Entre poco y nada: Lo muchísimo de Jorge Riechmann

 

Por Renato Pita Zilbert*

Crédito de la foto archivo del autor

 

 

Entre poco y nada:

Lo muchísimo de Jorge Riechmann**

 

 

I

En la sierra de Guadarrama, rodeados de montañas y paredes en piedra de granito, conversamos con Jorge Riechmann (Madrid, 1962), poeta, filósofo, matemático, traductor, ecologista y profesor de la Universidad Autónoma de Madrid. Merecedor de varios premios internacionales y reconocimientos producto de sus múltiples labores, con una obra literaria y ensayística traducida a varios idiomas; Riechmann es sin duda un referente del pensamiento ecosocialista, y de la filosofía y literatura.

Ahora estamos en una mesa pequeña de parque de pueblo, en torno a un café y una cerveza. Me cuenta que en su mochila lleva una buena antología poética de Ursula K. Le Guin, también que acaba de terminar de leer un nuevo libro sobre ecofilosofía de Corine Pelluchon: Ecología como nueva ilustración. Y que hace pocas horas contestaba mails de un profesor de la Universidad de Valladolid, con quien participa en un próximo libro colectivo sobre resilvestración. Además, cuenta que pronto partirá a Extremadura, a un encuentro sobre “Liternatura” o, como denomina en anglosajón, Nature writing.

Dice que, por las mañanas, a la hora del desayuno, procura leer el periódico y tomarse un café en una cafetería del centro de su Cercedilla, pueblo donde vive desde hace cinco años.

 

El poeta Jorge Riechmann

 

Entrevista

 

 

Renato Pita Zilbert [RPZ]: ¿Por qué te mudaste a la sierra, a Cercedilla?

Jorge Riechmann [JR]: Vivía en el centro de Madrid, en Malasaña, muy cerca del Centro Cultural Conde Duque. Por una parte, me movió una razón económica que han experimentado muchas personas en España en los últimos años: las ciudades se están gentrificando y turistificando, y eso expulsa a cada vez más gente del centro de la ciudad. El alquiler iba subiendo y subiendo; incluso con un salario de profesor universitario titular, como es mi caso, la cosa se iba haciendo difícil. Ésa ha sido una experiencia que ha compartido mucha gente en las grandes ciudades como Madrid o Barcelona, y ahora también en ciudades un poco más pequeñas como Valencia o Sevilla.

Luego está, también relacionado con lo anterior, los asuntos de orden más práctico, que Cercedilla es un pueblo de la Sierra de Guadarrama, un pueblo de montaña, pero con buena conexión de transporte público con Madrid. Yo trabajo en la Universidad Autónoma de Madrid: no hubiera podido ir a un pueblo que no tuviera buena conexión de transporte público, porque no tengo coche. Ni he querido ni quiero tenerlo: renuncié a ello hace mucho tiempo. Una parte de nuestra tragedia ecológico-social es que no seamos capaces de concebir un sistema de movilidad que no se articule sobre el automóvil privado.

Hay dos razones más de fondo. Una de ellas es que hace diez años, en 2013, mi perspectiva general sobre nuestra situación ecológico-social se ensombreció bastante y, a partir de ese momento, me han parecido mucho más probables las perspectivas de un mal final, de un final catastrófico para las sociedades industriales que la posibilidad de una transformación buena. Hablamos de transición ecológica (acá en España tenemos un Ministerio de Transición Ecológica) y se está pensando que tenemos tiempo todavía para transformaciones graduales que nos saquen de la zona de peligro, pero creo que eso, a estas alturas, ya no es así. Nos harían falta un tipo de transformaciones radicales, revolucionarias, para las cuales nuestras sociedades tampoco están trabajando; al revés, tenemos sectores negacionistas cada vez más fuertes, una ultraderecha que va ganando posiciones en muchos países. Ésa fue la razón más sustantiva. Hay en mi decisión un poco de retirada a las montañas, que responde a esa percepción de una realidad ecosocial más difícil y en parte sin salida.

