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Por Miguel Ángel Lescano*

Crédito de la foto (izq.) Sputnik Ed. /

(der.) Revista IDEELE

 

 

Incendio abstracto en El nudo (2012),
de Teresa Cabrera**

 

 

“Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer” (17). Escribe Jorge Luis Borges. La abstracción es un sueño febril. El abrazo es símbolo cálido de encuentro. De nostalgia. Es un recuerdo humano. Un grafo trazado en la pared. Una mancha, a veces negra, grabada en la percepción. Textura pueril que garabatea el corazón. La textura es escritura. Viene de tiempos infinitos. La ciudad es un texto. Una biblioteca. Un caos. Empuñar un arma filuda para abrirse paso en la maleza de asfalto. De negras avenidas por recorrer. Es construir un nudo de silencio. Una búsqueda.

El libro de la poeta Teresa Cabrera se llama El nudo. Es pared de concreto que construye frente a nosotros. Una pared oscura. ¿Por qué se llama El nudo? ¿La poeta desea escapar de la ciudad? ¿Huir de la pandemia qué se esparce por doquier? En el escape, ¿asesinar fantasmas de peligros? Lo poeta con palabras entre cortadas escribe en su primer verso:

“acaba la noche se extiende el fuego la fiebre el humo

en el horizonte   tras las balanzas los controles

el ingreso a la ciudad” (9).

 

 

La poeta Teresa Cabrera leyendo

 

 

Un escritor argentino decía que entrar a la biblioteca es entrar a la ciudad. Teresa Cabrera ingresa a una ciudad de múltiples espejos. Se miran en silencio. Ella está ahí. Sola. El color negro se convierte en azul. Cambia su mirada. Como los ojos de David Bowie. Miradas destellantes. Y entra a escenario. Mira una luz en el horizonte. La poeta en su caminar por calles de la gran Lima, es herida por fierros invisibles. Teresa Cabrera se pregunta: “y si mi cuerpo atraviesa la carrocería?” (9). Era de metal. La historia empieza. ¿El metal le atraviesa el cuerpo o ella atraviesa el metal? Mujer heroica. Me recuerda a la artista Frida Kahlo que de niña sufrió un accidente automovilístico y la marcó de por vida. Maracas en la memoria. Pena profunda. Luego una vida negra. Marca simbólica de dolor en su mirar y en su cuerpo: dolor de vivir en un mundo de desigualdades sociales. De ser engañada. En corrupción política. Donde la esperanza tarda. En una reunión en el bar Queirolo del centro de la ciudad Lima. Conversamos y tómanos unas cervezas. Luego me fui al Cono Norte, a mi baticueva de ladrillos, a buscar mi identidad. Escribí un texto que titulé “Agazapada”. Dice:

En este jardín de trigo

tres lápices inician una noche

explotan violines naranjas en tu cielo.

El bar Queirolo es como música en navidad

me involucro en tu deseo lejano

niña post punk ojos de semáforos.

Aire limpio deseo en esta cosecha de cervezas

para ello, limpiaré las veredas de mi casita

y tú, estarás entre trigales de escaleras

deseando herir mis poemas y palabras

cuando contorneas tu cuerpo de espuma.

Agazapada y poderosa eres

como el Titanic cuando se hunde.

 

 

El libro El nudo es un libro negro. Con luces doradas. Que la poeta traslada como sueños en cajas. Como restos calcinados de estudiantes, que luego de ser asesinados por militares alienígenas, sedientos de sangre, los devolvieron en cajas de cartón. Como cosas. El libro El nudo es un grito a la injusticia. Su lenguaje corta y corta pliegues invisibles. Es un cuchillo que intenta partir la memoria.

Trasgrede en silencio. Incendia la ciudad. La poeta de ojos de semáforos se entrena en campos deportivos.  Se enfrenta a adversarios uniformados. Con lanzas afiladas y rayos láser que iluminan la pena. Pero la poeta se hace fuerte y conoce su travesía. Escribe: “ya conozco el camino no queda más remedio/ que usar las palabras las mismas humanas palabras” (15). Ante todo, la vida. El cambio se gana con protestas. Señal para el cambio. Deshacer la locura de vivir en Lima gótica.  

Cabrera escribe: “éramos el ojo éramos el ave” (16). La poeta de delgada figura, pero con sombra de dragón, sigue su búsqueda implacable. De cambiar al mundo.  De encontrar en la ciudad de la turbulencia la verdad. Encontrar un mundo equitativo. El bien de todos. Inclusive, la poeta de cabellos lacios le pone una hora exacta a su arribo a estaciones pedregosas: “llegaré a Lima a las cinco” (21). Llegará la luz antes que caiga la tarde.  Antes de el último suspiro.

