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Por Alberto Escobar*

Crédito de la foto Inst Nac. Cultura del Perú

 

 

Prólogo a Katatay/Temblar (1972),

de José María Arguedas

 

Son varios los campos creativos y las actividades en que José María Arguedas impuso el signo inequívoco de su personalidad de excepción. No solemos incluirlo, sin embargo, entre los cultores de la poesía, quizá si porque el vigor de su narrativa hizo sombra a sus otros quehaceres, quizá si porque su poesía fue escrita en quechua y luego vertida al castellano, o quizá, en fin, porque ésta parece como un afán marginal en el cuadro de sus ocupaciones habituales. De cualquier modo, el pequeño volumen que edita ahora el Instituto Nacional de Cultura nos entrega un perfil ceñido, revelador de esa avara adhesión de José María al más antiguo y fundamental ejercicio con el fuego de la palabra. De manera que, en estrictos términos formales, sino por la frecuencia ni cantidad de su trabajo poético, sí por la calidad y rango de sus significaciones adquiere personería esta obra que, a pesar de su destino lateral, mana del hontanar más secreto del arte de Arguedas y se nos explaya como un microcosmos que conserva, casi en estadio de refugio, parte esencialísima de su visión poética y vital sobre el arte y el hombre, ahora y siempre, y que con otro acento y desde una perspectiva multánime, coral, se fue adensando en las páginas en prosa y en el difícil oficio de su vida.

 

José María Arguedas y los danzaq de la danza de tijeras peruana.

 

No estará fuera de sitio recordar que —en más de una ocasión— la crítica reprochó al escritor de Agua esa desconcertante facilidad con que, el narrador Arguedas, perseguía instancias líricas que terminaban por obstruir el decurso narrativo, o que tendían a relajar —como en Los Ríos profundos— la limpidez y coherencia de las estructuras novelescas. Pero ante textos ulteriores, los críticos echaron de menos aquella transparencia que en la obra primera se agolpaba con fuerza y pureza inéditas, y que denunciaba la intensidad con que Arguedas conseguía identificarse en un lirismo cautivante, cristalizado a través de una imagen que servía como una especie de filtro a su mirador, para que se enardecieran y transformaran las lecciones de su fábula. No quede duda que en una y otra oportunidad Arguedas, que fue fundamentalmente un poeta, acomodaba su universo imaginario desde la óptica de un discurso lírico doble, empeñado empecinadamente en reducir a la unidad simbólica los códigos esquivos de su experiencia y su nostalgia. Estoy convencido de que, para el autor de Yawar Fiesta, no regían los cánones de la preceptiva literaria; que en su tabla de valores vida y creación constituían un indiscernible negocio avalado por la inefable sustancia de la poesía. Que, al margen de ésta, descaecía a sus ojos la razón de ser de la una o la otra.

 

 

Las piezas recogidas en este volumen comparten una impronta solemne, inspirada en una vocación de grandiosidad que confronta a la naturaleza con seres de diferentes órdenes; que exalta los rasgos del paisaje o la fugaz perspectiva cotidiana, sorprendidos merced a una connatural disposición en quien no yuguló su capacidad de admirar ni estremecerse de entusiasmo o de ira. Es así como estos poemas pueden ser tenidos por himnos que en su oración decantan la fuerza del testimonio y el grito contra el tiempo: la voz que rueda de sus páginas se instala en una curva que avanza desde el período legendario y se aventura en el porvenir, con manifiesta voluntad de historia. En su palabra se enhebra jubilosamente una dimensión mítica, a cuyo concierto asoman criaturas divinas, humanas, animales, artificios inventados por el hombre; seres y objetos del mundo de arriba, del mundo de acá, del mundo de abajo; y el luminoso mundo que el sol expande sobre Cuba revolucionaria.

 

El escritor José María Arguedas

 

La poesía de Arguedas arranca de una constante: de la contemplación de la realidad múltiple; del asombro o la adhesión, del amor o del odio acerados, del compromiso siempre. La realidad, que es experiencia insobornable, es por eso tan concreta y fluyente, como si fuera intuida, desvelada, porque es a la vez presentida y descubierta, pues en ella se funden la herencia y la consagración mágicas, en discordia con el saber cognoscitivo y la arrogancia de los “doctores”. Experiencia personal, tradición mágica, revelación del tiempo mítico confluyen en el devenir histórico y configuran la realidad poética de Arguedas. Su voz es rotunda y afirmativa; su voto en beneficio de la entera aventura humana, sin extravío teórico. La vida, como la poesía, aflora de una intuición primordial con la que el poeta rehace su cosmogonía, sustituye a los dioses y remueve las vallas que sojuzgan al hombre de carne y hueso, instándolo a su liberación permanente, a su humanidad definitiva.

 

 

 

 

 

*(Lima-Perú, 1929 – Massachusetts-EE.UU., 2000). Crítico literario, filólogo, lingüista y poeta. Licenciado en Letras por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (Perú), con especialización en Filología Románica por la Universidad de Florencia (Italia) y la Universidad de Madrid (España), doctor en Filología Románica por la Universidad de Münich (Alemania). Publicó numerosos libros de Lingüística y traducción, antologías de narrativa y poesía del Perú, así como seis diccionarios de quechua con sus variantes. 

 

 

 

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