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Vallejo & Co. presenta una entrevista del poeta Luis Bravo a Francisco Brines, la que ha sido revisada y reeditada por su autor para esta ocasión. La misma fue publicada, originalmente, en el semanario Brecha (Montevideo, 20/5/1994), y luego integró el libro de entrevistas literarias de Luis Bravo Nómades y prófugos (2002).

 

 

Por Luis Bravo*

Crédito de la foto Ana Escobar /

www.elidealgallego.com

 

La luz de las palabras.

Entrevista a Francisco Brines

 

 

En el hoy lejano 1994, en ocasión del encuentro “Letras de España”, tuve la oportunidad, y el honor, de conversar en Montevideo con el poeta valenciano Francisco Brines (1932). Por entonces él había publicado trece poemarios y, habiendo obtenido varios premios internacionales, aún era poco conocido en estas latitudes. Galardonado con el Premio Cervantes 2020, Brines es desde hace muchos años una de esas figuras en las que se celebra lo que ha sembrado una vida entera dedicada a la poesía. Esta es la síntesis subtitulada de un diálogo en el que el lector sólo escuchará la voz del entrevistado, sin preguntas innecesarias.

 

 

 Entrevista

 

Luis Bravo [LB]: Los niños de la guerra, los jóvenes del 50

Francisco Brines [FB]: Empecé a escribir a los 14 años. Me atrapó el descubrimiento de la emoción creadora, que implica no saber lo que vas a escribir y luego la sorpresa de lo que tú mismo has dicho, al margen de que el poema comunique, o no, esa revelación. Me impresionó también el encuentro con palabras desconocidas que, sin embargo, despertaban mi imaginación. Esto fue encauzado por un profesor de literatura, y poeta, que tuve en el colegio de los jesuitas en Valencia. Una persona sensible y de cierto reconocimiento, al que un compañero de clase le entregó por primera vez mis poemas. Cuando me los devolvió me di cuenta de que no le habían gustado demasiado, con lo cual volví a cuarteles de invierno y me convertí en el crítico implacable de lo que iba escribiendo. Al cabo de un par de años me acerqué de nuevo al Padre Bertran, que así se llamaba, y comenzó una relación de intercambio a través de notas, variantes de cada poema que con él hacía y que me estimulaban. Un par de amigos formaron parte de ese pequeño grupo. Bertran había pasado muchos años en Italia y en la España de los años cuarenta y, aún en pleno franquismo, tenía una mente muy abierta y fue muy bueno contar con un mentor así. Luego seguí escribiendo sin pausa, con períodos de silencio de los que siempre regresé fortalecido. Recibo el Premio Adonais en 1959, y Las brasas es lo primero que publico.

 

El poeta Francisco Brines

El grupo del 50 éramos los que habíamos vivido la Guerra Civil desde los ojos del niño, con todas las necesidades propias de la posguerra. No fue una generación de rupturas, sino que se sabía en una tradición asumida con orgullo. Pienso que la poesía del siglo XX español no perdió nunca, ni siquiera en los momentos más vanguardistas del 27, su conciencia de estar integrada a una tradición. Cuando Federico García Lorca, Vicente Aleixandre y Rafael Alberti hacen surrealismo entroncan incluso con la canción popular, y hacen sus homenajes, ya sea a Góngora, o a Bécquer, incorporándolos. Entre nosotros, los mayores venían haciendo una poesía social que a los más jóvenes, como Claudio Rodríguez, Carlos Sahagún, y a mí, no nos satisfacía como poesía en sí, aunque apuntara a unos contenidos muy legítimos. No nos resultaba, porque a la poesía la legitima la realización del texto como objeto poético. Ellos hacían poesía social sobre los problemas de los obreros, pero éstos no la leían, ni querían leerla, porque sabían mejor que nadie lo que les estaba ocurriendo. Nosotros nos quedamos con el estímulo ético de esa postura, pero haciendo hincapié en una poesía crítica de la burguesía, a la que pertenecíamos, ya por nacimiento o educación.

