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Por Julia Wong*

Crédito de la foto (izq.) www.lascriticas.com /

(der.) Eds. Baluarte

 

 

3 poemas de 18 poemas de fake love para Keanu Reeves (2021),

de Julia Wong

 

 

Dirty Wong

 

Casi al anochecer, pateo mi propia sombra de hielo.

Salgo a guarecerme de mi última herejía

por el alambrado neón hispano,

California lingüística y fractura.

 

El reino de los habladores me circuncida como a una araña triste.

 

California es un continente: son depredadoras,

eructan el alimento robado al soberano,

herederas anglófonas de virtudes tridimensionales.

 

No han podido curar su melancolía medioeval. Allí,

proyectadas en otro imperio de Piedras santas,

rasgadas en su moneda bilingüe.

 

Nos buscamos. Lo presiento. Me conmueven.

 

Compartimos la misma duda,

la nueva tela que tejeremos, nos condenará al cáncer o

a la tristeza,

a la ambivalente soledad.

 

Ellas auscultan el porvenir en idiomas que yo ni me puedo imaginar,

japonés o árabe, por ejemplo.

Gálico.

 

En la penumbra es fácil desvestirse y succionar los finísimos hilos erectos.

 

Cada poro espera por algo, extraña jadeos, soplidos lejanos y manías copiadas de

absurdos jardines pornográficos:

amarás el vuelo arácnido, amarás a tus hermanos, cogerás con tus primos y desearás a tus tíos.

 

Este es un vergel fundado con la sangre de los chivos expiatorios.

 

Pienso que debí ir más seguido al cine en minifalda

y masturbarme con películas baratas.

 

Así no me asustaría,

con ninguna anécdota sobre los chinos del barrio

timbeando toda la noche,

gambling se dice en inglés.

 

Jugándose la vida.

Regresan a su casa con los bolsillos vaciados por el

placer de echar los dados al abismo:

Los que siempre ponen el ojo en la mujer equivocada.

Las que deseamos al hombre que nunca nos va a pertenecer.

 

Durante el juego dejan pasar en la tele

Terciopelo azul y Muholland drive,

podrían constituir una hecatombe en el neurocortex.

 

Sólo un marido alemán hubiera consentido en ir conmigo a la función de medianoche y mientras, Isabella Rosellini aguanta el llanto, él cambiaría de butaca y diría algo así:

—Mache es selber Kleine, ich gehe kurz eine rauchen…[1]

 

Me liberaría de la utopía de hombres latinoamericanos, de los santos Tupacs con sangre real, amantes de sus hordas y sus pueblos sumisos y devotos. Eso, me libraría de escribir una hagiografía de mi padre oriental. Eso, me liberaría de ver la saga completa de Matrix y ser la fan número nueve millones mil quinientos de Saint Keanu en Instagram.

 

Mi sombra y yo

nos pateamos mutuamente,

jugamos una suerte de gincana popular.

 

Trato de limpiar con alcohol mis turbios deseos,

mirada irónica sobre los dientes amarillos.

 

Los cigarros se deslizan de las bocas secas que contienen el apetito por el vecino y flirtean con lejanos perfiles en países aún más lejanos que la luna.

 

Todos han enfocado su atención en la película

y no en su propio deseo.

 

Afuera huele a anticuchos,

ese olor a vinagre y ají molido.

 

En la penumbra

he tomado una mano oscura

y le he suplicado

salir conmigo

a tomar aire fresco.

 

 

Fake Love

 

Tú nunca has peleado con los cerros.

En tus huesos hay un enigma sin equilibrio.

Cada salto sobre la valla,

medida con temperamento hebreo.

 

Has perdido la raíz de tu corazón.

 

Devuelves el puño en la diestra de un luchador

de kung-fu. Un malabarista vocifera

en el écran, frente a un mar de ojos.

 

Sobre alambres aceitados con leche de vampiro,

la rabia que empuja al mundo, es agnóstica.

 

Va flotando como humo en las butacas.

 

Tu fidelidad es a las piernas de la virgen María.

 

El motor de un pájaro, más veloz que tu mirada;

tus saltos ortopédicos y tus barbas, en remojo, se

debilitan.

 

¡Vamos, Keanu!

Bello muñeco hecho de balas perdidas,

vamos al desierto de Akra.

Vamos al pozo con falso almíbar,

bambú tensionado. Allí,

donde nadie cree ni en Sión, ni en tus saltos astrales,

llévame de la mano a visitar al guardián del oeste.

