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Por José Miguel Perera*

Crédito de la foto Emma Guzmán

 

 

En camino al silencio.

La poesía de Oswaldo Guerra Sánchez

 

 

La obra poética de Oswaldo Guerra Sánchez** es para nosotros muy sugerente. Sus dispuestas letras nos parecen una suerte de inubicable eslabón aplaudido entre los poetas de similar edad, sobre todo si hablamos de la concreción canaria desde la que surgen. La particular percepción de nosotros se debe más que nada a los llamativos perfiles de su mundo lírico, atados de modo original a las esferas de la espiritualidad y la ascesis. Estos ámbitos, por su propia idiosincrasia, nunca suelen mostrarse muy separados de los procederes estéticos lingüísticos más atractivos, pero en él se presentan con ademanes de sumo interés. Si bien la trayectoria de la poesía de Guerra Sánchez tiene sus manifestaciones primeras en cuadernos como Teoría del paisaje (1992) y De una tierra extraña (1993), hemos de decir que propiamente toma cuerpo y gravedad a partir de su poemario De camino a la casa (2000) (CC), al que seguirían Montaña de Tauro (2004) (MT), Un rumor bajo la rama (2012) (RBR) y Muerte del ibis (2013) (MI). Ahora se suma Si existe el árbol. Cuaderno iraní (2019), al que reiteradamente vamos a derivar en el presente ensayo.

No podemos perder de vista que, como adelantábamos, esta poética en marcha encarna un tentador universo poseedor de algunos centros de importancia que irradian y transitan en cada uno de sus ofrecimientos. En este sentido, su último cuaderno poético iraní surgido tras un viaje familiar no es una excepción, por lo que para poder entenderlo con profundidad y matices habremos de comprender bien sus principales libros anteriores. Incluso diríamos que todos ellos se dan la mano en no poca graduación con su otra vertiente escritural, la del ensayista y la del investigador, especialmente en sus escritos vehiculados encima de la poesía y en sus incursiones en el universo cultural insular (suyo es el guión, por ejemplo, del reciente audiovisual Axis mundi. Cumbres sagradas de Gran Canaria). Engarzar uno y otros, implícita o explícitamente, así como desembrollar algunas diferencias, es lo que nos proponemos en los párrafos posteriores.

 

 

El viaje y el movimiento

Destacamos que en la obra poética de Guerra Sánchez los desplazamientos, los trayectos y los viajes (en sentido amplio, diverso y figurado) son primordiales. Todos sus volúmenes ofrecen tránsitos y travesías en variantes infinitas: caminos, senderos, veredas, periplos, carreteras, estelas… es vocabulario común, incluso la huida como otra forma de caminata hasta afuera-arriba (p. 16, MT). Uno de esos caminos primeros es hacia el hogar familiar situado en una zona rural (CC); otro hacia las alturas de la isla (MT), libro donde además uno de sus bloques de poemas se intitula “En el camino”, donde el ascenso llega a revertirse laberinto (p. 54) y donde en ocasiones se busca un cobijo-cueva para el descanso y la protección en el proceso (cual simbólica habitación del fondo, como se dirá). Cuando se roza el final del andar (p. 59), parece que el poeta nos dice que también se despliega en el caminante una prolongación por dentro, interiormente…

Existe otro viaje a través de la ciudad (RBR), paseo urbano acompasado y acompañado por Robert Walser, que es marco citado al comienzo y al final, principio y remate que asimismo vienen trazados con unos textos que advierten la inspiración del marginal islote canario de Lobos: ex-céntrico espacio geográfico que toma cuerpo simbólico en el total como un afuera de la urbe y de la órbita normalizada de la cotidianidad, como si este reducido territorio, prácticamente inhabitado en la diacronía, fuera el adentro (pacificado e íntimo) que se inquiere constantemente en las circunnavegaciones ruidosas de la ciudad y la cháchara; paralelo “camino silencioso” (p. 56) a través de la capital, cual nómada urbano análogo a ciertos textos del poeta y pintor Manuel Padorno. La derrota de la que se habla parece vincularse al ruido urbanístico que decíamos, y una y otro se intentan aminorar buscando una especie de intrínseco subsuelo invisible (doble capa de la realidad, como igualmente la posee esta escritura lisa pero repleta de ecos) a la revoltura metropolitana, en el que se ubicaría ese alegórico reducto de Lobos con alma alentada y descentrada.

