Naturaleza viva. Sobre «L’ombra forana» (2021), de Mireia Casanyes Dalmau

 

Por Ashle Ozuljevic Subaique*

Crédito de la foto (izq.) Ed. Mon de llibres /

(der.) www.revistapoetryspam.com

 

 

Naturaleza viva. Sobre L’ombra forana (2021),

de Mireia Casanyes Dalmau

 

 

Ahora que es verano en Cataluña, ahora que una ola de calor nos aqueja ―aunque es desde mayo que esa ola nos baña y nos revienta en la cara―, ahora que ruego un poco de lluvia, un poco de frescor, rescato este libro que hace algunos meses -un día de tormenta feroz- pusieron en mis manos. Recuerdo mirar por la ventana mientras lo leía por primera vez; detenerme para oír el viento silbando fuera, detenerme para enrollarme un poco más en la manta. Lo releo estos días y me pregunto si el aire que sonaba entre las hojas de los árboles ocurría realmente tras los ventanales o dentro de sus páginas; libro azul que da frescor, libro azul como el fondo del monte, donde no se pueden identificar más colores, sino la luz cruzando el cielo, cansada, de tarde, escuchando, incipientes, los grillos.

Piensa en un bosque al que ingresas sin saberlo. Piensa en una telaraña tan suave que no eres consciente del roce sobre tu piel. Cubre los párpados com el gebre la gespa[1]: si llegas a tocarlo, se deshace el hechizo.

Ahora piensa en un hechizo que no sabes que existe. Piensa en un hechizo que no. Imagina que amanece que abres los ojos que los hilos de arañas del bosque que te rodea son tan plateados tan frágiles que te inmovilizan como un precipicio. La belleza es un precipicio. O un bosque oscuro.

 

Dibujo de la poeta Mireia Casanyes Dalmau

 

El telar que la joven poeta catalana, Mireia Casanyes Dalmau (1998), hila en su primer libro, L’ombra forana, ganador del Premio Ciutat de Manacor de Mallorca 2021, bien se asemeja a aquello. La construcción de un paisaje de ramaje, hojarasca, pequeños animales ocultos en la penumbra, algas y barro, elementos naturales que comparten la fragilidad, la belleza no-canónica, belleza poco institucional, inexplorada, y atrapante. En esas algas nos enredamos a lo largo de los versos, como abriendo un espacio urbano por el que pronto dejamos de transitar.

Las imágenes que se suceden dan parte de una naturaleza cercana y salvaje, ¿la Catalunya profunda?, ¿Valls?, ¿los alrededores de un pueblo camino a los Pirineos?, la flora imaginaria de una joven que viste con gracia los abrigos de la iaia, un espacio que no se inscribe en el exotismo ni en la lejanía y, sin embargo, no ha perdido su lado bravío, tenebroso y vibrante. ¿Sabes?, como si todo territorio vegetal fuera un territorio indómito, como si el único secreto en nuestra relación con las plantas tuviese que ver, en lo profundo, con aceptar nuestra fragilidad, nuestra intrínseca posibilidad de sucumbir apenas traspasamos la línea en la que inicia el paisaje y acaba el control que queremos imponer como civilización. En realidad, somos nosotras las controladas: por los instintos, por las energías de nuestras ancestras, por la lengua, por las emociones, por las palabras que enterramos y que nos salen por cada poro.

Arraulides al torrent fèiem

la vora als ametllers, cavant el solc

per enterrar-hi els ulls del dol.

Dels llavis antics venien cançons

com batecs d’aiguada, argila negra.

Varen esberlar el pont, i el torrent

flor de la pell, amb els pètals ardents

S’obria sense dies ni tiges. Fulles

seques tan sols. Solc de temps,

humit,

on ara collim, àvies,

els sèpals arrelats

a la dansa

de la memòria.[2]

 

 

No es extraño, entonces, sentirse en el bosque que es L’ombra forana.

Entre poema y poema, una castellanoparlante como yo debe detenerse y respirar, y era aroma a fango y a tierra húmeda lo que sentía, a agujas de pino y hojas de abeto. L’ombra es un libro húmedo, fresco y cubierto, de metáforas que refieren lo no-dicho, lo no-visto, la sombra de los bosques que es la sombra propia: raíces, nostalgia, tallos, polillas, deseo, telarañas. No se atraviesa un claro de luna, sino que se camina por las ramas resbaladizas del bosque tras la lluvia: es un libro que debe transitarse de a poco, con cuidado, con paciencia; son engañosas las apariencias, una sombra no tiene el mismo tamaño del objeto que la proyecta ni la misma densidad, tiene sólo dos dimensiones, pero en ellas puede caber todo.

T’has vessat

sobre la sorra.

