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El presente artículo traducido por Roberto Bernal para Vallejo & Co., relata casi cincuenta años de estrecha relación entre dos de los poetas italianos más importantes de la literatura contemporánea: Milo De Angelis y Valerio Magrelli, a quien el traductor agradece que le haya proporcionado este material.

 

 

Por Valerio Magrelli*

Traducción de Roberto Bernal

Crédito de la foto www.decir020.wixsite.com

 

 

Descubriendo a Milo De Angelis

en el viaje de nuestras vidas

 

 

Nunca hice el retrato nadie. Precisamente por eso, cuando me pidieron que escribiera uno, acepté sobre dos disyuntivas: ¿por su tema o a pesar de su tema? No sabría decirlo. Ciertamente, la idea de hablar de Milo De Angelis**, casi medio siglo después de nuestro primer encuentro, me divertía mucho. Una vez soñé que tenía que enfrentar aquel examen de piano al que nunca asistí. Estaba aterrorizado, no recordaba una sola porción de lo mucho que memoricé. Cuando apareció mi madre, me tranquilizó diciéndome que no tenía que tocarlo. “Descríbela, sólo basta con describir la música”. Bueno, creo que ahora intentaré hacer algo semejante, porque los recuerdos son esto: describir una fracción de las melodías que interpretamos en un tiempo lejano.

Pero primero, algunas reglas, empezando por la que vi usar en un poetry slam: eliminar el fallo más alto y el más bajo. Lo sé, es un auténtico pecado, pero necesario. Por lo tanto, no diré nada del momento de máximo afecto, ni del de mayor despecho. Y vamos a empezar.

 

 

Los diversos apuntes que realicé se organizaron en torno a una serie de ciudades en las que nos frecuentamos viajando. Mayor que yo por seis años, Milo nació en 1951 en Milán, donde siempre ha vivido, mientras que yo lo hice todo el tiempo en Roma, por lo que lo he visto de vez en cuando y, sobre todo, de viaje. La primera de ellas fue nada menos que en nuestra pequeña Woodstock de poesía, es decir, el Congreso de Orvieto “Escritura Lectura”, organizado por la Asociación de Escritores y por iniciativa de Luigi Malerba, Nanni Balestrini y Antonio Porta. Era el año 1976, y cualquiera que escribiera versos hacía por ir, en tren, en coche, en autostop (entonces funcionaba muy bien; yo llegué hasta Dublín). Me presenté allí sin siquiera reservar una habitación, y fue así que me encontré durmiendo con cuatro desconocidos (dos en las redes de la cama, dos en el suelo). Uno de ellos era Giorgio Patrizi, más tarde profesor de Literatura Italiana en la Sapienza, quien sin embargo dice que no está seguro.

La lista de invitados era impresionante. Junto a los autores que más de diez años atrás dieron vida al Grupo del 63 (Arbasino, Eco, Sanguineti, Manganelli), encontramos a Malerba, Moravia, Einaudi, Siciliano, Barilli, Ginzberg, Pedullà. Discusiones sin terminar, y la famosa ocupación del escenario por parte de una delegación de trabajadores, mientras que Vincenzo Guerrazzi leía algunas cartas que le habían entregado los obreros del Ansaldo.

 

 

Evocando aquel encuentro, Marco Belpoliti recordó que una mañana, en el teatro Mancinelli, Porta abrió una de las sesiones declamando un poema que Toti Scialoja le recitó la noche anterior en el hotel: “El sueño secreto/ de los cuervos de Orvieto/ es dar a muerte/ a los cuervos de Orte”. Los cuatro versos se convirtieron en el emblema del congreso, “interpretados como parte del conflicto que atraviesa la literatura italiana: neovanguardistas contra conservadores. De ello surgió un nuevo libro de Toti: A la habitación la desgarra el engaño, Asociación de Escritores, 1976”. Sobre el mismo tema volvió también Paolo Mauri: “Al final, no hay duda: el ánimo es ciertamente amistoso, pero incluso supone facciones, ¿que los cuervos de Orvieto son los escritores de la neovanguardia, mientras que los de Orte son, generalmente, los tradicionalistas?” Concluyo la crónica sobre el renombrado acontecimiento, señalando que en el 2006 fue celebrado con el encuentro “Hoy-prohibido Asomarse”. De hecho, me parece que este era el título de la ponencia con la cual Roland Barthes iba a participar.