En Muerte del ibis el viaje parece introducirnos —aparentemente— por tierras egipcias. En estas maneras, el movimiento continuado (en casa cuando se escribe y en ruta durante los propios pateos de vida), que caracteriza la procesual y penetradora perspicacia de esta poesía, genera dobleces y pliegues (doble capa anotábamos) que nos animan a desvelar que en este encuadre hermenéutico los senderos son literales a la par que viajes internos, hacia adentro en la existencia, repletos de meditación y procesos de ánima. Si existe el árbol no es una excepción pues sus páginas están llenas de estas veredas interpretativas: no solo por el propio viaje a Irán, sino porque en él lo que se cuece a fuego lento es un proceso con connotaciones sicológicas y espirituales, vericueto de la rememoración en el que las coordenadas espaciales acaban por distorsionarse, siempre con una intención de “reconstrucción del silencio”, como se dice en el comienzo. Este vivir en circulación reiterada, con escenario ahora en Irán, hace posible que el yo poético pueda escucharse a sí mismo junto al eco de los otros con claridad mayor, espacial y temporalmente yuxtapuesto, y de esta forma llegar a “sentir al unísono / la propia palabra / de niño, joven, mayor” (p. 53).

 

 

Memoria

La cita anterior nos abre una de las más trascendentes puertas de la lírica de Guerra, que es la pesada gravitación que tiene la memoria. En ella hay un asidero y una plataforma que guían todos los recorridos, incluido el persa: se trata de una casa de campo de la infancia, biográficamente localizada en El Palmar de Teror, en Gran Canaria (véase al respecto “La habitación del fondo”, en su libro reciente de ensayos Dignidad creadora y lecturas de cabotaje, Mercurio Editorial, 2018). Este hogar es centro —aunque se suba— cuando el yo lírico remonta sus senderos; casa tradicional canaria que igualmente tiene —como la ciudad— sus subsuelos, su vida inferior. Hacia ella se huye reiteradamente para todo, y a ella se adhiere una serie de elementos propios de las zonas agrestes, entre los que queremos destacar un árbol, árbol simbólico (pudiera ser palmera, aunque más bien resulta drago) reiterado a lo largo de los años y que viene a desembocar en los poemarios recientes como realidad metafóricamente invertida, con las raíces sorpresivamente hacia el cielo (la imagen trastocada ya se lee en MT: “el drago arraiga en el cielo”, p. 14; en MI y en RBR: los ramajes del argán “se hincaron en el Cielo”, p. 70; pero en el último poemario es epicentro).

Además de este crucial elemento, la atribuida casa-refugio a la que hacemos mención contiene una habitáculo, la habitación del fondo, que para el niño que fue el poeta (el concepto niño es central en sus obras: lleno de oscuridades y frustraciones, de rarezas y complejos que han de sanarse en medio del ruido y la derrota anotadas) estará siempre arropada por una caja de música repleta de secretos y motores de existencia (en el nuevo libro esta caja surge expresamente en el poema “La puerta alta”, p. 45); música transparentemente oscura que alrededor de todo merodea.

