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Vallejo & Co., presenta un cuento de ciencia ficción de la poeta Gaby Sambuccetti traducido, por primera vez, al español. Se trata del único cuento que ha publicado y que es parte del libro Wizards, Werewolves and Weird Engines editado por Brunel University (Londres-Reino Unido).

 

 

Por Gaby Sambuccetti*

Traducción del español al inglés por la autora

Crédito de la foto (izq.) la autora /

(der.) Brunel University

 

 

Hilos de seda,

de Gaby Sambuccetti

 

 

Me levanté con dos alas implantadas.

 

Las diferencias con mi colega eran cada vez más evidentes. Si bien en un principio pensé que sus arranques obsesivos en medio de la investigación que hacíamos para nuestro proyecto sobre arácnidos eran producto de su pasión, en ningún momento me abandonó la sensación de que había algo que no estaba bien.

 

Era algo en su insistencia con las comparaciones que hacía constantemente entre los seres humanos y las arañas. Para él, las mismas eran seres evolucionados que escondían la perfección entre sus hilos entrelazados.

 

Según su visión, nosotros no podíamos juzgar la belleza de la circularidad de sus tejes y destejes. La trama, la urdimbre, el esparto, el nylon: eran muchos los mecanismos que empleaban las arañas. Sus glándulas creaban seda, seda que luego podían comerse para reciclar.

 

Un día me pareció que su investigación independiente estaba yendo demasiado lejos. Eso estaba fuera de lugar en nuestro proyecto colaborativo. Así que escalé el problema con nuestro supervisor.

 

Como era de esperarse, él no se tomó todo eso muy bien. Para resumirlo en imágenes: cloroformo en un algodón, la luz del laboratorio volviéndose tenue, su brazo en mi cuello y caerme en sus manos.

 

Cuando me levanté tenía mis brazos y piernas amputados. De mi espalda salían unas alas transparentes que estaban pegadas en una telaraña humana que soportaba mi peso y me impedía moverme.

 

Jonathan entró caminando a la sala en la que me encontraba como un director de escuela, solo que en lugar de tener un traje largo y sin una sola arruga, tenía un traje con agujeros debajo de sus brazos del que salían cuatro patas cosidas, implantadas y llenas de pelos negros pegados sobre ellas.

 

Su abrigo era de piel negro de visón. Eso se suponía que creaba el efecto caparazón peludo. Tenía ocho ojos con los que me miraba pasivamente, como si se pudiera volver invisible en el medio de un control asfixiante.

 

No podía creer que no vi venir esto. Creó este espacio paralelo en la azotea de nuestro laboratorio sin que nadie se diera cuenta.

 

En este laboratorio había frascos con más de tres mil arañas, pájaros e insectos.

 

Todos tenían un rasgo en común: sus alas removidas.

 

Esa fue la pieza que me hizo resolver este puzzle. Él era mi araña, yo era su mosca. Aunque también podría haber sido otra araña. Las arañas son caníbales y no les importa devorar a su propia especie. No, mosca. Su ego no hubiera permitido que sea de su especie.

 

Tenía que pensar en los términos de mi casta. Las moscas pegadas desesperan cuando no pueden escapar, mientras que las arañas tienen mecanismos extraordinarios para detectar, no solo las frecuencias altas, sino también, las bajas y sutiles.

 

Sin brazos, ni piernas y con unas alas que no sabía usar, mi único movimiento posible tenía que salir de mi cadera. Empecé a menearla y los hilos de seda empezaron a vibrar.

 

Jonathan vino hacia mi cuerpo con una caja negra en las manos. La abrió y me tiró miles de hilos blancos en la cabeza. Cerré los ojos por el impacto.

 

Era un ridículo. Me daba vergüenza ajena.

 

Lamentablemente, estaba atrapado en las garras de un ridículo. Y así como alguien que entra en rehabilitación después de un accidente tiene que aprender a conectar con su cuerpo, yo también tenía que aprender a conectar con mis nuevas alas.

 

Recordé entonces el libro de aerodinámica que leí sobre el vuelo de los insectos. Las alas de las moscas pueden rotarse hacia atrás. Intenté rotarlas, pero no paraba de sudar sin ningún resultado.

 

Cuando ya no podía más del cansancio, Jonathan vino con una aguja en una bandeja de plata.  Me la puso frente a los ojos para que la vea de cerca. Me iba a envenenar. Empecé a hiperventilar y el miedo hizo que mis alas y los hilos de la telaraña se muevan. Un hilo se rompió cayendo lentamente con el vuelo de la seda. Mientras caía, dejaba un halo esperanzador: podía romper esta telaraña con mis alas.

