“Aspiro a convertir las sílabas en palos que toquen sobre el tambor de las pieles lectoras”. Entrevista a José Miguel Perera

 

Por Mariano de Santa Ana*

Crédito de las fotos Kahora Ramos Rivero

 

 

“Aspiro a convertir las sílabas en palos que toquen sobre el tambor de las pieles lectoras”.

Entrevista a José Miguel Perera

 

 

Como restos de un naufragio que rescata persuadido de que aún hay un rumbo, en su nuevo poemario, Ancho de ánimas, José Miguel Perera** anuda vértigos temporales, límites antropológicos y fisuras del lenguaje impulsado por una débil fuerza mesiánica.

 

 

Entrevista

 

 

Mariano de Santa Ana [MSA]: El título del libro juega con el nombre de una de las manifestaciones más singulares del folklore canario: el rancho de ánimas. Rancho porque, entiendo, la cultura tradicional es capital en su vida y en su poesía, y porque usa la deshecha, estrofa recurrente en esta expresión poética y musical. Ancho porque en sus versos trae al presente las ánimas de víctimas incontables. ¿Puede abundar en ello?

José Miguel Perera [JMP]: El libro, efectivamente, se sostiene en un diálogo entre las víctimas a las que alude, a las que a su vez la voz poética invoca para reclamar una justicia que señale al futuro. Esta invocación puede entenderse entonces como redención: solo la memoria de estos muertos, viva en nuestras actuaciones de hoy y mañana, en la que nuestra alma se ensancha repleta de estas otras voces, podrá acaso reparar sus muertes injustas, sus vidas rajadas como víctimas de la humanidad encarnadas en las realidades insulares. En este sentido, la tradición cultural canaria nos ofrece ricas expresiones para vehicular y precisar nuestros anhelos, y una de las más significativas es el rancho de ánimas.

 

 

[MSA]: Al final, en las “notas de fondo”, indica que estas víctimas son gentes dispares como los antiguos habitantes de las Islas (los guanches), los inmigrantes africanos que intentan arribar al Archipiélago en precarias embarcaciones y los emigrantes canarios que pusieron rumbo a América. Cuéntenos.

[JMP]: En los tres casos nuestra perspectiva imaginativa los identifica desde su sufrimiento como humanos: los guanches como colectivo y modo de vida destrozados en gran medida por la fuerza, los migrantes africanos continentales que arriesgan la existencia por mejorar sus limitadas situaciones y los migrantes canarios que, en diversos momentos de la historia, y por motivos similares, también se jugaron la vida a través del Atlántico. Todos fueron y son víctimas de injusticias en las que todos estuvimos, estamos y estaremos implicados. En mi libro, figuradamente, los antiguos canarios acogen a los continentales desde los contornos insulares, así como animan y ven marchar a los emigrantes isleños.

 

 

[MSA]: Diría que en su atención a la exigencia de derechos de las víctimas hay un componente mesiánico. ¿Se reconoce así?

[JMP]: Interpreto que mi escritura, y la de Ancho de ánimas en particular, está constituida por ingredientes que lindan con lo mesiánico y lo profético: las víctimas de todos los tiempos han de ser redimidas, y para ello hemos de empujar en cada instante presente y futuro convertidos a su justicia utópica. Las cambadas palabras literarias que me interesan hacen posible lo imposible, señalan horizontes que nuestra cotidianidad, repleta de frases hechas y estereotipos castrantes, es incapaz de imaginar. Es desde este principio que, en la línea en que usted plantea, la palabra poética, para mí indisociable de lo religioso, tiene como objetivo principal nombrar lo aparentemente irrealizable para acercarlo. De ahí también mi inclinación hacia la mística.

 

 

[MSA]: ¿Ha bebido en la literatura mística?

[JMP]: Desde que comencé a escribir tengo gran interés por la religiosidad, y en concreto por la mística como experiencia que excede lo humano, como misterio inatrapable. Desde la cábala y el amplio abanico del judaísmo hasta el mundo sufí, desde Silesius y Eckhart hasta la espiritualidad oriental, todas las manifestaciones místicas me sobrealimentan. En ellas percibo cómo los seres del mundo, con todas sus diferencias, andan de la mano. ¿Y cuál es la herramienta primera del místico? La palabra, la paradójica palabra que nunca llega a decir lo que ansía y que es forzada hasta límites donde irrumpen el balbuceo renqueante o el silencio. En los místicos, particularmente en los más afines, los judeocristianos, he captado la raíz de algunas de las más originales innovaciones poéticas de la tradición, surgidas fundamentalmente de la lucha del ser humano para expresar lo inconmensurable. Ese es para mí san Juan de la Cruz, tanto en sus versos como en sus comentarios en prosa, un religioso que en la necesidad de explicar sus vivencias lleva la lengua al límite y, consecuentemente, lo veneramos hoy como uno de los más grandes poetas de todos los tiempos.