 

Rodríguez Padrón y Oswaldo Guerra en la presentación en Madrid del “Sí existe el árbol. Cuaderno iraní”

 

Deambula con el sujeto a través de los tránsitos, sinuosos o directos, desde CC, un hilo sonoro sustentador que tiene como contrapunto la espiritualidad del silencio. Así, la enigmática melodía de la memoria se va traduciendo y metamorfoseando carne como palabra poética, y con ella se va gestando una identidad que es a la par personal —decíamos— pero igualmente cultural (Canarias, Occidente…). Cuando los elementos líricos se vinculan al territorio insular, en las subidas a las alturas (como en MT), el axis mundi neurálgico del espacio se entrelaza al espíritu nuclear del tantán de la habitación del fondo: “En la corona del monte creo ver un círculo de música” (p. 71, MT). Por ello no solo es que los muertos hablen desde múltiples manifestaciones palmarias (yacimientos arqueológicos como Balos, fiestas populares como la Rama del Valle de Agaete, paisajes varios…), sino que además se atisba un persistente paralelismo entre los antiguos y los actuales insulares, que siempre andan en diálogo necesario hacia el mañana, rumbo a una deseada y sosegada utopía. La música que es son (ritmo y ser) se mueve en los trayectos y en la historia, y fortalece los posibles puentes del tiempo, en el propio inconsciente colectivo con “muda plegaria” (p. 53, MT) en la casa del sol o en Risco Caído, “mundo que junté tras la cancela” (p. 71, MT) de la morada timón. Porque hay una necesidad de huida hacia las entrañas e intestinos de la isla, física y metafóricamente, al igual que cuando los pretéritos habitantes lo hacían sin remedio ante las invasiones piráticas en la ciudad antigua. Como si hubiera una patria, a pesar de que no sepamos nunca cómo es, pero que, sin duda, genera combustible para el refugio-habitación del fondo donde se abrazan interno y externo, memoria y existencia, suavidad y quietud; cuando el árbol invertido surge ahora de la caja secreta de la música como una celebrada resurrección…

Se entiende, por ello, ese impulso de penetrar en la isla de todos, que viene a ser una profundización en sí mismo y un ahondamiento en lo colectivo. Así se fragua su perspectiva íntima-canaria, precisamente la que se pliega y topa, en el nuevo itinerario, con el milenario país (“donde las olas entrechocan”, superponiendo la perspectiva insular vital y el Irán desconocido del viaje). El mar, elemento que en su lírica se acerca —por lo general— solo de refilón y entrecortadamente (lo cual resulta algo significativo en el contexto isleño), será pieza meridiana en este contraste, pues la voz del cuaderno persa cree contemplar una y otra vez elementos marinos en medio de los paisajes desérticos del destino en el que avanza. A partir de este encuentro de puntos de vista se genera, dialógicamente, un proceso de descubrimiento de los secretos de la existencia, en el que es columna primera la obtención de una posición desde donde existir, un sitio de vida, como se escribe en una de las páginas: “Entonces da igual si la planicie por donde se mueve el islote [¿de nuevo sigue la sombra del Lobos simbólico?] es el gran desierto iraní o el atlántico inabarcable” (p. 25); da igual si es montaña sagrada atlántica o la gran plaza en Isfahán…

 

 

Mística y espiritualidad

La dimensión espiritual y hasta cierto punto sacra a la que nos inclinamos resulta básica para captar rectamente los fundamentos del silencio aludido, pieza clave para el entendimiento de lo que se juega aquí. Y así como el ritmo musical ameniza sus letras, el silencio se extiende al compás como sino emocional y anímico, como (des)conocimiento y salida de las esferas sufrientes, desnudez en el misterio que es termómetro del secuencial despojamiento. En la tercera parte de MT ya se leía, camino de la altura, que no había “nada que decir”; en RBR, desde el inicio, era “caldo de silencio” lo que se cocinaba, y las mayúsculas se abrazaban al recóndito sigilo de una fuerza ignota “antes de dejar mi yo”, donde se inscribe el negombre (p. 42), oscura contraseña léxica del poeta que insufla una crisis profunda de lenguaje, fondo y estigma paradójicos —diremos— de toda irremediable poesía. La voz ha sido tocada por el mágico ibis (MI: páginas 23 y 28), por el Arcano…, y en lo sucesivo “todo es un intento desesperado de atrapar el don para alcanzar aquello”; cursiva nuestra sobre demostrativo neutro que evoca el halo sanjuanista. De todo ello, oblicuamente, deriva un extravío religioso-simbólico.

