Hay una frase que siempre me repito: “Busca respeto, no atención”. Entrevista a Raúl Castañeda

 

Por Mario Pera

Crédito de la foto (izq.) el autor /

(der.) Ed. Vallejo & Co.

 

 

Hay una frase que siempre me repito: “Busca respeto, no atención”.

Entrevista a Raúl Castañeda*

 

 

Mario Pera [MP]: Raúl, estudiaste Administración y Marketing y te has desarrollado laboralmente como gestor de seguridad de riesgos, estos ámbitos están muy lejanos a la literatura y, en especial, a la poesía. ¿Cómo inicia tu vínculo con la misma? ¿Cómo reconoces que esa necesidad de expresarte, de comunicar lo que piensas o sientes, debe fluir desde la poesía?

Raúl Castañeda [RC]: Recuerdo claramente el momento en que las Letras calaron de manera profunda en mi vida. Sucedió cuando cursaba el tercero de media, había cambiado de colegio. El profesor se llamaba y se llama, Mauricio Piscoya, poeta, amante de la música de cámara y del cine, (recuerdo que en una ocasión invitó a Iván Thays, quien nos habló de Carlos Oquendo de Amat), después de escuchar su primera clase salí tras él y le hice un resumen del tema que habíamos tocado. Nunca antes había sentido ese nivel de afinidad y de identificación con otro ser humano. Producto de ese primer encuentro empiezo a leer.

El segundo momento, poderoso también, se dio cuando estudiaba periodismo en Bausate y Meza; nos mandaron a realizar un trabajo sobre un tema introductorio. Recordé que el padre de mi amigo era periodista y poeta. Hablé con él y me dijo que su padre me ayudaría. Fui a su casa esa noche y descubrí que su padre, Ángel Avendaño, gran poeta, cuentista y novelista cuzqueño, tenía una biblioteca impresionante. Pudo descubrir quizá por mi expresión, mi interés por la Literatura, me preguntó si había escrito algo, le dije que no sin temor, que algunos poemas, me dijo que los llevara, lo hice, y después de afirmar que tenía la sensibilidad, empezamos algo muy parecido a lo que el gran Manuel Pereira cuenta sobre como Lezama le encomendaba lecturas, algo que él llamaba el “Curso Délfico”.

Con Ángel conocí la obra de Rimbaud, Walt Whitman, Paz, Lorca, Neruda; Kafka, Poe, Wilde, Joyce, Faulkner, Tolstói, Mann, Camus, Gide; también a Horacio Quiroga, Arreola, Galeano, Monterroso, Chéjov, Maupassant, etc. De esto hace veinte años.

La idea de escribir poesía de manera seria se dio meses antes de iniciarse la Pandemia, por cuestiones del azar en el restaurant donde almorzaba, se organizaban veladas literarias, al principio no asistí pero, por insistencia del organizador, lo hice y como no tenía nada que mostrar, empecé a escribir. Noté que mi escritura había cambiado, todas esas lecturas décadas atrás, me habían dado una especie de capital o banco de imágenes, cierta intuición… meses después tomo un curso con la poeta Vanessa Martínez.

Seguí trabajando en diversos textos, algunos los descartaba, otros los transformaba, cambiaban constantemente, lo encaraba como un proceso de aprendizaje: ensayo y error. El resultado de ese proceso es Espinela Negra.

 

[MP]: ¿Qué obras y/o qué poetas han sido vitales o importantes para ti como lector y, ahora, escritor de poesía? ¿Cuánto pesa, si así lo sientes, ese altar que es la tradición poética peruana cuando un peruano escribe poesía?

[RC]: Trataré de nombrarlos de manera cronológica: Octavio Paz. La primera vez que leí Piedra de Sol me voló la cabeza. Rimbaud, Breton, Lorca, Eielson, Lezama, Celan, Varela, Eliot, Plath, Ezra Pound, Kozer… menciono los que transcribí, esto fue algo que me recomendó Roger Santiváñez y me ayudó mucho.

La segunda pregunta requiere de una respuesta sincera:

Para mí la poesía no es algo con lo que puedas salirte con la tuya sin trabajar todos los días. Es importante desde mi perspectiva, ser consciente de que no se trata de inventar una fantasía de algo que no es, sino de trabajar en las cosas que sabes que puedes hacer. Y cuando sabes que puedes hacerlas, tienes que ponerte a trabajar en ello.

Nuestra tradición poética la hicieron nombres como Vallejo, Eguren, Westphalen, Adán, Moro, Belli, Calvo, Watanabe, es inspirador y atemorizante ser considerado como “poeta”, con esos nombres que nos preceden.

Hay una frase que siempre me repito: “Busca respeto, no atención”.

 

 

[MP]: Tras escribir los poemas, digamos el esqueleto o estructura base, ¿corriges mucho? ¿Eres de los que vuelve a trabajar cada poema de modo compulsivo para arreglar una palabra, una coma, etc.?

[RC]: Lo que más disfruto es del proceso de corrección. Editarme. El proceso de creación de un texto, según mi punto de vista, debe durar lo que tenga que durar. No hay prisa. Debes repasar una y otra vez la estructura, el ritmo, las imágenes, yo suelo hacerlo con todos los poemas en conjunto, no de manera individual, todos los días, a veces no hay nada que agregar, otras veces, tienes la respuesta a un problema específico o creas algo más inspirado, y tienes que reacomodar, cortar, desechar, volver a empezar… hasta que puedas lograr algo decente.

Creo que como en cualquier actividad se necesitan años de estudio y práctica diaria para llegar a consolidarse. A eso apunto.