Y, por último, Cercedilla, en la sierra de Guadarrama, para mí no era un territorio extranjero. Por un lado, yo he estado desde niño en esta Sierra: mis padres eran montañeros y cada sábado subíamos desde Madrid a algún lugar de la sierra de Guadarrama o las otras Sierras cercanas. Y, por otro lado, en Cercedilla estaban ya algunos amigos, y amigas y aunque es un pueblo pequeño tiene una vida cultural rica. Así que venir a vivir aquí no era perderse en un lugarejo donde no pudiera uno asistir a la presentación de un libro interesante, por ejemplo; esas presentaciones y debates las hacemos de forma constante (ahora en la librería La Guarida)

 

 

 

[RPZ]: Claro, no es exactamente un “retiro”, tú participas en múltiples espacios y debates desde donde desarrollas una obra y pensamiento. Entre ellos has planteado la propuesta de Ecosocialismo Descalzo. ¿Cuéntanos en qué consiste este planteamiento?

[JR]: Eso tiene que ver con la inflexión en 2013 sobre la que hablábamos antes. El ecosocialismo es una línea de pensamiento y de praxis que en Europa y en otros lugares arrancaría en los años setenta. Es el fruto de sectores de izquierda (que vienen de los movimientos obreros, socialistas en sentido amplio) que en los años setenta se dan cuenta de esa enormidad que es la crisis ecológica: esto lo cambia todo (podríamos decir, con el título de un libro muy posterior de Naomi Klein sobre calentamiento global). Hay un año clave, 1972, que es cuando se publica aquel famoso estudio sobre los Límites del crecimiento, el primero de los informes al Club de Roma. Es también en 1972 cuando se celebra la primera de las cumbres de Naciones Unidas sobre medioambiente y sociedad, la cumbre de Estocolmo.

Entonces, los sectores de izquierda más despiertos se dan cuenta que hay algo enorme que exige repensar bastante cosas dentro de esas tradiciones de izquierda, y ahí tenemos a un Manuel Sacristán en España, a un André Gorz en Francia, a René Dumont también en Francia, a Raymond Williams o E.F. Schumacher en Gran Bretaña, a Wolfgang Harich en Alemania oriental, a Iván Illich entre varios países, a James O`Connor en EEUU… (Y también, por cierto, desde la poesía, a Nicanor Parra en Chile). Empezamos a poder hablar de esas corrientes ecosocialistas en esos años, el 73, 74, 75. Ésa es mi tradición intelectual también, la gente de mientras tanto está ahí.

Luego, ya a partir de 2015, yo hablo de ecosocialismo descalzo. Después de 2013 intuyo que las perspectivas relativamente optimistas de poder realizar a tiempo una transición probablemente revolucionaria a una sociedad industrial socialista, de alta tecnología, pensada todavía con elementos de abundancia material importantes, ya no son realistas. Llego a la convicción de que eso ya no está a nuestro alcance, y que debemos pensar en sociedades ecosocialistas donde los valores centrales sean igualdad y libertad (igualibertad, se pueden componer estos dos grandes valores en un solo concepto, como se ha propuesta ya hace tiempo), sociedades de igualibertad pero que, al mismo tiempo, en la disposición de energía y materiales deberían ser más modestas. Y en términos no ya de alta tecnología sino de tecnologías más sencillas, más humildes. No una sociedad de alta tecnología, de alta energía, sino sociedades donde el elemento de autolimitación tiene que ser más fuerte que el que había pensado ese ecosocialismo de los años ochenta o noventa.