Com un cos amb bec

en un riu de punxes

gèlides branques seques

canten.[3]

 

En algún momento del libro, aun no tratándose de un poemario de personajes, tuve la sensación de ver salir a dos personas desde la espesura del follaje. Dos personas unidas por una magia que se dirige o proviene de pozos más profundos que la amistad, más profundos que el amor, napas subterráneas que tienen que ver más con la complicidad del delito, con la ruptura de la prohibición, aguas hondas intercomunicadas con creaturas innombradas.

Al poble ningú sabia què era l’amor.

I les aigües dormien al fons

de la nit, freda i eixorca.

Com el cucs que callen:

vora la meva boca trenada

i oberta -pels segles dels segles.

Al poble ningú sabia què era l’amor,

i un pètal sec penjava

de la paret de la cova

tota la nit. Com els silenci dels cucs

tan àrid pel pes de la resta.

Em tornaré muda: ara

que he tocat les paraules.[4]

 

Del mismo modo y con la misma presencia subterránea, el libro contiene versos que no definen. Versos que no son una verdad porque las verdades no existen. Son versos que transmiten intuiciones y que podrían acercar a las personas que lo leen a la sensación que da beberse una copa y hablar con su autora sobre sutilezas y estaciones mientras se camina a la deriva por la Barcelona invernal. Poemas atmosféricos, volátiles, más allá de la contención de la poesía catalana, más acá del arrebato de la poesía sudamericana y muchísimo más arriba de la superficial visceralidad de la poesía española top ventas actual.

 

La poeta Mireia Casanyes Dalmau

 

Sentí esa cualidad atmosférica desde el inicio al fin del libro: una sombra delgada pero densa, alga pegada a la piel, espesa y liviana, que en cada descanso de lectura quedaba flotando en la habitación otoñal en que fue leído. Atardecía tras la ventana y dentro del libro. Los días se hacían más cortos, y los versos se enterraban. El viento refrescaba entre poemas aireados, que me hicieron pensar en una vasija de barro, en la importancia del vacío que la llena, no en su materialidad y peso. Y, no obstante, no se trata de poemas sin peso ni densidad, sino de versos flexibles, de rafia, trenzados en la calma, en la soledad, con la consciencia que puede dar el saber que se está escribiendo no un libro cualquiera sino uno uterino, desde del forraje, desde el hechizo del bosque donde

No trobàvem ulls

per a fer venir la nit amb els dits

i enyorar era veure supurar la ciutat

sembrada entre les venes.

Al sud de l’ombra,

una llum de fang ens desvetllava.[5]

 

Dejo con L’ombra forana la invitación abierta para quien quiera salir de la ciudad y respirar un poco de aire de monte: hay que atreverse a atravesar la sombra, acompañarse de polillas y gusanos, coger las raíces, lamerlas, cerrar los ojos, volverse tallo.

 

 

 

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[1] Como la escarcha el césped.

[2] Acurrucadas en el torrente hacíamos/ el borde a los almendros, cavando el surco/ para enterrar los ojos del duelo./ De los labios venían canciones antiguas/ como latidos de aguada, arcilla negra./ Rompieron el puente, y el torrente/ flor de la piel, con los pétalos ardientes./ Se abría sin días ni tallos./ Tan solo hojas secas. Surco de tiempo,/ húmedo,/ donde ahora cosechamos, abuelas,/ los sépalos arraigados/ en la danza/ de la memoria.

[3] Te has derramado/ sobre la arena./ Como un cuerpo con pico/ en un río de pinchos/ gélidas ramas secas/ cantan.

[4] En el pueblo nadie sabía qué era el amor./ Y las aguas dormían en el fondo/ de la noche, fría y estéril./ Como los gusanos que callan:/ cerca de mi boca trenzada/ y abierta -por los siglos de los siglos./ En el pueblo nadie sabía qué era el amor,/ y un pétalo seco colgaba/ de la pared de la cueva/ toda la noche. Como el silencio de los gusanos,/ tan árido por el peso del resto./ Me volveré muda: ahora/ que he tocado/ las palabras.

[5] No encontrábamos ojos / para hacer venir la noche con los dedos / y añorar era ver supurar la ciudad / sembrada entre las venas. / Al sur de la sombra, / una luz de barro nos desvelaba.

 

 

 

 

 

*(Chile). Poeta, ensayista y narradora. Estudió Literatura en Santiago de Chile y Yoga en Buenos Aires (Argentina). En la actualidad, trasplanta hiedras. Ha publicado en narrativa Vidas robadas (2011) y la novela experimental Anteojos de sal (2013); en ensayo El silencio final: representación y gesto en diario de muerte (2015); y en poesía Tres (2016) y Botánica (2020). Este año se publicarán Cartografía (narrativa) y una reedición ampliada de Tres con ilustraciones de la autora.

 

 

 

*(Valls-España, 1998). Poeta. Filóloga por la Universidad de Barcelona (España). Cursa un máster en Construcción y representación de identidades Culturales. Ha publicado en poesía L’ombra forana (2021).