1 cuento de «Talón» (2021), de Nicolás Melini

 

Por Nicolás Melini*

Crédito de la foto (izq.) Franz Eds. /

(der.) archivo del autor

 

 

1 cuento de Talón (2021),

de Nicolás Melini

 

 

No es culpa de ellos, ellos no tienen la culpa[1]

 

 

Le hablé de ciertas primeras veces: “No hay nada que satisfaga mi alma más…”, dije.

Me había referido al momento, tan bello para mí, en que algunas mujeres muy jóvenes me habían autorizado, tácitamente, a deslizar mi dedo entre sus nalgas y entrar y acariciar su vulva.

—Hijo de puta –dijo mi hermana— ¿Cómo puede hablar así alguien que ha tenido hijas de esa edad, alguien que tiene nietas adolescentes?

—Bueno… ¿se supone que lo que fue tan bueno para mí (y fue también tan bueno para quienes conmigo estuvieron), no lo será para ellas?

Bufó.

—Ay, ay, ay, ¡ay!

Me divertía comentarle estas procacidades a mi hermana. En realidad, las estaba tolerando muy bien. Creo que le atraía, en cierto modo, saber cómo yo era, o, al menos, descubrir las cosas que podía llegar a pensar.

—Y ahora que tengo más de 80, las de 40 son como de 19, ¿sabes?

—Pero serás cabrón, no habrás tenido algún lío últimamente –Lo dijo en tono de amenaza; como si ella pudiera amenazarme a mí por algo.

Fue divertido verla así. Sonreí todo lo seductor que me fue posible, pero, por supuesto, sin soltar prenda. Luego distraje la mirada a través de la ventana, como recordando:

—La culminación del dedo en el coño húmedo esa primera vez, sin pasar por alto ese instante previo, toda la incertidumbre de si serás, finalmente, autorizado –dije casi para mí, sabiendo que atendería con todos sus sentidos—. Pero sobre todo ese instante –la miré—. ¿Sabes lo que quiero decir? –Le mostré mis dedos—. Cuando la yema del dedo inicia la caricia inmersa en la humedad –pensar en ello me produjo un escalofrío.

—¡Si ahora va a resultar que eres todo un poeta…!

—Vieja, ¿no te irás a poner húmeda tú ahora…?

—Maldito seas –dijo con rabia—, ¡eres mi hermano!, y además un viejo verde asqueroso.

Reí.

Mi hermana era unos 8 o 9 años menor que yo. En realidad nunca los había contado: nada que tuviera que ver con “nosotros” había tenido mucha importancia para mí desde hacía varias décadas. En cualquier caso, la aquejaban algunos achaques más que a mí. Y aunque fuera quien había venido aquel día para “cuidarme” (quién se lo habría pedido), si se descuidaba todavía podía morir antes que yo; aunque no creo que ella fuese consciente de eso.

—Deberías largarte y dejarme en paz. ¿Es que no tienes nada que hacer?

Había perdido ya a su marido y, lo peor, a su única hija, así que dije:

—¿Tan sola estás que me necesitas a mí? Como ya no tienes a nadie, ¿no?

Ni se inmutó, estaba perdido. Así no iba a conseguir nada.

—¡Me las estás espantando! —grité.

—¿Que te las estoy espantando? –chasqueó—. ¡Qué te estoy espantando, subnormal! –dijo sin levantar la vista.

Bueno, supongo que aquel “subnormal”, dicho con todas las letras, ponía las cosas en su sitio por un momento. Tenía estilo, mi hermana.

No entendía qué mosca le había dado conmigo, por qué había venido a visitarme y, lo peor de todo, por qué estaba insistiendo en ello una y otra vez desde hacía unos días. Apenas teníamos contacto desde hacía años. Yo vivía solo y, en los últimos tiempos, había hecho todo lo posible por no salir de casa. Nadie sabía gran cosa de mí, y eso, llegado aquel momento, me parecía de lo más conveniente. Pero una sobrina nuestra le había ido con el cuento de que me había visto en Urgencias. Por lo que se ve, no había escatimado detalles sobre la ocasión. No supe si es que mi sobrina se había propuesto que mi hermana se ocupara de mí, pero ese parecía haber sido el resultado.

—No lo comprendes —volví a la carga—, para mí, ese instante, la yema del dedo humedecido comenzando a estimular la vulva… —aspiré hondo—: No conozco otra espiritualidad… Eso, eso —repetí— es Dios.