 

 

[RPZ]: Hace poco, a partir de una entrevista que te hicieron, surgió una polémica por una declaración tuya en la que te referías a la necesidad de una “sociedad del empobrecimiento”…

[JR]: Hay que entenderlo bien. Ecosocialismo descalzo es, en dos palabras, ecosocialismo decrecentista. Eso nos remite a un metabolismo social más austero, con uso menor de energía y de materiales, con elementos de decrecimiento conscientes, desde la constatación de que los sistemas humanos han crecido demasiado con relación a los sistemas naturales. ¿Empobrecimiento en qué sentido? Bueno, hay un elemento que creo no se puede soslayar: necesitamos cierta ascesis, cierto ascetismo ecologista. Como eso es muy incómodo políticamente, se da a entender a la gente que en una transición ecológica se podrán seguir haciendo las cosas que hacemos ahora, aunque con menos impacto ecológico. Pero eso no es muy plausible. Si usamos mucha menos energía (y necesitamos usar mucha menos energía, en parte nos vamos a ver forzado a ello por las circunstancias), va a haber menos actividad económica, menos producción y consumo, menos movilidad. Sin embargo, tales perspectivas están muy fuera del horizonte que se plantean nuestras sociedades.

 

 

 

[RPZ]: Has señalado que actualmente nos enfrentamos a una “gran desproporción”, por el reto que representan las rápidas transformaciones que debemos dar en materia energética frente al poco tiempo que tenemos y el poco actuar que hacemos…

[JR]: Ése es uno de los rasgos que se ha ido desarrollando en este periodo que llamamos Modernidad, una desproporción cada vez más grande entre distintos componentes de la vida humana, entre distintas dimensiones de nuestra acción social. Entre un montón de dimensiones: también entre las acciones y sus consecuencias. Ahí hay un elemento trágico que forma parte de la situación en que nos encontramos. En términos de acción humana eso se traduce en que lo que hagamos no va a estar a la altura de lo que necesitaríamos hacer, pero eso no es una razón para dejar de hacer lo que sí podemos hacer. Incluso si no vamos a llegar a los lugares que necesitaríamos.

 

El glaciar de la montaña de Sísifo

se nos está derritiendo

 

De Z.

 

 

II

Jorge Riechmann es autor de una abundante obra, lejos de la producción dispersa y la cerrazón productivista. El conjunto de su trabajo se corresponde con una meditada y rigurosa coherencia.

Publica poemarios desde 1979, y traducciones desde el 1986. Ha escrito alrededor de cuarenta libros de poesía. El último premio que recibió (no es el único) fue por su poemario Z (Huerga y Fierro Editores, 2021). Es traductor de varios autores, entre ellos el alemán Heiner Müller y el francés René Char, por cuya traducción recibió el premio Stendhal en el año 2000. Desde finales de los años ochentas es autor de varias decenas de ensayos dedicados a asuntos ecosocialistas, a la literatura y la ética.

Entre muchos otros aspectos, es de destacar en su obra un constante reconocimiento por el otro. Un reconocimiento que es entrelazamiento, toda una ética de la colaboración en su escritura.

Sus poemarios tienen una gran cantidad de referencias a autores y autoras en epígrafes, dedicatorias, citas o menciones; asimismo abundan las referencias también a amistades, animales, sitios, territorios, libros. En su último poemario En el fondo del valle ha muerto Jorge Riechmann (Baile del Sol, 2022) hay 146 menciones a autores y autoras. Algo así ocurre en otros libros. Así el poeta nunca está solo: están sus constelaciones, su tradición.

 

En algún parte, las palabras vivas de Gary Snyder me protegen,

igual que a él las palabras de Dogen –aquel viejo maestro japonés.

No es porque esté aún vivo —árbol nonagenario con sus limpias acículas.

Cuando él haya muerto y cuando yo haya muerto

seguirá siendo igual

 

De, En el fondo del valle ha muerto Jorge Riechmann.

 

 

 

[RPZ]: ¿Puedes trazarnos una genealogía de tu poesía, de tus referentes?

[JR]: Bueno, primero está ese ir accediendo en aquel momento de adolescencia a lo que sería la herencia poética más convencional. En esos años 13, 14 años va uno leyendo a los autores de la Generación del 27, descubre uno a Vicente Alexandre, con admiración, o a Federico García Lorca. Después, cuando ya va encontrando uno un camino más propio, se puede señalar por una parte a los autores no tan transitados de la llamada Generación del 50, sobre todo Claudio Rodríguez, que es un enorme poeta, y luego un poco después Antonio Gamoneda: fueron autores muy fértiles para mí en particular.