Preferimos hablar de lo que conocemos, desde dentro, buscando matices y un mayor perfil psicológico. No se trataba de empequeñecer el poema para que llegase a todo el mundo, sino de que el lector, sea el que sea, tuviera más altura de lo que cualquiera pudiera creer. La prueba está en que la poesía popular es irracionalista. Esto porque el pueblo tiene un pensamiento no lógico sino mágico, y se conecta con la poesía como debe ser, de un modo intuitivo. Así se amplían los contenidos temáticos y se recomienza a hablar desde el yo; un yo narrativo que es a la vez canto. Así entroncamos con los poetas de la lengua; a mi entender, el maestro de nuestra generación en cuanto a la contextura de la moral individual inserta en el poema es Luis Cernuda. Él ya había tomado ese rumbo central entre el compromiso y lo estetizante. Cernuda me enseña a situar la persona que yo soy, y a transformarla en personaje poemático.

Otro poeta que marcó mi sensibilidad, en la adolescencia fue Juan Ramón Jiménez. En estos casos yo era consciente de lo que debía a ambos. Sin embargo, los críticos vieron en mi primer libro la presencia de Antonio Machado, que en aquel entonces estaba siendo redimensionado. Había algo de razón, aunque el Machado que a mí me interesa es el de Soledades, es decir el simbolista, el de las superposiciones temporales, que yo mismo utilizo pero que fue una influencia inconsciente, reconocida por mí tiempo después.

 

 

[LB]: Tanteos en la emoción oscura, la luz como salvación

[FB]: Como creador parto muy pocas veces de ideas, parto sí de emociones oscuras y variadas. La necesidad de escribir surge de estar como cargado de esas emociones informes que buscan aclararse ante mí. Por eso emprendo la aventura del poema como esperando una revelación, que no es un conocimiento lógico, y penetro en esa masa informe iluminándola con palabras. Luego vendrá la poesía como certidumbre. Es la inteligencia no especulativa de la intuición la que me va dando los hallazgos. Luego la reflexión, la parte lúcida, va actuando simultáneamente, corrigiendo la estructura del poema.

Últimamente me agrada mucho la ambigüedad. Lo que no soporto es la confusión; no le temo a lo difícil, a lo extraño, porque la vida es así también. Pero no busco darle al lector la idea de que va a encontrar más de lo que hay. Si hay liebre que haya liebre, pero no le demos al lector un gato y una liebre para que crea que hay dos liebres. En ese sentido yo creo que al final de cuentas ha sido el simbolismo la gran escuela poética del siglo XX. No en balde ahora volvemos a estar cerca de San Juan de la Cruz, o de esa poesía popular de la que he hablado antes.

Nuestra naturaleza está hecha de tiempo, y esto lo han dicho muchos. No soy de los que creen que la poesía debe ser original en sus contenidos, sino que justamente hablar de lo universal es parte del oficio. Nuestro destino es dejar de ser en el tiempo, de aquí viene la tragedia del hombre y la obsesión por ese tema.  Llegamos como dioses inmortales y de repente, muy pronto, estamos condenados a ser algo caedizo. De esa visión crepuscular, que alguien podría ver como pesimista, o como resistente, porque nadie quiere morir, también nace la naturaleza. Y de la naturaleza tenemos la luz, que es la que nos la muestra. La luz, de alguna manera, simboliza lo que es más permanente que nosotros, aquello que amamos. Por eso incluso en mis poemas más nihilistas o tenebrosos de pensamiento siempre está como contraste el amor a la vida, la luz como salvación.

 

El poeta Francisco Brines

[LB]: Ética sexual y política

[FB]: A mediados de los años sesenta, Jaime Gil de Biedma me pidió un libro para la colección Collioure, que será un poco el sello editorial de la generación. Pero resulta que la línea de publicación era la de libros de tema social o de temáticas cívicas de aquel grupo. Y yo no hacía ese tipo de poesía. Le dije que no veía mi libro ahí y decidí publicarlo en Ínsula, que era una colección anti-régimen, pero más neutra en esos contenidos. Surge allí otra colección llamada Poesía para todos, que pretendía publicar poemas largos. A “El Santo inocente”, que ya había escrito, agregué otros dos poemas de tipo histórico, nacidos de la lectura de La República de Platón. Lo que tendrían en común era un título que finalmente fue, Materia narrativa inexacta. Allí aprovecho un fondo histórico y lo manipulo para hablar de aquello que me interesa. En “La muerte de Sócrates” está en clave mi posición política de entonces que, sin embargo, nadie ha leído como tal. Es mi único poema político y a quien le interesó fue, paradójicamente, a un extranjero, el poeta nicaragüense Carlos Martínez Ribas. Esto pasó desapercibido a pesar de que allí están mi ubicación sexual y política, que son dos cosas muy delicadas. Esta Materia narrativa inexacta fue escrita para hablar de cosas muy exactas, que refieren a un personaje que está fuera del poema pero que al fin y al cabo es el que ha hecho el poema.