—¿¡Y qué te ha hecho a ti Dios ahora, si puede saberse!?

—Nada –dije, y luego, en voz más baja, para conferirle más importancia ante sus atentos oídos—: tal vez sea, también, eso.

Supongo que le di pena, así que solté con sarcasmo:

—¡Dios…!

Sonó despreciativo de verdad. Aquello la puso en alerta de nuevo.

—¿Sabes? —continué—, oí hablar de una tribu, creo que es una tribu de la India. Son creyentes, pero opinan que Dios está fuera del alcance de los seres humanos. Así que no se permiten rendirle culto. Ni rezan ni lo adoran ni nada de nada. Hasta pensar en él es “pecado”. ¿Comprendes lo que quiero decir?

—Ni lo comprendo ni me importa.

—Yo al menos pienso en cosas que sé.

Volvió a chasquear, indignada.

—Tú, sin embargo, no eres más que una vulgar sacrílega, ¿comprendes?

Aquello era, suponía yo, lo más ofensivo que pudiera decirle, pero se quedó tan pancha.

—Estás enrabietado porque estás malo, eso es todo.

—¡Y una mierda!

—¿Sabes qué? —dijo, pasando por alto mi exabrupto, como si no lo hubiese soltado con suficiente rabia, y luego quedándose callada, mirando alrededor, pensando no sé qué—: voy a por unas verduras, haré algo rico para comer —y se puso en marcha.

—Sí, márchate pero por favor no vuelvas —dije ansioso, pues no había especificado si pretendía volver y cocinar allí o estaba hablando de sus planes consigo misma, que era lo que me hubiese gustado.

La escuché afuera, en el jardín, subiéndose al coche. Justo antes de arrancar el motor, gritó por la ventanilla:

—¡Hasta ahora!

Me sentó como una patada (y posiblemente ella sabía que me sentaría así). Luego la escuché dando marcha atrás y acelerando hasta que estuvo demasiado lejos.

Miré un segundo la puerta por la que había salido. A través de ella veía el sol pegando en el aguacatero, por encima de la pared de piedra.

Esa puerta siempre estaba abierta: desde tiempos inmemoriales se estableció así por alguna razón que no soy capaz de dilucidar. Solo se cerraba cuando el último se iba a dormir, y así seguía siendo incluso tanto tiempo después de que me hubiese quedado solo en la casa. Pensé en cerrarla para que mi hermana, al menos, se la encontrara cerrada a la vuelta, pero me lo tomé con calma.

Había sido toda una suerte para mí haber conseguido conservar la casa o, visto de otro modo, haber conseguido conservarme en la casa. Ello me había permitido —a pesar de las penurias de los últimos tiempos— seguir tranquilo, ahorrarme la gente, librarme de cualquier desaprensivo que quisiese hacerse cargo de mí. Hay momentos en los que mantener a la gente a raya puede resultar muy conveniente, sobre todo si son familia. Esos te ven débil, necesitado, enfermo, y se sienten en la obligación de echarte una mano. Y a lo peor te pillan tan jodido que no tienes fuerzas para quitártelos de encima.

Eso es lo peor, tener que transigir; joderse uno para que encima ellos se sientan bien y puedan decir por ahí lo maravillosos que han sido y los trabajos que les has dado y las miserias que te han visto; y así “se ganen el cielo”.

Quién no preferiría morirse antes. Quién, de hecho, no se muere en cuanto se ve ahí. Permanecer solo era una cuestión de supervivencia.

Me costó lo mío cerrar la puerta, porque tengo las piernas hechas un ocho, pero al final, agarrándome de aquí y allá –como hacía todas las noches—, conseguí alcanzarla y pegarle un empujón para que se cerrara. Luego seguí, con el garbo de un atlético Usain Bolt que arrastrase los pies, hacia la zona donde se encuentra el poyo de la cocina, y me hice un sándwich. Era todo lo que necesitaba, un sándwich y un vaso de leche. Todos los “desvelos” de mi hermana serían en vano. Me tiré un pedo fuerte y sonoro que me subió la autoestima. En mis circunstancias, cualquier demostración de fortaleza me produce ese efecto.