Y luego sucede algo curioso en España, y es que se ha hecho una historia de la poesía ortodoxa en la cual los autores centrales de esa generación del 50 serían Jaime Gil de Biedma, Carlos Barral, la llamada Escuela de Barcelona. En cambio, gente como Gamoneda fue opacada hasta que luego emergió con mucha fuerza. Y se podría hacer, si se quisiera, en términos de historiografía poética, una construcción heterodoxa de la poesía española en la segunda mitad del siglo XX. Se podría hacer una especie de cara B, toda una segunda construcción de autores que han sido poetas de primera línea y sin embargo no han recibido el reconocimiento debido o lo han hecho de manera muy tardía. Gamoneda es el caso más claro para esto, ahora sí es muy reconocido, pero eso solo empezó cuando ya era un sexagenario. Y hay otros autores y autoras a quienes apenas se ha hecho justicia sino de manera muy tardía, por ejemplo, Carlos Edmundo de Ory, Miguel Labordeta, Francisco Pino, Clara Janés. Me interesa mucho esa poesía.

Hay también una riqueza enorme en otras lenguas peninsulares: Joan Brossa en Cataluña, Uxío Novoneyra en Galicia…  Representan esa línea un poco más secreta pero que llega mucho más lejos en términos de indagación estilística, existencial, espiritual. Llegan mucho más lejos que un Gil de Biedma o un Ángel González, que sin duda son poetas excelentes, pero igual han sido un poquitín sobrevalorados… La canonización de la “poesía de la experiencia” deja fuera demasiadas cosas interesantes.

 

 

[RPZ]: En esa línea de hallazgos propios, ¿qué vas encontrando luego?

[JR]: En cierto momento, creo que fue en el 81, descubrí a René Char, este poeta francés a quien luego he traducido mucho. En aquel momento, fue también esa impresión de “he encontrado ese poeta que es clave para mí”, más allá de que piense que es clave para mucha otra gente. Y a partir de esos años, 82, 83, 84, voy construyendo también a partir de esa tarea de traducción de Char.

Luego, en cierto momento, uno va encontrando puntos de apoyo y haciendo más hallazgos. En 1986-87 encontré también a poetas de uno de los grupos más interesantes que aquí ha habido, en mi opinión, en aquellos años ochenta y luego en los noventa. Era gente que vivía sobre todo en Valladolid, y allí había una revista excelente con formato de libro que se llamaba Un Ángel Más. Entré en contacto con ellos en el 86, 87, y formaban uno de los núcleos más vivos y valiosos entre lo que había entonces en España. Hablamos de esos años en los cuales se va a imponiendo como mayoritaria aquí esta poética que se llama a veces “poesía de la experiencia”. En cambio, los poetas de Un Ángel Más representaban una vía muy distinta, un camino lateral donde permanecía abierta, expedita, la conexión con las vanguardias históricas (que eran muy denostadas por este sector de la poesía de la experiencia); un camino de exploración lingüística y espiritual mucho más amplio que los de aquellos poetas llamados de la experiencia. Después de Un Ángel Más este colectivo castellano-leonés fundó otra revista que se llamaba El signo del gorrión, también excelente. Desde aquellos años yo me sentía próximo a ellos y ellas. Quizá la poeta más conocida de este colectivo ha llegado a ser Olvido García Valdés, pero era un grupo muy rico y amplio: Miguel Casado, Miguel Suárez, Ildefonso Rodríguez, Esperanza Ortega… Cercanos a grandes figuras tutelares como Francisco Pino y Antonio Gamoneda.

Luego marché a estudiar dos años en Alemania oriental, en la Universidad Humboldt de Berlín Este: fueron los cursos 1986-87 y 1988-89, con un año entre medias en que volví a España (1987-88). Ahí también fui descubriendo cosas: trabajé mucho sobre teatro alemán oriental contemporáneo, y ahí encontré a Heiner Müller, un autor a quien también he traducido mucho. En fin, va uno encontrando interlocutores y puntos de apoyo. A Char y a Müller los conocí personalmente y de forma puntual trabajamos, sí, en la revisión de mis traducciones de textos suyos; pero no era como estar en tertulias todas las semanas o algo parecido. Interlocutores más constantes fueron esa gente de Un Ángel Más, o, por ejemplo, a comienzos de los años noventa conocí a Juan Carlos Mestre o a José María Parreño, que han sido interlocutores en ese caso mucho más cercanos desde entonces.