 

 

[MSA]: «Un conglomerado de cuerpos ansiosos/ junto a la vida y lateralmente contra ella, / racionalmente absurdos, sin (a)tino, / multivalentemente sinclinados, / brazada con mar de almas por defuera». Diría que en estos primeros versos de su libro resuena ya esa “poética del delirio” de San Juan. ¿Es así?

[JMP]: Sí, y así será durante todo el poemario, que concibo como una procesión de cambio personal con escalones en los que mi lenguaje, al compás, también se va modificando. Digamos que el itinerario aparente transita, de este a oeste, desde el continente africano hasta las orillas americanas a través de Canarias. Pero uno de sus significados profundos podría ser propiamente una «épica interior» de compasión con los diferentes, una suerte de proceso místico atlántico de conversión a lo extraño, al extranjero, aunque ello sea en principio imposible. Este sendero utópico no sería concebible sin ese delirio lingüístico que intenta señalar otras formas potenciales de la realidad, o acaso que eso que llamamos realidad está lleno de huecos. Ni yo mismo, el autor, soy capaz de descifrar algunas rarezas que casi todos mis poemas voluntariamente contienen, desde que van surgiendo hasta que los doy por finalizados.

 

 

[MSA]: En el libro emplea léxico y estructuras del habla popular canaria, por ejemplo, un pronombre que he oído desde mi infancia y que me fascina: losotros, idóneo para las inclinaciones de su obra. Así, este verso: «En losotroS ya ahora, aniña hija abruna». ¿Puede hablarnos sobre este vocablo y en general sobre el peso del habla popular en su escritura?

[JMP]: Escribir poesía es, para mí, extranjerizar la lengua. El conocimiento del mundo es configurado sobre todo lingüísticamente, y creo que la expresión extranjerizante catapulta una perspectiva «corpomental» más diversa de la existencia, otorga una mayor flexibilidad. Necesitamos abrir fisuras en la realidad, rasgar sus rutinas burocráticas con procedimientos infrecuentes, se extraigan de donde se extraigan. En este sentido, nuestras hablas populares y los registros más espontáneos están repletos de posibilidades formidables para la extranjerización, aunque sigan siendo negados por la cultura institucionalizada, que los sitúa en los márgenes como humor facilón o costumbrismo trivial; una actitud tan dañina como la de quienes se sirven de clichés lingüísticos representativos de una identidad más cerca de los escaparates que de la vida en marcha.

Estos y otros particularismos lingüísticos poseen el mismo potencial comunicativo y literario que los demás elementos del idioma, por mucho que digan quienes emplean la lengua como un recurso más de privilegio social. Losotros es uno de esos maravillosos términos que quien me enseñó a hablar, mi familia, utiliza: del ámbito del vulgarismo, como lo considera el academicismo más policial, intento derivarlo en una expresión altamente sugerente, dándole un valor espiritual a lo que suele considerarse grosero e inculto. Y este es el ejemplo de un pronombre, pero podríamos hablar igualmente de semántica derivada o de elementos léxicos, sintácticos, morfológicos y, por supuesto, fonéticos, ya que si el sonido en poesía es fundamental, en mi caso hay un esfuerzo por conseguir tonalidades musicales que alejen de las candencias que marca la norma.

 

 

[MSA]: En lo que escribe, pues, son claves la oralidad y la espontaneidad expresiva.

[JMP]: El hambre por precisar lingüísticamente, columna vertebral de la poesía, es consustancial a toda persona, sea de donde sea y tenga la formación que tenga. Por eso cualquiera es capaz de inventar palabras o de mezclar términos azarosamente de donde resultan curiosidades sorprendentes. Fijémonos en el todavía incomprendido personaje Pepe Monagas, del escritor insular Pancho Guerra, de lenguaje tan particular y en buena medida inspirado en registros populares, cuando metaforiza, cuando utiliza dobles sentidos o neologismos como bienamañamiento, orejeante, meditabajos, pizcología o eucaliptados. ¿Es que no los podría haber creado cualquier destacado exponente de las vanguardias hispánicas? Lo que hago viene de muchas fuentes, a veces involuntariamente, entre ellas la oralidad que me rodea, a la que pongo mayor atención mientras pasan los años. En los comienzos no era tan consciente del peso que tenía en mí esta dimensión próxima, más o menos rural, hasta que me lo hicieron percibir ojos y oídos más urbanos. En mi poesía hay un titubeo profundo, una pronunciación recortada o injerencias fónicas que creo provienen del ámbito oral que he mamado desde niño.