 

De tu mano volveré a la costa y despellejaré al oso muerto, ante tu piel rociada de impiedad.

 

Tú, hombre hiper-estimulado,

me han criado como Confucia,

la empleada de Hollywood.

 

Me fascinan las maquiladoras, las pestañas rizomáticas

y los espíritus falsos.

 

Cada ficción coqueta de Netflix,

explora una arista sobre la falsedad del amor.

 

¡Despierta ya!

 

Ken, Chollywood es un Samsara maldito por la madre de Allen Gingsberg.

Eres un dragón estancado en las máquinas tragamonedas.

 

¡Sal de Chollywood, Ken!

 

Ven al dialecto azul del Amazonas, donde la cucarda

revolotea. Las manos escarban el sonido

de la caída del imperio y el loro

yace decapitado en un corral.

 

Deja que el frenesí de la siesta decolore sus plumas,

subsana tus pasos enérgicos —pero pálidos—

por el pasillo.

¡Caminemos con fe de recién llegados

sobre la cuerda floja!

 

Esta es la última estación,

la luna escondida en mis zapatos pobres.

 

¡Vuelve al Líbano!

 

Despliega tus garras de Águila solitaria,

madre del Canadá.

Aquí estoy

resguardando el agua difícil de la verdad,

yo te venero.

 

Subiremos, por fin, juntos la montaña.

 

La poeta Julia Wong

 

La belleza diaria

del suicidio en la postmodernidad

 

Una muerte por cada selfie,

23 mil likes

 

La Paz no existe en esta metafísica casera

¿qué es ver al sol, soñar con ser árbol?

 

Transparente en sus referentes aludidos,

el sueño cromo-mágico de ser uno o todos,

a la vez, nadie.

 

Oh, intemperie.

 

Reina del saber.

Silencio.

 

Impenetrable,

la confesión se suicida ante sus maestros y renace lúcida,

sin ningún cuerpo, sin arma,

en ninguna jerarquía,

en ningún yo histórico,

en la negación del peso geográfico,

un volcarse ante el lector casto

(o castrado por la perpetuidad),

un neonato hecho con sombras

en una ambulancia.

 

Alguna vez, alguna carabela lenitiva trajo cera y llanto

al puerto.

 

El vómito iconoclasta de la hermenéutica aparente,

recurso fácil que los poetas malgastamos y

reutilizamos en reciclaje,

para volvernos un miércoles de ceniza,

soledades de parientes muertos.

 

¡Ah!

Asia fatal,

eterna y sublime,

maestra de todas las sinfonías…

 

Ya no nos observan, pero salen presbíteros de sus rostros trágicos,

para declararnos infaustos, plurales y casi vitalicios;

para entender la elíptica inerme del gnosticismo

sagrado,

es el que eyacula la palabra seminal sobre cualquier religión y mercadotecnia.

 

Oh luz,

nos empuja a la libertad de un, siempre abierto,

abrazo de madrina, ante lo inconcluso y

en constante creación.

 

Cada día alguien te mira y se enamora de ti.

 

Lo inacabado es lo único perfecto.

 

 

——————————-

[1] Nota del editor (NE): Traducción del alemán: Hágalo usted mismo, pequeño, voy a fumar un momento…  

 

 

 

 

 

**(Chepén-Perú, 1965). Poeta, narradora y gestora cultural. Hija de padre chino y madre tusán. Cursó estudios de Derecho en la Universidad de Lima (Perú) y de Literatura y Humanidades en la Pontificia Universidad Católica del Perú. También estudió Romanística en la Universidad de Stuttgart (Alemania). Obtuvo los Juegos Florales de la Universidad de Lima con Confesiones de mi tierra caliente. Se mudó a Macao con su padre, apoyándolo en organización de la Fundación Wong Yeng Kuan, la que fomenta la lectura y cultura a través de bibliotecas públicas. Coorganizó el Festival de Poesía en Chepén Chepén (entre 2010 y 2019). Ha sido curadora de dos exposiciones fotográficas sobre la migración China en Perú y México (en 2012 y 2017, respectivamente). Colabora con el proyecto Tusanaje y Chinaarte. Plataformas y espacios para artistas sino-peruanos, sino-latinos. Ha publicado Historia de una gorda (1992), Los últimos blues de Buddha (2002), La desmineralización de los árboles (2013), Un vaso de leche fría para el rapsoda (2014), Mongolia (2015), Tequilaprayers (2015) y Pessoa por Wong (2017), Fake Love (2021), entre otros.

 

 

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