfo Castañón

 

[CP]: A título más simbólico, ¿cómo describe la biblioteca interior del polígrafo?

[AC]: Mi universo sería un espacio temporalidad vasto, en el que se tuviese tiempo para leer las cosas que a un se le antojen y donde pueda conversarlas con los amigos que uno quiere.

 

[CP]: ¿Cuál es el sentido de su Ex libris?

[AC]: Le recuerdo al lector que aunque tenga un ejemplar del libro, éste es en cierto modo mío. Mi Ex libris se conforma con la leyenda “No sé si sé”. La industria cultural exige al intelectual saber. Salir adelante con un enunciado de ignorancia profesada me parece razonable y sano. La otra parte del Ex libris es la figura, que sale de un cuadro de Pieter Brueghel el Viejo y que es un grillo, es decir, figuras que aluden a la deformidad del cuerpo humano y de las cuales está llena la pintura de este artista. En mi caso, apunta al hecho de que la lectura es una acrobacia, una especie de yoga. Leer, a veces, implica ponerse en posiciones inimaginables.

 

 

 

 

 

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[1] Castañón, Adolfo, Algunas Letras de Francia, Veintisieteletras, Madrid, España, 2009, P. 152.

[2] _________. Alfabeto de las esfinges. Ensayos trasatlánticos, El equilibrista/ Dirección de Literatura UNAM/ CONACULTA, México, 2009, p. 12.

[3] ­­­­_________. La gruta tiene dos entradas, Editorial Vuelta, 1994.

[4] Alfonso Reyes En Una Nuez. Indice Consolidado De Nombres Propios De Personas Personajes Y Titulos En Sus Obras Completas, El Colegio Nacional, México, 2018.

[5] ______, América sintaxis. Algunos perfiles latinoamericanos (Paseos V), Editorial Aldus, México, 2000; Heredia, Editorial Universidad Nacional, Costa Rica, 2002; Siglo XXI editores, México, 2009.

[6]______, El sueño de las fronteras, Universidad Veracruzana, México, 2013.

[7] América sintaxis, 2009, p. 9.

[8] ______, Venezuela entrevista, Editorial El otro/el mismo, Venezuela, 2009.

[9] ______, Viaje a México. Ensayos, Crónicas y retratos, Iberoamericana Vervuert, col. La Crítica Practicante. Ensayos latinoamericanos, México, 2008.

 

 

 

 

 

*(México). Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte, FONCA-Secretaría de Cultura, 2011 y 2016. De la misma instancia ha sido becaria en el Programa de Intercambio de Residencias Artísticas para Chile (2008), en Jóvenes Creadores en Poesía (2000-2005), y en el Programa de Fomento a Proyectos y Coinversiones Culturales con una investigación sobre literatura iberoamericana contemporánea (2002). Ha publicado La memoria blanca de los muros (1997) y Liber Scivias (2010), Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines 2009, reeditado por la UNAM (2016). Poemas y ensayos de su autoría, además de entrevistas con autores hispanoamericanos de primer orden han sido incluidos en antologías en América Latina y España. Su más reciente publicación es Carmen Berenguer. Plaza tomada. Poesía, 1983-2020 (Universidad Autónoma de Nuevo León, México, 2021), selección y prólogo suyo y nota preliminar de Julio Ortega.

 

 

 

**(Ciudad de México-México, 1952). Narrador, ensayista, traductor y poeta mexicano. Estudió Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Es Creador Emérito del Sistema Nacional de Creadores de Arte, México. Fue secretario de redacción de La Gaceta del Fondo de Cultura Económica, investigador en el Seminario de Cultura Nacional, dirigido por José Emilio Pacheco; investigador del Centro de Estudios Literarios de la UNAM; y editor y gerente Editorial del Fondo de Cultura Económica. Se desempeñó como investigador del Centro de Estudios Literarios del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM y, desde 2017, es investigador de El Colegio de México, adscrito a la Presidencia, así como desde 2003 es Miembro de Número de la Academia Mexicana de la Lengua. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura Mazatlán (1995), el Premio Xavier Villaurrutia (2008), el Premio Nacional de Periodismo “José Pagés Llergo”, el Premio Nacional de Artes y Literatura (2020), entre otros, así como el gobierno francés lo distinguió con la orden de Caballero de las Artes y de las Letras (2003) y fue nombrado Oficial de la Orden de las Artes y de las Letras (2004). Dentro de su vastísima producción escritural ha publicado: El reyezuelo (1981); Alfonso Reyes, caballero de la voz errante (1988); El mito del editor y otros ensayos (1993); Un grano de sal y otros cristales (1998); A veces prosa (2003); Visión de México Tomo I y Tomo II (2018); Por el país de Montaigne (2000) y los libros de poesía Recuerdos de Coyoacán (2000), La campana y el tiempo (poemas 1973-2003), La tercera mitad del corazón (2012), Local del mundo: civismo de Babel y Local del mundo: Cuadernos del calígrafo, ambos de 2018.

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