¿Y Milo? Apareció ante mí delgado como un clavo, entusiasta, altísimo. En aquel período yo estudiaba en París, y había ayudado a Jean-Charles Vegliante (profesor, poeta, traductor de Dante y más tarde traducido en Italia por Raboni) para preparar una antología de poesía italiana contemporánea. Tal vez por eso la conversación terminó por referirse a Francia. Todavía me parece escuchar su afirmación: “Hay que blanchotizar el mundo”. Como Barthes ―a quien conocí unos meses atrás―, aquí se trataba de un crítico literario grande, quizá más grande, ciertamente más misterioso, Maurice Blanchot, del cual el propio Milo estaba traduciendo La espera, el olvido (Guanda, 1978). Desde entonces, siempre asocié su escritura con ese proyecto ambicioso y totalitario. Puedo equivocarme, pero me parece haberlo vislumbrado en un poema de su último libro y recién publicado, Línea entera, línea rota (Mondadori). Se titula “Curvalarga”, y comienza así: “Entre el movimiento de los trenes, cerca del vagón, aparece/ ―como un sobreviviente tembloroso, como una figura/ devastada por sí misma― el poeta que fue hermoso y joven,/ el muchacho de versos secos, breves y precisos”.

 

El poeta Milo de Angelis en su juventud.

 

En resumen, entusiasmo y rigor. Por otra parte, sabía que estaba muy cercano a Franco Fortini, por lo tanto, esa inflexible exposición de la poesía se casaba con la imagen de maestros severos hasta la intransigencia. Creo que después terminó peleado con Fortini, pero era normal. Torturado, doliente, Fortini peleaba con todos, incluso consigo mismo. Conmigo no, sólo porque no tuvo tiempo. Lo escuché mucho por teléfono, trabajando en la corrección de una traducción de Gide, aunque lo traté una sola vez, en la presentación del libro de un amigo suyo. Se quedó hasta el final, pero cuando su amigo tomó la palabra, se retiró indignado ―tiempo atrás también había discutido con él. Pero mientras me preparaba para salir, se me acercó una señora muy amable, que me entregó un dibujo: era mi retrato, firmado por Fortini.

Después de Orvieto, vi a Milo en París. De ese viaje, confieso, he olvidado casi todo, excepto una mañana que paseamos juntos por librerías. A la hora de comer sacó un volumen de René Guénon, el islamista esotérico, y me lo entregó: “Ten”, dijo, “lo tomé pensando en ti”. Conmovedor, especialmente comparado con otras escenas menos amigables, como la de la siguiente reunión.

Ahora estamos en la provincia, en una escuela secundaria. Son las lecturas que más me emocionan, porque en realidad no he dicho nada sobre la práctica generalizada que lleva a quienes escriben versos (al menos en la era pre-pandemia) a leerlos en viajes. Del Cáucaso a Ovindoli, no hay ciudad o pueblo que no haya invitado a los poetas a algún reading o festival: “¡Ven con nosotros! Visitarás el mundo”. Y los poetas, felices de viajar gratis y a menudo pagados, se alistan. Así, al final, se forma un verdadero grupo de viajes, que apreciamos más cuando, por el contrario, hay que moverse por sí mismos.

A este respecto, hay un relato memorable del poeta inglés Simon Armitage. Lo llaman a una ciudad de provincia de Gran Bretaña. Invierno, lluvia, nadie le espera en la estación, tres o cuatro asistentes que lo critican. Tiene que cenar solo y luego, cuando vuelve al hotel, ve la luz pálida de una pequeña tienda abierta: libros usados. Entra, rebusca y se encuentra con un poemario suyo. Para saber quién lo habrá vendido, y cede a la tentación de buscar la dedicatoria. Sí, de hecho está, y dice: “A mamá”.

 

 

Pero mencioné una escuela de provincia. Teniendo en cuenta la edad de los muchachos, hice un gran esfuerzo para hacerme comprender. Pero eran jóvenes estudiantes que no sabían casi nada de poesía. Milo, en cambio, habló como si estuviera en otra parte, en una academia, en un congreso de italianismo, no cambió una palabra para adaptarse a la audiencia, nada. Y fue un éxito. Entonces recordé Niebo, su revista milanesa tan alejada del desencanto de Roma, y comprendí la enorme fascinación que ejerce sobre los jóvenes, el carisma. Su proselitismo nació precisamente de no conceder nada a los oyentes, que entre más los rechazaba, más se le unían. Me hacía pensar en Emilio Garroni, profesor de estética de la Sabiduría, capaz de dar una clase delante de estudiantes de primer año discutiendo como si se tratara un simposio de especialistas.

Me doy cuenta, por supuesto, que todavía no hablo de la poesía de Milo. A menudo su intensidad me atrapaba, oscuridad e ímpetu, categórico, de una verticalidad irremovible y que resulta evidente en La carrera de los abrigos, o también en Un padre distante. Siempre me intrigó que Valentino Zeichen se convirtiera en su más querido amigo. Dos formas de escribir completamente en las antípodas. Racional y argumentativo, Valentino bromeaba sobre lo terminante en Milo, quien le parecía recibir el correo, decía, directamente de la divinidad. La referencia era al orfismo de una antología feltrinelliana que en 1978 tuvo un éxito notable, La palabra enamorada, por Giancarlo Pontiggia y Enzo Di Mauro.

