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Vallejo & Co. presenta, en exclusiva, un adelanto del primer capítulo de la novela Barranco City Mon Amour (2021), de Pedro Casusol. La obra estará, hasta el 31 de julio, en preventa en el siguiente enlace https://bit.ly/preventaBCMA (incluye un descuento, envío gratuito y un obsequio de la editorial).

 

 

Por Pedro Casusol*

Crédito de la foto (izq.) Ed. Narrar /

(der.) Alfonso Vargas Saitua

 

 

Barranco City Mon Amour (fragmento) (2021),

de Pedro Casusol

 

 

Sobre la novela

Concebida como una historia coral, Barranco City Mon Amour retrata los usos y costumbres de una generación que vivió su juventud a inicios de los malogrados años 2000, entre noches, cantinas y humo de tabaco. Atendiendo la barra de una discoteca o las mesas de un bar, escuchando música o leyendo poesía en voz alta, los seres que habitan esta novela buscan un salvavidas al final de la madrugada. El amor, el descubrimiento sexual y la pérdida de la inocencia son los ejes principales de este canto al inevitable paso del tiempo.

 

 

 

Fakin Mader Fren

 

 

Kevin apagó el cigarro y sacó de su canguro un pequeño pomo negro. En la piscina unas chicas se bañaban en ropa interior. Se metió una pastilla a la boca y me extendió otra.

Es una rola, dijo.

……….Él era uno de los pocos que me caían bien de la época del colegio. Lo había encontrado después de años en esa fiesta. Todavía recuerdo la kermese en la que se subió al escenario con su guitarra solamente para recibir pifias y botellas de la gente, y luego bajarse y empezar a repartir puñetazos. Kevin era ese tipo de pata.

……….Esa noche lo encontré flaco, demacrado. Vestía una casaca negra y unos jeans rotos. Se había rapado la cabeza y lucía un piercing en la nariz. Me senté con él en un sillón y compartimos una cerveza que alguien había dejado abandonada. Eran las tres de la mañana y los platos con bocadillos estaban llenos de hongos grises. Kevin me comentó que seguía en el rollo de la música. Ahora era la voz y primera guitarra de un grupo llamado Fakin Mader Fren, pero sobrevivía trabajando en el restaurante de su familia. La vida del músico es dura, renegó. Llevaba el rostro cubierto por una barba desprolija y los ojos inyectados de sangre. Prendió un cigarrillo y me miró de arriba para abajo, como si acabara de notar mi presencia. Frunció el ceño y preguntó:

¿Tú qué haces?

Soy periodista, respondí. Pero nunca estudié nada.

……….Un autodidacta, dijo Kevin. Me gusta cómo suena eso. Las universidades no hacen más que arruinar el talento de las personas.

……….La verdad es que me hubiera gustado estudiar algo, agregué. Pero mi familia no podía pagarme una carrera. Nunca fui muy aplicado, así que cuando postulé a una universidad pública, simplemente no la hice. Era demasiada presión. Siempre he creído que hubiera podido estudiar sociología o antropología…

Las cosas pasan por algo, murmuró Kevin.

……….Después de un rato me pidió que los acompañe afuera a fumar. Nos protegimos bajo las ramas de un floripondio de flores grandes y amarillas como campanas de iglesia. El sabor dulzón de la marihuana me hizo pensar en épocas remotas. Hacía tiempo que no fumaba. Se lo comenté, pero Kevin no me hizo caso. Se limitó a mirar en dirección a la piscina.

 

 

Dejamos la fiesta poco antes del amanecer acompañados por el Ruso, otro excompañero al que nos encontramos ahí. Estábamos borrachos cuando nos subimos a la camioneta Suzuki del Ruso, que ahora inhalaba un polvo que sacaba de una bolsita. Un intenso temor sacudió mi cuerpo cuando me di cuenta de que íbamos a cruzar el cerro entre Surco y La Molina. En un grifo cerca al óvalo Higuereta el Ruso paró para echar gasolina y comprar más cerveza. Kevin y yo nos bajamos y lo dejamos sin decirle nada y empezamos a caminar en dirección a Barranco.

¿Por qué no paramos un taxi? Tengo sueño y frío.

Si tienes sueño es porque todavía no te agarra la pepa.

¿Qué pepa?

¡La rola!

……….Kevin sacó de su canguro el pomo otra vez y vertió sobre el dorso de su mano un polvo blanco y grumoso.

No me gusta la coca, le dije decepcionado.

No es coca, dijo Kevin. Es lo mismo que tomaste antes, pero en polvo.

Nos sentamos en la banca de un parque.