Para más inri, todo en la obra poética de Guerra Sánchez es definido por la dimensión de altura: el hervor humano tiende hacia arriba en ascenso iluminativo y sublimado (el abajo, si cabe en estos versos —ya anticipamos—, será por darse como afuera o cimiento en contrapeso). Es la subida al monte y a los “Lugares altos” de MT, las azoteas “lo más arriba” de RBR, las aves que se definen por su altura y vuelo en MI… Se infiere fácilmente por qué se elevan con relativa frecuencia, en estas estrofas de Oswaldo Guerra, las siluetas de pirámides (Teide, Pico de La Atalaya…), que en el nuevo tomo se patentizan repetidamente como el teideano castillo estrellado de André Breton, al que la mirada surreal se le convierte en mística visión.

Siguen siendo (dígase árbol virado, Plaza del cosmos) centros existenciales tras los que se transita en la vida, centros de mundo generadores del deseo y la utopía, como santuarios elevados (montañas sagradas, Axis mundi) a los que se llega o se intenta llegar no sin haber sentido antes el miedo del vértigo, las dudas del no saber y la ansiedad a través de los enrevesados trayectos estrechos de la introspección. Hay cobardía y temor ante el abismo que precipita (CC), hay un monstruo que “miedifica” mientras la ascesis pide tiempo y paciencia contra el dolor y la derrota (MT); derrota o ruido (RBR) sobre los que hay que trabajar —en lucha e intercambio con la realidad y/o consigo mismo— para trocar Dolor por Belleza; “miedo a no sé qué”, “carrera sin aliento” o “anhelo dolorido” que se deletrean en Si existe el árbol, cuando se sugieren procesos semejantes y señalantes a la vía iluminativa y cuasiunitiva.

En este libro último son relevantes, dentro del cauce de nuestras deducciones, las referencias a poetas místicos sufíes como Hafez, Rumi o Jayam, pero principalmente se lee al poeta y pintor persa contemporáneo Sohrab Sepherí, de quien es la firma de la cita principal del poemario, y que incluso inspira el título del volumen: “La reconstrucción del silencio/ me perturbó./ Vi que el árbol existía./ Si existe el árbol/ está claro que hay que existir” (de su poema “Tierno tiempo de la arena”, en Espacio verde. Todo nada, todo mirada, pp. 119-120, Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, traducción de Clara Janés, Sahán y Mojgan Salami). Pero no solo queda en eso: claramente Sepherí se nos revela en señales lingüísticas alcanzadas como tierranada (ver “Oasis en el instante”, p. 55 del citado libro), así como el lugar o país del no-donde, primo hermano del anterior y del que es autor el místico tradicional Sohravardi. Amén de lo previo, observamos también tránsitos altamente expresivos con esta misma dirección en los que el yo se revierte no-yo, en los que el lenguaje se torna declaradamente religioso (“plegaria”, “capillas de luz”…) y en los que los sentidos corporales tienden hacia la desfiguración.

A propósito de esto último, en estos poemas aflora mucho oído musical, algo de olfato y de tacto (MT), pero el ver poco a poco va quedando en entredicho, tal y como se percibe gradualmente hasta desembocar en MI. A medida que llega Si existe el árbol y, por ende, en las nubes de una espiritualidad mayor, el sentido de la vista se irá descomponiendo con explícitas maneras y la aprehensión se tactificará más. En la página 44 leemos que “no son necesarios los ojos”, y en la 46 “no necesito ver la forma (…). Ni siquiera es ya un olor”. Se entra, entonces, en un incierto desvío (otra vez Manuel Padorno), donde los sentidos (se) distorsionan, donde “el oído llega a ser el ojo,/ ve lo que ya no puede verse”, un “nuevo ver”, etc.; para ya en el tercer y último bloque desembocar en los extremos de la desaparición.

