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Por Carlos López Degregori*

Crédito de la foto www.elpais.com

 

 

Clarisas

 

 

I

 

Clara de claridad turbia. Transparencia espesa de tres Claras en el recipiente. He arrojado las yemas por el sumidero para que se pierdan en los ríos inferiores que atraviesan la ciudad. Claras que debo batir hasta volverlas una espuma blanca del mismo color que la piel del vientre de alguna monja clarisa. Un Blanco no tan Blanco. Un Blanco con leves hilos de oscuridad.  Los hábitos desprenden un olor avinagrado y los bordes sucios de las cofias almidonadas parecen dibujados con lápiz negro. Arequipa 1966. En el convento de Santa Catalina están las monjas de Santa Clara resguardadas en su invisibilidad. Hacen dulces con innumerables huevos de las gallinas que también viven en sus corrales de clausura. Dejo atrás los muros del convento y camino unas cuadras. En una esquina de la calle que lleva al puente hay una talabartería con la puerta entreabierta. Un gallo enorme se pasea entre las herramientas y los objetos de cuero. Sacude sus alas, hincha el cuello y escucho el estridente kikirikí. Sale un hombre encorvado y me abofetea. Fuera, mierda. Quedo paralizado y no reacciono. Me empuja, caigo al suelo, me arrastro para escapar. Tenía trece años. No le conté a nadie lo que había sucedido. Guardé la historia en la clara turbia de un huevo: la soterré, la enmudecí. Hoy regresó cuando desaparecían las yemas. La inmortalidad de los secretos. Están silenciosos, desdiciéndose siempre y desdichados. Y un día brotan como la espuma de las claras de estos huevos de cáscara blanca. Huevos infértiles de fantasmas, de no nacidos. Sorteaban pollos en las tómbolas de la kermese del colegio. Morían en casa a los pocos días. Pequeños seres piantes. Ninguno se volvió gallina o gallo. Ninguno puso huevos para que luego desechara las yemas en el sumidero de la cocina.

 

 

 

 

Con las claras he preparado pisco sour. Serán tres vasos esta tarde. Alcohol solitario para brindar por el olor rancio de las monjas, el gallo gigante del talabartero, la humillación que sobrevive.

 

 

La narradora y periodista Clarice Lispector en su juventud

 

 

II

 

En Asís decían que Francisco y Clara se amaban. Era cierto: pieles y espíritus turgentes. Para evitar los rumores espaciaban sus encuentros. Se hablaban con murmullos, ocultaban bajo los hábitos de tela burda sus estigmas que son la escritura de Eros. Una noche, Francisco vio en un estanque el rostro de Clara. Era el invierno y entendió que ya no debía buscarla. Tú, encamínate al convento que yo te seguiré: nos veremos de nuevo cuando vuelvan las flores en el verano. En ese momento la nieve se abrió y brotaron miles de protuberancias coloridas. Rosas como las llagas de los leprosos, como antifaces para el rostro en un gran carnaval sacro. Clarividencia. Seré lo que ya soy en demasía. Clara se recluyó en el monasterio de San Damián y fundó la Orden de las Clarisas.

Me ajusto un antifaz. Estoy en Leipzig y mañana empieza la cuaresma. A lo lejos se escuchan algunos cuadros del Carnaval, Op 9 de Schumman interpretados por Franz Liszt. O me equivoco y son los dedos santificados de Clara, la hija del maestro Weik. Candiles. Los nervios metálicos del piano. Seré lo que ya soy, le pudo haber dicho Robert y Clara antes de casarse. Un músico romántico desquiciado, inclinado como un árbol inmemorial sobre el piano, atiborrado de mercurio para aplacar la sífilis y la locura. Quizás lo repitió en la mortandad de la peste del cólera o el día que se arrojó a las aguas heladas del Rin, antes de ser internado en el sanatorio de Endenich.

Mi Santa y mi Pianista son volubles, introspectivas. Las guardo como el sonido de una nota en el oído que no me abandona. No haber nacido para ellas es una de mis nostalgias.

 

 

 

 

III

 

Convoco a otras Clarisas, a otras gallinas. Dice Clarice Lispector** que hubo un huevo blanco en la lejana Macedonia que alguna vez fue un triángulo y de tanto rodar se fue ovalando. Una aparición magistral que ocultan los iniciados como una masonería, un don prístino para el desayuno. El huevo es el gran sacrificio de la gallina, el sueño alcanzable que sale por la cloaca, la cruz que la gallina carga en la vida. ¿Qué cargo yo? A mi manera soy un ave andrógina de corral. Quizás estaba a punto de poner un huevo inmaterial hace muchos años y el canto del gallo en la talabartería fue el anuncio de su nacimiento. Ah, Huevo crístico, salido del ojo panóptico de la providencia.

Una noche Clarice sale a comprar cigarros. Un ebrio completamente inferior se le acerca a ella que es superior. Alguna vez se han conocido fugazmente. El hombre sube a la casa de Clarice y saca de un enorme bolso un cuaderno rojo con sus apuntes. Lee un poema que imagino lleno de ideas circulares y vocales. Es irracionalmente perfecto como su estadía en Vietnam o sus viajes de marinero. El gran mar de la mentira, de los albatros que son los pájaros blancos del suicidio. Un ebrio animal, un gallo salido de un antiquísimo huevo triangular. Después se marcha. Clarice apaga las luces, toma su somnífero habitual y se pone a fumar.

