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Por Juan Calero Rodríguez*

Crédito de la foto el autor

 

 

Las palabras olvidadas.

5 poemas de Juan Calero Rodríguez

 

 

Pasajero sin oficio

 

Yo debí ser un par de garras melladas

escabulléndose en los lechos de mares silenciosos.

T.S. Eliot

 

Siento gritar la ciudad desde un mundo sin oídos, aún pago alquiler por estas calles.

Dentro hay un extranjero que batalla mientras impacienta la muerte a vivir sin más harapos los días de otros.

Cada cual tiene su tiempo, su estancia, su huella, súbdito de dioses. A fin de bendecir el mundo.

Contra el tiempo no valen compresas de lava ni sismos donde se violen trampas de colores más brillantes.

El tiempo anda hirviendo en sus calderas de hierro, la vida es una raza que se extingue y somos este siglo de esperma sin que llueva polvo al paso de los cometas.

He pasado agosto por todas partes zurciendo precipicios, perdido por alguna grada, desde entonces septiembre sabe a fin de vacaciones y cocino mis propios viernes.

 

Venderse como emigrante resulta más barato que prófugo, ser cómplice y asesino a la vez.

La ciudad muestra todas las máscaras, no regala ni el viento de algunos segundos, las calles han perdido sus nombres y ahora tienen un número colgado al cuello, alineadas fríamente.

 

Esta esquina trae la muerte de cuatro compañeros y una muchacha.

Frente al cine se reúnen otros amigos, nadie me conoce, nunca he rezado en altares de dioses, jamás fiestas de dioses, siempre ajeno a una guitarra.

Converso con cuadernos llenos de vergüenza por sus poemas, las integrales no me han resuelto ninguna dificultad.

Ni reflectores ni cámaras han jugado la exclusividad de verme vencedor de gladiadores enemigos.

 

Acorralado por los días he tenido vicios, lo confieso, como confieso aquí mi testimonio, y mi sangrar, el lóbulo convexo de un ojo.

La ciudad se destierra con un balazo, cientos de hombres deambulan oxidándose en busca de una lengua herrumbrosa, mi lengua es la escoria de cada pecado intacto y yo, como un desastrado más reduciéndome, un mediocre casi moribundo.

Lenta, fríamente, cual gota de suero, la soledad desgarra y nos aniquila plácidamente.

Todos los dioses tienen un hijo bastardo. Soy ese, sin dios.

Me descalabro, caigo por este despeñadero árido, detesto el olor a sangre y la llevo caliente, comprime el cansancio entre la cintura y el pavimento.

 

Caigo entre materiales de desecho, erosiones del ocaso sostenido por profundidades no obstante, exijo de mis pulmones, de mis propias fermentaciones y arranco cada ventosa prófuga de llagas por el manoseo, por las dudas, por el hombre.

 

Doy miedo, siento náuseas, deliro, jadeo y vomito buches de ansiedades, huelo a la porquería de mi vientre, las uñas se derriten, ahoga tanto la impotencia, la fiebre hace flotar, la mugre nos mantiene húmedos. Miro durante un largo episodio, hago rechazo, extraviado, entre tanto espacio y cada vez más lejos.

 

Esta no es la muerte, ésta no es mi muerte, me repugno, este cuerpo es una gota de pus maloliente, apenas un gemido sediento de locura.

Tengo que matar este venado, se come las lilas.

Endurece las venas, intoxica, engulle el aliento, no necesita espátula, aceite, ni óleo donde hacer espuma la nostalgia de otras tardes.

Esconde la vergüenza por los confines de las viejas estaciones.

Hacer el amor es descargar el inodoro, si no mato este venado se come las lilas.

Pido permiso para cruzar este celaje desnudo entre palabras, huir a la certidumbre por fulminantes navíos, herrajes de silencio y resumen.

Pido permiso por amaneceres amontonados entre generaciones salvadoras en jornadas festivas.

 

Soy ese hombre acorralado por la ciudad acorralada. No teman por mi proceder, el azar es un perro que todos llevamos dentro sin domesticar y sólo falta un chasquido de dedos para que huya despavorido.