De una u otra manera, con más o menos heterodoxia, todo lo expresado suena a sacralidad, dentro —si se quiere— de un ámbito de apertura desde Occidente a las diversas espiritualidades más o menos cercanas. Además, en nuestro autor son claras las alusiones que amalgaman todo con lo que hasta hoy sabemos de la religiosidad de los antiguos canarios, desde CC, pasando por MT y desembocando en Si existe el árbol. En RBR se lee la vivencia de estar existiendo en los bordes, entre el ser y el no ser (p. 51), en un abandono de mundo que no parece tener completa paz puesto que los contrarios (afuera y adentro) no acaban de congeniar…

 

 

Material lingüístico

Pero este cosmos de profundo y original contorno no sería viable, como en toda poesía que se precie, sin la corporalidad de las curvaturas en la lengua trabajada. La de Oswaldo Guerra llega como narratividad aparente, con suavidad, pero sustenta un subterráneo de segundo significado paralelo —se anotó—. Estamos ante una escritura hondamente modesta, si de este modo se me permitiera delinearla, sin aspavientos y diría que calmosamente meditativa. Lo dicho se acerca auspiciado, entre otros elementos, por esa mezcla de verso y prosa desde los primeros libros, incluso teniendo en atenta consideración la inclinación principal de que sus líneas tienden al alargue, sin perder los ritmos, con relativa predilección por el endecasílabo.

Su universo específico, lógicamente, goza de un vocabulario inherente: pozo, Selva, cono (volcánico), cueva, diversidad de flora y hierbas canarias, Plaza, muros, zaguán, viento (que casi siempre zumba: sea para desestabilizar o sea para la ayuda y el ímpetu), la mágica noche de San Juan (en CC, p. 18, el rito allí expresado pinta toda una poética del autor), los nombrados silencio, árboles y caminos, amén de los monstruos y las pirámides, entre otros. Además, es luz la carga alegórica del léxico mayúsculo: Puerta, Día, Mar, Madre del Agua, Ciudad del Mundo, Casa de Sol, Centro de la Tierra, Ella… (CC); Paseo, Centro, Invitada, Boca del Pozo, Secreto… (MT); Arcano… (RBR); Lo Alto, Belleza, Otro, Música, Emboscado, Otro Lado… (MI) y con idénticas proporciones en Si existe el árbol.

Este rico y vivificante entorno anímico y espiritual no puede dejar inmune, como consecuencia indefectible, la lengua que lo apunta adjunta al inseparable silencio. El verbo se estigmatiza de cajón y sin remedio, descolocándonos con paradojas y antítesis obsesivas (particularmente espaciales) entre lo alto y lo bajo, adentro y afuera, el salir adentro y el entrar a afuera (como se afina en MI), abajo-arriba, noche baja-alta o estalla desde hacia adentro, por poner un ejemplo nítido más del cuaderno último. A esto añadimos la supresión en continuas ocasiones de los determinantes (uno de los primeros estigmas lingüísticos destacados que explota el autor, remitido hasta el día de hoy), como si se absorbiera parte de lo concreto y la existencia quedara parcialmente abstraída, escindiendo las sustancias entre lo que es y no es: el canarismo madre para la progenitora es un caso curioso, pero proliferan tantísimos ejemplos: si edad, sigo camino, pero afán, equivocar camino, periplo hacia vida o muerte, olvidar hogar, reinar armonía… En la misma evidencia está la utilización denodada de los paréntesis para añadir matices y curvas, polifurcación de sutilidades y dudas en lo dicho como cuando se escribe Y sé (creo), Era (es) (MI) o la tierra (o eso creo) en el reciente poemario, entre tantos casos revoloteantes.