 

En ese instante de tranquilidad, Jonathan me tiró un balde que tomó del piso en la cara. Era baba espesa. La baba parecía una mezcla de pegamento y sudor. Se me pegaron las pestañas entre sí y los orificios de mi nariz estaban bloqueados. Respiraba por la boca.

 

La angustia hizo que mueva mis alas, empezando a romper toda esta red perfecta que con tanta perversión había sido creada.

 

De golpe, sentí su aguja en mi yugular. Mi cabeza empezó a balancearse. Mis alas se desconectaron. Sentí el filo de su colmillo. Sentí su lengua en mi talón. Lo escuché masticarme el dedo gordo del pie.

 

 

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(versión en inglés)

 

Spider Web 

by Gaby Sambuccetti

 

 

I woke up with two wings implanted.

 

Josh used to be my colleague; we were working on a project about arachnids, but were totally different. He was an entomologist who was too obsessed with spiders.

 

In the beginning, I thought he was passionate, but he kept insisting that arachnids were more evolved than human beings.

 

From his viewpoint, spider webs represented a circular perfection, while human inventions were clumsy and useless in a world full of exciting creatures. We had an argument about the development of the project, and I told him he was going too far with his independent research, and that I was going to escalate the problem to our supervisor.

 

He didn’t take it well; right after that, he made me smell chloroform and I fell asleep in his arms.

 

The next thing I remember was that my legs were amputated and my wings were stuck in a human-size spider web. What’s more, he had four arms appended to his upper body, and the rest of the material covered his chest and back, making a sort of shell.

 

There was not enough time to even analyse this deeply. In order to escape, it was more important to figure out what was next than to understand how everything had led to this point.

 

I couldn’t avoid thinking about the lab. There was a small door in the left-hand side of the roof. We were abandoned at a deserted area of the building. I remembered when I first told Josh about this place; he had laughed and I just thought he was suffering from social phobia or anxiety, because nobody would laugh in that situation. I can’t believe I didn’t see this coming. He had managed to create another lab, another parallel dimension with all sorts of creatures.

 

There were jars with more than three thousand spiders. Some of them were able to fly, others were connected to screens showing their thoughts with a radio transmitter. There were also different types of birds and insects, and most of them didn’t have wings. When I saw them, I realised what this was all about: I was his fly.

 

He was trying to kill me when I was least expecting it, and there was only one way to escape: kill him first. Some spiders kill their own mothers, and that was the only way out.

 

I moved my belly and the web shook. Josh came back after hearing the sounds and turned on a human sewing machine that wrapped me with white threads while he was blowing my face.

 

His breath smelled like rotten carrot. He was a spider looking for my blood, like the Evarcha culicivora, a species that we were studying before all this happened.

 

‘This is ridiculous, Josh. Why on earth are you doing this?’ I asked. But he laughed again, and went back to our lab to talk with the supervisor, closing the door behind him.

 

I knew I only had a few minutes to save my life, but my wings were still stuck in that spider web, and I had no legs or arms to disarm it. I thought that if my body was implanted and he wanted me to be real, then his surgery had to be good enough for me to be able to move my wings.

 

So I moved them the same way someone tries to walk after an operation, but I felt dizzy and tired. I remembered the book I had read about the aerodynamics of how flies fly. Flies’ wings are able to rotate backwards. My body was heavier than a real insect’s and I was experiencing some difficulties, even though this spider web was made to support my weight.

 

Josh came back with a needle in his hand. I knew he was going to poison me, and fear made me instinctively rotate my right wing, releasing the top of it from its threads. I was sweating, but I continued pushing with my left wing. When a light of hope invaded me, he threw in my face a bucket full of slime that came out from his belly.

 

His belly opened itself like a lift, and after that I couldn’t see him anymore. I started to hyperventilate. I didn’t know what he was trying to do, but I kept moving my wings until I felt the metal of his needle in my jugular vein, and his sticky tongue licking me right away.

 

Afterwards, my wings went down and my eyelids were heavy; my head fell to my back as I heard him chewing my feet.

 

 

 

 

 

*(Buenos Aires-Argentina, 1986). Poeta y narradora. Es Licenciada en Escritura Creativa por Brunel University (Reino Unido). Reside en el Reino Unido desde finales del 2012, en donde se desempeña como profesora de Literatura argentina y organizadora de eventos gubernamentales. Fue directora de eventos literarios del grupo Oxford Writers’ House con la Universidad de Oxford y asociaciones editoriales del Reino Unido. Participó de un debate en el Parlamento británico sobre escritura y medios digitales (2019). Es la autora de Al nudo lo que nos quitó, Los vidrios aman quebrarse y The Good, The Bad & The Poet. Su cuento Spider Web (‘Hilos de seda’) fue seleccionado por su universidad para formar parte de una compilación de los mejores cuentos de ciencia ficción producidos por estudiantes de la universidad en 2017.

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