 

 

La estupenda narradora y periodista Clarice Lispector

 

 

Pude haber sido el hombre ebrio completamente inferior. Pude haberme quedado inmóvil en una esquina del departamento o detrás de una cortina observando la brasa del tabaco, el humo saliendo con hermosura de la boca. ¿Fue en la madrugada del 14 de setiembre de 1966? Ella se queda dormida con el cigarrillo en las manos y las sábanas se encienden. Flores quemadas brotan en su cuerpo, la mano derecha se convierte en una garra de ave. Fui un testigo, C L. Compartimos las mismas iniciales, el estupor, porciones invisibles en nuestras historias, holladuras que roba el fuego. Me gustan las frases finales del relato El hombre que apareció:

No hay respuesta para nada.

Me fui a acostar. Me había muerto.

Yo seguí la mano quemada que lo escribía con dificultad. Aparece en El viacrucis del cuerpo. 13 cuentos como huevos negros después del incendio.

 

 

IV

 

22 figuras en llamas. Danzan enmascaradas antes del Miércoles de Ceniza. Robert Schumann diseñó en su Carnaval un laberinto musical para ocultarse. En cada pieza permanece agazapada una estructura de notas que se reitera con variaciones:

 

La-Mi bemol-Do-Si

 

 En la notación alemana son:

A-S-C-H

 

El músico diseñó un criptograma. Asch es ceniza en alemán y al mismo tiempo el secreto de sus iniciales Alexander Robert Schumann. Son las notas que se incendian y anticipan en sus carcajadas el fuego helado de Endenich. Durante dos años estuvo encerrado y vio a Clara dos días antes de morir.

 

C-L / C-L

 

Clarice Lispector / Carlos López. Quién es el criptograma de quién. Setiembre está muy lejos del carnaval. No importa: el 14 de setiembre es un día ceniciento con claras de claridad turbia, con gallos entre herramientas y trozos de cuero. Quizás un 14 de setiembre de 1966 pasé por el convento de Santa Catalina hacia la calle que conduce al puente.

 

 

La narradora y periodista Clarice Lispector en un vídeo

 

 

V

 

Claras y Clarisas: lienzos que arroban y protegen, cáscaras ovoides para esconder mi vergüenza inaugural. No soy fuerte, mis movimientos son desarmónicos, pero de haber sido un pugilista o un combatiente de lucha grecorromana habría enfrentado al talabartero.

¿Toro o gallo? ¿Luchador salido de un huevo berrueco, de una vaca que muge temerosa? Podría ser un Minotauro: la máscara humosa y el olor a almizcle, el recuerdo del sexo de Ariadna. Ingresaría al campo de combate que solo existe para sostenerme, bramando con mis trampas, con la perfección de mis llaves, embestidas, golpes. Te mataría, Teseo. Y en el coliseo vacío me quedaría entre las cuerdas rebotando de norte a sur con la codicia de los péndulos. Años de años esperando al matarife porque soy un toro expósito. Mi cuero lo usaría un talabartero para fabricar látigos, correas trenzadas. Que un gallo los vigile. Que Clarice Lispector escriba un cuento sobre luchas grecorromanas. A diferencia del boxeo es más teatral y pantográfica. Casi triste.

 

 

 

 

VI

 

En la combustión espontánea humana, la víctima se consume a sí misma. No hay fuentes externas de ignición y generalmente el entorno de las cenizas del cuerpo o los miembros permanecen intactos. En el verano de 1745 la condesa Cornelia Zangari de Bandi se acostó en su enorme lecho. Las sábanas estaban limpias y frescas. Al día siguiente su doncella halló la cabeza y las piernas, el resto del cuerpo se había convertido en cenizas y unas velas que estaban cerca tenían las mechas intactas. Albatros, leprosos, ancianas y ancianos generalmente solitarios, ebrios, minotauros retorcidos se entregan a un fuego que implosiona. No hay causa ni explicación para este sacrificio. Clarividencia. Santa Clara es patrona de los clarividentes, de los huevos ígneos que llevan las novias a algún monasterio de clarisas franciscanas. Seré lo que ya soy en demasía.  Se han reportado más de cien casos de combustión espontánea humana.

Mañana es miércoles de ceniza y escucho en mi estudio el Carnaval, Op. 9. ¿Moriré en un fuego interno, abisal? Clara-Clara-Clarice, triangulares en un ojo panóptico que me ve desde todos lados. No haber nacido para ustedes es una de mis nostalgias.

 

 

La narradora y periodista Clarice Lispector

 

 

VII

 

El gallo acaba de cantar, Ave Andrógina, sólo para ti.

Has puesto un huevo inmaterial lleno de Clarisas.

 

 

 

 

 

 

*(Lima-Perú, 1952). Poeta y ensayista. Se desempeña como docente en la Universidad de Lima (Perú). Ha publicado en poesía Las conversiones (1983), Cielo forzado (1988), El amor rudimentario (1990), Aquí descansa nadie (1998), Retratos de un caído resplandor (2002), Una mesa en la espesura del bosque (2010), La espalda es frontera (2016), entre otros. Sus poemarios son los capítulos de un único libro titulado Lejos de todas partes 1978 – 2018, escrito a lo largo de cuarenta años y publicado a finales del 2018. A la vez, ha publicado en poesía las antologías de su obra Campo de estacas (Colombia, 2014), Herida de mi herida (Chile, 2015) y 99 púas (España, 2017). Su último libro es A mano umbría, un volumen de límites borrosos que reúne memoria, testimonios, poemas en prosa, componentes de ficción y ensayos.

 

 

 

**(Chechelnik-Ucrania, 1920 – Río de Janeiro, Brasil, 1977). Narradora, periodista y traductora. Una de las más reconocidas literatas brasileñas del siglo XX. Ingresó a estudiar Derecho en la Universidad de Brasil cuando obtuvo el Premio Graça Aranha a la mejor novela publicada (1943). También obtuvo el Premio Jabuti de Literatura en categoría novela (1961). Retomó su labor periodística en 1949 y publicó numerosas novelas, compilaciones de cuentos y relatos infantiles.

 

 

 

 

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