……….Tuve que pensarlo un buen rato. Las pocas veces que probé coca o ketamina terminé llorando en mi cama, convencido de que iba a morir.

Pero vamos a ir a tu casa, ¿no?

Normal, susurró Kevin.

……….Esta vez el colocón fue intenso. Llegamos a Barranco como una parodia drogui de nosotros mismos. El efecto hizo que ya no tuviera sueño ni frío. Podría lanzarme al mar y nadar hasta la isla San Lorenzo, pensé.

¿Te invito desayuno?, dije para evitar quedarme colgado.

No tengo hambre, respondió Kevin.

……….Te veo muy flaco. Tienes que comer más. Una papa más al caldo. Mira, ya se hizo de día. Desde aquí todo se ve diferente.

……….Quise seguir hablando, pero como no sabía qué más decir, pregunté lo primero que se me ocurrió:

¿Piensas a menudo en el colegio?

……….Kevin negó con la cabeza. Se quitó la casaca y caminamos hasta un parque cerca al acantilado desde donde contemplamos la playa y el mar. Él parecía estar mucho más tranquilo que yo.

……….Hace unas horas, en la fiesta, todos estaban contentos y borrachos, pero yo ni siquiera sabía por qué tenía que estar en ese lugar de mierda. ¿Tú por qué fuiste, Kevin?

……….Por la cerveza gratis, dijo, y se sentó sobre la grama y prendió el último cigarro de una cajetilla de diez.

¿Qué esperabas encontrar?, preguntó.

……….No esperaba nada. Es que a veces pienso que debería sentir algo por las personas. Me siento culpable por no sentir nada. Creo que algo me falla aquí, dije, y señalé mi cabeza.

Kevin levantó los hombros y despidió una nube de humo por la boca.

No digas cojudeces. Nadie siente nada por nadie.

Hace poco conocí a una chica, continué.

¿Y qué tal?

……….Bebimos unas cervezas en un bar y luego de unas horas me invitó a su casa. Terminamos tirando en el piso de su sala. Fue todo tan fácil, tan rico. Los días siguientes me dediqué a trabajar como loco. Esa misma semana me tocó escribir una nota sobre un entrenador de fútbol involucrado en un escándalo sexual. Acudí a la entrevista decaído. El entrenador vestía un conjunto plomo y caminaba por la cancha con las manos pegadas a la espalda. El cielo estaba oscuro y parecía que en cualquier momento iba a empezar a llover. Por algún motivo, la imagen del entrenador pateando una pelota al arco me hizo pensar en la inutilidad de la vida. Cuando llegué a mi cuarto me senté frente a la computadora con la mente en blanco. Tenía que afrontar la realidad, no sentía nada por esa chica… ¿Nunca te has sentido vacío?

……….Kevin me miró a los ojos y empezó a toser. Era un espasmo ronco, un sonido hueco, como si estuvieran perforando sus pulmones.

¿Estás bien, huevón?

Solo estoy un poco cansado, dijo.

En ese instante me di cuenta de que estaba temblando.

¿Tienes frío?

No, no tengo frío, susurró. Es que hace días que no duermo.

 

El narrador y ensayista Pedro Casusol

 

Lo acompañé a su cuarto. Una habitación austera, un colchón viejo en el piso, una radiocasetera anacrónica, un estante repleto de libros. Ese día Kevin tampoco pudo dormir. Calentó un poco de café en una pequeña hornilla a gas y se desparramó sobre el colchón. Eran las once y me había pasado toda la mañana hablando mientras Kevin fumaba. De un estado de euforia inicial pasé a otro en el que me sentía flotar por toda la habitación. Durante varios minutos ninguno de los dos dijo nada. Kevin cogió su guitarra eléctrica y rasgó las cuerdas.

Tengo que ir a trabajar, dije. ¿Tú no tienes nada que hacer?

……….Kevin me dirigió una mirada fría. La luz del día había vuelto su piel pálida y sus ojos estaban enmarcados por unas profundas ojeras.

¿Te quitas?, preguntó sin dejar de tocar su guitarra.

Sí, debo ir a trabajar, tengo varias entrevistas que hacer.

Kevin se puso de pie.

¿Qué ruta harás?

No sé, saldré por Grau y tomaré un micro a Miraflores.

Te acompaño, dijo.

Abrió su armario y sacó una camisa de franela.

