El erizo, la castaña y los puntos de fuga de Tere Irastortza Garmendia

 

 

Por Kontxi Álvarez Sagastibelza

Crédito de la foto (izq.) Ed. Olifante /

(der.) archivo de la autora

 

 

El erizo, la castaña y los puntos de fuga

de Tere Irastortza Garmendia

 

 

Nueve pájaros volaron hasta mi habitación propia y depositaron un cuaderno con el canto poético de Tere Irastortza Garmendia*.  Las palabras arteriales de la poeta se dibujaban en mi mente como puntos de fuga; líneas proyectadas que convergían en argumentos infinitos de una escritura que tomaba un camino de múltiples lecturas.

En cada capítulo confluye el pensamiento de Tere Irastortza, nos acompaña en el descubrimiento como esa maestra que busca hacernos crecer en conocimiento y en compresión. Y conectar con esa emoción que siente el que entiende y se entiende a través de lo descubierto.

El libro o “cuaderno de apuntes” parece convertirse en un manual del placer del oficio de ser poeta. Los capítulos nos hacen pivotar y resituarnos a través de diferentes perspectivas: la frontal, lo que leemos; la oblicua, lo que interpretamos; y por fin, la aérea, donde los nueve pájaros de T. Irastortza tienen una panorámica privilegiada.

La autora confiesa con humildad el placer de su oficio, su necesidad de cultivarlo y de donarlo. Nos marca el perímetro de su creación y a cada capítulo amplía ese espacio donde nos invita a todos.  Porque esta poeta crea por vocación y devoción a la escritura, la que respira encofrada y no enjaulada en el silencio.

 

La poeta Tere Irastortza Garmendia

 

Son nueve, los pájaros parece resumirse en un verso tan bello como simbólico: “la castaña que brota de su erizo”. El libro contiene cápsulas espinosas de una castaña literaria llena de frutos. Nosotros como erizos nacemos ciegos, de púas afiladas, rígidas, acostumbrados a escavar en nuestra madriguera, enrollarnos sobre nosotros mismos y emitir muchos gritos y gruñidos ante cualquier movimiento brusco. Pero a pesar de todas nuestras similitudes con los erizos, Tere Irastortza nos recuerda que no somos inmunes a nuestro entorno y que cuando nos limpiamos la membrana que cubre nuestra mirada podemos llegar a ver el bello hogar para la escritura construido por los puntos de fuga trazados por la poeta.

Esta obra se cimenta en la trinidad de una escritura honrada: dar, recibir y devolver. La escritura, la poesía, las lecturas y el poema se alían, velan nuestro sueño y espantan el temor. El cuaderno crece en serenidad, se alumbra con palabras elegidas y da puntadas con el hilo de cuerpo y léxico. Palabras corporales y corpóreas: sociedad, individuo, persona, cuerpo acompañadas de acciones: reescribo, corrijo, añado, sumo y concluyo.

El verso recoge la palabra que viene de otra lengua, la de la infancia, la lengua del que comienza a aprender a escuchar y a nombrar. La narración se desliga de la palabra voceada con voz arrogante, polvo ruidoso que desprende hartazgo, bullicio. Las palabras de la lengua materna tienen fisonomía, crean sus propias familias y recorren su curso vital basadas en un concepto ecológico del tiempo. Somos naturaleza en constante cambio: vaciarse en el mundo, nacimiento, padecer, pertenecer, parir, partir. Ser para -irse. Parir la escritura, parir la criatura es partir-irse de la cueva de una creación donde se conjugan los géneros del vacío: el todo es masculino y la nada es femenina.

 

 

La raza del gen-género de la mujer y la identidad que otorga la filiación con la lengua, la filiación lingüística que jerarquiza: lo bueno, lo mejor, lo perfecto. Las relaciones o harremanak de las palabras en euskera se mantienen ligadas en la bondad de genealogía propia. Y ahí aparecen las mujeres inspiradoras como Lou Andreas Salomé o Virginia Woolf, que representan a generaciones de creadoras constreñidas en la elipse, en círculo achatado, en lo elíptico de una historia de donde desaparece lo femenino, sin arraigo femenino.

La poeta nos ofrece un maravilloso cuaderno de reflexión sobre nuestra fragilidad, ese sentimiento que se balancea entre la querencia y la carencia. La querencia como esa necesidad de volver al principio, al lugar de arraigo y la carencia como ese desasosiego de vivir desde la ausencia, en la falta y en las faltas.

La valentía de Tere Irastortza Garmendia reside en el respeto al oficio de escribir desde la exposición. La poeta no se esconde en mensajes encriptados, no sabe de políticas de concesión, simplemente fija la memoria sin fijaciones, no se ampara en sentencias ni en discursos.

Mejora el linaje que decide libremente hermanarse: mujer, emakume, emakumenidad, ecuanimidad: humanidad. Desde el activismo literario nace la utopía: el amor crea destino o el amor es nuestro destino.

 

La poeta Tere Irastortza Garmendia

 

Finalmente volvemos al hogar más conscientes y menos sometidos al síndrome de abstinencia del tiempo. Los seres creados llenaron el mundo, gatearon, reptaron y se irguieron. Poblaron el mundo, seres durmientes, en arrebatada fiereza para huir de su condición mínima. Finalmente parece que vivir siempre es en-caminarse. Ikusi, ikasi, irakatsi o lo veré, lo estudiaré y lo aprenderé.

La mirada de T. Irastortza, el ojo, begia (b- egia, verdad) aclara que crear tiene que estar relacionado con crear con B, con bondad, con el bien, con bien-estar para el bien de todos. Y así luchar contra la atrofia que ha provocado el mutismo de los ausentes.

La escritura se vertebra en lo que nos atañe y repta en su existencia en un movimiento intencionado, liberador, humilde que siempre nos retorna hacia la perplejidad del aprendiz. En Son nueve, los pájaros habitamos el paisaje de Tere Irastortza, poblado de una naturaleza literaria fértil que no entiende de jerarquías. Las aves mensajeras de la poeta se cuadran en nuestro cielo y dibujan la metáfora del vuelo de un libro a descubrir.

 

 

 

 

 

*(Zaldibia-España, 1961). Poeta, ensayista y traductora. Filóloga Vasca e hispánica. Trabajó en el Colegio Asociado de la UNED e Vergara, en el Dpto. de euskera entre 1983-1996, año desde el que se desempeñó como directora de la Ikastola Andramendi de Beasain. En 2001 fue nombrada presidente de la Asociación de Escritores Vascos hasta 2006. En 2003 fundó la Escuela de Escritores de Vergara, de la que es profesora y directora. Obtuvo el Premio a la Crítica de poesía en euskera (1980 y 2003). Como traductora, ha traducido al euskera a Marià Manent, Edmon Jabés, Dino Campana y Marina Tsvietaieva. Ha publicado en poesía Gabeziak (1980), Hostoak. Gaia eta gau-aldaketak (1983), Derrotaren fabulak (1986), Manual devotio gabecoa edo ibilgailuetara erabiltzeco escu-liburua (1994), Gabeziaren kanthoreak: poema bilduma (1995), Izen gabe, direnak. Haurdunaldi beteko khantoreak (2000), Glosak. Esana zetorrenaz (2003), Eta orain badakit (2011), Mundua betetzen zenuten (2015), Lurra eta dardara. Zortzi ahots emakumezko (2019), entre otros; y en ensayo Izendaezinaz (2008) y Txoriak dira bederatzi (2017). Su web personal es: www.tereirastortza.com