 

El poeta José Miguel Perera

 

[MSA]: Sea como sea, no me podrá negar que su atención extrema a lo fonético parece tomar aliento en las vanguardias que acaba de mentar.

[JMP]: Mi primer acercamiento hondo a las vanguardias fue, en el final del Bachillerato, con Artaud, del que aún me subyuga su voluntad de convertir la palabra en gesto y cuerpo despertadores desde un cierto primitivismo escénico. Y es eso a lo que aspiro: a convertir las sílabas en palos que toquen sobre el tambor de las pieles lectoras. Luego vendría el simbolismo y, por encima de todos sus integrantes, Mallarmé. En este periodo leí también a Vallejo, Huidobro, Pedro García Cabrera o al siempre sorpresivo Alonso Quesada, pero sin el tesón que dediqué a otros como Lezama. Tras mi primer libro, Trenístenla es venida, volví a ellos con mayor profundidad, descubriendo además a otros cercanos a mis inclinaciones, dígase En la masmédula de Oliverio Girondo. Intuitivamente fui dejando salir disposiciones rítmicamente descoyuntadas que luego trabajaba, a las que uní estructuras copiadas de oído del alemán, durante un viaje, sin saber nada de este idioma. Así nació aquel libro, con una parte que suena a salmodia y una segunda repleta de cursivas, paréntesis… imposible de articular oralmente. Son materiales que he ido reutilizando, redimensionando y ampliando hasta Ancho de ánimas, sobre todo en su faceta sonora.

 

 

[MSA]: En lo que hace creo percibir también motivos de la poesía puramente fonética, como el «zaum» de Jlébnikov, quien por cierto bebió igualmente del habla campesina.

[JMP]: A Jlébnikov llegué no hace tanto. Además de su importante papel en el futurismo ruso frente al belicismo de Marinetti y sus inclinaciones tempranas a las cábalas numéricas, su creación de la lengua transmental «zaum» es uno de los más impresionantes proyectos de idioma universal. Pero sus propósitos son indisociables de las tradiciones en las que crece y vive el poeta, por lo que este lenguaje original recurre a sonidos de su modalidad de idioma y de habla, e incluso a un imaginario mitológico del radio histórico-cultural por el que transita su existencia nómada. Por otro lado, es significativo que, para los deseos utópicos de lengua universal, Jlébnikov tire de tantísimos recursos fonéticos: cambio de sonido en sílabas, fusión de palabras, gritos onomatopéyicos de brujas, pájaros, aullidos, cantos infantiles… ¿Por qué? ¿Qué hay en la música de los vocablos, atada a idiomas y hablas concretos, que nos hace vibrar a pesar de los significados? ¿Es el mismo poder general de la música? La totalidad de lo lingüístico es algo más que sonido, pero una capa fundamental en los poemas, así como en las letanías y los mantras, es el sentido del sonido.

 

 

[MSA]: A propósito, también del sentido del sonido, en algunos de sus versos creo percibir el ritmo de los esdrújulos de Bartolomé Cairasco de Figueroa, autor insular del siglo XVI de absoluta referencia para usted. ¿Hay algo de esto en Ancho de ánimas?

[JMP]: Por supuesto que sí, especialmente en la parte central. La aventura de copiar a mano miles de versos de Templo Militante, la magna obra de Cairasco, me marcó considerablemente, corporizar sus versos, especialmente los de rima esdrújula, como otro gesto elocuente de extranjerización rítmica. Interpreto esta experiencia fundamental en un análogo cauce de interés —salvando las distancias— de descubrimientos vanguardistas tan llamativos fonéticamente como los de Ernst Jandl o Kurt Schwitters.

 

 

[MSA]: Mencionaba antes neologismos espléndidos de Pancho Guerra y hacía referencia a su profusión en algunos vanguardistas hispánicos. A este respecto no puedo evitar imaginar lo bien que encajaría «oxidente», neologismo del Vallejo de Trilce, entre «ultratumban», «paZión», «dascendente», «granhelos» y tantos otros neologismos de Ancho de ánimas.