 

 

Entonces me acordé de por qué le había largado a mi hermana todo aquello del placer y las yemas de mis dedos: ella me había preguntado si cierta persona, Eloísa, no había sido novia mía. Las hermanas pequeñas tienen esa manía: se acuerdan de las novias de sus hermanos mayores. Tal vez sea porque ellas son niñas pequeñas cuando tú ya estás por ahí; te observan y tu trato con otras mujeres les resulta la mar de interesante. Ella me venía con Eloísa 60 años después; quizá cada vez que se la había encontrado a lo largo de esos 60 años había pensado “mira, ahí va aquella novia de mi hermano”; no lo sé. Cuando le respondí que sí, que había sido novia mía, me dijo que se había muerto, lo que no me hizo ninguna gracia. Ahí había empezado todo. Llegó de visita cuando yo no quería y una de las primeras cosas que me dijo fue eso. Se tenía bien merecido que me pusiera tonto y le hablase de mi dedo índice en la vulva de una mujer —no sólo vieja—fallecida.

Un poco después de comerme el sándwich y tomarme el vaso de leche, escuché el coche que se detenía afuera y cómo ella descendía y se encaminaba hacia la casa. Estaba encantado. Entonces tocó, golpeando la puerta tres veces. Por la exasperación que percibí en los golpes, no solo no se esperaba encontrar la puerta cerrada, sino que le había desagradado especialmente. Tal vez pensaba que, aunque tocara, no le abriría, y ya estaba barruntando cómo resolverlo.

Como no puedo estar mucho tiempo de pie, había alcanzado mi asiento y, ahora, me disponía a poner mis piernas en alto. Entonces escuché la llave en la puerta y esta se abrió. Me quedé boquiabierto mientras la miraba entrar como Pedro por su casa.

—¡Ijí! —Dijo al acusar mi presencia, y depositó mis llaves junto al frutero—, ya estoy aquí.

No dije nada.

Ella llevaba un par de bolsas de plástico con algunos productos dentro. Fue directa al poyo y las dejó allí.

—Ya has comido —aseveró. Supongo que vio alguna cosa por allí encima.

—Sí —respondí—, me hice algo.

Guardó silencio (para mi deleite), y luego comentó:

—Bueno…

Parecía dispuesta a hacer lo que pensaba de todos modos. Se puso a picar un cuarto de calabaza.

La verdad, yo no recordaba en qué momento se había torcido la cosa con mi hermana; hacía tanto tiempo… Pero seguro que yo le habría fallado —conociéndome— unas cuantas veces. Lo suficiente para distanciarnos, seguramente más por culpabilidad mía que por el rencor de ella. Uno no puede fiarse de una persona a la que le has fallado; tarde o temprano, de un modo u otro, te viene de vuelta lo que no te esperas. Por eso la pinchaba, para que se revolviera y me asestase un buen correctivo: que soltase todo lo que tuviera dentro. Me había agradado que me insultase, seguro que una parte de lo que le hubiera hecho se habría saldado con aquel “subnormal” sonoro.

Pero ahora la estaba observando utilizar la cocina y, de pronto, me enternecí bobaliconamente, porque hacía mucho que no se producía algo parecido en aquella casa.

Chasqueé:

—Vienes y me devuelves lo que tanto volveré a echar de menos en cuanto te vayas. Te odio.

Ella siguió picando cosas.

Aquello me enervó. Realmente no había nada que pudiera decir para obtener una reacción por su parte. Me pareció una falta de respeto. A eso, precisamente, me refería con mi temor a no puede quitárselos de encima.

—¿Qué te pasa?, ¿quieres jugar a las casitas conmigo?

—¡Ey! –me atajó con un grito enérgico y se volvió para mirarme—. Tranquilízate. Voy a hacerme esto, almuerzo y te hago un poco de compañía, y si luego lo que quieres es que me vaya, me voy. Pero deja tus impertinencias.

Lo dicho, es complicado cuando uno ya no está para muchos trotes. Me tranquilicé, en efecto, sobre todo porque me había dicho que se iría.

Aguardé prácticamente en silencio a que terminase de cocinar. Se hizo una crema de calabaza y trajo el caldero a la mesa.

—¿Te apetece? —dijo con educación.

Le había puesto mucha pimienta negra (algo que el médico me había “desaconsejado”, pensé en aquel preciso instante).

Hice un gesto ambiguo que podía interpretarse positivamente y ella trajo otro plato y me sirvió un cucharón, sólo uno (ya me serviría yo otro si hacía falta). Estaba un poco caliente y esperé, pero estaba riquísima, la crema. En cualquier caso, permanecí en silencio.

Ella terminó enseguida y me dijo:

—¿Te importa que limpie y ordene esto? —señaló una alacena, la que uso como despensa.