 

Y me digo yo, Juan sin oficio, mediocre por leyes de dioses, adoradores de ídolos, pasajero diario de este útero de Tierra por no asistir a otra empresa, mediocre de qué, hay que comenzar de nuevo, cada jornada un párrafo, la página perdida.

Me sacudo de ruinas, muerdo venas para no gritar, escarbo recuerdos a puñados hasta sanar lo que escribo y limpio de toda luminosidad, salgo de entre las palabras y renazco. Vuelvo a contemplarme acosa el hambre, pero aún me sostiene la luz, conservo un susurro fatigado que me desnuda de viejas maderas.

Yo, un ansioso de la suerte por enésima vez, abro los párpados para buscarme detrás de los ojos, sentir un desgarro, una evidencia, esta lengua arrastra un atroz apetito.

Voy acercándome a la rabia, cruzo la línea inflexible del horizonte y salgo por el proscenio.

 

 

 

Desarraigo

 

Cada vez que me acerco al sur, los sábados

me saben tan vacíos sin tus pies

desnudos por todo el bosque de mi pecho.

Sin tu pelo de peces entre mis manos

de corales tibios, mediodías

y pequeñas naturalezas muertas.

Si pudiera apagar el sol

y que todo se vuelva como antes.

Mira, con mis brazos

hasta puedo atrapar la vida.

He sido dueño del océano.

He calmado la sed desde lo profundo de un acantilado

y me detengo en medio de unas ganas locas

porque la vida me estalla como la risa de un niño.

Será bueno detener los recuerdos.

Familias enteras columpiándose.

Calles desiertas sin arrepentirse

O los cuentos extendidos por la playa.

Los lirios de la abuela.

De un amigo.

De allá.

 

 

 

Palabras

 

Palabra de hombre, magnífica, inmensa

que duda como bestia, como roca, como bosque.

La palabra encubierta, traicionada

que reflexiona, que interroga, que blasfema

que sucumbe, incordia y embiste.

La palabra grosera

que se escapa con odio.

La palabra desnuda, que se niega

frágil, como duele, ahogada, hecha verbo

en canto, en lamentos

de follaje, de lluvia, de río, de pájaros.

De madre, que perdona, abraza y lucha

de verdad, del niño que vuela, de ave.

 

 

 

Con el perdón de los cerdos

 

A esa hora en que mi madre se partía de dolor

rodearon la casa y el barrio, todo el País

fue incendiado como se incendia la fiebre.

Me subieron a un camión como a tantos otros

desnudos de futuro. Ya no me llamé nunca más

por mi nombre ni nadie me llamó

sólo tenía un número largo como la carretera

donde íbamos, mejor dicho,

por donde nos llevaban: éramos cerdos

con un número por tatuaje

y una carretera oscura en plena noche.

 

 

 

Cruces

 

La muerte es el sueño en el que la individualidad es olvidada.

Arthur Schopenhauer

 

Confinado en el mar de discursos innecesarios yo te celebro, padre, por la valentía de morir. Morir no es tan fácil como muchos piensan cerrar los ojos y ya está. Nada permanece sobre un puente imaginario tras adivinar en qué hueco se esconden las palabras olvidadas.

 

Mañana será cualquier día de la semana por eso juego a blasfemar las maderas que dejamos a flote y me esquivo entre poemas como si tuviera motivos porque no aprendí a luchar con el pecho descubierto.

 

Cuánto tiempo cuesta barrer de la corteza del océano los bronces que llevamos incrustados en el estómago y vamos empolvando la quema. Cuánto tiempo, padre, sin que yo corriera por mis propios pies. Ahora comprendo cómo es que alguien me sigue empujando, son las musas de la oscuridad las qué vienen a visitarme, las que dejé allá en el pueblo donde han pasado tantas cosas, tanto para borrar las memorias, la gente que vaga tropezando por olvidarlo todo hasta el silencio de no despertar.

 

 

 

 

 

*(Cuba). Poeta y gestor cultural. Residen en Islas Canarias (España). Estudió Ingeniería Industrial, Dibujo Mecánico y Dibujo Arquitectónico. Es Presidente de las Agrupaciones Abra Canarias Cultural y Agrupación Cultural ARTEnaciente. Ha publicado catorce libros.

 

 

 

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