……….Afuera nos topamos con un sol de primavera. Kevin tenía puestos sus anteojos oscuros y se mordía las uñas con ansiedad. Después de caminar un rato llegamos a un pequeño restaurante en el que entró sin decir nada. Ahí me presentó a una señora rubia de unos cincuenta años que resultó ser su madre. Decidí cancelar la entrevista y me senté a almorzar con Kevin. El menú consistía en un pedazo de pastel de acelga, bistec con arroz, ensalada y postre. El efecto de la anfeta había menguando y al acabar me di cuenta de que estaba deshidratado. Bebí todo el refresco que pude. Kevin prendió un cigarrillo.

¿Te sientes bien?

Sí, solo me ha dado un poco de sueño.

……….El humo del cigarrillo formaba signos de interrogación sobre su cabeza.

Yo tengo que quedarme, ¿tú te vas a hacer tus entrevistas?

No, ya fue. Creo que mejor iré a dormir.

¿Por dónde vives?

Lejos, le respondí. Muy lejos.

Pensé que iba a quedarme dormido sobre la mesa.

¿Por qué no te quedas en mi jato?

Tiró algo sobre la mesa. Era un llavero con una banderita de Jamaica.

¿Estás seguro?

Huevón, si estás que te cagas de sueño.

……….Había un mostrador con algunos postres y una pizarra con el menú del día. En la pared un letrero con un dibujo de Fontanarrosa rezaba: Hoy no se fía, mañana sí. El barrio era pobre y solitario. Este negocio no puede dar mucho dinero, pensé.

……….Entonces nos vemos más tarde, se despidió al ver que cogía sus llaves y me ponía de pie.

Espero poder encontrar tu depa, dije en tono de broma.

……….Me despedí de la mamá de Kevin y me alejé. El sol de primavera alumbró mi camino mientras me alejaba por la vereda. Estaba tan contento que hacía sonar las llaves agitándolas en una mano.

……….Dormí toda la tarde sobre el colchón de Kevin. De tanto en tanto me despertaba sobresaltado. En mi noica aluciné que alguien entraba y me encontraba ahí tirado. Me levanté cerca de las seis de la tarde y después ya no pude dormir. ¿A qué hora regresará Kevin? ¿Y si lo voy a buscar al restaurante? Maté el tiempo revolviendo entre sus cosas. La ropa de Kevin era monocromática. Predominaban el negro y las camisas de leñador. Tenía un par de zapatillas, aparte de las que llevaba puestas, y lo demás eran polos viejos y pantalones gastados.

Kevin llegó a las ocho y media. Estaba apurado.

……….Fakin Mader Fren toca a las diez en el Sargento y no hemos llevado los instrumentos. ¿Me ayudas con esto?

Cargué el amplificador y salimos con prisa a la calle.

……….Tengo que llamar a estos huevones de la banda. Hablé con ellos hace rato y me dijeron que se estaban yendo al Callao a computar.

……….Entré como plomo al Sargento y me quedé esperando a que empezara el concierto. Unos minutos después llegaron los de la banda.

¿Consiguieron?

……….El bajista, un tipo gordo y con afro, había sorteado un operativo policial, con cámaras de televisión incluidas, para conseguir varias cajas de Preludin en una farmacia informal del Callao. Kevin se dirigió al baño y yo lo seguí sin saber muy bien por qué. Ahí se tragó un puñado de pastillas y se inclinó para beber agua del caño. Acepté un par y me las metí a la boca.

……….Cuando Kevin salió al escenario, yo estaba eufórico. Mis dientes rechinaban, no podía estar quieto, hacía cola, regresaba al baño, bebía agua, sostenía una botella de cerveza y saltaba. Fakin Mader Fren era telonero de un grupo argentino que emulaba a los Sex Pistols. Cerca de mí una chica bailaba y parecía querer llamar mi atención. Vestía una falda escocesa, pantis rotos, un polo negro de Iron Maiden y una casaca de jean. Yo estaba contento de poder escuchar a Kevin, su música era como un huracán y él no cantaba: gritaba, lloraba. Uno de los guitarristas, un chico delgado cuyo rostro se ocultaba en una maraña de pelos, se arrodilló para cambiar los efectos de su guitarra varias veces.

……….Al de Kevin le siguió otro grupo. En pleno concierto, los empujones de la multitud me trajeron otra vez a la chica de falda escocesa y pantis rotos.

¿Cómo te llamas?, me preguntó.

No tengo por qué responderte, pensé.

……….Yo me llamo Mara, se escuchó por encima de la bulla. Te gusta Kevin, ¿verdad? He visto cómo lo miras. Mara sonrió. Convídame un poco de cerveza, dijo, y extendió su enorme vaso de plástico.

Le serví todo lo que quedaba de mi botella.

Ya te invité, ahora vete.