Era cierto, estaba bastante sucia y desordenada: había azúcar, macarrones, arroz, café, que se habían salido de sus paquetes o los recipientes donde los guardaba y se encontraban dispersos y mezclados bajo todo lo que allí había.

—Está bien —dije.

Empezó y se dio una buena paliza. Por supuesto, no fue lo único que hizo, siguió con otras alacenas y con todo lo que fue encontrando.

Me fue dejando aquello limpio como una patena.

Luego me dio pena echarla, al menos inmediatamente. Estaba sudando y me preguntó si podía darse una ducha o lavarse un poco. Me pareció que estaba bien que lo pidiera.

Y cuando se duchó, vino donde me encontraba y se sentó un rato. Me pareció que estaba cansada: triste y cansada. Me dio más pena aún (parecía mentira, dándome pena ella a mí), y le ofrecí que descansara un poco, podía echarse, si quería, en el cuarto pequeño. La verdad es que lo dije con la boquita pequeña, convencido de que me daría cualquier excusa, se pondría en pie y se marcharía para su casa. Sin embargo se puso “gallita”:

—Tan fiero que estabas antes, mi hermano, ¿te ablandaste? —soltó una carcajada.

Hacía siglos que no escuchaba aquello de “mi hermano”, que solo ella me había dicho alguna vez. Siguió riendo y buscándome con la mirada, tomándome el pelo. Pensé que no querría aceptar la invitación sin antes demostrarme que seguía siendo fuerte. Pero a lo mejor era otra cosa, porque acto seguido se quedó allí, pensativa, y cuando volvió a hablar adoptó un tono franco:

—Tú al menos tienes hijos, deberías exigirles que se ocupen de ti.

Me molestó que sacara el tema, pero me contuve.

—Les pilla un poco lejos, ya sabes.

—Te llamarán, al menos. ¿Saben cómo estás?

—Los tengo engañados. Aunque, la verdad, mucho interés en que no los engañe tampoco han puesto. La que llama más es Pilar, pero me cree a pies juntillas todo lo que le digo y no se ha procurado un espía que la ponga al corriente. Así, ojos que no ven, ¿no?

—Tenga uno hijos para eso.

Me molestó el tópico.

—Ellos no son culpables de haber tenido que irse —le dije.

Al menos en eso pareció estar de acuerdo. Negó y se quedó pensativa, posiblemente repasando algunos de los acontecimientos que unos años antes nos habían llevado hasta allí.

Yo también lo hice, inevitablemente.

Parecía mentira que fuésemos tan conscientes de que las cosas debían haber sido de otra manera.

Luego ella se puso en pie, sin más, y, sin decir nada (esta vez ni siquiera anunció que aceptaba mi invitación), se dirigió hacia el interior de la casa. La escuché trastear en la habitación pequeña y, por fin, el sonido del somier al hundirse.

 

 

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[1] El presente cuento pertenece al libro Talón (2021), destacado por Ricardo Menéndez Salmón y por Diego Sánchez Aguilar en sendas críticas, Fernando Valls lo mencionó entre lo mejor del año en la revista Ínsula, mientras que Eloy Tizón hizo lo propio en Cuadernos Hispanoamericanos. “Hay de todo en esta botica de dicción exacta y exigente, singular marca de agua de la narrativa de Melini. Nos acosan relatos de filiación beckettiana, como los aterradores Pared y Elasticidad comprobada; nos interrogan las escatológicas alucinaciones del apoteósico Salir, con guiños a Chuck Palahniuk; se nos invita a compartir epifanías tan dolorosas como la del relato que da título a este volumen, en el que resuenan ecos de David Foster Wallace y de sus abracadabrantes relaciones de familia” (Ricardo Menéndez Salmón, La Nueva España).

 

 

 

 

 

*(La Palma-España, 1969). Reside entre La Palma y Madrid.  Autor de una quincena de libros breves, entre los que se encuentran las novelas cortas El futbolista asesinoLa sangre, la luz, el violoncelo y El estupor de los atlantes (esta última traducida al francés y al georgiano), libros de cuentos como Pulsión del amigo y Talón, misceláneos como Africanos en Madrid y de poemas como Cuadros de Hopper. Sus artículos recientes se publican en la revista Zenda. Director del Festival Hispanoamericano de Escritores, comisario del Benengeli 2022 y 2023 (Semana de las letras en español del Instituto Cervantes), exprogramador de La Noche de Los Libros de Madrid.