 

 

 

 

Es inasible buscar la verdad. Es una locura decir algo coherente en el Perú de falsas promesas. Ranciere dice: “Lo inapropiado es constitutivo” (21). Las penas y los conflictos les pertenecen, en mayoría, a las clases de bajos recursos económicos.  La vida en el 2020 se convirtió en pesadillas. La poeta Cabrera habla con su sombra. Dialoga con espejos y escribe que:

“al estirar mi mano hacia ti    una de las voces dice        teresa

en la habitación no hay pastos corrales pájaros” (25).

 

 

En Lima no hay nada. El cielo gris nos cubre. Sólo hay muertos en hospitales piratas. Improvisados por el gobierno de turno.  ¡Oh, Dios, Ilumina de color dorado este negro mundo! Esta travesía de vida. Para cruzar puentes que no existen. ¿Cómo ser libre si el sol no ilumina? La habitación donde vive la poeta se cierra. Le impide salir y ver la luz. Sube y baja hacia mares de olas espumosas. Se moja los pies y recorre océanos. Su silueta se confunde con el día destellante. El día es su fortaleza. Y escribe: “soy un cuerpo que no podré traer a Lima” (39). El cuerpo es un líquido de poesía. Se abraza. Da vueltas en sus ojos. Y en el devenir construye destellos de luz. Crea huacas con hilos. Crea: “torcidas tiras de lana y pelo que acomodo en el respaldo de las sillas/ esperando que sequen para empezar la madeja y encontrar el nudo” (49).  El eterno nudo. La alegría nudo. El misterio nudo. El nudo palabra.

La poeta Teresa Cabrera crea simbólicamente una reacción frente a las palabras. Entre un lenguaje coloquial e imágenes abstractas crea un nuevo universo. Un nuevo yo. Alfonso D´Aquino precisa que: “La escritura se ha vuelto ‘un acto expresivo de sí mismo’, de manera análoga a lo que pasa en la pintura abstracta: que pinta su propia presencia” (146). El libro El nudo de Teresa Cabrera es una vigilia. Una espera. Un nuevo amanecer. Una locura de amor hacia una ciudad que la vigila. Finaliza afirmando que: “huir no me sirve/ alguien vigila mis sueños” (60).

 

 

 

Referentes

 

D´Aquino, Alfonso. “La escritura vacía”. En Jorge Eduardo Eielson. Nudos y Asedios Críticos. Martha L. Canfield Editor. Madrid: Iberoamericana. 2002. Pp. 141-163.

Cabrera, Teresa.  El nudo. Lima: Sputnik Editor. 2012. 

Borges, Jorge Luis. Artificios. Madrid: Alianza Ed. 1993.

Jacques Ranciére. “El malestar en la estética”. En Arte en flujo. Compilador Boris Groys. Buenos Aires: Caja Negra. 2016.

 

 

 

 

 

 

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*(Lima-Perú, 1963). Poeta y artista plástico. Magíster en Escritura creativa por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (Perú). Ha publicado en poesía Ilusión Caja de Poesía (2018), Disonante. Texto & Imagen (2017), La música dibuja el cielo (2011), Sonrisa Negra (2002) y Lima Sobre Lima (1987).

 

 

 

 

**(Lima-Perú, 1981). Poeta y ensayista. Socióloga por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (Perú). Trabajó en la empresa de comunicaciones Tell, e integró el taller de artesanía salvaje –TAS–, colectivo de investigación, videoarte y activismo político en espacio público. He sido editora general del portal www.lamula.pe, plataforma de blogs & periodismo ciudadano, del portal www.lamulaverde.pe y editora en la revista Poder. A la vez, fue miembro del Centro de Estudios y Promoción del Desarrollo –DESCO-, donde se desempeñó como investigadora social y miembro del consejo editorial de la serie Perú Hoy. En 2008 publicó el ensayo en limamalalima parte de su trabajo profesional y apuntes sobre la cultura limeña y la vivencia citadina. Además, ha publicado Presentes pero invisibles, mujeres y espacio público en Lima Sur (en coautoría, 2007) y Trabajadoras por la Ciudad (en coautoría, 2012). Como poeta, ha publicado Sueño de Pez o Neblina (2010) y El Nudo (2012).

 

 

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