 

 

 

[RPZ]: Por cierto, también se siente mucho a Brecht como influencia en tu obra. ¿Es así?

[JR]: Brecht sigue siendo un autor central para mí. De hecho, como proyecto a largo plazo, tenía el ir traduciendo poesía de Brecht, aunque eso todavía no se ha podido materializar. Algo que ha pasado con Brecht es que en realidad se conoce poco su poesía: ha habido algunas traducciones al castellano, pero es que se trata de un corpus poético enorme. En cierta manera he traducido algunas de sus prolongaciones. Hay como dos direcciones en Brecht, que continuarían Erich Fried por una parte, y Heiner Müller por otra, y yo los he traducido a ambos.

 

 

[RPZ]: Tus referencias a la poesía oriental también son claras, ¿tienes algunas predilecciones?

[JR]: Bueno, es un mundo de una riqueza enorme al cual hemos accedido en parte a través de la generación Beat estadounidense. Los más conocidos de esa generación estadounidense son Allen Ginsberg, Jack Kerouac, Gregory Corso en cierta forma, Lawrence Ferlinghetti; pero los más interesantes para alguien que tenga un poco de visión ecológica son menos conocidos. Hablo, por un lado, de alguien que es una generación anterior a estos y que es su maestro en cierta manera: Kenneth Rexroth. Resulta muy injusto que haya como desaparecido, opacado por el brillo de sus discípulos: es él quien está en el origen del Renacimiento Poético de San Francisco, y es un poeta y ensayista impresionante, y al mismo tiempo un gran vehículo para la poesía china y japonesa. Rexroth era muy políglota, un autodidacta con una cultura vastísima, y tradujo al inglés versiones casi canónicas de poesía clásica japonesa y china.

Por otra parte, para lo que se ha llamado budismo occidental Gary Snyder es una figura clave. Él es coetáneo de Ginsberg y Kerouac, amigo de estos autores beat, forma parte de ese círculo generacional; pero tiene más profundidad de pensamiento (a través de los ensayos también) y hay que considerarlo uno de los autores más importantes de la deep ecology en EEUU. Al mismo tiempo, es budista de forma consecuente; se fue a vivir a un monasterio en Japón en los sesenta, no hablaba de oídas, sino que ha sido un practicante real. Lo sigue siendo: aunque es ya muy mayor, sigue vivo y en activo.

 

A menudo pienso –piensa Kingsnorth–

que el afán por “salvar el mundo”

no es algo tan distinto de querer controlarlo

 

De Z.

 

 

 

[RPZ]: Cuando leí ese verso tuyo que dice “el afán por `salvar el mundo’ no es algo tan distinto de querer controlarlo”, pensé en esos textos de saberes taoístas, donde se profesa el dejarse llevar por la naturaleza, el no interferir. ¿Cómo valoras esas perspectivas?

[JR]: Desde hace mucho tengo esa prevención frente a la idea de salvación. Siempre que sale esa expresión de “salvar el planeta”, uno levanta la mano y dice eso es una cosa desmesurada: el planeta no necesita que lo salven, la vida en la Tierra va a seguir con nosotros o sin nosotros. Incluso la idea de salvar a la especie humana hay que tomarla con pinzas… En fin, el afán redentor no entra en mi perspectiva desde hace mucho tiempo. Y al mismo tiempo uno sabe que está viviendo dentro de un mundo atravesado por múltiples conflictos, donde lo que uno haga o deje de hacer tiene consecuencias. Entonces eso delimita un campo en el cual nos toca asumir responsabilidades también: nos toca intentar asumir responsabilidades colectivamente y luego también uno debe decidir de qué manera se sitúa frente a eso. Yo a veces lo expreso diciendo que la cuestión nunca es movemos en ese espacio entre el cero y el infinito (para decirlo con el título del libro de Koestler), no es entre el cero y el infinito, sino más bien entre poco y nada. Aunque eso es un espacio humano más pequeño, también es más realista y ahí toca asumir responsabilidades.