[JMP]: Entre ese Vallejo y mi escritura poética hay muchas concomitancias, en cuestiones particulares y en su marea de fondo. Porque no son solo los neologismos, sino también los arcaísmos, el espectro popular, las maneras glosolálicas y tantos increíbles ademanes de ese impagable milagro expresivo de Vallejo, más experiencial que experimental según Américo Ferrari. En mis empeños por sacar jugos inusuales del idioma, allá por el 2003 inventé las miyúsculas («», «pozO», «madrE», «losotroS»…), para marcar en las palabras algo importante con una perspectiva distinta a la que connotan las mayúsculas iniciales de las grandes verdades «oxidentales». Años después, inmerso de lleno en Trilce, me encontré con asombro que Vallejo había inscrito «nombrE» al final de su poema II. ¿Casualidad? En cualquier caso, y más allá de lo que allí signifique, encuentros como este o con las aparentes extrañezas de Celan (por poner un caso especialmente significativo para mí), que intento entender desde sus interpretadores y sus traductores al español, me han ayudado a confiar en mis empeños presuntamente irracionales con la escritura.

 

 

[MSA]: Más allá de sus afinidades y sus deudas con el experimento vanguardista, el modernista canario Tomás Morales es el poeta con el que mantiene un diálogo, y una contravención, más sostenidos en este libro. ¿Puede hablarnos de las «glosas posmitológicas» de «Hado el Atlántico»? ¿Del «Atlántico asesino»?

[JMP]: La «Oda al Atlántico» de Morales, incluida en su libro Las Rosas de Hércules, es un relato mítico de estructura clásica que exalta el itinerario de un héroe en la dominación de la naturaleza para la refundación de su cultura, en una trasposición de figuras de la Antigüedad grecolatina al espacio atlántico. Hay muchísimas capas de interpretación, pero gruesamente digo que mi «Hado el Atlántico» es un intercambio con el poema de Morales, al que, efectivamente, en cierta medida contraviene: sus protagonistas son antihéroes, supervivientes anónimos que se lanzan al mar desconocido y que con frecuencia mueren en la persecución de la vida que ansían. En las orillas insulares, junto a los muertos injustamente, los antiguos canarios esperan y, lejos de querer fundar ni dominar nada, se dejan ir piadosamente «junto al venir oblicuo de las extranjerías»: el ser humano en función de los otros seres humanos. El Atlántico se torna enemigo, mar de los finados y las almas en pena, espacio de llanto por quienes desaparecen en su seno, ilegibles en los hombres de mar de la serie celebratoria de Tomás Morales.

Sin embargo, creí que insertándome en los sonoros e impetuosos resquicios del ritmo sugerente de la «Oda», vinculados además a otros nombres de la tradición insular como el propio Cairasco o —más recientemente— Pedro Perdomo Acedo, podría perfilar un discurso poético compasivo que, como ya dije, señalara desde Canarias una utopía redentora de la humanidad sufriente, donde por fin «nadie habrá de morir». «Hado el Atlántico» relata en cámara lenta una metamorfosis caritativa de la identidad sin resistencia ni violencia, una transformación —como escribo— «en losotroS mismos», «al compaz revés de su expersona…».

 

 

[MSA]: No me resisto a citarle un pasaje del «Apocalipsis» de san Juan que profetiza que en la tierra mesiánica ya no habrá mar: «Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar no existe ya».

[JMP]: La liberación de la esclavitud de los hebreos, en el Éxodo, fue a través del milagro del cruce del mar que se separa para que surja así la tierra seca. Y a ello engancho una curiosidad relacionada con mi poesía: en 2005 escribí estos versos, que incluí años después en Espíritu de campanario: «Cuando no hubohaya marea / has dejado de morir por mucho tiempo». La sed humana por el fin de las angustias puede llegar a secar el mar de los muertos, puede cambiar el rumbo del trágico destino atlántico y mundial. Y la vida será totalmente otra, por lo que este mar que conocemos ya no existirá.

 

 

[MSA]: A propósito de la insularidad, la tradición, la historia, el habla y tantos otros elementos que flotan en Ancho de ánimas, descoyuntar el lenguaje, como hace usted en línea con algunas manifestaciones radicales de la poesía moderna, comporta la puesta en crisis del yo y con él de las afirmaciones identitarias colectivas, canarias o de cualquier otro sesgo.