 

[MP]: La familia es uno de los grandes temas que abordas en Espinela Negra, y puede ser algo espinoso hablar del padre, la madre, de los hijos. Siendo tu primer poemario, ¿cómo sentiste el hablar de tu familia, de sentimientos tan íntimos hacia ellos, en los poemas?

[RC]: Me sentí cómodo. Fueron los poemas “más fáciles de hacer” ya que, si bien me dejo llevar mucho por la intuición al inicio, para escribir sobre mis hijos y mis padres, sólo tenía que hacer uso de la memoria para atraer o generar material, de antemano tenía decidido la forma y el estilo.

 

[MP]: Otro filón asiduo en tu poesía es que realizas una visión retrospectiva de tu infancia, los juegos, los amigos, los lugares que quizá sea para buscar la seguridad del lugar idílico del recuerdo. ¿Cómo marca esa suerte de añoranza a esta etapa de tu vida a tu poesía?

[RC]: Recuero estar caminando con mi hija Jade, cuando era más pequeña, y ella al ver caer la tarde me dijo: ¡papá, se rompió el sol! Son ese tipo de frases de los niños pequeños que te sorprenden. Son como pequeños sabios. Hay mucha lucidez en ellos.

Creo que hay que usar ese tipo de óptica cada vez que salimos al mundo, es como tener activado el modo aprender a observar y tomar nota de las objetos y sucesos que podemos interiorizar y procesar.

Y sí, hay una nostalgia por el periodo en el que se desarrolló mi adolescencia, finales de los años 80s e inicio de los 90s, el cine, la vestimenta, los amigos, las salidas, las chicas, la música, es un espacio mental al cual siempre vuelvo.

 

[MP]: La cadencia particular de tus poemas es algo que destaco. ¿Cuánto ayuda el silencio para afinar el oído y lograr esa armonía que envuelve al lector en cada poema?

[RC]: Creo que eso que señalas me viene de la educación musical. Para medir del ritmo tienen que haberte hablado del pulso, que al final puede encontrarse intentando dar golpes con la mano o el pie al ritmo de la música, si en la partitura te ponen que el pulso es de 60, son sesenta latidos por minuto, (se mide igual que el ritmo cardiaco), a la velocidad del pulso de le llama “tempo”. A la hora de hacer música lo normal es hacer “patrones” con estos pulsos como, por ejemplo, acentuar el primero de cada dos o el primero de cada tres o el primero de cada cuatro pulsos, a cada una de estas entidades formadas por el pulso acentuado y los que vienen después se les llama “compás” y, a su vez, a cada pulso lo podemos dividir en dos, tres, cuatro… 2/4, 3/4, 4/4…

Con este tipo de información trabajas con tu instrumento una línea melódica, un arpegio, “una frase”, por lo que aprendes a seguir esto de manera estricta. En India existe algo llamado “Konnakol”, que resumiendo puede definirse como el uso de sílabas para comunicar las figuras musicales: la negra, la corchea, el tresillo, la semicorchea… Ta para un golpe, Ta Ka para dos, Ta ki ta para tres, Ta ka di mi para cuatro golpes. Es, sin lugar a dudas, el empleo del lenguaje de una manera que en Occidente era hasta los años 70 desconocida.

 

El poeta Raúl Castañeda Ramírez

 

[MP]: Espinela negra nos muestra una poética de la contemplación, introspectiva pero también de lo que te rodea. En ese sentido, también es una poética austera, dice lo justo. Ambas características me hacen pensar en la poesía asiática, china y japonesa, en particular. ¿Es algo que realizas de modo consciente o fluye en ti de modo natural?

[RC]: Esto viene del cine. En especial del asiático. De directores como Bong Joon – Ho, Park Chan – Wook, Kim Ki Duk, Lee Chang – Dong; de la fotografía de Emmanuel Lubezki, del cine de David Lowery, Julia Ducournau , Abdellatif Kechiche, Sam Mendes, Clint Eastwood, Danny Boyle, Kathryn Bigelow, etc.

Puedo agregar mi interés por el budismo Zen, el Sintoísmo y la Astronomía, los dos primeros me brindan un enfoque que propicia un estado de “estar siempre atento, tratando de no identificarme con los pensamientos que surgen como parte del proceso propio de la mente condicionada” y, los dos últimos, de curiosidad científica: saber más de aquello que desconozco.

También he desarrollado interés por los animes y los mangas.

No he estudiado el haiku, al que Octavio Paz describía como “un organismo poético muy complejo”, pero lo haré a mediano plazo y también tengo como pendiente leer y estudiar a poetas japoneses contemporáneos como Yosuke Tanaka y Chiyo Kitahara.

 

[MP]: ¿Qué viene ahora? ¿Algún nuevo proyecto literario?

[RC]: Sigo escribiendo. Me he planteado que este nuevo proyecto tenga una especie de hilo conductor o temática resuelta, espero poder conseguirlo.

 

 

 

 

 

*(Lima-Perú, 1974). Poeta. Licenciado en Administración y Marketing por la UTP (Perú). Profesional en Gestión y Seguridad de Riesgos, acreditado por ENGINZONE. Se desempeñó como gerente de ventas en la empresa representante de KIDDE (México), INDEXSA del Perú. Poemas suyos han sido publicados en las revistas Casa de las Américas (Cuba), Caserón (Cuba), Alhucema (España) y en la antología Poesía Fusión 2020 (Argentina). Ha publicado en poesía Espinela negra (2021).

 

 

 

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