Pero volviendo a nosotros, aquel encuentro en la provincia acabó mal, porque de repente, sin motivo alguno, de manera confusa ―incierta también para él―, quiso tomarme el pelo; le respondí bruscamente. ¡Se burló de un verso mío en particular, consagrado a los granitos de carbón, para mí sagrados! Lo rebatí burlándome de un personaje de su panteón poético, figura mítica para él. Peleas infantiles. Así se detuvo. Nunca volvimos a discutir, al menos abiertamente. Sin embargo, descubrí su lado no digo oscuro, pero poco controlado, como una fisura que deja entrever un mundo retorcido, hostil. También me llamó la atención el disgusto con el que hablaba de otro poeta “del círculo de golf”. Ciertamente, no era perverso como se divertía en serlo Giovanni Giudici (a quien vi hacer cosas inenarrables), sin embargo me sorprendió. No me lo esperaba.

Ahora, en cambio, estamos en Royaumont, una espléndida abadía cerca de París, donde, durante diez días, veinte poetas franceses traducen las obras de cuatro poetas italianos. Estamos nosotros dos, Giuseppe Conte y Zeichen. ¡Y aquí surgió la luz sobre otro aspecto suyo muy extraño, no uno, sino dos, y opuestos! Se comía bien y largo tiempo, y se bebía, por la noche, hasta tarde. Entre muchos rumores, Milo presumía ser un gran futbolista como un gran jugador de ping pong. Al día siguiente, en el hermoso prado delante de la entrada, apareció un balón. Prácticamente tropezó con él. Me quedé asombrado. ¡Pero cómo! ¿Y la destreza tan celebrada? Zeichen se reía hasta que, por la tarde, resultó que en el sótano había una mesa de ping pong. Nos precipitamos, y mi asombro, si es posible, aumentó más: nunca había visto a nadie tan fuerte como él. ¡Qué increíble manera de mentir! ¿50% mentiroso, o un 50% verdadero? Tuve que resignarme a no comprenderlo, y quizás era la forma correcta de entenderlo: renunciar a ello.

 

 

Todo se hizo más claro, en cambio, en Suecia, donde nos encontramos unos años después. Milo siempre llegaba tarde. No sé cómo se las arregló para llegar en avión, entre escalas y trasbordos. Me ponía nervioso al verlo, a mí, que llego al menos con una hora de anticipación. La verdadera sorpresa, sin embargo, fue el uso que le dio a la famosa medalla de asistencia. En realidad me enteré de que, con el dinero que había cobrado, compró una serie de gomas para pegarlas en las raquetas de ping pong. De hecho, el equipo sueco fue uno de los primeros del mundo en ese deporte. Estaban a la vanguardia de la tecnología de los materiales, incluso en comparación con China, ¿me explico? Así que compró capas y capas de plástico y esponja para hacer una raqueta a la medida, calibrada para su manera de jugar. Cómo culparlo, dado su estilo espacial… Nunca antes vi que le imprimieran un efecto semejante a la pelota. Ni siquiera pude responder al chiste, y en la abadía perdió cada set a cero. A propósito: ahora me viene a la mente un curioso torneo, siempre de ping pong, organizado en Roma, en la Galería L’Attico, sobre la calle de Duchamp, por Fabio Sargentini. Para ser exactos, torneo y performance juntos, es decir, torneo como performance, a pesar de la preferencia por el ajedrez. Escritores, fotógrafos y artistas se reunían en la mesa, y estaban los tres Marcos, es decir, Delogu, Lodoli y Tirelli. Estoy seguro de que Milo habría ganado.

Sin embargo, lo más hermoso fue el viaje a Tiflis, en el corazón de la Georgia soviética, tres años antes de que cayera el muro de Berlín. Fuimos siete, los cuatro que estuvimos en París, además de Maurizio Cucchi, Gregorio Scalise y Cesare Viviani. Me vienen a la mente siete poetas italianos, y ninguna poetisa… Por suerte, las cosas han cambiado desde entonces (estábamos en 1986). En todo caso, resultaba extraño que, en medio de tantas discusiones literarias, lo que más impresionó a nuestros anfitriones fue el hecho de que ninguno de nosotros tuviera un hijo. En varias ocasiones mostraron su perplejidad… Pero aquí estamos en la mesa. La comida dura horas, y digo cuatro o cinco hasta la cena. Se brinda por intervalos, entre platillos, sujetos a la férrea ley del “tamadà”. Cito de Internet, bajo el título El tamadà georgiano, figura inspiradora para el moderno sommelier: “En Georgia beber vino con los amigos es un acto fraternal y sagrado, marcado por un complejo sistema de usos y tradiciones consolidadas. Durante el supra ―el banquete georgiano―, el tamadà es el que guía los brindis. Además de conocer el vino y las tradiciones de la mesa, el tamadà es un hábil conversador que sabe unir las capacidades dialécticas a una buena dosis de espíritu”.