 

“… el alma sin deseo/ ve lo oculto/ y el alma deseante/ ve sol su deseo”

Lao Zi (en la versión del Libro del Dao de Ursula LeGuin)

 

Quienes tenéis soluciones

consagraos a ello, altos y relucientes

 

No decepcionéis al mundo que aguarda

vuestra viril palabra:

problem-solving!

 

Pero algunos hemos venido

al fondo de este valle para aprender a morir:

 

por favor, no perturbéis nuestro escabel

de frágil serenidad

 

De, En el fondo del valle ha muerto Jorge Riechmann.

 

 

[RPZ]: ¿Qué vas a hacer luego, Jorge?

[JR]: Hoy por la tarde quizá vaya a dar un paseo por el bosque: una de las cosas espléndidas de Cercedilla es que caminando diez minutos ya estás en el bosque donde hay pinos y robles, o en un piso más bajo encinas. A lo mejor doy un paseo por el bosque aprovechando que se ha aliviado la sequía con las lluvias de las últimas dos semanas, y bajan los arroyos con más agua, por suerte. Luego leeré, escribiré un poco.

 

 

III

La mirada de Riechmann parece modelada por el pensamiento profundo y la introspección. Cada una de sus palabras son precisas y mesuradas, cuidadosas en sus conceptos. Sin embargo, en ningún momento la conversación es fría, academicista o intelectualoide; por el contrario, todo es cordial, desde un plano llano del saber. Lo que al principio parece una singular distancia, se torna proximidad.

A Riechmann lo podemos leer con frecuencia en su página web tratarde.org, una bitácora nutrida de reflexiones, desde donde podemos seguir sus múltiples actividades.

 

Junio 2023

 

 

 

 

 

*(Perú). Poeta, artista plástico y comunicador. Se desempeña en temas de la Amazonía y los pueblos indígenas. Ha publicado en poesía Cuadernos del neopregón (2005), El animal se muere en los límites de un país conocido (2015) y Tapir tapir (2021).

 

 

 

**(Madrid-España, 1962). Poeta, traductor, ensayista, matemático, ecólogo y filósofo. Licenciado en Matemáticas por la Universidad Complutense de Madrid (España), Filosofía por la UNED (España) y Literatura alemana en la Universidad Wilhelm Von Humboldt (Alemania). Doctor en Ciencias Políticas por la Universidad Autónoma de Barcelona (España). Se desempeñó como redactor de la revista En pie de paz de 1987 a 1994. Milita en Ecologistas en Acción y en Izquierda Anticapitalista, y es miembro de la Sociedad Española de Agricultura Ecológica. Obtuvo el Premio Hiperión (1987), el Premio Feria del Libro de Madrid-Parque del Buen Retiro (1993), el Premio nacional Villafranca del Bierzo (1996), el Premio Jaén (1997), el Premio Stendhal de traducción (2000), el Premio Ciudad de Mérida (2008), entre otros. Ha publicado en poesía Cántico de la erosión (1987), Cuaderno de Berlín (1989), La lengua de la muerte (1997), El día que dejé de leer El País (1997), Muro con inscripciones (2000), La estación vacía (2000), Desandar lo andado (2001), Poema de uno que pasa (2003), Un zumbido cercano (2003), Ahí (arte breve), seguido por De ahí que (2004), Anciano ya y nonato todavía (2004), Ahí te quiero ver (2005), Conversaciones entre alquimistas (2007), Poemas lisiados (2011), El común de los mortales (2011), Poemas lisiados (2012), Himnos craquelados (2015), Ars nesciendi (2018), Grafitis para neandertales (2019), Z (2021), En el fondo del valle ha muerto Jorge Riechmann (2022), entre otros.