 

El poeta Francisco Brines recibiendo el Premio Cervantes 2020

[LB]: Leer y oír poesía.

[FB]: Me interesa mucho oír al poeta leer sus propios textos. Me da claves sobre su misma poesía. Hay poetas que leen muy mal, que sería preferible no leyeran. Ahora, el lector de poesía, cuando sólo escucha se entera a medias. No puede hacer un juicio hasta no enfrentarse al libro. Estamos acostumbrados a un ritmo, a unas pausas, a releer versos determinados.

Por otro lado, hay gente que si tuviera un libro de poemas en la mano lo dejaría a los cinco versos, porque busca lo denotativo y esto no es lo que la poesía brinda; pero, sin embargo, es gente capaz de estar una hora oyendo poesía sin rechistar, y además emocionados. Es una cosa sorprendente y quizás es la única manera de llegar a ese público. Yo no oigo nunca a un recitador, a un actor, no me interesan; me interesa el poeta leyendo, con sus errores incluso.

 

 

[LB]: De la escritura y el ruedo

[FB]: No soy escritor porque no tengo vocación para ello. La mirada del novelista o del ensayista es una mirada analítica, distanciada, crítica, objetiva, inteligente, que planea, que estructura y deduce. La mirada del poeta es intuitiva. Ve el mundo desde el asombro, desde la revelación, es todo lo contrario del escritor. Por eso es tan difícil encontrar un buen novelista que escriba poesía a la misma altura de su narrativa. Caso Cervantes. ¿Qué le faltaba a Cervantes para ser un buen poeta, si lo tenía todo? Hasta vocación tenía de poeta, más que de lo otro. Y, sin embargo, su poesía al lado del Quijote es muy de segunda fila. Ahora, si yo no hubiera sido poeta tampoco me hubiera preocupado no serlo. De joven me hubiera gustado ser torero; haber sido torero sin ser poeta, y cuando hubiera dejado de ser torero, pues entonces sería poeta.

 

 

*(Montevideo-Uruguay, 1957). Poeta, ensayista, crítico literario y performer. Se desempeña como profesor de Literatura en la Universidad de Montevideo. Coogestionó el Festival Internacional de Poesía de Uruguay (1993-2006). Fue coeditor del semanario Brecha (1995-1998). Ha publicado en poesía Horizonte mudo (1980), Puesto encima el corazón en llamas (1984), Lluvia (1988), Gabardina a la sombra del laúd (1989), Árbol Veloz (1998), Liquen (2003), Tarja (2004), Algo pasa por la voz (2008), Tamudando (2010); en ensayo Nómades y prófugos/Entrevistas literarias (2002), Escrituras visionarias / literaturas iberoamericanas (2007), Obra Junta, antología anotada del poeta Ibero Gutiérrez (2008), Los papeles de Juan Morgan / Narrativa completa de Julio Inverso (2010), Voz y palabra: historia transversal de la poesía uruguaya: 1950-1973 (2012), entre otros.

 

 

 

**(Valencia-España, 1932). Poeta. Miembro del Grupo poético del 50. Es miembro de la Real Academia Española. Ha recibido los premios Adonáis (1960), Nacional de Literatura de España (1987), de las Letras Valencianas (1987), Internacional de Poesía Federico García Lorca (2007), Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (2010), Miguel de Cervantes (2020), entre otros. Ha publicado en poesía Las Brasas (1959), El santo inocente (1965, en reediciones se titula Materia narrativa inexacta); Palabras a la oscuridad (1966); Aún no ((1971); Ensayo de una despedida (1974); Insistencias en Luzbel (1977); Poemas excluidos (1984); Poemas a D.K. (1986); El otoño de las rosas (1986); El rumor del tiempo (antología, 1989); Espejo ciego (antología, 1993).

 

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