Era maravilloso comer, pero a la larga estábamos agotados. Fue entonces cuando Milo, tomándonos por sorpresa, concluyó su brindis diciéndole a nuestro anfitrión que, por desgracia, debía dejarlo. De hecho, una chica georgiana recién conocida lo esperaba. Nuestro asombro fue unánime (¿conocido? ¿dónde? ¿cuándo?), seguido de la admiración por una excusa tan descarada y desproporcionada. Sin embargo, nuestro tamadà se dio cuenta, e invocó otro brindis, tomando la palabra para contarnos una fábula antigua. Érase una vez una joven de Tbilisi. Estaba recién casada, pero el joven marido tuvo que dejarla, yéndose a la guerra. La chica esperó paciente y tenaz. Esperó años y años. (La historia duró alrededor de una hora, pero la acorto.) La mujer esperaba, el tiempo pasaba (la historia poco a poco se alargaba).

La treta de Milo acabó por volverse contra todos nosotros, retrasando aún más el momento de la despedida. Milo estaba ansioso pero se veía obligado a permanecer quieto, hasta que el tamadà terminó la fábula: “En resumen, querido amigo, como ve, las mujeres georgianas saben esperar. Quédese tranquilo, también su compañera tendrá paciencia. Así que siéntese, y continuemos la comida”. En tantos años, confieso, nunca llegué a odiarlo como entonces.

 

El poeta Milo De Angelis hablando en un festival

 

Así que llegamos a la séptima etapa, al menos hasta hoy, la más triste. Triste porque fue quizá la última vez que vi a Giovanna Sicari, amiga y poeta, que mientras tanto se había casado con Milo. Tuvieron un hijo, que estaba con ellos esa noche en la casa de Biancamaria Frabotta y Brunello Tirozzi. Giovanna, por desgracia, murió poco después, pero aquel encuentro fue despreocupado, apacible. Sólo recuerdo que Milo le dedicó en el 2005 un libro desgarrador, Tema de la despedida, mientras Biancamaria escribió una suite para ella. Nuestra anfitriona nos hablaba de Scialoja y del retrato que le hizo, mientras Brunello (destinado también a ser poeta) tocaba jazz en el piano. Giovanna sonreía dulcemente y yo observaba curioso a Milo en la familia.

Milo en la familia, en su familia, ¡quién lo habría dicho! Qué extraña metamorfosis ocurre cuando, por decirlo a la manera de Zeichen, nos “duplicamos”. Así fue también para él. Milo al cuadrado y Giovanna al cuadrado. Milo y Giovanna en el cubo. Giovanna y Milo hechos exponenciales. Pasé toda la noche pensando en ello. Hermoso, sin embargo; hermoso e inverosímil. Nuestros anfitriones rusos lo aprobarían. Ahora él, como yo, podría decir que tuvo hijos. Ahora también él se había convertido en “un padre distante”.

 

 

 

 

 

*(Roma – Italia, 1957). Poeta. Ha publicado en poesía: Ora serrata retinae (1980), Nature e Venature (1987), Poeti francesi del Novecento (1991), Esercizi di tipologia (1992), Poesie e altre poesie (1996), Didascalie per la lettura di un giornale (1999), Disturbi del sistema binario (2006); en prosa: Nel condominio di carne (2003), La vicevita. Treni e viaggi in treno (2009), Addio al calcio. Novanta racconti da un minuto (2010); y en ensayo: Profilo del Dada (1990), La casa del pensiero. Introduzione all’opera di Joseph Joubert (1995), Vedersi vedersi: modelli e circuiti visivi nell’opera di Paul Valéry (2002), Che cos’é la poesia? La poesia raccontata ai ragazzi in ventuno voci (2005) y Magica e velenosa. Roma nel racconto degli scrittori stranieri (2010).

 

 

 

**(Milán-Italia, 1951). Poeta, crítico literario y traductor. Ha obtenido el Premio Viareggio Poesía y el Premio Brancati. Fundador de la revista literaria Niebo (1977-1980). Ha publicado en poesía Somiglianze (1976), Millimetri (1983), Terra del viso (1985), Distante un padre (1989), Tema dell’Addio (2005), Quell’andarsene nel buio dei cortili (2010), Incontri e agguati (2015), Linea intera, linea spezzata (2021), entre otros.

 

 

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