[JMP]: No concibo la vida ni la identidad de las personas como un bloque esencialmente compacto. Tenemos un nombre propio y, con él, unas formas de ser, lo que no quiere decir ni que sean fijas ni que respondan a una unidad de origen a fin, fácilmente interpretable. Además, consciente e inconscientemente, en nuestra identidad se entremezclan aspectos personales y familiares, municipales, comarcales, insulares, archipielágicos, estatales, atlánticos, hispánicos… que puedo llegar a distinguir en mí o en otros, por ejemplo, los que tienen que ver con las circunstancias sociohistóricas grancanarias, canarias… en las maneras de hablar, de actuar, de interpretar…, y que tampoco son inmutables. Es más, ni siquiera creo que sean unidireccional ni míticamente definibles como foto congelada, ya que son maneras de ser siempre erosionadas y erosionables, sobre todo si la fuerza que les llega tiene el rostro vulnerable de los que no soy yo, de los otros. En mis letras son legibles determinadas líneas de pensamiento, pero una de las más evidentes es el rezongo de Emmanuel Lévinas, a quien llevo leyendo y releyendo desde hace años, intentando entender sus meneos.

 

El poeta José Miguel Perera, leyendo

[MSA]: Lévinas dice que entre el yo y el sí mismo hay un intervalo, que no hay retorno inmediato a sí del sujeto idéntico.

[JMP]: Esas palabras traduzco que giran en torno a la salida del ser, a su no asimilación, cuestiones planteadas por el filósofo desde los comienzos, sobre todo tras su traumática experiencia durante la segunda guerra mundial, y que diría que son nucleares en mi obra. En la época en que escribí mis primeros poemas conservados, editados veinte años después de escritos y recogidos en Que nada de esto es silencio, me debatía entre vivencias que definí como neutralidad, pasividad, desposeimiento… Por esos tiempos llegué a determinados filósofos judíos del siglo XX, como Martin Buber o Franz Rosenzweig, y me atrapó el caso particular de Lévinas, los detalles de su ética como filosofía primera. A ello se unió descubrir un aspecto de sus libros iniciales, recurrente en los siguientes, que influyó más en que pusiera mi atención en él: el hay. ¿Por qué? Porque vislumbré con claridad que el hay estaba conectado de algún modo con aquellas vivencias mías inentendibles de lo neutro, de lo pasivo, del desposeimiento… y que necesitaba seguir desenmarañando. Entre ese concepto, relacionado también con Blanchot (otro escritor que tanto me ha interesado), y la hondura de sus planteamientos posteriores vengo en buena medida interpretándolo desde el comienzo del milenio, procurando entenderlo con intensidad y repensando los vericuetos de la vida común y personal desde sus principios éticos.

 

 

[MSA]: Para terminar, quisiera pedirle que nos hable de «maragá», esa «palabra muerta» que aparece insistentemente en Ancho de ánimas.

[JMP]: «Maragá» es un término de una de las dos endechas en lengua guanche recogidas en el siglo XVI por Leonardo Torriani. Parece que su significado se relaciona con la acogida y el amparo, aunque no era consciente de estas posibles connotaciones cuando, mientras componía el poemario, esta palabra me vino a la boca. Como con otros aspectos de mi poesía, no obvié esa intromisión involuntaria de un vocablo que además se me acercó tan sugestivo sonoramente. La lengua de los antiguos canarios legó muchísimo vocabulario de uso cotidiano en nuestras realidades, que hoy, en el español actual, son marcas de una ausencia tan presente en nuestro contexto. Pero «maragá» existe porque alguien lo testimonió por escrito. Es, como usted bien dice, una palabra muerta que reaparece de la hondura de los tiempos, venida a mí desde el fondo doloroso de los muertos como un signo que en Canarias entendemos propio, pero que al unísono es tan ajeno y extranjero como los sonidos del alemán que comenté anteriormente. Diría entonces que la resurrección que hago de «maragá», y con ella de todo el universo que evoca, convierte la palabra en «luestra». Así, una vez más, podemos volver a ser «losotros mismos».

 

 

 

 

 

*Historiador del arte.

 

 

 

**(Islas Canarias-España, 1978). Poeta, crítico literario e investigador. Doctor en Filología Hispánica. Se desempeña como profesor de enseñanza secundaria de Lengua y Literatura. Ha publicado en poesía Trenístenla es venida (2003), Espíritu de campanario (2016), La boca de las alucinaciones (2018), Que nada de esto es silencio (2019) y Ancho de ánimas (2021).

 

 

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