Entonces apareció Kevin.

¿Ya conociste a Mara?

Estaba bañado en sudor y olía a marihuana.

Estás hecho un asco, dijo Mara, y lo apartó de un empujón.

¿Qué te pareció?

Tragué saliva, entrecerré los ojos.

Me gustó, has mejorado mucho desde el cole, me reí.

Mara nos miró fascinada.

¿Se conocen del colegio?

El local estaba repleto y apestaba.

Bueno, ¿qué hacemos?

Tomemos chela y vamos por ahí, propuso Mara.

……….Acompáñame, dijo Kevin antes de perderse entre la multitud. Guapa, ¿no? Rico culo, ricas tetas. Lleva la concha depilada y es una gloria en la cama. Kevin me arrastró con él hasta el baño. ¡Estoy arrecho, conchesumare! Hundió su cara en el lavatorio. El baño de hombres olía a orines y a semen.

¿Te la estás tirando?, pregunté.

Cada vez que la veo.

¿Una groupie?

Mi novia. Igual nos hemos dado un tiempo.

……….Sacó su cabeza del lavatorio y regó agua por todo el piso. Un tipo de unos cuarenta años, rojo y gordo como un tomate, se puso a inhalar mientras miraba su reflejo en el espejo del baño.

……….¿Sigues high?, preguntó Kevin, y me ofreció otro speed, al tiempo que él se tragaba uno.

No, gracias. Se me han quitado las ganas.

 

 

Afuera del baño nos topamos con Mara, que hacía cola para comprar más cerveza.

……….¿Nos vamos? Los chicos quieren quedarse hasta que termine el concierto y la chela aquí está cara. Hay que movernos, dijo Kevin.

……….Abandonamos el Sargento y caminamos en dirección a su departamento. Antes pasamos por Wahio’s y La Noche, donde intentamos entrar pese a que cobraban. A Kevin se le veía demacrado. Llevaba el polo húmedo y la camisa de franela amarrada a la cintura. Parecía resistir el frío de Lima como un monje budista. Terminamos comprando vino de caja en una bodega y nos instalamos en un parque. Kevin se alejó caminando por el malecón. Mara me miró con curiosidad.

¿Cómo era Kevin en el colegio?

……….A los seis años, recordé, Kevin era rubio y regordete. Todos lo envidiábamos porque era la viva imagen de los niños de las películas gringas.

……….A veces el cabello solo se oscurece, dijo Mara con tristeza. Ahora, si te das cuenta, lo tiene un poco castaño. Antes lo tenía largo y lleno de rulos. El día que terminamos se fue a chupar a la casa de Buba, el chico que toca el bajo en la banda. Ahí encontró una máquina de afeitar y se rapó.

……….Mara le dio un largo sorbo a la caja de vino. Era bonita pero cojuda. No se daba cuenta de nada. Había un tufillo molesto en toda su historia. Me la había contado en voz baja, como si me confiara un secreto. Al rato volvió Kevin. Estaba pálido, tartamudeaba, no sé si por el frío o por el speed.

¿Qué pasó?

¡Nada! ¡Vámonos!

Nos pusimos de pie y nos fuimos.

¿Nos están siguiendo?

No, huevón, nadie nos está siguiendo.

 

 

En su cuarto, Kevin puso un casete de Joy Division y prendió lo que quedaba de un troncho. Mara sacó del armario un par de vasos de vidrio y nos dedicamos a tomar en silencio. Una vez que nos terminamos la caja de vino, Mara empezó a besar a Kevin. Estábamos tirados sobre el colchón, muy juntos, y podía sentir la piel de Mara bajo los pantis. La acaricié. Mara me besó y después regresó a la boca de Kevin. Al rato nos estábamos besando los tres. […]

 

 

 

 

 

*(Lima-Perú, 1986). Narrador, ensayista y periodista. Fue un joven incendiario en cierta escuela de escritura y en talleres de narrativa que frecuentaba desde el colegio. En paralelo, se educaba en parques y pasajes aprendiendo mejores formas de perder el tiempo. Ha estado obsesionado con poetas tan disímiles como Allen Ginsberg y María Emilia Cornejo, llegando a publicar investigaciones sobre ambos. Publicó un libro de relatos y una nouvelle en la que se retrata como un obeso asesino en serie que acaba con sus antiguos compañeros de promoción. Su ensayo publicado en el libro Soy la muchacha mala de la historia (2019), mereció comentarios positivos por parte de la crítica. Sus tempranas excursiones a Barranco lo llevaron a alucinar las historias que presenta en este libro.

 

 

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