Todo contribuye a la extranjerización de nuestra lengua que, como en otras ocasiones hemos escrito, se trata de una forma evidente de hablar del lenguaje poético. A este respecto, es llamativo que en CC (p. 28) el yo se sorprenda al escuchar su nombre propio en la materialidad y los acentos de una lengua extranjera. Y así van emergiendo los neologismos cuando acosa la carencia expresiva de lo silencioso indecible, algunos tan atrevidos como el negombre citado… Es más: la rarificación del idioma se tensa en sus escritos ulteriores con oraciones que enuncian a medias como recuerda cuál era mi, en contra de, qué le agrada en, en un duermevela de… quedando en suspensión lo sucesivo que vendría y no acabara de manifestarse, ausentemente restado y abriendo ventana a las hipótesis y a las sugestiones.

Las palabras forjadas por Oswaldo Guerra Sánchez, junto a otros elementos definitorios en los que no profundizamos (ironía, algunas lecturas e influencias como las de los poetas canarios Alonso Quesada, Tomás Morales, Domingo Rivero, García Cabrera, Cairasco de Figueroa, Eugenio Padorno, etc.), dan a entender que, si desea decir su planeta, carece de herramientas del todo gratificantes pues para la expresión de una inmensidad infinita lo humano se vive medio y corto, se siente pobre y excesivamente sencillo, declaradamente artesano en su proceder y en su mueca ante una complicación de alocución tan vasta, “para después/ ofrecer mi mendrugo en sopas” cuando “no supe qué decir (…)./ Un pequeño saber/ casi una vergüenza/ sin ser dicha” (ambos de MT). Inutilidad del poeta artesanal en el circuito alienante de las economías, simbolizada en el ámbito persa con las teselas manuales de los mosaicos o —en el carente y escaso mundo insular— con la acequia canaria frente a los inmensos qanats.

 

 

Guinda

Con todo amalgamado, la vivencia sugerida y sintéticamente advertida es —en suma— la de estar en los picos más elevados o en los bordes de acantilados insulares como filos de riesgo en los que acaso sea posible lo que se llama en las notas finales de Si existe el árbol una transubicación, esto es, una confusión espiritual de coordenadas espacio-temporales desde aquel sitio de vida donde llegan a coincidir el adentro y el afuera, y que anda posicionado entre los vértices de la memoria íntima, la memoria grupal, el lenguaje simbólico-cultual y el deseo de paz y quietud.

 

 

 

 

 

*(Islas Canarias-España, 1978). Poeta, investigador y crítico literario. Doctor en Filología Hispánica por la ULPGC (España). Se desempeña como profesor de Enseñanza Secundaria de Lengua y Literatura y como colaborador en diversos medios y revistas. Es coordinador de la revista electrónica BienMeSabe.org (www.bienmesabe.org), desde el 2004 y de la Biblioteca Sebastián Padrón Acosta. Ha publicado en poesía Trenístenla es venida (2003), Espíritu de campanario (2016), La boca de las alucinaciones (2018) y Que nada de esto es silencio (2019); en crítica cultural y literaria Literatura canaria con identidad (y más allá) (2017); y como coeditor 10+-3. Poetas das Ilhas Canárias / 10+-3. Poetas de las Islas Canarias (2018).

**(Islas Canarias-España, 1966). Poeta y ensayista. Se desempeña como profesor titular de la ULPGC (España). Ha publicado en poesía De camino a la casa (2000), Montaña de Tauro (2004), Un rumor bajo la rama (2012), Muerte del ibis (2013) y Si existe el árbol. Cuaderno iraní (2019); en ensayo Un modo de pertenecer al mundo (2002), Senderos de lectura (2002) o Dignidad creadora y lecturas de cabotaje (2018), entre otros; y como coeditor 10+-3. Poetas das Ilhas Canárias / 10+-3. Poetas de las Islas Canarias (2018).

 

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